DIECINUEVE Hudson
Bajo el cálido chorro de mi ducha, Gavin parece contento. Mientras, yo estoy aquí tratando de mantener la calma, como si ducharme con el guapo padre soltero con manos mágicas y una sonrisa que me parte por la mitad no fuera gran cosa.
No estoy tratando de esconder lo mucho que me gusta, y ya he admitido que no puedo dejar de pensar en él. Y que el sexo con él tendría sentimientos de por medio.
Sin embargo, estaría bien si no me hiciera parecer un tarado total, aunque por dentro esté dando saltitos.
Me pongo un poco de jabón corporal en la mano y lo froto suavemente por su pecho.
Él alcanza la botella y se pone un poco también, y estira el brazo para frotarme la espalda.
Dejo escapar un pequeño gemido de felicidad. La intimidad es algo muy poco común para mí. Jamás me había duchado con un amante. Ni siquiera una vez. Desde Colorado, mi vida sexual ha sido una serie de líos de una noche poco satisfactorios y nada frecuentes.
Gavin da un paso hacia mí para enjabonarme la nuca, y aprovecho la débil excusa para inclinarme y besarle la barbilla. Solo quiero pasar el resto de la noche así, con sus manos en mi cuerpo y el sabor de su piel en mi lengua.
A él parece que tampoco le importa. Sus manos embadurnadas me recorren la espalda hasta que me agarra el culo con ambas, y entonces alinea nuestros cuerpos para que pueda besarme de verdad.
Ahora nos estamos liando perezosamente. Bueno, los besos de Gavin son pacientes y lentos, pero los míos se vuelven cada vez más urgentes.
Lo aprieto contra los azulejos, y cuando su pene empieza a endurecerse contra mi barriga, me estiro para agarrar el jabón corporal y me embadurno la palma con él.
Él gruñe cuando empiezo a masturbarle.
—Uno nunca se aburre contigo, Hudson Newgate.
—No es un cumplido que suela escuchar.
Gavin apoya la frente contra mi hombro y empuja contra mi mano.
—Se equivocan —murmura—. Se equivocan por completo.
Es afortunado que no pueda ver lo mucho que estoy sonriendo.
No salimos de la ducha hasta que ambos estamos arrugados por el agua y agotados.
Agarro una toalla grande y le rodeo sus caderas esbeltas.
—¿Quieres un refresco?
Él levanta la cabeza para mirarme.
—Espera, ¿el señor Sin Carbohidratos bebe refrescos?
—No de los comerciales —me mofo—. No soy un degenerado. Hago mis propios refrescos, con un chorro de zumo de frutas.
—Oh. Vale, sí. Me gustaría probarlo. Por control de calidad.
—Métete en la cama, te lo traeré.
Claramente soy un genio, porque cinco minutos más tarde tengo a Gavin en la cama, reclinándose desnudo contra el cabezal. Y yo estoy a su lado, con una mano en su rodilla, bebiendo un refresco de piña y jengibre. Él, sin embargo, está un poco callado.
—¿Estás bien? —tengo que preguntar.
—Sí —responde—. De verdad que sí. Es solo que no esperaba terminar aquí esta noche.
Me aclaro la garganta.
—No te sientes culpable, ¿no? Me dijiste una vez que no lo has… superado.
—Es verdad, no lo he hecho. —Vuelve a apoyar la cabeza contra el cabezal—. Pero no me siento culpable por lo que ha pasado entre nosotros. Él no hubiera querido que me sintiera así.
—Me alegro de oírlo. —Me habría destrozado si se hubiese arrepentido, y me sentiría como un canalla por haberlo disfrutado tanto.
—Eddie hubiera odiado que me quedara solo.
Incluso tuvimos una conversación al respecto una vez.
Suena mórbido, pero él era médico, y era una persona muy práctica.
Tenía un testamento, seguro de vida y hablaba de estos temas con más facilidad que la mayoría de la gente.
—Fija sus ojos grises en mí, pero están un poco tristes—.
Por eso, sé exactamente cómo se sentiría si pasara el resto de mi vida solo por algún tipo de deber hacia él. Me patearía el culo.
—Quizá, pero debe de ser difícil de procesar de todos modos.
—A veces. —Deja su vaso sobre la mesita, y entonces posa una mano sobre la mía, que está sobre su muslo—. Pero esta noche, no tanto.
Siento un chute de felicidad.
—No te mentiré, espero que podamos volver a hacer esto, pero me siento mal solo de pedirlo. No tengo mucho que ofrecerte.
—La verdad es que yo tampoco. —Me acaricia el pulgar con el suyo—.
Incluso si estuvieras en una posición en la que pudieras salir conmigo abiertamente, aún no sé cómo lidiaría con Jordyn si me echara novio.
Tengo que ir con cuidado con ella; no puede permitirse perder a más gente de su vida, ¿sabes? Y ya está suficientemente loca por ti.
Vaya. Mierda.
—Pues sí que complica las cosas.
—Ella es mi prioridad número uno —me dice, observándome de reojo—, pero es verdad que se va a dormir temprano.
«Gracias, Jesús».
—Los niños pequeños necesitan descansar.
—Me alegro de que te invitara a cenar. Debería haberlo pensado yo antes.
—Ya te digo.
Gavin se ríe.
—Debería irme, se está haciendo tarde.
—Ah, ¿sí? —pregunto mientras noto que se me cae el alma a los pies. Entonces, también dejo mi bebida en la mesita—. Supongo que ambos deberíamos descansar.
Nos observamos mutuamente, y ninguno de los dos se levanta.
—Mañana por la noche hay partido, ¿no? —Pone una mano sobre mi pecho y me acaricia el esternón—. ¿Vas a ir al patinaje matutino?
—Posiblemente. —Me giro un poco y le recorro el brazo con una mano.
No estoy seguro de quién se mueve primero, pero, de algún modo, volvemos a besarnos. Me mordisquea el labio inferior mientras se tumba sobre mi pecho, y yo lo rodeo con los brazos.
Los besos de buenas noches existen, ¿no? En cualquier momento lo romperemos y se irá a su casa.
Pero aún no. Mis labios ya están quemados por su barba incipiente, pero no puedo parar. Su cuerpo se siente tan correcto contra el mío. Nos deslizamos poco a poco por el cabezal hasta que estamos liándonos sobre la colcha.
Él gruñe, y entonces lo hago yo, y probablemente nos pasaremos el resto de nuestras vidas en esta habitación, porque ninguno de los dos tiene la fuerza de voluntad para marcharse.
Y a mí me parece cien por cien correcto.