VEINTISÉIS Gavin
Nos tomamos otra ducha, esta vez juntos. Sin embargo, ambos estamos demasiado agotados como para hacer algo más que enjabonarnos y besarnos torpemente contra los azulejos.
Me siento borracho de él, ebrio por sus besos y el recuerdo de verlo cabalgarme como un campeón de rodeo.
Por tanto, le sigo hacia la cama como un cachorro bien entrenado. Nos acurrucamos juntos bajo el edredón, con la piel aún húmeda y oliendo a jabón corporal caro. Uso uno de sus pectorales como almohada, y trazo con los dedos los pelos mojados de su camino a la felicidad.
La realidad está allá fuera, en algún lugar, esperando a cernirse sobre nosotros por la mañana, pero estamos en nuestro mundo, y aún no nos puede alcanzar.
Hudson se remueve en la cama, y me doy cuenta de que probablemente me estoy tumbando sobre su cadera mala. Mi mano busca a tientas los flexores de su cadera y los aprieto.
—¿Estás bien? —pregunto—. ¿Qué tal la articulación?
—No te preocupes. —Suelta una risita—. La cadera no será lo que tendré entumecido.
Me incorporo sobre un codo y lo miro a los ojos. Está oscuro, porque una de las velas votivas ya se ha apagado.
—¿Estás bien? ¿Era un mal momento?
Me aprieta la cabeza contra su pecho con una de sus manos anchas.
—Para. Estoy bien. Perfectamente, de hecho.
Sin embargo, mi mente ya ha vuelto a empezar a operar, así que se va a las mayores crisis de mi vida, que no tienen nada que ver con el culo potencialmente entumecido de Hudson. Como Eustace. Y Jordyn. Y el campamento de verano con ponis.
—¿Gavin? —susurra.
—¿Sí?
—Ahora mismo no tienes que estar en ningún otro sitio, ¿vale?
—Vale. —Respiro hondo—. Es verdad.
—Bien —dice, acariciándome la nuca—. Porque por un momento he pensado que te había perdido.
—¿Cómo lo has sabido?
—Ya te tengo bastante calado. —Se encoge de hombros—. Siempre te estoy prestando atención, aunque no lo muestre.
—Oh. —Trago saliva—. Lo siento. Me he distraído pensando en la gente huevona de mi vida.
—Vale, pregunta seria. —Me pone una mano firme en la espalda—. ¿Por qué usamos la palabra «huevón» para hablar de alguien terrible? ¿No les estamos haciendo un feo a los huevos?
Me río por la nariz.
—Me gustan los huevos tanto como a cualquiera, pero no puedes pensar con las pelotas. Es un hecho demostrado: si dejas que tomen decisiones, pasan cosas chungas.
—Es verdad. —Su tono de voz es humorístico—. Ya veo que le has dado muchas vueltas.
—Pues sí, porque los huevos son lo más si están pegados al hombre adecuado. Soy un gran fan de los tuyos, por ejemplo. Diez de diez. Y aprecio lo mucho que me distraen.
Su pulgar me acaricia la espalda, y su voz cobra un tono serio:
—Me alegro. Pero lo de esta noche ha sido más que mera diversión. Me importas, y odio verte estresado.
Le recorro el vello corporal con un toque suave de los dedos, pero lo cierto es que no sé qué responderle. Si soy sincero, me da un poco de miedo.
—Seguramente habrás averiguado que también me gustas mucho. —Después de todo, estoy acurrucado contra su pecho como si fuera mi oso de peluche favorito—. Es que no sé qué hacer al respecto.
—Oye, relájate —me dice, arreglándome el pelo con una mano—. No te estoy pidiendo nada. Solo quiero que sepas que conocerte me ha impactado mucho. Ha hecho que me cuestione todas mis decisiones, y eso es bueno.
—¿Porque no estabas feliz? —susurro.
—No lo suficiente —dice lentamente—. Estoy cansado de sacrificar mi vida entera por el hockey cuando el hockey no puede corresponderme.
Incluso si me dieran un buen contrato, incluso si recibo exactamente lo que quiero, solo es temporal.
El hockey es como una picadora: se traga todo lo que tienes hasta que escupe lo que queda de ti por el otro lado.
Eso suena bastante acertado. Cada deporte profesional funciona así, y no hablamos lo suficiente sobre ello.
—Mira… sé que quizá tú tampoco puedes quererme, y tendré que aceptarlo, pero es agradable preocuparse por algo más allá del siguiente partido o del siguiente contrato. No creo que pueda continuar así.
—Guau. —Le doy un beso en su impresionante barriga—. Has estado pensando a lo grande, ¿no?
—Sí, ya lo sé. No es fácil admitir que mi vida es básicamente egoísta. Todo es por y para el hockey, no hay tiempo para nadie más. Jesús, tu marido era médico, ¿no? Nunca podría competir con eso, ni aunque lo intentara.
—Era un pediatra que adoraba el hockey —señalo—.
Pero te entiendo. Me encantan los atletas.
Me encanta lo alocados que son, su dedicación.
Cómo ponen todo lo demás en segundo plano para centrarse en una cosa.
Lo entiendo, pero también creo que necesitas ser muy fuerte para admitir que no es suficiente.
Muéstrame un atleta que no tuvo problemas en la transición al final de su carrera.
Es algo de lo que no hablamos lo suficiente en los deportes profesionales.
—Ya. La jubilación es como un monstruo bajo la cama. No puedes ni susurrar su nombre o vendrá a por ti.
Ambos nos reímos.
—Ahora casi que quiero revisar debajo de la cama —bromeo.
—Pero he reservado una suite —responde—. No permiten la entrada de monstruos.
—Por supuesto.
Volvemos a quedarnos en silencio, pero entonces Hudson suspira.
—Cuando estoy en una habitación contigo, todo parece tan claro.
Quiero una vida. Quiero ser yo mismo, dejar de esconderme.
Pero en el momento en el que me pongo mi camiseta de hockey, todo se complica.
Soy parte de un equipo. Me pagan una pasta para hacer mi trabajo, pero no lo suficiente como para mandar a la dirección a tomar por culo.
—Ya lo sé —le digo en tono tranquilizador—. Tu trabajo no es sencillo.
—Ya. Solía pensar que me levantaría un día y pensaría: «Vale, lo he conseguido. Soy exitoso. Ya no me importa lo que piense la gente». Ahora me doy cuenta de lo tonto que suena. Podría jugar al hockey cinco o siete años más, pero todos podrían ser exactamente igual de duros.
Levanto la barbilla de su pecho y lo miro directamente a sus ojos marrones. Y, sí, esto ya no tiene que ver solo con el sexo. No sé si alguna vez ese fue el caso. Me gusta este hombre torturado y difícil. Muchísimo.
—Aprecio oír qué te pasa por la cabeza.
—¿En serio? —Apoya la cabeza contra la almohada otra vez—. Bueno, estoy atrapado ahí dentro a menudo, y se hace pesado. Gracias por escuchar mis divagaciones.
—No hay de qué.
—Sé que soy un desastre, y básicamente le he prometido a mi padre que no saldría del armario hasta conseguir un nuevo contrato. ¿Qué haces aquí conmigo?
—Tiene sus ventajas. —Le recorro los abdominales con dos dedos hasta que su barriga se flexiona bajo mi roce—. Las vistas son espectaculares. —Subo la mano por su muslo y le rozo los testículos con el pulgar—. Y eres decente jugando al ping-pong . Muestras mucho potencial.
—Oh, que te den. ¡Te he ganado!
Le doy un mordisquito en el pectoral.
—Ve con cuidado con lo que deseas.
—Vente para aquí —me dice de repente.
—¿Por qué?
—Hazlo y ya.
Me muevo un poco más hacia arriba hasta que mi cabeza se posa en la almohada al lado de la suya, y se da la vuelta para estudiarme en la oscuridad mientras la otra vela parpadea.
—Deberíamos dormir —dice en voz baja.
—Probablemente.
—Pero no quiero.
Sonrío, y entonces se inclina para besarme, presionándome la boca con la suya con suavidad.
Le rodeo con un brazo y le devuelvo el beso.
Menos de un minuto más tarde aprieta su cuerpo exquisito encima del mío, y volvemos a estar enrollándonos. Levanto las rodillas y las uso para aferrarme a sus caderas, y él suelta un sonido grave de deseo.
Dormir está sobrevalorado.
Estoy segurísimo.
A las ocho de la mañana siguiente, no lo veo tan claro. Me noto grogui cuando me levanto de la cama y abro mis ojos adormilados a la fuerza.
No nos fuimos a dormir hasta las dos.
—Buenos días —dice Hudson cuando sale del baño.
—Hola —digo, y mi voz suena ronca por no usarla.
Me dedica una sonrisa insegura y entonces se inclina para abrir su maleta en el suelo.
—Tengo un desayuno de estrategia antes del patinaje matutino. Lo siento, ojalá me pudiera quedar.
—No, tienes que ir —digo, parpadeando para despertarme—. Y yo también. —Me deslizo de mi lado de la cama y miro a mi alrededor para buscar mi ropa.
Su habitación es un desastre, con cojines decorativos y un envoltorio de un condón en el suelo. Me tambaleo por la suite hasta que encuentro mi ropa interior y mi ropa. Mi maleta está aquí, porque no regresé a mi propia habitación.
Por tanto, desabrocho la cremallera de mi bolsa y me peino con los dedos frenéticamente hasta que estoy lo suficientemente limpio como para que no parezca que acabo de salir de la cama.
—Supongo que, eh…, ¿te veré en el estadio? —Las manos de Hudson están metidas en sus bolsillos en una postura incómoda, como si no estuviera seguro de qué hacer con ellas.
—Claro que sí —respondo con ligereza. Tampoco estoy seguro de cómo actuar. No estoy acostumbrado a ser el amante secreto de nadie—. Que tengas un buen partido. Quizá deberías haber dormido un poco más.
—Nos dan una pausa para descansar antes del partido. —Se encoge de hombros—. La usaré con cabeza.
—Bien, haz eso. —Nos miramos el uno al otro durante un largo momento.
Y entonces («A la mierda») cierro la distancia entre nosotros y le rodeo el pecho con los brazos.
Me abraza con más fuerza, y por un segundo todo parece que va bien.
«Cuando estoy en una habitación contigo, todo parece tan claro».
Sin embargo, los problemas vienen después, ¿no? Me alejo de su abrazo y le dirijo un asentimiento estoico.
—Nos vemos por ahí. —Donde tendré que fingir indiferencia.
Se muerde el labio y cruza hacia la puerta.
—¿Te importa si, eh, le echo un vistazo al pasillo?
—Qué va, adelante.
Espero mientras saca la cabeza fuera y mira a ambos lados, y entonces me abre la puerta.