El chico nuevo DIECISÉIS Hudson
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DIECISÉIS Hudson

Aun así, al día siguiente por la tarde, vacilo en la vinatería. ¿Llevar un sauvignon blanc haría que se pareciera demasiado a una cita?

Sí, probablemente.

Mierda.

Me doy la vuelta y me dirijo a la tienda del barrio. Como estamos en Brooklyn, hay un millón de cervezas entre las que escoger. Me decanto por un pack de cuatro cervezas japonesas y una botella de un refresco especial para Jordyn. Es una ofrenda informal y amigable.

«Estará bien, ¿no?», me pregunto mientras paso la tarjeta de crédito.

Esto de darle tantas vueltas a las cosas es nuevo para mí. Durante los últimos años, he mantenido una vida sencilla. Sin líos, solo hockey. Pero ahora Gavin me ha puesto todo patas arriba, lo cual es raro porque él y yo no estamos juntos.

No podemos estarlo.

Mi subconsciente, sin embargo, tiene otra opinión. Cuando oigo su voz, gravito hacia ella, y cuando me sonríe, una energía innombrable se choca contra las paredes de mi corazón vacío.

Necesito apagar esos sentimientos. En su lugar, voy a ir a cenar a su casa.

Cuando llamo al timbre, Jordyn viene corriendo. Oigo sus ruidosas pisadas, y entonces la puerta se abre de par en par.

—¡Hudson Newgate! ¡Has venido!

Mi sonrisa es automática. Nadie había estado tan feliz de verme.

—Hola, peque. Gracias por invitarme.

—Voy a por mi palo de hockey —dice, alejándose de la puerta otra vez.

Entro en el apartamento. Estos pisos son de espacios abiertos, así que veo a Gavin en una esquina del fondo de la habitación, removiendo algo en los fogones.

—He traído cerveza —anuncio.

—Genial. —Se da la vuelta y me dedica una sonrisa. Y, efectivamente, la noto como un apretón en el pecho—. Pasa.

Rodeo el sofá; es gris, con cojines azules y naranjas, uno de los cuales tiene forma de gato.

Hay mesitas auxiliares y lámparas de distintas formas y colores, fotos enmarcadas en las paredes y una alfombra en el suelo.

Una mesa de centro está cubierta de deberes de matemáticas, un puñado de lápices y una goma de borrar en forma de unicornio.

—Vaya, tu piso parece más habitado que el mío.

—¿Es una forma amable de decir que está desordenado? —Gavin sonríe—. Estamos un poco apretados aquí. Fue difícil mudarse de una casa con tres habitaciones.

—No me refería a eso.

—Ya lo sé. —Deja caer hojas de espinaca de un escurridor a la olla—. La cena estará lista en unos diez minutos.

—¿Puedo hacer algo? No sé cocinar, pero sé poner la mesa tan bien como cualquiera.

Él sacude la cabeza.

—Como si eso fuera una opción para ti.

Me doy cuenta de a qué se refiere cuando Jordyn aparece de una habitación arrastrando un palo de hockey de juguete y un disco hecho de gomaespuma.

—¡Vamos a jugar! —anuncia, dejando caer el disco sobre el suelo—. Enséñame trucos.

—Genial. Mira a ver si puedes disparar el disco entre las piernas de esa mesa del comedor.

Jordyn dispara, pero ni siquiera se acerca al objetivo.

—¡Casi! —dice alegremente, y yo escondo una sonrisa.

—Vamos a mejorar el agarre del palo…

Me paso los siguientes diez minutos enseñándole un poco, pero sobre todo estamos haciendo el tonto.

Siempre me han intimidado los niños pequeños, porque lloran mucho, y no sé cómo hablar con ellos. Pero Jordyn no es un bebé, y tiene la energía soleada que admiro. Está aquí por la experiencia, no le importan demasiado los detalles.

Hay algo vivaz en ella que me recuerda a Gavin.

—La cena —anuncia él, interrumpiendo un juego en el que intento atrapar el disco de gomaespuma volador con una red de cazar mariposas que Jordyn tenía en su habitación—. Cariño, deja que Hudson se beba su cerveza. ¿Podrías poner la mesa?

Jordyn abandona el juego sin mucho alboroto, y se dirige al cajón de la cubertería.

—¿Cucharas y tenedores?

—Y palillos también, Patito —dice Gavin. Entonces, agarra un vaso de uno de los armarios y lo rellena de leche de la nevera.

Ayudo a Gavin a llevar los enormes boles de sopa humeantes de la cocina a la mesa del comedor de la familia.

—Esta noche estamos solo nosotros tres —me explica—. Reggie tiene ensayo.

—¿Qué hace? —pregunto, dejándome caer sobre la silla.

—Toca el bajo en una banda. —Gavin frunce el ceño—. ¿Por qué te mueves así? ¿Te duele la cadera?

—Me dieron un par de golpes en el partido de anoche, pero no es nada. Tan solo estoy un poco sensible. —Indago en el músculo de mi cadera, y está entumecido, pero no de una forma peligrosa.

—Mmm —dice mientras toma asiento—. Podría revisarlo más tarde.

«Sí, por favor».

No, espera. Es una idea de mierda. Se me da muy bien mantener una distancia profesional cuando ambos estamos en el trabajo, pero no debería dejar que este hombre me ponga las manos encima en privado. No tengo tanta fuerza de voluntad.

Dirijo la mirada hacia el bol en vez de a sus ojos.

—Esto huele que alimenta. —Mi sopa tiene trozos de pollo, zanahorias, setas frescas, espinacas y cebolleta junto con los serpenteantes fideos. Oh, y un huevo frito flotando en la superficie—. Tal y como lo has servido, no es tan distinto a mi dieta.

—Papi se lo ha currado más hoy —dice Jordyn, pinchando el pollo de su bol, y juraría que Gavin se sonroja.

—El ramen es uno de esos platos que puedes hacer más o menos elaborados. A veces voy con prisa y lo meto todo en la olla a la vez, y a veces lo doy todo. Y, bueno, sé que a Hudson le gustan las verduras.

—Papi ha puesto un huevo en el tuyo —nota Jordyn, arrugando la nariz—. Es raro, pero a él le gusta.

—A mí también —admito, y Gavin agacha la cabeza, como si estuviera avergonzado.

Los dos atacamos la comida con los palillos, aunque Jordyn usa un tenedor. Dios, qué buena está esta sopa.

—¿De dónde has sacado el caldo? —pregunto. Casi podría preparar este plato por mi cuenta.

—Lo he hecho yo en mi olla a presión —responde, sorbiendo un fideo—. Hago una tanda grande de caldo y lo congelo.

—Qué sofisticado —digo con una sonrisa coqueta que me devuelve.

Debería dejar de hacer esto, pero no quiero. Nadie me sirve comida hecha en casa. Soy solo un invitado, pero me siento cuidado, de la misma forma que me siento cuando trabaja en mis músculos adoloridos.

Aunque ese es su trabajo, por el amor de Dios.

«Deja de darle vueltas, Newgate», me recuerdo.

—¿Cómo va el cole, Jordyn? ¿Mejor?

—Un poco —sorbe la sopa—. Me han invitado a una fiesta de cumple en una pista de patinaje.

—Qué bien. Puedes patinar, ¿no?

—Claro. —Se encoge de hombros—. Como todo el mundo.

—Bueno, como todos los que crecen en Nuevo Hampshire —aclara Gavin mirando a su hija con cariño.

—¿Tú también? —Dejo los palillos sobre la mesa. Ni se me había ocurrido que Gavin pudiera patinar—. ¿Creciste en Nuevo Hampshire?

—En la Pennsylvania rural. —Se encoge de hombros—. Pero jugábamos al hockey en el estanque en invierno. Yo jugaba siempre que los campos de fútbol estaban nevados.

—Vaya, eres un hombre de muchos talentos. —Mierda, eso también ha sonado coqueto.

Le doy un mordisco al pollo y a las setas para callarme la boca.

—Oye, Hudson —dice Jordyn mientras terminamos de comer—. Voy a llevar mis dulces de cumpleaños al cole la semana que viene. Son piruletas y unas pegatinas del Bruisers que papi consiguió en el trabajo.

—Qué guay. Una temática de hockey, me gusta.

—Hemos puesto una foto en la bolsa de las golosinas. Es del partido del Bombshells, en la que salimos tú, yo y Neil Drake. La que sacamos después de que Neil dejara de decir palabrotas.

Me río tan de repente que casi me atraganto con la cerveza. Drake había sido suelto con el lenguaje soez durante aquel partido, y había esperado que Jordyn no lo notara.

Ups.

—Podrías firmarlas —dice con una expresión seria—. Entonces serían golosinas autografiadas.

No estoy muy seguro de a cuántos niños de siete años les importa mi autógrafo, pero a esta parece que sí.

—Claro, peque. Lo que quieras.

Jordyn se desliza de su silla y corre hacia su habitación. Gavin me dedica una mirada suave mientras se termina su cerveza.

—No tienes por qué malcriarla —susurra—. Puedes decirles que no a los niños de vez en cuando.

—No me importa —respondo con el mismo tono.

Él se levanta y se inclina para agarrar mi bol vacío, pero en el último momento, posa un beso sobre mi cuello.

Y, vaya, cada terminación nerviosa de mi cuerpo de repente se activa, pero Gavin ya está al otro lado de la habitación, poniendo los boles en el lavavajillas. Jordyn regresa a toda prisa con una caja de zapatos llena de pequeñas bolsas de papel con golosinas y un rotulador morado.

—¡Puedes firmar con el color del equipo!

Así que hago justo eso. Mientras tanto, Gavin abre otra cerveza y me mira con una sonrisa íntima en su hermoso rostro.

Estoy en un buen lío. Le dije que no podíamos volver a enrollarnos, lo dejé muy claro para beneficio de ambos, pero ahora no puedo recordar por qué. De repente, todas mis objeciones parecen no tener tanta importancia.

Tras un rato, Gavin le dice a Jordyn que tiene que ir a bañarse, así que me levanto del sofá y me llevo mi botella de cerveza a la cocina.

—Os dejaré solos para que hagáis la vuestra. Gracias por la cena.

—Espérame unos minutos —me pide Gavin—, ahora mismo vuelvo.

Desaparece para dejar a Jordyn en la bañera, y aprovecho la oportunidad para lavar la olla de la sopa y el resto de los cacharros del fregadero. Ya estoy secándolo todo para cuando regresa.

—Oh, joder. No deberías tentarme así —dice con una expresión seria en la cara.

—Espera, ¿qué? —Me quedo paralizado por la sorpresa—. Llevo toda la noche tratando de no flirtear contigo.

—Voy a ser sincero. —Sus ojos brillan—. Un hombre que friega los platos es más sexy que un guapetón desnudo con un gran mástil.

Me río tan fuerte que casi se me cae la olla a los pies.

—Cuidado. —Me la arrebata de las manos y la deja sobre los fogones—. ¿Cómo va la cadera?

—No sé qué decirte —admito—. Me tienta demasiado invitarte a que me examines.

Gavin aprieta la mandíbula mientras cuelga el trapo de cocina.

—No puedo ayudarte con esa decisión.

—¿Tu hermana va a volver a casa más tarde? —pregunta.

—Llegará en cualquier momento —responde.

Levanto una mano y la poso en su hombro. Con cualquier otro hombre, el gesto no tendría ningún tipo de significado, pero entre nosotros, es como si fueran preliminares. El cuerpo de Gavin se sonroja, y sus ojos brillantes se posan en los míos.

La tensión sexual entre nosotros es palpable, así que la profundizo al deslizar la palma de mi mano de su hombro a su cuello, y entonces le rozo el labio superior con el pulgar.

—Ven a mi piso después —susurro—. Creo que ignorarte no está funcionando.

—Dijiste que no íbamos a repetir —dice con fuego en los ojos.

—Quizá mentí.

Se inclina sobre mi roce.

—Llamaré a las ocho y media. Si respondes, asumiré que no has cambiado de opinión. Dale un par de vueltas.

Dejo caer la mano y doy un paso atrás antes de hacer algo impulsivo, como empujarlo contra la nevera y besarlo hasta dejarlo atontado.

—Ya verás las vueltas que le daré, pero no de la forma que quieres decir.

Entonces me marcho, pero hago la cuenta atrás de los minutos que faltan hasta las ocho y media.