VEINTITRÉS Gavin
Estoy en un bar subterráneo en Montreal, con veintitrés jugadores de hockey y seis mesas de ping-pong . Después de aterrizar, había esperado que la primera parada fuera el hotel.
Pero no, vinimos directamente aquí. Por lo visto es una tradición. Así pues, bebo una cerveza light y miro el final de una partida entre Jason Castro y Jimbo, el del equipamiento.
—Ay, qué cabrón —dice Jimbo cuando Castro vuelve a hacerle un ace —. Tu técnica ha mejorado mucho este año, quiero lo que sea que estés bebiendo.
—Gavin me ha arreglado el revés —explica Castro, asintiendo con la cabeza en mi dirección—. Puedes pedirle clases, pero ahora soy su mánager, y el precio acaba de subir. Mil pavos por hora.
—¿Cuánto cobrabas antes, Gavin? —pregunta Jimbo, poniendo los ojos en blanco.
—Solo una birra —respondo encogiéndome de hombros—. Te entrenaré cuando Castro no mire.
—A ver cómo juegas —me dice Jimbo, ofreciéndome su pala—. Me he cansado de que me metan una paliza.
—De acuerdo. —Dejo mi cerveza a un lado y me acerco a la mesa—. ¿Necesitas un respiro, Castro? ¿Agua? ¿Electrolitos? No quiero que me acusen de cansarte antes del partido de mañana.
—No, estoy bien. —Da un par de saltitos en su sitio, como un jugador de tenis en Wimbledon—. Vamos allá. Tira una moneda, Jimbo.
—Sí, señor.
Gano la tirada, así que saco yo. Y no se lo dejo fácil a Castro, porque si no, no sería divertido. Es una partida rápida, y la pelota vuela entre nosotros como un borrón. Para cuando hemos marcado cinco puntos, hay una multitud a nuestro alrededor.
—¡Vamos, Castro! —gritan sus compañeros de equipo—. ¡Lucha duro, hombre!
El siguiente saque nos deja en un peloteo larguísimo. Pierdo la cuenta de cuántas veces nos devolvemos la pelota de un lado de la red al otro, pero es un número alto. Entonces da un golpe un poco largo, y yo soy capaz de hacerle un chop.
El efecto de rotación hacia atrás se lo carga, y la pelota cae cerca de donde se la esperaba.
Todo el mundo grita.
Seguimos luchando, pero Castro pierde también el siguiente punto.
—Dios, he calculado mal —se queja el jugador de hockey desde la otra punta de la mesa—. El joven padawan no puede vencer a su maestro.
Gano el siguiente punto con una sonrisa y un poquitín de suerte. Esta noche estoy jugando genial, y probablemente él está un poco borracho y algo cansado. Ni siquiera es una pelea justa.
Aun así, es divertida. Gano la partida sin despeinarme demasiado.
—¿Quién está dispuesto a jugar contra Gavin ahora? —pregunta el capitán del equipo—. Vamos a apostarnos algo, con parte de donativo a la caridad, por supuesto. Jimbo, eres el corredor de apuestas. Pongo cien pavos por cualquiera que se atreva a jugar contra él. ¿Quién será?
—¡Yo! —Hudson se acerca a la mesa—. Yo puedo.
—Qué vas a poder —digo de inmediato, porque insultar a mis oponentes es mi segundo idioma.
—Ooooh —dice la multitud.
—Te ha destrozado —dice Castro con una risita—. Cien pavos por ti, Chico Nuevo. No decepciones al hockey , hermano.
—¡Cien por Newgate! —grita alguien más, y entonces oigo la voz del entrenador jefe:
—Doscientos por el preparador físico.
Los jugadores rugen.
—Vaya, hombre —dice Hudson, sacudiendo la cabeza—. ¿Dónde está el cariño? Lanza una moneda, Jimbo.
Gana él, así que me preparo para el saque de Hudson. Y es fiero. Mi chico ataca con fuerza, pero yo me concentro y se la devuelvo.
Ninguno de los dos está perdiendo el tiempo. Gano el primer punto, pero él se lleva el segundo, y así es cómo va durante los siguientes quince minutos: una partida sudorosa y apretada. Pero entonces le hago un ace en un saque, y él suelta una maldición.
Alguien sale corriendo para recuperar la pelota, y ambos agarramos nuestras bebidas para darles un trago.
Entonces, levanta la mirada y la posa en mí y me sonríe.
Me pongo la fría botella de cerveza contra la frente y le devuelvo la sonrisa, y entonces me doy cuenta de que hace varios años que no me lo paso tan bien.
Mudarnos a Brooklyn fue una decisión arriesgada, pero me ha dado mucho.
Ha hecho despegar mi carrera. Me ha dado un nuevo grupo de amigos interesantes.
Y me ha puesto cara a cara con el hombre al otro lado de la mesa de ping-pong, el que me ha sacado de quicio cada día desde que lo conocí en otra mesa de ping-pong .
De repente, me viene a la cabeza la idea más estrafalaria: «Podríamos hacer que la gente juegue a ping-pong en nuestra boda».
Vale, ¿qué? No. Aparto el pensamiento de golpe de la misma forma que uno aparta un mosquito. Estoy siendo ridículo, la novedad de estar de viaje claramente me está trastornando el cerebro.
Hudson saca, y vuelvo a recuperar el ritmo.
Esta es, probablemente, la partida de ping-pong más larga de mi vida.
Ninguno de los dos está dispuesto a aflojar.
Hemos reunido una multitud, en la que los jugadores aumentan sus apuestas con cada punto.
Es ruidoso y alborotado, y estoy sudando como si estuviera corriendo una maratón.
Y no cambiaría nada. Incluso aunque la pala se me escape un poco de la mano, haciendo que le devuelva la pelota de forma torpe, me lo estoy pasando en grande.
Hudson, sin embargo, le saca el máximo provecho. Gana un punto, y quedamos empatados con once puntos cada uno.
—¡Tú puedes, Gavin!
—¡Dale duro, Chico Nuevo!
Nuestras miradas se encuentran, y él saca rápido como un rayo. Se lo devuelvo, veloz. El peloteo es furioso, pero entonces me mata con un revés perfectamente ejecutado.
—Tal y como te enseñé —gruño, y la multitud se ríe.
Solo tiene que ganar un punto más.
Me toca sacar, pero justo cuando me estoy preparando, me vibra el móvil en el bolsillo. Dudo durante un segundo, pero hay muchos pares de ojos fijos en mí, así que va a tener que esperar un momento. La vibración para.
Saco, tratando de hacerle un ace con una puntada hacia la izquierda, pero me lo devuelve. Y allá vamos con un peloteo que se alarga, nos devolvemos la pelota cuatro y entonces seis veces. Mando la pelota de un lado a otro de la mesa, haciendo que se lo curre.
Él es más impredecible, lo cual me deja preguntándome qué hacer.
Maldita sea, mi móvil vuelve a vibrar, y la idea de que puede que haya algún tipo de emergencia en casa me distrae lo suficiente como para mandar la pelota justo al centro de la mesa.
Me la devuelve con un tiro alto que no debería funcionar en absoluto. Es demasiado bajo, pero también superficial, y demasiado a mi izquierda. Intento llegar, pero solo consigo rozar la pelota con la pala.
Sale disparada de la mesa, inútil.
Todos rugen.
—¡A pagar, caballeros! —llama Jimbo, sacudiendo un sobre.
—Oh, maestro Jedi, le ganarás la próxima vez —dice Castro. Acepto un puñado de choques de manos, pero estoy tratando de irme hacia el fondo de la sala para poder comprobar mi móvil.
Las llamadas eran de Eustace.
¿He perdido la partida con Hudson por mi suegra?
Joder.
El teléfono vuelve a sonar, y aunque sé que no debería contestarle cuando estoy alterado, lo hago de todas formas, porque no estoy en casa. ¿Y si hubiese algún tipo de emergencia?
—Hola, Gavin —dice con delicadeza—. Tenemos que hablar del campamento de verano antes de que sea demasiado tarde para apuntar a Jordyn.
—Ya hablamos de ello —gruño—. No va a pasar un verano entero alejada de mí.
—Agosto, entonces —replica—. Cuatro semanas.
Mierda, he caído de cabeza en su trampa.
—Ni hablar. Es demasiado joven, y además… —Lo cierto es que me cuesta articular todos los inconvenientes de una forma que no suene a que le estoy declarando la guerra—. No estoy dispuesto a enviarla lejos durante más de unas cuantas noches.
—Eso no es justo para Jordyn —dice con un grito ahogado—. ¡Vas a tener que trabajar en agosto! ¡Podría estar montando a caballo y disfrutando del aire libre!
Me apoyo contra una pared con paneles y cierro los ojos. Me inunda la miseria, porque no sé si estoy haciendo lo correcto.
—La llevaré de visita en julio —digo sin fuerzas—. Eso es todo lo que puedo prometerte ahora mismo.
—No es suficiente —dice en un tono de voz que suena calmado pero frío como el hielo—. He conseguido un abogado, Gavin. Cree que tengo posibilidades de conseguir derecho a visita. Incluso puede que la custodia.
—¿¡Qué!? —Se me abren los ojos como platos—. ¿Un abogado?
—Podría tener un hogar estable con dos adultos que la quieren. Podría ir a una escuela mejor, ver a sus viejos amigos.
—Eso es… Estás… —La cabeza me da vueltas—. Jamás conseguirás la custodia. Soy su único padre legal.
—Si el juez está de nuestro lado, eso no importará —responde—. Vendiste la casa que Eddie compró para ella, con el patio trasero y el columpio. La sacaste de la escuela que Eddie escogió para ella. Eres demasiado joven, y tienes un estilo de vida de soltero.
—¿Qué significa eso? —insisto, y entonces me doy cuenta de que estoy dejando que me engañe—. Da igual. Te estás comportando como una trol de internet. Jamás conseguirás la custodia.
—Puede que pierda, pero puede que gane. Lo que es seguro es que si no nos das el verano, recibirás noticias de nuestro abogado.
Cuelga la llamada antes de que pueda procesar la amenaza, pero cuando lo hago, empiezo a respirar agitadamente, y siento un dolor furioso tras el esternón. Estoy tan enfadado que podría explotar en mil trozos en llamas, justo aquí en el bar.
Mi teléfono se ilumina con un mensaje, y casi no puedo ni mirarlo.
Sin embargo, el mensaje no es de Eustace, sino de Hudson: Cariño, ¿qué pasa? ¿Alguna emergencia?
Levanto la mirada y lo veo al otro lado de la enorme sala. Se está apoyando contra la barra y me mira con ojos preocupados.
Entonces, corta el contacto visual para teclear algo más en su móvil, y mi pantalla vuelve a iluminarse: Nos vemos en la entrada. Puedes contármelo en el taxi.