VEINTE Gavin Abril
—¡Chao, papi! —se despide Jordyn desde las escaleras de su escuela primaria.
—¡Nos vemos a las tres! —le digo, despidiéndome de ella con un gesto.
Cuando entra, me doy la vuelta y rodeo la manzana rumbo al trabajo. Voy un poco tarde, así que ni me detengo a por una taza de café.
Anoche dormí bien, pero últimamente eso no es lo normal, porque Hudson y yo nos hemos acostumbrado a tener líos a última hora de la noche. Una o dos veces a la semana, cuando está en la ciudad, recibo un mensaje.
Hudson: ¿Estás por aquí?
Y, a no ser que Reggie tenga un ensayo tardío o un espectáculo, siempre me aseguro de estar disponible. Todas y cada una de las veces.
Nuestras normas son tácitas, pero muy claras para ambos. No puede enterarse nadie del trabajo, y Jordyn no lo puede descubrir.
Solo es sexo casual. No tenemos ningún tipo de futuro. Obviamente. Sin embargo, eso no nos impide convertirlo en un hábito.
—Este bloque de Brooklyn está más salido que el pico de una mesa —me dijo mi hermana el otro día mientras yo agarraba las llaves y me dirigía a la puerta en calcetines.
—Cállate —fue mi respuesta, pero no pude esconder mi sonrisa.
—Ve con cuidado —me dijo en voz baja, y yo me quedé parado con la mano en el pomo.
—¿Con cuidado? Voy a estar en el piso de enfrente.
—Con tu corazón, tonto. —Sacudió la cabeza—. No estás hecho para el sexo casual.
—Claro que sí. —En la uni, había sido el rey del sexo casual. Ella me dirigió una mirada mordaz, como si pudiera ver a través de mí.
—Vale, si tú lo dices… Nos vemos por la mañana.
Y ese fue el fin de la conversación. Aun así, ambos sabemos que me estoy mintiendo con el acuerdo que tengo con Hudson.
Puedo fingir que es un ligue casual y conveniente, porque está a tres pasos de mi puerta, pero cuando entro en su piso, no actuamos como universitarios que quieren liberar tensión.
Normalmente, si no nos hemos visto durante unos días, nos sentamos y conversamos un rato mientras bebemos un refresco antes de que empiece a volar la ropa.
Aunque a veces nuestras necesidades son, definitivamente, menos verbales, a no ser que cuentes los «oh, Dios mío» y los gruñidos.
Me he acostumbrado a poner una alarma a las dos de la mañana, por si acaso me quedo dormido en la cama de Hudson.
Este hombre me agota, tiene la estamina de un atleta profesional, obviamente.
Pero no es todo sexo y ya. Cuando no está, nos enviamos mensajes todo el rato. Mi teléfono se ilumina la mayor parte de las noches con memes de deportes y chistes del equipo. Tankiewi cz se ha quedado dormido en el bus y Castro le ha dibujado una polla en la mano con rotulador permanente .
Entonces, por supuesto, le pido fotos. Y él me pregunta cómo me va el día. Y de repente han pasado dos horas y no he levantado la vista de la pantalla.
A pesar de que estamos teniendo una relación secreta y destinada al fracaso, las cosas van muy bien.
El resto de mi vida, sin embargo, sigue siendo complicado. Jordyn tiene un par de amigos, pero sigue sin estar cómoda al cien por cien en su nueva clase. La profesora hace que todos lean en voz alta en clase, y a ella le da ansiedad.
Además, hay una niña que hace que lo pase mal cada vez que se equivoca.
—Dahlia —dice Jordyn con una mueca exagerada—. Dice que tengo nombre de chico. Es mala con todo el mundo.
Trato de decirle las cosas correctas, pero ¿qué sé yo de niñas malas? Es difícil discernir si es una situación de acoso escolar o qué. Debería mandarle un correo electrónico a la profesora y preguntar, supongo. ¿O quizá eso me hará parecer un padre capullo y sobreprotector?
Es otro momento en el que pienso en qué haría Eddie. De momento, no estoy seguro.
Y entonces está mi trabajo. Lo adoro, pero es agotador, y puedo notar que Henry desearía que pudiera dedicarle más horas. Su mujer está embarazada de mellizos, así que está haciendo malabares con su embarazo de alto riesgo mientras nos acercamos a la temporada de las eliminatorias.
Pero lo estoy haciendo tan bien como puedo.
Estoy a punto de llegar al trabajo cuando me suena el móvil. Es la banda sonora de Tiburón , el nuevo tono de llamada de mi «so-ogra». Le encanta llamarme por la mañana. Le he dicho mil veces que prefiero hablar por la tarde, pero le da igual.
Para ella, mis necesidades no son importantes, y nunca lo han sido. Mi móvil sigue sonando mientras entro en la sede de Brooklyn Hockey, que es un almacén centenario renovado.
Suelto una maldición por lo bajini y descuelgo la llamada de todos modos. Quizá puedo deshacerme de ella rápido.
—Buenos días, Eustace. Estoy a punto de entrar en el trabajo. ¿Necesitas algo?
—Buenos días, Gavin —me dice escuetamente—. No voy a tardar mucho. Solo quería decirte que nos han rechazado la oferta que hicimos para el piso en Manhattan.
—Oh, cuánto lamento oír eso —miento. Mis suegros han intentado comprar tres pisos distintos en Nueva York, sin mucha suerte. Sus gustos son tan elegantes que nada satisface los estándares de Eustace.
—Por eso, vamos a cambiar de estrategia. En vez de comprar un piso en Manhattan, nos compraremos una propiedad exquisita en Nuevo Hampshire. Acaba de salir al mercado.
—Ah —digo, tratando de no sonar demasiado emocionado—. Eso será perfecto para vosotros. —«Y está a más de trescientos kilómetros».
—Sí, lo será. Tiene una piscina. Me gustaría invitar a Jordyn este verano.
«Mierda». Me apoyo contra una de las paredes de ladrillo de la entrada y cierro los ojos.
—Seguro que podremos visitaros. Tengo vacaciones en verano.
—Gavin, quiero que esté aquí todo el verano. Viviría aquí diez semanas, y parte de ese tiempo iría al campamento de día del que le hablé.
Una migraña por la tensión se me planta en las sienes.
—Podemos visitaros —repito lentamente—, pero el verano es mi mayor oportunidad para pasar tiempo con ella. Es una de las razones por las que acepté este trabajo. —La temporada de hockey es larga, pero encaja perfectamente con las vacaciones de verano de mi hija.
—Pero ¿qué niño querría pasar el verano en Brooklyn cuando podría pasarlo en las colinas de Nuevo Hampshire? —dice Eustace—. ¿Qué haría todo el día allá?
Ahora tengo ganas de estampar el móvil contra el suelo. En cambio, respiro profundamente.
—Aún no he organizado nuestros planes de verano, pero no estoy dispuesto a mandarla lejos de mí. No va a pasar.
Está callada durante un momento, y me preparo mentalmente para lo que vendrá.
—A Eddie esto no le gustaría —dice en voz baja—. No querría que nos peleáramos por lo que es mejor para su hija.
«Su hija». Como si yo no contara para nada. Quiero gritar.
—Nadie se está peleando —digo, apretando la mandíbula—. Me has pedido que la mande lejos durante diez semanas, y he dicho que no.
—Te pido que lo reconsideres. —Resolla—. Quiero lo mejor para Jordyn, y tú deberías querer lo mismo. Piensa en lo que te he propuesto, por favor. Ahora te dejaré trabajar.
—Vale, le daré vueltas. —«A las cuatro de la mañana durante las próximas noches»—. Adiós, Eustace.
—Cuídate, Gavin. —Me cuelga.
Me ha arruinado el día, y son solo las ocho y media.
Me meto el móvil en el bolsillo y me alejo de la entrada hacia el túnel de cristal que conecta las oficinas con las instalaciones de entrenamiento.
Estoy caminando rápido porque es posible que vaya unos minutos tarde.
Al final, tengo que pasar por la pista de patinaje y deslizar mi tarjeta de identidad para entrar en las instalaciones de entrenamiento.
Ya hay jugadores dando vueltas, lo cual significa que es más tarde de lo que pensaba. Me deslizo por el pasillo y entro a toda prisa en la sala de entrenamiento.
«Mierda». Hay dos atletas esperando, y otro en la camilla con Henry.
—Lo siento, chicos —digo, tenso—. He recibido una llamada cuando estaba entrando en el edificio.
—¿Va todo bien? —me pregunta Henry, con un rollo de cinta de estiramiento en las manos.
—Ajá —murmuro—. Gracias. —Cuelgo el abrigo en el gancho de la esquina y arrastro mi armarito de suministros hacia la silla vacía, pero voy con tanta prisa que me doy con la rodilla contra el canto—. Me ca… chis. Perdón.
—Cuidado —me dice Henry—. Tómate un minuto si lo necesitas.
—Estoy bien —me quejo, frotándome la rodilla adolorida con rabia.
Y cuando levanto la mirada, por fin registro que Hudson es uno de los atletas que están de pie contra la pared, esperando su turno en silencio.
Hace unos días que no nos vemos. Los chicos estaban de gira en el Medio Oeste para jugar dos partidos.
Ahora, sus ojos marrones parecen preocupados, como si quisiera preguntarme qué pasa pero se estuviera censurando frente al equipo.
Respiro profundamente y hago venir a los chicos que están contra la pared. Crikey es quien viene a mi camilla para que le vende el tobillo. Debe de haber sido el primero de la fila.
—A ver qué tenemos aquí —digo mientras me lavo las manos con furia.
—Lo de siempre —responde, y me pongo manos a la obra.
Es como la hora punta en la charcutería, y no hay descansos entre atletas.
Al terminar con Crikey, me ocupo de Trevi, y después, de Castro.
Para cuando están todos listos para su patinaje matutino, es hora de reabastecer los estantes, y entonces el kit de viajes de Henry.
Y entonces los jugadores vienen poco a poco desde la pista.
Puedo oír cómo sus voces hacen eco en las paredes de las duchas.
Tener las manos ocupadas es bueno, porque hace que sea menos probable que atraviese la pared de un puñetazo. No suelo tener mal humor, pero hoy no puedo deshacerme de mi rabia.
¿Un verano entero sin Jordyn? No puedo hacer eso. Es una idea horrible. Cada vez que lo pienso, quiero gritar.
—Oye, ¿estás bien?
Me doy la vuelta y me encuentro a Hudson de pie en la sala conmigo, con el cabello mojado por la ducha. Ni siquiera le había oído entrar.
—Sí. En general, sí. ¿Necesitas algo? ¿Tu cadera está bien?
—Sí. —Frunce el ceño—. Pero tú no.
Me siento en la camilla vacía.
—Tan solo ha sido una llamada dura de mi so-ogra . Quiere que Jordyn se quede con ellos todo el verano.
—Espera, ¿qué? —Cruza los brazos y entorna la mirada—. ¿Sin ti?
Asiento, miserable.
—Encima, le ofreció a Jordyn ir a un campamento como incentivo, sin preguntarme nada. Estoy tan cabreado que podría escupir.
Hudson cruza la sala en mi dirección, y entonces hace algo totalmente inesperado: me agarra de la nuca y me da un apretón suave. Y a mí se me pone la piel de gallina de verdad, porque jamás me toca en el trabajo.
O sea, jamás de los jamases. Y cuando vuelve a dejar caer la mano, la echo de menos.
—¿Cuál es su objetivo? —me pregunta—. ¿De qué van?
—Creo que ven a Jordyn como su última conexión con Eddie. —Me froto la frente—. Y tienen mucho dinero, así que creen que ella estaría mejor con ellos. Me lo han dicho a la cara.
Suelta un silbido a través de los dientes.
—Qué despiadado.
—Lo son. Pero cuando se trata de ellos, no puedo pensar racionalmente. A primera vista, es una oferta estupenda: Jordyn pasa un verano en el campo y aprende a montar ponis. Pero no me fío de ellos.
—¿Crees que intentarían arrebatártela?
—No creo. —La idea me pone enfermo—. Seguramente no.
Así que si les digo que no por paranoia, ¿me convierte eso en un capullo?
Tampoco tengo planes para agosto de momento, estaré trabajando aquí para el campamento de entrenamiento y mi hermana estará de gira.
¿Y si esto de Nuevo Hampshire es una bendición del cielo?
Podría estar privándola de algo increíble.
Ni siquiera podré apuntarla al campamento de Brooklyn.
Sus amigos van a una cosa de la Academia de las Artes, pero se llena rápido de miembros de la Academia.
—Me doy cuenta de que me estoy yendo por las ramas, así que cierro la boca.
—Oye. —Me pone una mano en el hombro y me lo aprieta—. Tienes unos cuatro meses para ponerlo todo en orden.
Cuando Hudson es tan dulce conmigo, no sé cómo lidiar con ello.
—¿Va todo bien? —pregunta Henry cuando entra en la sala—. ¿Se ha lesionado el entrenador físico esta vez? —Se ríe por su propio chiste. Hudson baja la mano, pero no de forma sobresaltada.
—Qué va, es que Gavin ha tenido un día estresante. Mierdas familiares. Nos ha pasado a todos. Tú puedes con todo, colega. —Entonces se marcha de la sala, dejándome más inestable emocionalmente que cuando entró.
—¿Algo con lo que te pueda ayudar? —pregunta mi jefe—. Buen trabajo reabasteciendo, por cierto.
—Gracias. Ojalá supiera qué hubiera querido mi marido que hiciera con sus padres controladores.
—¿Tan malo es? —Henry pasa un trapo por su camilla—. ¿Nunca os habéis llevado bien?
—Los padres de Eddie son dominantes. Mi marido estaba involucrado en la mayor parte de las cosas que su padre quería que hiciera. Excepto una: yo era la cosa con la que su padre no quería que se involucrara.
Henry se ríe.
—¿No le gustaba que su hijo fuera gay?
—En realidad, Eddie era bi, y sus padres asumían que se casaría con su novia del grado de Medicina y que tendrían hijos en una agradable casa en algún lado de los suburbios.
Pero ella rompió con él. Eddie adoptó a Jordyn al año siguiente, y entonces nos conocimos en un parque: él estaba haciendo jogging con Jordyn en un cochecito para correr, y yo estaba entrenando con unos atletas universitarios cerca del parque.
Se paró para dejar que Jordyn jugara en el cajón de arena solo para poder ver cómo entrenaba.
—Buena jugada, amigo. —Henry se ríe—. Deja que lo adivine: ¿volvió al parque cada día durante la siguiente semana?
—Solo tuvo que regresar una vez más. —El recuerdo me hace sonreír—. Me pidió salir, y eso fue todo. Estuvimos saliendo durante seis meses antes de que me pidiera matrimonio.
—Vaya.
—Pues sí. Era nueve años mayor que yo, y ya estaba listo para tomar decisiones serias. Yo solo tenía veintiuno cuando nos comprometimos, pero estaba dispuesto a hacerlo. Con la niña y todo.
La cara de Henry se entristece.
—Y entonces lo perdiste. Qué forma más solitaria de convertirse en padre.
La imagen de Hudson parpadea en mi mente, porque últimamente no he estado solo en absoluto. Aparto el pensamiento.
—Me alegro de que tuviéramos el tiempo que tuvimos. Fue un marido de primera y un padre genial. Mucho mejor que yo, la verdad.
—Oye —replica Henry—, no asustes al inútil que está a punto de ser padre. Me pareces bastante competente. Algunos aún no sabemos cómo cambiar un pañal.
—Esa es la parte fácil, créeme —me río—. Lo que de verdad te va a arruinar la vida va a ser responder sus preguntas. «¿Cómo de grande es el mundo?», «¿Quién creó a Dios?».
Él sacude la cabeza y sonríe.
—Ha estado bien hablar contigo, Gavin. Ya estoy acojonado con esto de ser padre. Supongo que habrá que salir del paso y ya. Quizá eso es lo que hace todo el mundo.
—Supongo que sí.