El chico nuevo VEINTIDÓS Hudson
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VEINTIDÓS Hudson

Dos mañanas después estoy sentado en la sala de entrenamiento mientras Gavin me pone cinta kinesiológica en la muñeca izquierda, que me duele un poco.

—¿Te pasa mucho? —Hay un toque de preocupación en su voz.

—Qué va, es solo una vieja lesión por esfuerzo repetitivo. No se porta mal muy a menudo.

—Vale. Avísanos si empeora.

—¡Hudson! ¡Ahí estás!

Cuando levanto la mirada y me fijo en el hombre que hay en el umbral, el estómago se me remueve.

—¿Papá? ¿Qué haces aquí?

Está ahí de pie, vestido con una chaqueta de traje y una camisa blanca definida, y su sonrisa jocosa está en su lugar.

Esa sonrisa suya seduce a atletas y a entrenadores en todo el mundo, pero no funciona tan bien conmigo.

Ni siquiera hemos hablado desde aquella noche en la que le colgué la llamada.

Gavin se mueve hacia el fondo de la sala, como si quisiera darnos privacidad.

—¿Qué clase de saludo es ese? —Mi padre cruza la habitación y se sienta en la camilla vacía de Henry—. Mañana me voy a Boston, así que he pensado en venir a Nueva York y ver qué tal te va. Además, te debo una disculpa.

Vale, eso no me lo esperaba. Balanceo los pies para levantarme de la camilla y lo miro a la cara.

—Vale. Oigámosla, entonces.

Su expresión se enfría un poco.

—Siento haber insinuado que no has sido listo y comprometido. Nadie es más comprometido que tú.

—Gracias —digo con voz ronca. La verdad es que necesitaba oír eso.

—Pero aún hay un par de cosas de las que hablar. —Le echa un vistazo a Gavin, que está ordenando su surtido de cintas atléticas—. ¿Nos podrías dejar la sala? Solo serán cinco o diez minutos.

—Nop —contesta Gavin escuetamente—. No puedo hacer mi trabajo si estoy holgazaneando en el pasillo, pero el despacho de Henry ahora mismo no está ocupado. Probad a ir ahí.

Mi padre pone cara de desagrado. No está acostumbrado a que el personal le niegue nada. O a que lo haga cualquiera, en realidad. Sin embargo, se levanta y se dirige a la puerta sin decir nada más.

Lo sigo y señalo hacia el pequeño y desordenado despacho, mi padre cierra la puerta detrás de nosotros y va directo al grano:

—Así que es él, ¿no? ¿El preparador físico?

—No es de tu incumbencia —respondo con calma.

—¿Lo sabe alguien más?

—¿Qué te acabo de decir? ¿Estás de broma? No te he visto la cara en tres meses ¿y esta es la gran emergencia que te hace volar a LaGuardia? ¿Para cotillear los detalles de mi vida sexual?

—¿Quieres pelea, entonces? —Cruza los brazos y me lanza una mirada intimidante—. Solo he venido para asegurarme de que estás bien y para hacerte saber lo duro que estoy trabajando para que alcances tu sueño. Este no es el momento adecuado para dejar de fijarse en el objetivo.

—No lo he hecho.

—Vale, bien. —Asiente con la cabeza—. Nadie trabaja más duro que tú, eso ya lo sé. Vamos a conseguirlo, ya lo verás. Tan solo has tenido mala suerte.

Me inclino contra la pared, con el culo apoyado contra los pósteres anatómicos de Henry, pero esta habitación es diminuta, y me siento acorralado por este hombre que controla tantos aspectos de mi vida.

—Si el Brooklyn no me renueva el contrato temprano con una cláusula para que no me intercambien, ¿qué hacemos?

—Seguirás jugando y dejarás que pase el tiempo de tu contrato.

Este equipo es la mar de astuto, les haré saber que te interesa más la estabilidad que subastarte al mayor postor el verano que viene.

Harán una oferta razonable, me aseguraré de ello.

Podrás comprar un piso, tener un perro, enraizarte un poco.

Todas esas cosas que no has podido tener.

Dios, quiero tener eso desesperadamente. Estoy cansado de temer el toque en el hombro. Otro intercambio. Otra ciudad.

—¿Qué tengo que hacer, entonces?

Mi padre abre el libro de cuero que está permanentemente pegado a sus manos.

—Vamos a planificar tu entrenamiento veraniego y régimen de nutrición. Vendrás a Los Ángeles tan pronto termine la temporada y te verás con mi nuevo preparador físico favorito durante unas pocas semanas.

—De acuerdo.

Garabatea en su libro.

—Si el Brooklyn llega lejos en las eliminatorias, y no hay nada que haga pensar que no lo hará, no existirá la opción de tener unas vacaciones que duren más de unos días.

—Bueno, vale. —Estoy agotado solo de pensarlo, pero no es ninguna novedad.

—Buen chico —dice mi padre—. Ahora hablemos sobre nutricionistas. Hay unos chavales haciendo un trabajo interesantísimo sobre reforzar la flora intestinal.

—Suena genial —digo—, me encanta hablar de mi flora intestinal.

—Excelente. —Ni siquiera ha esbozado una sonrisa—. Ya tengo en mente a un par de chicos…

Por supuesto que sí. Esta es mi vida, es lo que he escogido. Y sería un idiota si abandonara todo ahora.

Estoy sentado junto a la repisa de mi cocina, bebiendo un batido de proteínas antes de irme al estadio. Y mensajeándome con Gavin.

Gavin: ¿Estás bien?

Hudson: ¿Hablas de mi muñeca o de mi padre?

Gavin: De ambos.

Hudson: Bien y bien.

Gavin: Nadie me ha preguntado, pero creo que su disculpa ha sido un poco sosa.

Hudson: Estoy de acuerdo, pero no se disculpa demasiado, así que ajusto las expectativas.

Gavin: Ya me callo. Mis padres jamás se han disculpado conmigo y nunca lo harán.

Hudson: Nunca hablas de ellos.

Gavin: Estoy muerto para ellos, no hay mucho de qué hablar.

Hudson: Dios, lo siento.

Gavin: Ya lo he superado, pero hay una buena razón por la que no salí del armario hasta la universidad. No era seguro para mí hacerlo. Y por eso no te juzgo por las decisiones que tomas. Estoy frustrado por ti, pero no te juzgo.

Levanto la mirada de mi móvil con los mismos pensamientos que siempre tengo sobre él. Que no me lo merezco. Y que me gusta demasiado.

En vez de responder a su mensaje, pulso su avatar y le llamo.

—¿Es un mal momento? —le pregunto cuando descuelga la llamada.

—Estoy haciendo la cena, pero háblame.

—Aprecio lo que me has dicho. Sobre que no me juzgas.

—Porque de verdad que no lo hago.

—No te culparía si lo hicieras. —Jugueteo con mi pajita—. Es más fácil escuchar a mi padre que hacer el esfuerzo de intentar salir del armario otra vez.

—Es verdad.

—Pero ¿y si se equivoca? ¿Y si el Brooklyn no es como mi antiguo equipo?

—Por alguna razón, no puedo dejar de vomitar palabras esta noche—.

Quizá cinco años es suficiente tiempo para que el mundo cambie un poquito.

Quizá no le importaría a nadie. Debe de haber alguna parte de ti que piensa que soy un puto cobarde.

—No eres un bip cobarde —dice en voz baja, y yo me río por la nariz.

—Deja que te pregunte algo: ¿alguna vez alguien del equipo te ha hecho una mala jugada por ser queer ?

—Ya sabes que no —responde en voz baja—, pero te han quemado en el pasado.

Y, aunque el mundo haya cambiado, aún habría una gran historia llamativa sobre ti.

Y, después de eso, aún no habrías terminado: tendrías que navegar la situación con todos los que conoces en el mundo del hockey.

No me gusta tu padre, y deberías hacer lo que te dé la puta gana, pero cuando dice que sería una distracción, no se equivoca.

—Ya. —«Y me da sudor frío»—. Mi padre dice que tengo que esperar hasta conseguir el contrato que queremos. Entonces importaría menos.

—¿Y cuándo sería eso?

—Este verano, si tengo suerte. El que viene si no. Y no es por nada, pero tener suerte no es lo mío.

—¿Estás seguro? —se ríe—. Porque Henry acaba de pedirme que vaya al siguiente viaje y a Reggie le parece bien hacer de canguro.

Tardo un segundo en procesar lo que ha dicho.

—Guau. ¿Vas a venir a Montreal y a Ottawa?

—Pues sí.

—Vaya. Ahora que lo dices, sí que me siento más afortunado de repente. —También será un viaje cómodo, no tendrá un horario tan extenuante—. ¿Voy a poder pasar una noche entera en la cama contigo?

—Si te apetece.

—Claro que me apetece.

—Me alegro de oírlo —dice con una risita—. Debería irme, las cebollas no se van a cortar por sí solas.

—Vete, pero me has mejorado muchísimo el ánimo. Como siempre.

—Hasta luego, guapetón.

—Hasta luego.