VEINTICUATRO Gavin
El hotel está a menos de diez minutos en taxi, así que aún no he terminado de quejarme cuando salimos a la acera.
—Un momento —me dice Hudson mientras saca su tarjeta de crédito para pagar al conductor—. Necesito que hagas el check-in y que pases por tu habitación a por tu bolsa.
—¿Por qué? —Levanto la mirada hacia el hotel iluminado, en forma de torre. Había estado emocionadísimo por venir, pero ahora solo tengo furia en las venas.
—Porque vas a venir a mi habitación. Confía en mí. Venga, vamos.
Entramos en el hotel, y dejo de echar humo durante el tiempo suficiente como para conseguir la llave de mi habitación y poner cara de culo mientras el ascensor sube hasta la cuarta planta.
Hudson tenía razón al asumir que mi maleta estaría esperándome, así que la agarro y lo sigo de vuelta al ascensor, donde aprieta el botón del piso más alto.
—Me están amenazando —digo entre dientes mientras ascendemos—. Saben que voy mal de dinero. Están contando con que no pueda permitirme pagar a un abogado, pero si me rindo y hago lo que quieren, pasará lo mismo el año que viene.
—Ya, te entiendo. Odio que estés pasando por esto, pero todo va a ir bien.
Las puertas se abren, y me hace señas para que me acerque a un pasillo silencioso, donde abre una puerta con su tarjeta.
—¿En serio? Porque la verdad es que no sé cómo vamos a salir de esta.
Son… —Dejo mis quejas en el aire mientras asimilo la habitación.
Es una suite enorme. Se ve una cama de cuatro postes elegante y moderna en la habitación adyacente.
Frente a mí hay un espacio hundido con sofás bajos alrededor de una mesa cuadrada con velas encendidas.
Hay una comida para dos en la mesa. Veo ensaladas y otros platos en un calentador de alimentos en el centro. La mesa brilla por la luz de las velas, lo cual hace que la botella de vino reluzca en su cubo con hielo.
—Guau —digo estúpidamente—. ¿Todo esto es para nosotros?
Hudson suelta una risita nerviosa, y entonces cuelga su chaqueta de traje en el perchero.
—Nunca te llevo a cenar, y has cocinado para mí, así que estaba intentando tratarte bien.
—Oh. —Miro cómo las velas titilan un momento, y los latidos de mi corazón se ralentizan—. Eres… Gracias.
—Sé que no es el mejor momento —dice con una sonrisa burlona—, como siempre, pero ¿hay algo que pueda hacer por ti?
Es posible que necesites buscar un poco sobre leyes de custodia, por si te hace sentir más tranquilo.
O buscar en Google abogados a los que puedas llamar por la mañana.
Podría ayudarte. O, al menos, alimentarte.
—Se desabrocha los puños y se arremanga la camisa, lo cual revela sus fuertes antebrazos.
Lo único que quiero es que me rodee con ellos durante un minuto, así que cruzo la habitación y me inclino contra su pecho. Aprieto la cara en el cuello de su camisa y respiro hondo.
—Oye —dice en voz baja. Sus brazos me rodean con firmeza—. Irá bien, de verdad.
—Ya lo sé —murmuro—. Probablemente.
—No, en serio. —Me recorre la espalda con una mano firme, y se siente increíble.
—Me lo estaba pasando en grande esta noche. Pensaba: «Mírame, viviendo un poco». Y ahora pasa esto. Es como si no pudiera apartar la vista de la pelota. Lo siento.
—No te disculpes —dice, dándome un apretón—, a no ser que sea por hacer una referencia al béisbol en un viaje de hockey . Venga, vamos a comer un poco y entonces pensaremos un plan.
—Vale, lo que digas.
—Buen chico. Abre el vino mientras me quito el traje, y averigua qué hay en esos platos tapados.
Cuando me suelta, voy hacia los sofás y me dejo caer en uno.
Huelo el aroma del ajo, y el estómago me ruge en respuesta.
Levanto la tapa de uno de los platos y veo dos trozos de salmón sellado con salsa de mantequilla y judías verdes.
El otro plato tiene algún tipo de puré de patata con pimienta encima.
Se me hace la boca agua.
—¿Tiene buena pinta? —pregunta Hudson, saliendo de la habitación con unos pantalones de franela y sin camiseta.
—Casi tanto como tú —respondo, y suena coqueto a pesar de mi ansiedad. Tendría que estar muerto para que un Hudson sin camiseta no me distraiga. El defensa toma asiento a mi lado.
—De acuerdo, a comer. El pescado tiene buen aspecto.
—¿Buen aspecto? Tiene un aspecto increíble. —Agarro un plato y tomo un filete para él—. No debe de llevar mucho rato aquí, si no, no parecería tan fresco.
Hudson me mira de reojo.
—Le mandé un mensaje al conserje cuando terminó nuestra partida de ping-pong . No te cortes con las patatas, hoy no estoy a dieta.
Le pongo verduras y un buen cucharón de patatas en el plato, y entonces lo rocío todo con salsa de mantequilla. Me preparo un plato para mí también y vierto vino en dos copas. Al dar el primer bocado, suelta un gruñido.
—Siento que la tarde se te haya torcido, pero no me arrepiento de pedir esta cena.
—Yo tampoco. —Aunque me mata que Hudson tuviera todo esto planificado. Es romántico, como la cita que no podemos tener.
Hay un abismo entre lo que quiere y lo que se permite tener. A veces, cuando pasamos el rato juntos, siento que le estoy ayudando a cerrar la distancia.
Esta noche, sin embargo, me siento triste. Como si el río fuera demasiado ancho como para poder cruzarlo. Para ambos.
La cena ayuda. Me pulo la comida del plato, y entonces ataco la ensalada. Cuando terminamos, relleno nuestras copas de vino mientras Hudson pone todos los platos sucios en un carrito y lo deja en el pasillo.
—Vale, me siento mejor —admito—. Aún ansioso, pero no tan desesperado.
Hudson trae su portátil al sofá y se sienta a mi lado.
—Primero lo primero. ¿Qué necesitas para estar listo para enfrentarte a ella? ¿Necesitas encontrar un abogado?
Tomo un sorbo de vino y me apoltrono más en el sofá.
—Tengo uno. Necesité a alguien especializado en leyes familiares para completar mi adopción, pero el abogado está en Nuevo Hampshire, y no sé si necesito uno en Nueva York.
Hudson enciende el portátil y busca «jurisdicción custodia». Navega entre los resultados y entonces lee en voz alta:
—«La jurisdicción en una demanda de custodia corresponde al estado donde vive el menor. Se considera que un menor vive en el estado en el que ha residido durante los últimos seis meses».
—Oh. —Hago las mates—. Entonces debería llamar al abogado de Nuevo Hampshire.
—Sí, pero… —Busca un poco más—. No tiene caso, Gavin. Ni siquiera para pedir visita. Los derechos de visita de los abuelos no existen.
Eso hace que me incorpore.
—¿Estás seguro?
—Google lo está. —Levanta la mirada—. Además, mi tía es trabajadora social, y crecí escuchando todo tipo de historias sobre su trabajo.
Es extremadamente difícil conseguir la custodia del niño de otra persona.
Tendrían que acusarte de todo tipo de cosas horribles.
No es broma. Tendrían que entrevistar a sus profes del cole, y necesitarían pruebas de que ha habido negligencia o abuso.
—Oh. Dios, qué turbio.
—Lo sé. Por suerte, la ley está hecha para mantener a los niños con sus padres. Y ese eres tú. —Pone una mano en el centro de mi pecho, y me gusta el peso que tiene, así que poso una mano sobre la suya.
—Gracias por escucharme despotricar. Siento haber arruinado el ambiente.
—¿Qué ambiente? —Se inclina hacia mí y me besa el cuello lentamente—. No soy siempre el señor Rayito de Sol, como sabrás.
—Ah, ¿no?
—No. —Vuelve a besarme el cuello—. ¿Quieres seguir investigando sobre esto? ¿O ha llegado la hora de que te distraiga? —Me acaricia con la nariz hasta la barbilla, donde vuelve a besarme. Ahora saca la lengua, y hace que me estremezca.
—Una distracción me iría bien —murmuro mientras me hundo un poco más en el sofá—. Además, tenemos esta habitación fantástica toda la noche. Deberíamos aprovecharla al máximo y desnudarnos.
Me empuja contra el sofá y me estudia desde arriba. Me gusta lo que veo: piel cálida, aspecto desaliñado y ojos marrones serios.
—Si no tienes ganas esta noche, lo entiendo.
—Por favor. —Le paso una mano por los abdominales—. Ya verás las ganas que tengo cuando te quites más ropa. Además, no puedo hacer nada más aparte de preocuparme, así que venga, haz que me olvide de mi día de mierda. Estás haciendo un buen trabajo.
Se ríe, y entonces hace una flexión inversa y baja su cuerpo duro hasta que está sobre el mío. Sus ojos vuelven a ponerse serios.
Espero a que me bese. Quiero que lo haga. Estoy hecho de expectativas. Sin embargo, me estudia un poco más y me traza las cejas con un pulgar. Sus párpados están caídos.
Entonces, se inclina y me traza el labio inferior con la lengua.
El grito ahogado que hago es como el vapor que sale de una válvula de presión. Necesito liberarme esta noche. Mi vida es un maldito desastre, y mañana tendré que enfrentarme a todo.
Pero ahora mismo puedo permitirme entrelazar mis dedos en su pelo, y empujo su cabeza hacia abajo para pedir que me dé más.
—Gavin —susurra contra mis labios, y se me ponen los pelos de punta. Luego, se abalanza para besarme, y por fin estoy rodeado de su sabor, eufórico. Se me cierran los ojos por la felicidad, pero entonces me fuerzo a volver a abrirlos.
No tendremos muchas noches más como esta. Será mejor que la disfrute mientras pueda.