El chico nuevo VEINTICINCO Hudson
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VEINTICINCO Hudson

Antes de conocer a Gavin, no sabía que mi cuello era una zona erógena, pero la forma en que me roza la piel me vuelve loco. Y no soy sutil al respecto. Cuando gruño contra su boca, aprieta con más fuerza y me recorre la espalda con las uñas, y eso casi me destruye.

Esto es exactamente lo que anhelaba. Algunos hombres expresan sus sentimientos más profundos con palabras; yo soy demasiado cobarde como para hacer eso, así que muestro mis cartas con una comida a la luz de las velas y una habitación de hotel de lujo.

Justo después de que me dijera que iba a venir a este viaje, casi me torcí algo con las prisas de mejorar la categoría de mi habitación y preparar nuestra cena.

Como si no fuera a darse cuenta de mis intenciones con solo echar un vistazo.

Estoy completamente colado por él, por todo él. Por su mirada paciente, su sonrisa rápida y el sonido sencillo de su risa. Y, de acuerdo, tampoco ayuda que tenga un cuerpo apretado y un culo musculoso.

Juro por Dios que si Gavin hubiera estado demasiado afectado para liarse conmigo esta noche, hubiera sido todo un caballero al respecto.

Por suerte para mí, desea esto tanto como yo, así que no tengo que reprimirme.

Me restriego contra él mientras le beso con profundidad y exploro su cuerpo con las manos.

Soy como una ola de calor veraniega, intensa e imparable.

Gavin gruñe debajo de mí, y entonces empuja la cinturilla de mis pantalones.

—Oh, no, ni hablar. —Me incorporo y empiezo a desabrocharle la suave camisa de franela que lleva—. Llevo pensando en quitarte esto todo el día.

—Date prisa, entonces.

Tan pronto le he sacado la camisa, la tira a un lado, pero yo no he terminado. Voy a por sus pantalones caquis, que deslizo junto con sus calzoncillos. La boca se me seca al ver su dura polla erecta, hinchada solo para mí.

—¿Qué quieres esta noche? —Ya me estoy lamiendo los labios y acuclillándome para pasar la lengua por su punta rosa.

—Mmm —empuja contra mi lengua—. Te quiero a ti.

—Puedes tenerme, todo entero —le provoco. Sus ojos arden en llamas, así que añado—: De la forma que quieras.

Y, efectivamente, acabo de lanzar el guante. Aún no hemos tenido sexo con penetración, pero pienso en ello todo el rato. Y tengo lubricante y condones escondidos en mi maleta.

Sin embargo, aún no lo he pedido, porque me da apuro. No sé qué preferencias tiene, y no quiero asumir nada. Además, y este es mi mayor obstáculo, no quiero admitir mi falta de experiencia.

Ser honesto es complicado. Es más sencillo agachar la cabeza hacia la polla de Gavin y metérmela en la boca, así que hago justo eso. Su pene es pesado contra mi lengua. Le chupo, y el resultado es un gemido y el calor salado de su líquido preseminal en mis papilas gustativas.

Esto me encanta. Me encanta hacer que se sienta salvaje con el agarre firme de mi boca.

Cuando Gavin está muy excitado, sus mejillas se sonrojan, y hay un rubor en su pecho.

La evidencia de su deseo me pone a mil. Mi polla grita pidiendo atención, pero me lo estoy pasando demasiado bien como para parar.

Así que voy a más. Mientras le chupo, le sujeto sus pesadas pelotas con una mano y lo acaricio con un pulgar.

—Oye, guaperas —jadea Gavin mientras se retuerce en el sofá—. Sigue así si quieres que esto termine ya.

Me separo de él, pero entonces le extiendo las nalgas, me lamo un dedo y lo deslizo por su agujero. Él suelta otro gemido cuando vuelvo a metérmelo en la boca.

—En serio. Me va a dar algo.

No es el único. Cuando lo suelto, los suministros que he traído conmigo prácticamente me están gritando desde la otra habitación.

—Quiero follarte.

—¿En serio? —Se incorpora sobre un hombro—. Nunca me lo habías pedido antes.

—No sabía lo que te gusta.

—Claro, porque no me habías preguntado. —Sus ojos arden—. Soy bastante versátil. Pero nunca habías sacado el tema; pensaba que serías aprensivo, como si quizá el sexo anal fuera demasiado gay para ti.

—No es el caso en absoluto. —La cara me quema por la vergüenza—. Es que se me da fatal preguntar. Además, es posible que, eh…, no se me dé demasiado bien.

Se incorpora más hasta que está sentado.

—¿Por qué cojones crees eso?

«Allá vamos».

—Porque no lo he hecho nunca.

—Oh. —Es evidente por su cara que esto le sorprende—. Oh .

—Ya. —Trago saliva—. Qué formas de arruinar mi reputación, ¿no?

Gavin suelta una risa súbita.

—Normalmente eres tan mandón que a veces se me olvida lo amparado que estás.

—¿Amparado? —farfullo.

—Totalmente —insiste—. Si tuvieras más amigos queer , seguramente estarías más cómodo hablando de esto. Bromeando al respecto. A la gente queer se nos da mejor hablar de sexo que a los heteros. Es lo que toca.

—Supongo que tiene sentido —admito.

—Imagino que tendré que hacerte una encuesta —dice Gavin encogiéndose de hombros.

—¿Qué?

—Tengo que hacerte un puñado de preguntas para ver qué te gusta. Levántate.

Confuso, hago lo que me pide y me levanto del sofá. Gavin me empuja hacia la habitación.

—Voy a darme una ducha rápida. Mientras esperas, puedes apartar las sábanas.

Mi mente se llena de imágenes de Gavin en la ducha.

—Yo también necesito una.

—Adelante, entonces. Tú primero. —Me vuelve a empujar hacia la habitación—. Pero no tardes.

Cuando es su turno, Gavin se pone a silbar en la ducha, y mi corazón prácticamente explota por la anticipación.

Mientras tanto, arranco el edredón de la estilosa cama de cuatro postes y dejo los suministros que he traído en la mesita de noche. Sin embargo, eso me parece demasiado directo, así que abro el cajón y los dejo dentro, justo encima de la ubicua Biblia de hotel.

Vaya.

Al cerrar el cajón, tomo una de las velas de la mesa del comedor y la pongo al lado de la cama, desde donde emite una luz sexy y dorada, pero entonces me pregunto si es demasiado, así que la devuelvo a su sitio en el comedor.

Dios, odio las situaciones en las que no sé qué hacer.

Gavin sale de la ducha, aún silbando, un minuto después, con una toalla enrollada alrededor de sus caderas esbeltas y unas cuantas gotas de agua aún aferrándose a sus músculos esculpidos. Me observa mientras estoy sentado, incómodo, en el borde de la cama.

—¿Sabes qué sería perfecto? Espera.

Va trotando hacia el comedor, agarra dos de las mesas y las trae a la habitación mientras yo sigo aquí sentado, patidifuso, mientras pone una a cada lado de la cama. Entonces, hace otro viaje al comedor para sacar algo de su maleta.

Cuando regresa a la habitación, trae una botella de lubricante, un pack de condones y un pack de esas toallitas estériles que los preparadores físicos siempre llevan consigo. Las deja sobre la mesita de noche en exactamente el mismo sitio donde yo casi había dejado las mías.

—De acuerdo. ¿Dónde estábamos? —Agarra el nudo de su toalla, lo deshace y la tira hacia una silla.

La luz de las velas le marca el contorno de sus abdominales y el brillo de su tensa polla. Jamás había visto algo tan atractivo en toda mi vida. Como un zombi hechizado, por fin me levanto y me deshago de mi propia toalla.

—Joder —dice—. Vale, antes de que nos abalancemos el uno sobre el otro, vamos a tener una charlita. Una charlita desnuda. En la cama.

«Sí, señor». Me siento en el centro del colchón y me apoyo contra el cabezal, con los brazos cruzados detrás de mi cabeza. En una situación como esta no me interesa hablar, pero intentaré seguir instrucciones. Debe de ser evidente por mi expresión, porque Gavin se ríe.

—Qué impaciente eres. Quizá por eso nunca habíamos hablado de esto.

—¿Por qué querrías hablar cuando podríamos estar chupándonos las pollas?

—Eso ya se nos da bien. —Se sienta a horcajadas sobre mis muslos y entonces me besa—. Pero hay otras cosas sobre ti que necesito saber.

—De acuerdo. ¿Como qué?

Baja la boca hasta mi cuello y me recorre la garganta suavemente con los dientes.

—Esto te gusta, ¿no?

Gruño en vez de contestarle. Cuando me besa el cuello, solo quiero inmovilizarlo y hacerme con él.

—De acuerdo, ya lo imaginaba. ¿Y qué me dices de esto? —Me lame y baja por mi pecho, y entonces me da un mordisco flojito en el pezón y yo suelto un grito ahogado por la sorpresa.

Entonces, mi pene gotea contra mi estómago.

—Mmm, sí —dice, lamiéndome el pezón mientras le agarro el cabello con las manos y lo mantengo en su sitio—. Así que no eres demasiado dominante como para apreciar cuando juego contigo.

—Ufff —es todo lo que tengo que decir al respecto. De repente, levanta la cabeza.

—¿Dejarías que te vendara los ojos? ¿O eso es ir demasiado lejos? —En respuesta, suelto un grito ahogado dolorido, y entonces me agarro la polla y aprieto la base. Su voz suena divertida cuando pregunta—: ¿Me lo tomo como un «sí»?

—Quizá —gruño—. Otra noche, cuando no esté a punto de inmovilizarte contra el colchón y mantenerte ahí hasta que explotemos los dos.

Sus ojos se oscurecen con la imagen.

—Me parece justo. Así que, definitivamente, quieres follarme.

—Definitivamente —repito—. No hay ningún tipo de confusión.

Alcanza su miembro y empieza a acariciárselo.

—Esa es una idea que podría apoyar. O apollar . —Se lame los labios.

—Pero no sé qué estoy haciendo —le aviso—, y no quiero hacerte daño.

—No me harás daño —dice con seguridad, y entonces agarra el lubricante—, pero necesitaré un poco de preparación. Hace años que no hago nada así.

—Joder —susurro—. ¿Desde que…? —«¿… tu marido murió?». Quizá estoy preguntando demasiado.

—No, más —responde, abriendo la botella—. Era el activo del matrimonio.

—Oh. —De repente se me llena la cabeza de imágenes de Gavin follando a otro hombre. Con fuerza. Y me gusta esa idea muchísimo más de lo que jamás habría imaginado.

Vaya.

—¿Alguna vez te has preparado el culo? —me pregunta, inclinándose para volver a besarme el cuello—. ¿O el de otra persona?

—N-no —admito mientras su barba incipiente me pone la piel de gallina.

—Mmm —dice, besándome la mandíbula—. ¿Puedo demostrártelo… contigo?