DIECISIETE Gavin
—No te esperaré despierta —me susurra Reggie desde el sofá mientras me dirijo a la puerta, y entonces suelta una risita.
Me voy sin responder, porque me siento ridículo.
Cuando me ofrecí a revisarle la cadera a Hudson, lo decía genuinamente, pero entonces él llevó las cosas a otro nivel, así que ya no vale la pena fingir que es una visita profesional.
Lo cual me convierte en un idiota. No quiere salir conmigo, y no debería liarme con un hombre con el que trabajo. Tampoco quiero confundir a Jordyn, así que es una misión de sigilo.
Hay muchísimas razones por las que esto es una idea terrible y, aun así, acabo de ducharme, y meto una botella de aceite de masajes del tipo comestible en mi bolsillo.
Entonces llamo a la puerta.
Sus pasos se acercan un momento más tarde, y se me ocurre que, tras una hora o así de pensárselo, seguramente habrá cambiado de parecer.
La puerta se abre, y ahí está, llenándome el campo de visión con su gran cuerpo y expresión reflexiva. También acaba de ducharse, y lleva pantalones de chándal y una camiseta con cuello Henley. Quiero treparlo como si fuera un árbol.
—Hola —dice.
—Hola. ¿Estás bien? Quizá no es buena idea.
—Oh, no lo es en absoluto. —Me agarra del brazo y me dirige al piso. Cierra la puerta detrás de mí y me estampa contra esta.
Sin embargo, no me besa. Inclina la frente contra la mía, y simplemente me observa.
—No puedo dejar de pensar en ti. Es un problema. Y nunca soy indeciso.
—Lo siento —digo, aunque no es culpa mía—. Siento que no puedas decidir si quieres tener sexo sin compromiso o no.
—Ese es el problema. —Su risa es seca—. Creo que para mí habría sentimientos de por medio.
—Oh. —«Oh». Mis ojos encuentran los suyos, marrones, y en ellos veo que me va a traer problemas. Y me pregunto cuánto le habrá costado decirme eso—. Eres un poco desastre, Hudson Newgate —susurro.
—Ya —accede. Entonces veo un destello de una sonrisa antes de que, por fin, se incline para besarme. Es dulce, y un poco triste. Al menos, durante un segundo, hasta que le devuelvo el beso, y entonces su lengua roza mi labio superior y yo tiemblo contra su pecho.
Hudson gruñe y se abalanza a por su siguiente beso, y le doy la bienvenida con una boca hambrienta y manos impacientes.
Me saborea con profundidad, y la cabeza me da vueltas.
Volvemos a estar así, enrollándonos en la bruma del deseo sexual, pero tiene razón: el sexo casual no empieza así, no con besos profundos después de cenar, y tampoco parece que lo sea cuando se le corta el aliento cuando lo aprieto contra mí.
Siento mucho afecto por el solitario jugador de hockey del 2.º A. Quiero darle sopa de comer y ver la gratitud en sus ojos cuando la prueba. Y quiero una noche entera juntos.
Pero eso no es una opción.
Rompo el beso y lo freno.
—Hagamos una pausa, Hudson. Esto sigue siendo una mala idea.
—Ya —resopla, frustrado—, pero esperaba que pudiéramos fingir un poco más que no lo es. —Su honestidad hace que todo sea peor. ¿Por qué no puede volver a ser un capullo?—. Si tienes que irte, lo entenderé. —Da otro paso atrás.
¿Así que ahora esto es decisión mía? Estoy la mar de indeciso.
—Dame un segundo para pensar. Quizá podría dedicarle un momento a las contusiones de anoche.
Se ríe, sorprendido.
—De acuerdo. Vale. ¿Dónde quieres que me ponga?
Tras un instante de duda, digo:
—En la cama.
Sus ojos arden en llamas, pero no dice nada, tan solo se da la vuelta y se dirige a su habitación.
Lo sigo, y me doy cuenta de que su cuarto está mejor decorado que el resto del piso.
La enorme cama está hecha, cubierta con un edredón de franela sobre unas sábanas a cuadros azules del mismo material.
Una lámpara en su mesita de noche ilumina tenuemente la pared.
Hay una esterilla mullida de color azul en el suelo junto con un rodillo de masaje de gomaespuma.
—¿Estiras aquí, en la esterilla?
—Sí, siempre —responde—. Esa esterilla es mi mejor amiga. Me ha seguido a cuatro ciudades distintas.
—Túmbate ahí, entonces. Si no te importa.
—Oh, no me importa. —Se arrodilla sobre la esterilla, se deshace de su camiseta y se estira sobre un lado—. Me golpearon fuerte anoche, pero por suerte no me dieron en la cadera. Estoy entumecido, pero no creo que vaya a empeorarme la bursitis.
—Vamos a ver. —Hay un moratón feo, pero está por encima de su hueso coxal, y más hacia su espalda que hacia su costado. Pruebo la articulación con los dedos, con cuidado, y no se encoge—. ¿Está bien?
—Sí. Hay, en plan, un poco de dolor muscular, pero nada agudo en la articulación. Henry le ha echado un vistazo esta mañana.
—Me lo creo, pero personalmente estaré furioso si un cabrón ya te ha vuelto a lesionar, así que necesitaré mi propia valoración.
—Adelante —me dice, sacudiendo la cabeza con una sonrisa.
Me pongo manos a la obra y busco puntos tensos y distensiones. Gruñe como hacemos todos cuando alguien pone sus habilidosas manos en un lugar donde hace daño, y, tras un momento, noto que se relaja bajo mi roce.
—Tenías razón, por cierto —farfulla después de un rato.
—¿Sobre qué? —Voy bajando por su muslo.
—Cuando dijiste que era solitario. Me enfadó muchísimo, porque es verdad. Quería que te callaras y te desvanecieras, y ahora me alegro de que no lo hicieras. Estoy harto de estar encerrado en mi propia cabeza.
—Pero sigo siendo un problema para ti —le recuerdo.
—Oh, ya lo sé. Que pueda admitir cuánto me gustas no hace que la situación sea más fácil.
—Es verdad. —Le masajeo el muslo con precisión lenta—. Pero tienes que guiarme un poco. Tengo aceite de masajes en el bolsillo y no sé si se supone que tengo que desnudarte y usarlo o irme a casa.
Cierra los ojos y suelta un tipo de gruñido completamente diferente al anterior.
—Creo que es mejor que hagas lo primero. No lo segundo.
Me río con un resoplido, y entonces le doy una palmada a su firme trasero.
—Vamos a poner una toalla, así no derramaremos aceite de masajes sobre tu mejor amiga.
Se da la vuelta y se levanta, y entonces se dirige al armario y regresa con dos toallas grandes de baño, que posa sobre la esterilla.
Luego, agarra su móvil para reproducir un poco de música, y una música house discreta empieza a sonar desde el altavoz de su mesita de noche. «Se ha preparado para esto», me doy cuenta. La cama pulcramente hecha, la luz tenue. La música.
No tengo por qué sentirme culpable por esto, supongo. No le he obligado a hacer nada.
Entonces, se quita los pantalones de chándal y los calzoncillos con un único movimiento rápido, dejando nada excepto una polla semierecta apuntándome.
Me lamo los labios.
Él gruñe.
—Túmbate —le indico—. Boca abajo. —Estoy dispuesto a que este masaje termine siendo tan sucio como una peli porno de bajo presupuesto, pero al menos voy a alargarlo un poco.
No pierde nada de tiempo y se tumba sobre las toallas, con la frente apoyada en sus brazos doblados.
Lo dejo allí durante un minuto y me preparo: me bajo la cremallera de los tejanos y me los saco a patadas; también me quito la camiseta y los calcetines, por razones prácticas. El aceite de masajes lo deja todo hecho un desastre. Entonces, me arrodillo, vestido solo con mis calzoncillos.
El primer paso es abrir la botella del aceite de masaje y frotarlo entre mis manos. El segundo paso es empezar por sus anchos hombros.
—Jodeeeer, sí —murmura—. Qué bien se siente.
—Es que soy un profesional, hombre afortunado. —Noto su sonrisa aunque no pueda verla. Ambos sabemos que lo que está sucediendo aquí y ahora es de todo menos profesional.
Malgasto unos minutos pensando si el manual de empleados de Brooklyn Hockey al que a duras penas eché un vistazo dice algo sobre fraternizar entre empleados, pero supongo que me preocuparé de eso más tarde, porque mis manos embadurnadas de aceite ya están haciendo un viaje por la parte superior del cuerpo de Hudson.
Y a él le encanta. Gruñe cada vez que encuentro un nuevo músculo que frotar.
—Tienes el cuello tenso —me quejo, apretando el pulgar contra la base de su cráneo—. ¿Puedes intentar recordar algo por mí?
—¿El qué? —Posa la mejilla sobre la toalla para poder verme.
—Ahora mismo, no tienes que estar en ningún otro sitio —susurro.
—Sí, ¿y?
—Eso es todo. Ese es el mensaje entero. Ahora mismo, no tienes que estar en ningún otro sitio —repito—. Solo aquí, conmigo.
—Oh —dice suavemente—. Vale.
—Ahora, relájate. —Se hunde un poco más en la toalla, y yo me tomo mi tiempo bajando por su cuerpo.
Le dedico unos minutos a sus músculos dorsales, y entonces paso a su cadera, con cuidado de no hacerle daño en los puntos amoratados.
Por hábito, paso las manos bajo su cuerpo para trabajar en los flexores de la cadera.
Hay un poco de tensión, pero gime con felicidad.
Me pongo más aceite en las manos y empiezo a trabajar sus glúteos. Es verdad lo que dicen sobre los culos de hockey: todo ese músculo da una imagen espectacular. Y yo soy un cabrón terrible. Paso un pulgar por su raja y observo cómo se le pone la piel de gallina.
—¿Puedo darme la vuelta? —me ruega.
—Aún no. Separa las piernas un poco.
—Joder, sí. —Hace lo que le digo, y trabajo lentamente los músculos del interior de sus muslos, pero sin tocar sus testículos.
»Me estás matando. Casi que estoy restregándome contra el suelo.
—Paciencia. Date la vuelta para que pueda centrarme en… tus pies.
Suelta una risa por la nariz y se da la vuelta, y yo me muevo para sentarme cerca de sus pies. Quizá cree que estoy rebajando el ambiente, pero eso significa que jamás ha tenido un buen masaje en los pies. Hay nervios en la planta del pie que pueden hacer que pases de excitado a cachondísimo.
Poso sus pies sobre mi regazo y me dedico un momento a trabajar en sus tobillos, porque los jugadores de hockey ponen demasiada presión en esas articulaciones. Después de que cada uno reciba un poco de amor, agarro un pie y aprieto contra el puente con los pulgares.
Poco después, está gimiendo y maldiciendo, y yo tengo la vista perfecta de su cuerpo divino mientras su polla se balancea y gotea contra su abdomen musculoso.
—Eres lo más sexy del mundo —susurro mientras la música suena con suavidad de fondo—. Pero ya me he hartado de torturarte, porque también es un suplicio para mí.
De repente, sonríe, y hace un abdominal superhumano y se incorpora.
—Entonces, ¿ya te puedo quitar los calzoncillos?
—Claro. ¿Por qué no? —digo casualmente, como si no estuviera ya palpitando por su culpa—. Pero si quieres que pasemos a la cama, deberías limpiarte el aceite.
—Ya, yo también lo había pensado, pero tengo una pregunta. ¿Quién te cura a ti?
—¿A mí? —No entiendo la pregunta—. No estoy lesionado.
—¿Y? Eso no significa que no estés tenso.
—Uy, estoy tensísimo. —Señalo mi pene, que está tratando de escapar de mis calzoncillos. Él ni siquiera sonríe.
—No es broma. Siempre estás ahí, asegurándote de que me cure, y yo aprecio la forma en que me tocas, de todas las maneras posibles, así que ¿por qué no te tumbas y dejas que me encargue yo unos minutos?
¿Que se encargue él? Uffff. Me encanta cuando toma el control.
—Si insistes…