El chico nuevo VEINTICINCO Hudson #2
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VEINTICINCO Hudson #2

—Vale, de acuerdo —respondo inmediatamente. Ya confío en las manos hábiles de Gavin en cualquier otra parte del cuerpo. Esto no es tan diferente. Gavin se incorpora, y sus ojos brillan bajo la luz de las velas.

—Avísame si hago algo que no te gusta, ¿vale?

—Vale, no te preocupes. —Me reclino y poso las caderas más abajo en el colchón para apoyar la cabeza sobre la almohada. Gavin primero me dobla una rodilla, y entonces otra, posando cada pie en el colchón. Yo separo las piernas deliberadamente para darle espacio para arrodillarse entre ellas.

Durante una fracción de segundo, estoy terriblemente incómodo. No es fácil para mí hacer esto, ofrecerme ante alguien más. Que me vean así.

Pero Gavin aferra mi rodilla izquierda con su fuerte brazo y la besa. Hace un ruido de felicidad desde lo más profundo de su pecho, y entonces arrastra los labios por mi muslo, y yo me fundo contra el colchón, enloquecido por su boca.

Lame la base de mi polla ignorada, y yo tiemblo por la anticipación.

Gavin suelta una risita silenciosa y entonces continúa tentándome con su lengua. Me inclino para enredar mis dedos en su pelo con urgencia.

Si haces las cuentas, no hace más de unos cuantos meses que conozco a Gavin, pero de repente me doy cuenta de lo mucho que confío en él. Con una mano me agarra las bolas, la parte más delicada de mi cuerpo, y me dejo llevar por completo por su caricia.

Es tan fácil. Porque es él.

El pensamiento me hace ir a la deriva, feliz, hasta que por fin se mete mi polla en la boca. Jodeeeeeer, sí. El calor se extiende por mi pecho, y levanto las caderas con entusiasmo.

Después de escuchar el clic de la botella de lubricante, una mano embadurnada me acaricia el perineo y los testículos. Suelto aire, sorprendido, porque me hace sentir increíble.

Gavin pausa sus movimientos, pero aún me masajea el perineo.

—¿Todo bien?

—Oh, sí —digo con un grito ahogado. No sabía lo sensible que es mi cuerpo allá abajo, o lo excelente que se siente—. No pares.

Y no lo hace. Un dedo embadurnado y contundente traza su recorrido hacia mi raja, me toquetea el agujero, y yo tiemblo por la anticipación.

A duras penas me ha tocado y ya estoy empezando a sudar.

La boca caliente y entusiasta de Gavin envuelve mi polla de forma inesperada, y lanzo un grito lujurioso. Me chupa con fuerza, y justo cuando se me ponen los ojos en blanco, un dedo me penetra.

Quema un poco, pero no lo odio. En absoluto. La quemazón y el estiramiento junto con el placer de su boca contra mi polla.

—Joder —jadeo, y entonces empujo hacia abajo para tratar de acostumbrarme a la sensación. Es extraña, definitivamente desconocida, pero también emocionante.

—Respira —me pide.

«Ah, es verdad». Respiro un poco de oxígeno. «Buena idea».

Su dedo se aparta. Oigo el sonido de la botella de lubricante otra vez, pero antes de que pueda recuperar el aliento, su boca sobre mi polla vuelve a distraerme.

Y cuando su dedo vuelve a deslizarse dentro de mí, es más fácil esta vez.

Mucho más fácil. Flexiono las caderas, cabalgándolo, y Gavin gime alrededor de mi pene.

Quizá es por sus labios en mi miembro, pero algo hace clic en mi interior. Algo bueno. Y cuando Gavin hace un gesto de «ven aquí» con su dedo, lo siento en todas partes. En mis pectorales. En mi dolorida polla. En los dedos de las manos y de los pies.

Mi gruñido es ruidoso, y aprieto el culo para tratar de aferrarme a ese sentimiento. Gavin se separa de mi polla.

—Sí, sí —me anima—. Eso es.

Se me ocurre que se supone que debería estar aprendiendo algo, estudiando cómo puedo hacer sentir bien a Gavin, pero ¿quién podría pensar en una situación así?

—Más —le ruego—. Enséñame.

—Sí, señor —dice, y mi polla palpita.

Hay otro clic de la botella de lubricante, y ahora levanto las caderas para lo que parecen ser dos dedos.

Hay otra quemazón, pero esta vez estoy preparado. Gavin me habla. Dice algo sobre un anillo de músculo. Músculos que se relajan. Bla, bla, bla.

—Respira —dice.

Al menos he procesado esa palabra. Respiro profundamente y siento que mi cuerpo vuelve a dejarle entrar.

—Buen chico —dice, y las palabras se deslizan por mi piel ardiente como mantequilla. Lame la parte inferior de mi polla, y entonces empieza a mover los dedos como si fueran tijeras.

Hay tantas sensaciones. Es tan abrumador.

La quemazón desaparece, y un nuevo tipo de calor empieza a formarse en mi interior.

Una presión profunda y necesitada. Entonces, de alguna forma, Gavin se desliza más hacia dentro, y las yemas de sus dedos rozan la parte de mi ser más necesitada y dolorida.

Se me corta la respiración, me cosquillean las extremidades y suelto un gemido.

—Y por eso es tan divertido que te follen —parlotea Gavin—. Por eso que está justo ahí.

Lo entiendo. Dios, cómo lo entiendo. Pero no puedo decirlo. O cualquier otra cosa, en realidad. Lo único que puedo hacer es cabalgar sus dedos e inclinarme un poco más hacia la tierra prometida. Pero no está a mi alcance.

Bajo la mirada hacia los hombros musculosos de Gavin mientras se inclina para darme placer, y de repente puedo imaginármelo vívidamente: su cuerpo empujando dentro de mí. Más de esa sensación contundente de estar lleno.

Es una imagen tan poderosa que suelto otro gemido dolorido.

—¿Estás listo para cambiar? —me pregunta.

—Ni de puta broma —gruño—. Tienes que terminar lo que has empezado. Fóllame de una vez.

Levanta la cabeza con rapidez y aparta la mano, lo que me hace gruñir.

—Espera, ¿qué?

—Ya me has oído.

Un destello de confusión brilla en sus ojos sexys .

—Ese no era el plan —dice lentamente—. Se supone que esto iba a ser una demostración.

—Ya, pues ha sido una demostración buenísima. Y los planes cambian. A no ser que odies la idea —añado para no parecer tan capullo.

Pero quiero que me folle el capullo.

Parpadea, y entonces se estira para alcanzar una de esas toallitas de la mesita de noche y se limpia las manos con una expresión pensativa.

—¿Estás seguro?

—¿Parezco no estarlo? —gruño mientras me acaricio mi dura polla con la mano. Mis pelotas están duras como piedras.

—La verdad es que no. —Sonríe—. Pero tus contrastes son para estudiarlos.

—Lo que digas —gruño—. Primero follar, después estudiar. —Entonces me incorporo, agarro el paquete de condones de la mesita de noche y lo parto en dos. Agarro uno de la tira y lo abro.

Gavin me lo arrebata, y lo miro mientras se lo coloca sobre la punta de la polla y entonces lo desenrolla. Los músculos de sus brazos se flexionan bajo la luz de las velas, y tan solo quiero devorarlo.

—¿Qué quieres exactamente? —me pregunta—. Seguro que tienes opiniones fuertes al respecto.

No se equivoca. Mi mente es como el menú de una página porno.

—Pues sí, quiero cosas muy específicas de ti. En plan, cientos de ellas. ¿Por dónde empezar?

Gavin tira las almohadas de la cama de un empujón, todas excepto una, que apoya contra el cabezal de metal. Entonces, se apoya contra él.

—Ven aquí. Móntame.

Me gusta. Dos segundos más tarde me estoy arrodillando sobre él mientras se rocía lubricante por encima y entonces alinea su polla con mi entrada. Eso es todo. No hay dudas. Agarro el cabezal con ambas manos y me empujo hacia abajo sobre él.

—Cuidado —susurra—. Respira.

Pero no me importa ir con cuidado. Me siento bruto y temerario. Por una vez en mi vida, quiero actuar sin pensar en las consecuencias, y en este momento eso significa deslizar la punta contundente y gigante de su polla en mi culo y disfrutar de la quemazón.

—Lento —me manda.

Sí, de ninguna forma. De repente, mi cuerpo se rinde y le da la bienvenida, y me deslizo hasta el fondo de su polla.

Ahora es Gavin el que está maldiciendo y agarrándome los muslos con los nudillos blancos.

—Joder, sí. Joder —balbucea.

Sus mejillas están teñidas de rojo cuando levanta la barbilla y me mira embelesado, y ambos jadeamos durante el momento más íntimo de toda mi vida.

—Ve lento —susurra.

—¿Por qué? —pido, y entonces agacho la barbilla y le doy el beso más sucio y húmedo que puedo desde este ángulo—. Estoy bien.

Él gruñe y entonces se inclina hacia atrás contra el cojín, con la cara roja y las pupilas dilatadas.

—Ve despacio, o si no explotaré antes de que estés listo. Hay un límite de lo que puedo aguantar de esta actitud de pasivo mandón antes de que me corra.

—Oh. —Suelto el cabezal y le recorro el torso con las manos—. Pensaba que eras un profesional. —Le pellizco el pezón y gime, y cuando me inclino para lamerle la oreja, suelta un grito ahogado.

A la mierda las consecuencias. No puedo parar. Es lo más vivo que me he sentido en toda mi vida. Le agarro la barbilla con una mano y le beso hasta perder la razón, explorándole la boca con la lengua.

Él contraataca. Me chupa la lengua, y entonces posa una mano sobre mi polla. Con solo una caricia, lo noto en todas partes. Se me endurecen los pezones y me empieza a sudar la espalda.

Me separo del beso y vuelvo a aferrarme al cabezal, me balanceo con cuidado sobre las rodillas, experimentando con un movimiento lento hacia arriba y hacia abajo.

—Sí —sisea—. Encuéntralo. Busca tu punto.

Estoy lleno de él, y es tan raro. Sin embargo, cuando inclino las caderas unos cuantos centímetros, encuentro una chispa de ese placer sobrenatural que me había mostrado antes, así que lo busco, aumentando el ritmo.

La quemazón se rebaja. Tan solo siento lo lleno que estoy, lo mucho que chorreo y un placer que me droga.

—Jodeeeer. —Tira la cabeza hacia atrás—. Eres… el… más… sexy … —Aprieta la mandíbula mientras lo cabalgo más rápido. Sus manos encuentran mi pecho, y suelta un gruñido profundo.

Me siento eléctrico. Cada empujón me lleva más cerca de la euforia brillante que estoy persiguiendo.

Pero entonces Gavin empieza a acariciarme la polla de verdad. Mi ritmo flaquea mientras mis neuronas intentan disparar, y mi cerebro es incapaz de procesar todo este placer. Soy como un sistema sobresaturado, al borde de colapsar.

—Gavin —jadeo. Es a la vez una plegaria y un aviso.

—Vamos —dice—. Todo tuyo. Vuela alto.

Suelto el cabezal y, en su lugar, me aferro a sus hombros. Estoy sudoroso mientas bombeo mi cuerpo en tensión contra el suyo. Todo es calor y una sensación chisporroteante. Mientras me esfuerzo por llegar a la meta final, observo los ojos de párpados caídos de Gavin.

Él me devuelve la mirada con los labios medio abiertos, sus respiraciones marcadas por su pecho esculpido. Entonces, levanta una mano y, sujetándome la mirada, se lame la palma y la devuelve a la punta endurecida de mi polla.

Supongo que no debería sorprenderme cuando Gavin juega con mi cuerpo de esta manera, pero de alguna forma este es el punto que me lleva más allá, la cerilla lanzada a las llamas.

Con un giro de la muñeca, entro en una espiral.

La presión dentro de mí explota como fuegos artificiales. Grito, y me vacío sobre su mano.

Entonces, Gavin se estremece debajo de mí. Sus muslos se tensan como el hierro, su cabeza se cae hacia atrás, y de sus labios hinchados por nuestros besos sale el gruñido más hermoso del mundo.

Lo cabalgo lentamente, como si no supiera cómo parar, hasta que se relaja contra la almohada.

Respirando con fuerza, apoyo las manos en el colchón. Me inclino hacia delante y le beso su rostro sudoroso, y entonces fuerzo mi cuerpo a que deje de apretar y se separe del suyo.

—Jo… —es todo lo que puede decir.

—Ya —es mi respuesta igual de aguda.

Me rodea con los brazos y me aprieta contra su cuerpo.

—Estás lleno de sorpresas —masculla.

Me sorprendo incluso a mí mismo. Sonriendo contra la barba incipiente de su cuello, le devuelvo el abrazo y lo aprieto con fuerza. No quiero soltarlo nunca.