El chico nuevo DIECIOCHO Gavin
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DIECIOCHO Gavin

Me pongo en pie y me lavo las manos, que están embadurnadas con aceite de masajes. Cuando regreso, Hudson me está esperando. En la canción que ha escogido suena una guitarra acústica, y ha bajado aún más la intensidad de la luz.

No debería sentirme incómodo al cambiar de sitio con él, pero es raro igualmente. Me tumbo sobre las toallas, con la mejilla apoyada en mis brazos doblados, sintiéndome cohibido.

—Caballero, necesitaré que se los quite —dice Hudson con las yemas de los dedos rozando la cinturilla de mis calzoncillos—. ¿Le importa?

—No. —Ahora estoy sonriendo—. No quisiera hacer que su trabajo sea más difícil.

—Lo aprecio. —Da un tirón, y cuando levanto las caderas, la tela se desliza por mi cuerpo—. Mucho mejor. Ahora, dígame, ¿dónde suele sentir más rigidez?

Mi pobre pene ignorado palpita.

—Normalmente, en los hombros. Pero en este preciso instante…

—En los hombros, entonces —dice enérgicamente—. Quédese ahí.

Oigo que la botella de aceite se abre, y entonces Hudson coloca una rodilla musculosa a cada lado de mis caderas. Sus manos anchas se posan en mis hombros, y empieza a acariciarme los trapecios con los pulgares.

—Ufff —digo inmediatamente—. Vaya. Qué manos tan agradables y fuertes tiene usted.

—Gracias, caballero —susurra—. Ahora relájese y déjeme trabajar.

Y vaya si trabaja. Sus manos anchas se deslizan hasta mi cuello y sus pulgares me empiezan a frotar con firmeza la base de mi cráneo. La sensación es increíble. Entonces, vuelve a bajar a mis hombros y remonta el ritmo.

Siento que el cuello se me relaja y que me pesan las extremidades. Ni siquiera puedo recordar la última vez que recibí un masaje. Hace dos años, por lo menos. Y Hudson lo está haciendo con ganas: me masajea la espalda sin pausa; luego, le dedica un tiempo a mis caderas, y entonces a mis glúteos.

Vuelve a aplicarse aceite de masaje y se mueve hacia mis muslos.

—Dese la vuelta, caballero.

«Oh, sí, por favor». En un estado de euforia y goteando, consigo girarme hasta estar boca arriba. Mi polla es la única parte de mi cuerpo que sigue rígida, pero el masaje continúa. Se centra en mis pies durante un momento, y entonces vuelve a subir por mis piernas.

—Caballero, casi se nos ha acabado el tiempo, pero me especializo en finales felices. Está incluido en el precio.

Mi barriga se sacude por la risa.

—Bueno, si está incluido…

Oigo que abre la botella una vez más, y me preparo para la mano firme que se posa en mi…

Muslo. Empieza a masajearme el interior de los muslos, y gruño, decepcionado.

—Es una técnica especial —dice en voz baja—. Si pudiera ser paciente, caballero…

—El caballero tiene las pelotas duras —me quejo.

—Mmm. Ya veo. —Una mano embadurnada de aceite se mueve hacia mis testículos y los acaricia suavemente.

—Ohhh, joder. —Separo las piernas para darle mejor acceso, y se siente sucio, como si me estuviera ofreciendo a él.

—Muy bien, caballero —dice con voz grave, y antes de que pueda decir nada más, se inclina hacia mí y se mete mi polla en su boca.

Estoy tan sorprendido que prácticamente me arqueo del suelo, y suelto un gruñido monstruoso mientras me empieza a lamer de la base a la punta.

Mi sorpresa se duplica cuando me doy cuenta de lo bien que se le da. Ni siquiera estaba seguro de que esto fuera algo que Hudson disfrutaría, pero claramente es el caso. Se mete la punta en la boca y me chupa con tanta atención como cuando me masajeaba el cuello.

Y sus manos están por todas partes, sujetándome las pelotas y acariciándome el perineo.

—Eso es… guau —tartamudeo—. Eres… uffff.

Su risa queda amortiguada, y se me doblan los dedos de los pies.

—Qu-quizá deberías bajar un poco el ritmo. El caballero va a explotar como un géiser.

Él gime, pero también me aprieta la base de la polla y rebaja la velocidad de salvajemente entusiasta a simplemente increíble.

Me quedo ahí tumbado, jadeando, intentando no correrme y preguntándome cómo he podido tener tanta suerte. Quizá debería volver a hacerle sopa para cenar mañana…

Hudson vuelve a gemir, y me incorporo sobre un codo para poder ver el espectáculo.

El defensa levanta sus ojos marrones y me sonríe alrededor de mi polla. Entonces, baja una mano y empieza a masturbarse con el puño. Una llamarada de calor me enciende el cuerpo.

—Oye, dame eso —ordeno con voz rasposa—. Quiero tener mi turno.

Su respuesta ante mi orden es incluso mejor de lo que había esperado. Sin soltarme, maniobra su cuerpo hasta que se tumba junto a mí sobre la toalla, estilo sesenta y nueve, lo que deja su polla justo donde puedo alcanzarla.

Lo único que tengo que hacer es acercarme a él y aferrarme. Su pene es pesado contra mi lengua, y está goteando. Cuando me lo meto más adentro, gruñe, y me hace cosquillas.

La adrenalina fluye por mi cuerpo. Estoy en pelotas en el suelo, sudoroso, cubierto de aceite de masajes y enredado con un atleta profesional buenorro. Mi fiestero latente por fin ha despertado, y está viviendo su mejor vida.

La boca de Hudson es el cielo, pero yo no me quedo atrás. Le acaricio los testículos hasta que gime. Somos, básicamente, un pretzel humano hecho de deseo, dos contrincantes en una competición acalorada para ver quién puede hacer que el otro sienta más placer.

Ambos estamos ganando. Entonces, Hudson aprieta un pulgar contra mi culo y me acaricia el agujero, y me hace pensar en unas imágenes tan sucias que gimo alrededor de su polla.

De repente, ninguno de los dos tiene ganas de reprimirse más. Le chupo con más fuerza mientras él me folla la boca, y llega hasta lo más profundo de mi garganta como si fuera la ronda final del torneo estrella del sexo.

Y quizá lo es, porque mis pelotas se tensan con fuerza.

—Cuidado —jadeo mientras el deseo me inunda.

Sin embargo, él no se echa atrás, y deja que termine en su lengua. Oleadas de felicidad palpitan en mi interior, y me corro con un jadeo.

De repente, su polla palpita en mi mano, y entonces dispara su semen por todo mi pecho mientras le acaricio con torpeza.

Cuando termina, nos quedamos tumbados un minuto, jadeantes. Estoy demasiado satisfecho sexualmente como para moverme.

Sin embargo, Hudson se incorpora sobre un codo y me examina.

—Espero que no te importe que te haya dejado hecho un desastre, porque ha sido el mejor sexo de mi vida. —Entonces, me dirige esa sonrisa desaliñada e infantil—. ¿Ducha?

Dejo caer la cabeza sobre la toalla. Aún sigo sin poder creerme mi buena fortuna.

—Vale. Dame un segundo, tengo que recordar cómo levantarme.