VEINTISÉIS Gavin #2
Y se siente terrible. Como si fuera un paseo de la vergüenza. Aun así, poso una palma sobre su pecho antes de cruzar la puerta, arrastrando la maleta detrás de mí.
La puerta se cierra con un clic firme, y odio el sonido que hace.
Una hora más tarde estoy preparando mi puesto de trabajo en la parte inferior de un estadio que no conozco mientras el caos típico de un día de partido se arremolina a mi alrededor.
El equipo visitante nunca consigue sitios glamurosos. Estoy, básicamente, en un hueco subterráneo, apilando tiritas y suministros en una encimera rajada mientras el personal de equipamiento arrastra bolsas de equipaje de un lado a otro.
Los jugadores de hockey están empezando a reunirse en los vestuarios adyacentes. Oigo sus voces juguetonas y veo por un segundo o dos sus chaquetas moradas mientras llegan para su patinaje matutino.
Mi teléfono suena, y la pantalla muestra el número de mi hermana. Aún no tengo a ningún atleta en la camilla, así que respondo.
—Hola, Reg. ¿Va todo bien?
—Por supuesto —responde alegremente—. Solo te llamaba para decirte que nuestra niña es increíble.
—¿Cómo que «nuestra niña»?
—Puedo reclamarla como mía cuando no estás en casa —dice como si tuviera sentido—. Es que es tan lista. He intentado colársela con letras de canciones de Disney de camino al cole, y me ha salido el tiro por la culata. Se sabe de pe a pa todas las letras de todas las canciones de Vaiana .
—Lo habrá heredado de mí —bromeo, y ella se ríe—. Gracias por estar ahí para ella esta semana.
—¡Me encanta! ¿Estás bien? Suenas tristón.
—Estoy bien, solo cansado. —Aunque no es del todo verdad. Está toda la mierda con Eustace, pero no quiero arruinarle el día a mi hermana.
Además, escabullirme de la habitación de Hudson me ha hecho sentir melancólico. No es lo mismo que cuando estaba en el instituto y vivía con miedo de la ira de mi padre, pero sigo sintiéndome como si estuviera engañándome a mí mismo.
En la dura luz matutina, es difícil aferrarse al hecho de que a Hudson le importo y de que nuestra noche juntos ha sido mágica. Si no puedes tomar café juntos en la entrada del hotel, ¿realmente ha sucedido?
—¿Gavin? —me llama mi hermana—. ¿Me has escuchado?
—No, perdona —murmuro—. Estoy cansado.
—Vaya nochecita habrás tenido —se ríe.
—Pues sí, y ahora lo estoy pagando. —De tantísimas formas.
—Despierta, hermanito. Estaba intentando decirte que hemos añadido fechas a mi gira de verano y no volveré a la ciudad hasta el veintidós de agosto.
«Mierda». Eso significa que tengo que encontrar un programa de verano para Jordyn de manera urgente.
—De acuerdo —digo sin mostrar emoción alguna—. Gracias por avisarme.
—Lo siento —dice en tono suave—. Sé que te preocupa encontrar a alguien que cuide de Jordyn.
—Solo porque aún no he lidiado con ello. —Pero es posible que aceptar este trabajo haya sido un error garrafal.
—Jordyn me ha hablado de un campamento de día en el centro de artes. A sus amigos les gusta.
—Ya, lo estoy intentando, pero dan prioridad a los miembros de su Círculo Dorado. Eso conlleva, en plan, una donación de dos mil pavos. Y eso es sin contar el coste del campamento.
—Jesús —balbucea Reggie—. Por ese dinero, más les vale salir hechos unos Rembrandt. ¿Te veo más tarde?
Colgamos la llamada justo cuando Jason Castro se sienta en mi camilla.
—¿Va todo bien?
—Sí, solo estoy falto de cafeína. ¿Listo para esta noche?
—Ya te digo. Si ganamos esta, nos aseguramos un hueco en las eliminatorias. Nadie más puede superarnos en puntos.
—Entonces más os vale ganar. —Agarro la cinta y me pongo manos a la obra. Ahora hay dos jugadores más esperándome. Será un día ocupado—. ¿Hay café por aquí abajo?
—Oh, seguro que sí. —Se pone dos dedos en la boca y silba, y entonces grita hacia el pasillo—. ¡Oye! ¡Guindilla!
Heidi Jo aparece un momento más tarde con las manos en la cadera.
—¿Acabas de silbarme como si fuera un perro?
Un murmullo bajo se extiende entre los jugadores.
—Oooh, Castro está metido en un lío.
—Cari, Gavin necesita saber si hay café disponible. Tiene veintitrés jugadores que cuidar para que podamos ganar, y al pobre le falta cafeína.
—¡Oh, cielos! —exclama, enderezándose—. Yo me encargo. ¿Cómo te gusta el café? Iba a ir en aquella dirección de todos modos.
—No quiero ser un incordio —respondo, con el cuello ardiendo por la atención—. Beberé lo que sea, pero suelo echarle un chorrito de leche.
—Sin problemas. Dame cinco minutos. Y ¿chicos? —Levanta la voz, y las conversaciones a nuestro alrededor cesan—. El entrenador hará anuncios en treinta minutos. Y entonces relaciones públicas necesita un momento antes de que vayáis a patinar.
—Sí, señora —dice Castro mientras ella sale.
—Me da la sensación de que Heidi Jo es la que tiene la sartén por el mango —digo mientras corto la cinta y termino su muñeca.
—No estarías equivocado. —Se levanta de la camilla—. Me casé por encima de mis posibilidades, por supuesto. No se lo digáis.
—Ya lo sabe, hombre. Ya lo sabe —le chinchan sus compañeros. Me río y empiezo a trabajar en el siguiente jugador.
Los días de partido son un caos, así que aún estoy vendando articulaciones cuando es hora de que el entrenador se dirija a sus jugadores. Resuelvo el problema llevándome mis suministros al vestuario, donde los jugadores se sientan frente a sus taquillas.
Aunque no querría trabajar así todo el tiempo, no me supone un problema arrodillarme en el suelo de goma y vendar el tobillo de Bayer mientras el entrenador recita su discurso prepartido.
—Hoy es nuestra noche. Mantened la concentración y podremos acabar la temporada con la puntuación más alta de nuestra división…
Cuando el tobillo de Bayer está listo, me siento en silencio al lado de Halla y reviso rápido la venda de su brazo, donde alguien le cortó en el partido pasado.
Después de que el entrenador termine de hablar, es el turno de Georgia.
—Un segundín más, chicos. Vamos a hacer un resumen del tema publicitario.
Si conseguimos un hueco en las eliminatorias esta noche, querré que O’Doul y el que haya marcado más puntos hagan sus declaraciones más tarde.
Estáis emocionadísimos por tener otra oportunidad de ganar la copa, estáis muy agradecidos por esta oportunidad, etc. ¿Lo tenéis?
—¡Sí, Matadora! —responden al unísono. Debe de ser un chiste recurrente, porque ella sonríe.
—Buenos chicos. Y una cosa más: nuestra noche anual de Hockey Para Todos es la semana que viene, el último partido en casa de la temporada.
Os vestiréis con camisetas de práctica de los colores del arcoíris para una sesión de fotos, y tendréis cintas arcoíris para los calentamientos.
Subastaremos las camisetas y los palos de hockey tras el partido.
Además, necesitaré a seis jugadores para que se turnen para sacarse fotos con los fans antes del partido.
—¿Antes del partido? —pregunta O’Doul—. ¿En serio?
—Sí. No es el mejor momento, pero los fans son sobre todo niños. Si seis de vosotros os presentáis voluntarios, solo os necesitaré a cada uno durante diez minutos, de uno en uno, frente a la pancarta. Podemos crear muchos recuerdos en sesenta minutos, chicos. ¿Quién se apunta?
Nadie dice nada, y yo me fijo a posta en un rasguño que hay en el suelo. Los atletas tienen rituales previos a los partidos muy intensos y personales. Sí que es raro pedirles que salgan antes de un partido; es una petición bastante grande.
¿Y para ponerse frente a una pancarta arcoíris y celebrar los derechos LGBTQ?
El silencio se hace más espeso, pero entonces O’Doul y Castro levantan los brazos a la vez.
—Yo me encargo —dice O’Doul.
—Yo también. En realidad, he sido el primero —añade Castro, levantando la barbilla con actitud desafiante—. Este tipo me ha copiado.
Georgia pone los ojos en blanco.
—Vale, gracias a los dos. Necesito a cuatro más. La hoja de inscripción estará en el portal, pero ¿alguien más quiere apuntarse ahora mismo?
Otra mano se levanta, pero no es la de Hudson. Está sentado a unos cuantos asientos, y me arriesgo a mirar en su dirección.
Debe de notar que lo observo, porque sus ojos se chocan con los míos. Y entonces su expresión se tuerce en algo complicado. Veo dolor, e irritación.
Y también culpa.
Entonces, baja la barbilla y mira hacia sus patines en el suelo.
No sé si es justo o no, pero estoy decepcionado. ¿Tan difícil es sacarse unas fotos durante diez minutos con un puñado de niños en familias LGBTQ?
Por lo visto, supongo que sí.
Molesto con ambos, levanto mi bolsa y cruzo la habitación para irme, y me pregunto qué se le pasa por la cabeza.
Nada bueno, eso seguro.