El chico nuevo VEINTISIETE Hudson
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VEINTISIETE Hudson

El Montreal no está teniendo un buen año, pero por lo visto sí una noche fantástica, así que el partido es un circo. Y no solo para mí.

Hay algo que no encaja. Nuestros pases no se conectan, los cambios de turno son un desastre, nuestros tiros a portería le dan todo el rato al poste, e Ian Crikey ha empezado a sangrar tras una pelea, así que Gavin ha tenido que pasar el segundo descanso ocupándose de él.

Gavin ha mantenido una conversación en voz baja con Crikey mientras le agarraba la barbilla con una mano fuerte. De alguna forma, se ha apresurado a desinfectar y a vendarle los cortes con una única mano, mientras Crikey le miraba con confianza y trataba de no estremecerse.

Tener competencia es tan sexy .

Pero ¿adivinas qué no lo es? La cobardía. Aún estoy angustiado por el evento LGBTQ de Georgia. Si me apunto, mi padre me petará el teléfono con avisos y recuerdos. «Necesitas este contrato, no llames la atención».

Sin embargo, son solo unas cuantas fotos, no un anuncio a lo grande. Aun así, sigo oyendo la voz de mi padre junto a mi oído. «Sé paciente. Céntrate en el maldito partido».

Ahora mismo no estoy centrado, y el marcador lo demuestra. Perdemos por un punto cuando empieza el último tercio. Por suerte, el Montreal solo ha hecho un trabajo regular para crear oportunidades de marcar a portería, o la puntuación sería incluso peor.

—¡Vamos, vamos! —grita a todo pulmón el entrenador desde detrás del banquillo—. Sois mejores que esto. Sois el equipo superior, pero voy a necesitar que me lo demostréis.

Necesitamos ganar, y quiero ser el que lo haga posible. Lo quiero desesperadamente. Cambiaría tanto las cosas.

Así que, cuando el entrenador por fin me da un toquecito en la espalda, me lanzo a la pista con tanta energía como si tuviera piernas nuevas y con el deseo ardiente de marcar la diferencia.

Mi velocidad no pasa desapercibida, pues el Montreal manda a alguien más rápido contra mí, y yo consigo ser un grano en su derrière durante varios turnos seguidos. Entre turnos, el entrenador me muestra su apreciación con un gruñido.

—Buen trabajo. Ahora busca una oportunidad de marcar gol.

Ojalá fuera así de fácil. Tomo un poco de Gatorade, y el entrenador vuelve a darme un toquecito.

Y allá voy, patinando con fuerza para conseguir el disco.

Trato de hacer cada truquillo del manual: levantar el palo del contrincante, bloquear sus disparos y, por lo general, ser una molestia.

El jugador que estoy vigilando tiene una barba descuidada de hombre de montaña y me maldice en un idioma que no entiendo. Empieza a estar harto de mí.

Bien, así es como lo quiero. El partido tampoco ha acabado, hemos remontado en peores situaciones.

Sin embargo, el ala que me ha maldecido tiene el disco, así que depende de mí recuperarlo. Y hoy escojo la violencia. Ambos somos hombretones grandes, pero a veces tienes que sacrificar tu cuerpo para dejar las cosas claras.

Así que quizás cuando le arrebato el disco soy más duro de lo necesario. Al chocar contra él, nos desestabilizo a ambos mientras paso el disco entre sus piernas como troncos. Consigo hacer el pase, pero el mundo se tambalea rápidamente.

Mientras el techo del estadio aparece en mi campo de visión, oigo que la multitud empieza a rugir. Entonces, se oye un golpe cuando me estrello contra el hielo. Con fuerza.

Y el ruido se detiene abruptamente.

El mundo pestañea de una forma rara y lenta. Tras un instante de oscuridad silenciosa, todo vuelve con un parpadeo. Como un fallo en la Matrix. Lo primero que veo es el rostro preocupado de O’Doul sobre el mío.

—Oye, ¿estás con nosotros?

—Sí. —El público está gritando—. ¿Qué ha pasado?

—Trevi ha marcado con el pase que le has hecho. —Me tiende una mano, y yo la tomo para que pueda ayudarme a ponerme en pie.

El estadio da vueltas durante un segundo, pero entonces se estabiliza. Me giro para ver el marcador, pero antes de que pueda hacerlo, Gavin llega acompañado por su bolsa médica.

—¿Acabas de desmayarte?

—Sí —responde O’Doul a la vez que digo:

—No.

—¿Cuál de los dos? —pregunta.

—Ha estado inconsciente durante quizá unos segundos —dice O’Doul.

—¿Qué? Estoy bien —insisto, echando un vistazo hacia el árbitro, que también me observa—. No he recibido una sanción, ¿no?

O’Doul se ríe, pero el rostro de Gavin se oscurece como una tormenta. Se inclina y agarra algo del hielo, mi casco, y me lo muestra. Me sorprende ver que tiene una fisura.

—Te has dado con la cabeza contra el hielo y te has desmayado. Al banquillo, por favor. —Me pone una mano sobre el brazo, y yo me la sacudo inmediatamente, como haría cualquiera.

Me dedica una mirada furibunda y entonces patina con prisa hacia el banquillo con mi casco en las manos.

El entrenador también me está haciendo un gesto para que me acerque, así que lo alcanzo rápidamente. Y patino bien.

—¿Está fuera? —pregunta el entrenador cuando me acerco. Se refiere a fuera de juego, así que digo que no a la vez que Gavin dice que sí.

—Se ha desmayado unos cuantos segundos —explica Gavin con tono frío—. Y el protocolo de conmociones cerebrales es muy claro.

El entrenador asiente con la cabeza y entonces nos da la espalda, preparando su siguiente turno de jugadores mientras el silbato suena para marcar un saque. Me siento, pesado, sobre el banquillo, y Gavin se arrodilla frente a mí con un lápiz óptico en las manos.

—Mírame.

Con un suspiro, giro mis ojos cansados hacia los suyos, que lucen preocupados. Hace brillar la linterna de una forma particular, desde fuera de mi campo visual hacia dentro, que se supone que debería hacer que mis pupilas se estrechen.

—Auch —gruño. Él no se molesta en responder; en su lugar, saca una tarjeta y un cronómetro.

—Ya sabes cómo va —me dice—. Ya.

Hay números impresos en letra pequeña en la tarjeta. Ocupan varias líneas, y los leo tan rápido como puedo.

Cada atleta hace pruebas de referencia periódicamente. Tras una caída que pueda resultar en una conmoción cerebral, repites la prueba y la comparan con tu base. Si no te vas de más de cinco segundos, eso significa que no tienes una conmoción.

—¿Cómo lo he hecho? —pregunto mientras Gavin comprueba mi base en su móvil.

—Bueno —responde—. Cuatro segundos.

—Entonces deja que vuelva. ¡Jimbo! —llamo por encima del hombro al encargado del equipo—. Necesito un casco.

—No, ni hablar —sisea Gavin—. Necesitas hacer otra prueba en unos minutos.

—Venga ya, si estoy bien. Pregúntame lo que quieras. Sé que estamos en Montreal. Sé quién es el presidente. Cantar el himno nacional sería difícil, pero esa es mi base. Aún te podría ganar al ping-pong —añado, porque necesita tomárselo con calma.

Pero no funciona. Su ceño fruncido podría provocar un incendio. Si no me estuviera muriendo por volver al partido, seguramente creería que es sexy .

—Necesito revisarte la cabeza para asegurarme de que no tienes una conmoción —dice, rígido—. Agáchate.

«Eso dijo él». Me inclino hacia delante en el banquillo, pero aprieto los dientes. Estoy perdiendo tiempo valioso del partido y necesito volver a salir.

Una mano hábil me palpa la parte trasera de la cabeza, e intento no estremecerme cuando encuentra un chichón que se me está formando.

El público estalla, y levanto de golpe la cabeza para ver qué está pasando. El Montreal tiene el disco y están metiendo a mis compañeros en problemas.

—Esto es ridículo. Deja que vuelva a salir.

—Ni hablar —resopla Gavin, y se me cae el alma a los pies.

—¿Por qué? —gruño—. Puedes ver que estoy bien. Esto no tiene ni pies ni cabeza. Henry me dejaría volver.

—Eso ha sido un golpe bajo —gruñe Gavin. Hay furia en sus ojos—. Lee los números de la siguiente tarjeta, por favor. No voy a abandonar el protocolo de conmociones cerebrales solo porque quieras demostrar algo.

—Bueno, pues que te den por culo —insisto, apartando la tarjeta de mi vista.

—Jesús —dice Trevi a mi lado—. No seas un capullo, deja que haga su trabajo.

Sin embargo, Gavin ya ha metido la tarjeta en su pack, y está moviéndose deprisa hacia el borde del banquillo.

Durante un horrible segundo pienso que va a mandar al entrenador a que venga a echarme la bronca, pero no: Crikey vuelve a sangrar, y Gavin se está poniendo los guantes para poder curarle el corte.

El reloj está llegando poco a poco al final, y no me puedo creer que vaya a tener que quedarme sentado en el banquillo viendo cómo mis compañeros van a la prórroga sin mí.

Y nunca había visto a Gavin tan enfadado. Eso es también culpa mía.

Podría prender el mundo entero en llamas. Solo necesitaría una cerilla.

Mientras doy otra repasada mental a todos mis defectos, Castro consigue separarse y pasar volando por los desafortunados defensas, y entonces lanza el disco hacia la esquina de arriba a la derecha de la red.

Hemos ganado. Lo hemos conseguido. Vamos a ir a las eliminatorias.

Y sigo sintiendo una oscuridad dentro de mí que no se desvanece.