VEINTIUNO Hudson
Hudson: Hola.
Gavin: Hey. ¿Has llegado bien a casa?
Hudson: Sí. ¿Te vienes?
Gavin: Me gustaría, pero Reggie no está aquí.
Hudson: ¡No! Nos han matado a tiros.
Gavin: Oye, preferiría verte que sentarme aquí y hacer zapping yo solo. ¿Estás viendo algo que valga la pena?
Hudson: No, acabo de llegar. Ha sido colgar la chaqueta y escribirte. Deberías sentirte halagado.
Gavin: Oh, ya lo estoy. Pero estoy de un humor de perros. La verdad, hoy no creo que mi compañía sea agradable.
Hudson: Sería difícil de notar, porque tendría tu polla enmiboca.
Gavin: Ufff, ahora me lo estoy imaginando.
Hudson: De nada. Yo también.
Gavin: Ufff.
Hudson: ¿Reggie volverá pronto?
Gavin: Negativo. Está tocando en el Catskills. NS dónde, pero parecía que estaba lejos. Puede que no venga a casa esta noche.
Hudson: **suspiro profundo**
Gavin: Ya te digo.
Lanzo el móvil hacia el sofá con un gruñido de decepción. Durante el trayecto a casa desde LaGuardia había estado deseando ver a Gavin. Tan solo la tozudez me había impedido mandarle un mensaje desde el taxi.
Y aquí estamos, sentados a seis metros de distancia. Sin ningún motivo.
Con ese pensamiento en mente, vuelvo a agarrar mi móvil y busco las llaves. Entonces, descalzo, salgo del piso y cruzo el pasillo para llamar a la puerta de Gavin con cuidado.
Cuando la abre un momento más tarde, tiene puesta una camisa de franela de aspecto suave y pantalones de chándal.
—Hola, guapetón —me susurra—. ¿Pasa algo?
—Sí —respondo en el mismo tono—. ¿No puedo venir y ya? ¿No resolvería eso nuestros problemas?
Echa un vistazo por la planta, y me doy cuenta de que podría haber escogido mis palabras con más cuidado. Nuestros problemas no se van a solucionar con algo tan sencillo como cambiar la ubicación de nuestros líos secretos de mi piso al suyo.
—No estoy seguro de que sea buena idea —dice por fin—. Si Jordyn se levanta y oye tu voz, saldrá de la cama en un segundo.
—Oh. —Asimilo la idea y me doy cuenta de que no tiene nada que ver con que Jordyn pierda unos minutos de sueño. Es el peligro de que su hija nos vea en posiciones comprometidas en el sofá.
Hay una buena razón por la que quedamos en mi piso.
—Mira, ¿no puedo venir a pasar el rato una horita de todas formas? Te echo de menos.
Parece no poder decidirse.
—No va a ser divertido estar conmigo.
—Claro que sí. Eres el chico más divertido que conozco.
—Estás hablando con el pene —me dice, pero sonríe de todas formas—. Bueno, va, pasa. Pero compórtate.
—Ajá. Pero espera un segundo, hay algo que tengo que hacer primero.
Levanta las cejas, esperando para ver a qué me refiero, así que me inclino y le beso suavemente.
—Vale, ya está. Te sigo.
Gavin parpadea, y entonces me agarra de la sudadera para darme otro beso, esta vez mucho más enérgico que el mío. Su boca firme y generosa es lo único con lo que he soñado durante los últimos días.
Sin embargo, termina demasiado rápido. Gavin suspira y abre la puerta de su piso.
—Por aquí. Ignora el desastre, es normal.
No me importa, la verdad. Me gusta su hogar, con la manta mullida en el sofá y el puzle esférico en la mesita de centro. Cuando me siento, lo levanto, y localizo la bola de metal que hay dentro.
—¿Es uno de los difíciles?
—Dificultad media. Jordyn ya lo ha conseguido una vez. ¿Quieres algo para beber? —Cuando sacudo la cabeza, se sienta a mi lado y agarra el mando a distancia—. ¿Qué quieres mirar en Netflix?
Miro al menú de la pantalla.
—¿Has visto esa temporada del concurso de cocina británico?
El mando cae sobre su regazo cuando me observa.
—¿En serio?
—¿Qué? ¿No te gusta? ¿No puedes soportar la tensión?
—No está mal. —Se ríe—. Es que, y me sorprende que no lo hayas notado, es un programa sobre carbohidratos. No es lo tuyo.
—Me gustan los carbohidratos, es solo que no me los como. Además, no tiene que ver con el azúcar y la harina, sino con la emoción del espíritu deportivo. Riesgo y recompensa.
—Vale, amigo. —Se ríe—. A ver cómo hornean estos británicos.
El programa empieza, y vuelvo a dejar el puzle en su sitio y poso los pies sobre la mesita de centro, como ha hecho Gavin. La temática de este primer episodio es la fruta fresca. Miramos mientras los diez nuevos participantes deciden qué preparar.
—Vale, el gordito ya es mi favorito —declaro—. Parece verde, pero creo que es un crack.
—Qué interesante —dice Gavin—. ¿A quién crees que eliminarán primero?
—A la quisquillosa de pelo rizado. Va de reina, pero le falta dureza mental. Seguro que se desmorona bajo presión.
—Eres la monda —dice Gavin, riéndose por la nariz.
—Soy observador. Y este programa se parece a mi vida, ¿sabes? Una cagada y estás fuera. Chaíto.
Se prepara para ver si tengo razón, y la tendré. Uno hace un clafoutis de cereza, otro prepara una tarta de limón.
¿Y la tiquismiquis de pelo rizado? Cuando su tarta de fresa empieza a dorarse por los lados demasiado rápido, entra en pánico.
La saca del horno e intenta usar papel de aluminio para desviar parte del calor, pero entonces los lados del aluminio se pegan a la viscosa fresa del centro, así que lo pasa mal tratando de quitarlo.
Paso un brazo por el respaldo del sofá y rozo la nuca de Gavin. Si no puedo enrollarme con él, al menos puedo tocarle un poco.
—Vaya —dice Gavin, inclinándose hacia mi roce—. Lo has clavado. No creo que vaya a dar la talla.
—Aunque sobreviva a esta ronda, no durará —digo con la seguridad de cualquier opinólogo—. No tiene lo que se necesita. Pero, oye —añado, cambiando de tema—, no me has dicho por qué estás de mal humor esta noche. ¿Qué ha pasado?
Su sonrisa es un regalo que no me merezco. Lo raro sobre Gavin es que parece disfrutar de mi personalidad cascarrabias y analítica en exceso.
—La verdad, ni me acuerdo.
Seguramente no es cierto, pero no tengo la posibilidad de rebatírselo, porque de mi móvil empieza a sonar «Under My Thumb». Aunque no quiero hablar con mi padre ahora mismo, le contesto por accidente al apresurarme a conseguir que el tono de llamada deje de sonar.
—Hola, papá. —Me giro hacia Gavin y gesticulo: «Lo siento». Él para el episodio.
—Oye, ¿has llegado a casa? Buen trabajo. Quería proponerte conseguir un entrenador de patinaje este verano, ya tengo tres o cuatro ideas.
Hago lo que seguramente es un ruido audible y maleducado.
—Lo siento, no puedo hablar de esto ahora. Necesito tiempo para relajarme.
—Pero los horarios se llenan, Hudson. Si quieres lo mejor de lo mejor, si quieres ser lo mejor de lo mejor…
—Mañana —insisto, interrumpiéndole—. O pasado. Te lo prometo.
—Ya te he reservado un sitio con ese entrenador de condicionamiento en Los Ángeles. Está haciendo algo la mar de interesante con…
—Papá —interrumpo—. No estoy solo, no puedo hablar.
—¿Con quién estás? —me pregunta con intención.
«Mierda». Miro a Gavin, que abre los ojos. Claramente puede oír la conversación, aunque no sea culpa suya.
Sería facilísimo mentirle, supongo. «Es solo un compañero del trabajo. Estamos pasando el rato juntos porque está teniendo una mala racha». Pero no puedo hacerle eso a Gavin. Ya es suficientemente malo que finja que solo somos amigos en las instalaciones de entrenamiento.
—Me estoy viendo con alguien —le cuento a mi padre—. Es casual, pero ahora no puedo hablar.
—¿Qué tipo de alguien?
—Eso es privado —digo en voz baja, y él gruñe.
—Hudson, no lo hagas. —Y con eso, ambos sabemos que se refiere a que no esté con un hombre—.
¡Estás tan cerca de conseguir lo que quieres!
Estás patinando fenomenal, para julio podría conseguirte un nuevo contrato con el Brooklyn.
Incluso podríamos conseguir una cláusula para que no te intercambien.
Lo único que tienes que hacer es agachar la cabeza. Sé listo por una vez en tu vida.
—¿Por una vez en mi vida? —siseo—. Eso es muy injusto. Esta conversación se ha terminado. Buenas noches. —Le cuelgo por primera vez en años.
Gavin suelta un silbido flojo.
—¿Qué acaba de pasar?
Suelto un soplido frustrado.
—Normalmente no le llevo la contraria si es sobre mi carrera profesional, pero está intentando meterse en mi vida personal. Así que acabo de ganarme otra conversación incómoda.
Gavin se levanta del sofá y va a la cocina, donde coloca una bandeja sobre la encimera y empieza a poner cosas sobre ella: un pequeño plato de nueces, un par de mandarinas, dos vasos. Entonces, saca una botella del estante más alto del armario de la cocina. Es un whisky de malta.
—¿Quieres un chupito?
Asiento con la cabeza y lo miro mientras vierte un poco en cada vaso. Entonces, pone unos cubitos de hielo en otro plato y lo lleva todo al sofá, donde deja la bandeja entre nosotros.
Se sienta y me ofrece un vaso, entonces pone un cubito de hielo en el suyo y lo levanta para hacer un brindis.
—Por las familias controladoras y la fuerza necesaria para hacerles frente.
Choco mi vaso contra el suyo y bebo un sorbo.
—Gracias.
Él se encoge de hombros.
—¿Tu padre te hará la vida más difícil?
—No sería una novedad. —Vuelvo a dar un sorbo—. Este hombre no tiene límites. Normalmente no me importa tanto, porque no suelo tener una vida personal que me pueda invadir.
Gavin parece pensativo. Se lanza una almendra a la boca y me estudia.
—¿Crees que no puede soportar la idea de que a su hijo le atraigan los hombres?
—No —digo rápidamente—. No es tan malo. Pero no puede soportar pensar en que podría arruinar mi carrera por ello. Las cosas no han ido como deberían, y está frustrado conmigo.
—¿Estaría igual de molesto si le hubieras dicho que tienes una novia?
Sacudo la cabeza lentamente.
—No le haría gracia. Diría que es una distracción. Pero no le importaría tanto, porque nadie escribiría comentarios despectivos en las redes sociales sobre mí y mi equipo porque tenga novia.
—Bueno… —Se aclara la garganta—. Hay algo que te quería preguntar, y sé que no me debes nada, pero ¿te estás enrollando con mujeres cuando vas de viaje? —Su rostro se enrojece un poco.
—En el pasado, sí. En plan, un par de veces al año, quizá.
—¿Y ya está? —Sus ojos se abren como platos—. ¿Por qué? ¿Es que las mujeres no revolotean a vuestro alrededor después de los partidos?
—Sí —admito encogiéndome de hombros. Es lo que hay, soy un atleta profesional soltero y atractivo. Encontrar una pareja sexual con ganas nunca es complicado.
—Pero ¿no estás interesado? Tan solo trato de entenderlo.
—Estoy interesado, eh…, sexualmente, si te refieres a eso. Me atraen las mujeres. Pero… —Me froto el cuello—. Es un poco difícil de explicar.
—Inténtalo —insiste.
Agarro una mandarina y la pelo, solo para poder hacer algo con las manos.
—Ligar con mujeres es fácil, y nadie se sorprende, ¿no? Parezco un hombre heterosexual. Pero se supone que el sexo tiene que hacerte sentir, eh…, conectado con la gente, ¿no?
Sus ojos brillan por la diversión.
—A no ser que se te dé de pena, sí.
—Bueno, pues es mi caso, porque después solo me siento estúpido, como si esas mujeres me vieran como el hombre súper hetero que creen que soy. Como si me estuviera librando de algo. Tan solo hace que me sienta más solo que antes. Es como si estuviera actuando.
—Oh. —Sorbe su whisky —. En una ocasión, Eddie me habló sobre un estudio médico que leyó en una revista. Se me quedó clavado. Me dijo que los bisexuales tienen índices de depresión más altos que la gente que se identifica como hetero o gay.
Me quedo de piedra con una sección de mandarina a medio camino de la boca.
—¿En serio?
—Sí. Quizá porque no se sienten como que pertenecen de verdad a la comunidad hetero o a la queer.
Me pongo la fruta en la boca y la mastico para no tener que hablar, pero algo en mi corazón encaja, porque me suena muy familiar. Siempre me he sentido como que no pertenecía con los heteros, pero tampoco me veía como uno de los gays.
Nunca se me había ocurrido que otra gente pudiera sentirse así también. O que conocería a alguien que entendiera esta parte de mí.
—¿Aún quieres ver la serie? —me pregunta Gavin—. No tenemos por qué continuar.
—Oh, claro que quiero. —Le ofrezco un pedazo de mi mandarina—. Es posible que tengas que echarme.
Le da un empujoncito a la bandeja para acercarla a mí en el sofá.
—Toma más aperitivos sin carbohidratos y altos en fibra. Este programa me da hambre.
—Gracias. ¿No te había dicho que eres divertido? —Agarro un puñado de nueces y me las meto en la boca.
Pero el único aperitivo que quiero es él.