QUINCE Hudson Marzo
No es fácil robarle el disco a Neil Drake durante la práctica, pero ningún jugador es infalible. En el momento justo, uso mi palo para levantar el suyo, arruinando el pase que estaba intentando recibir, y rápidamente le paso el disco a Trevi.
Trevi lo dispara, y va directo a la portería.
Me río. Drake suelta una maldición, pero me choca los cinco igualmente. El entrenador toca el pito.
—Vale, buen trabajo. Nos vemos en la sala de cintas en cuarenta y cinco minutos.
Patinamos hacia la salida. Son solo las diez y media de la mañana, y tenemos el horario de un día de partido: patinaje matutino en la instalación de entrenamiento, seguido de una reunión de estrategia.
Luego, una siestecita en casa y un almuerzo tardío (o una cena temprana, como quieras llamarlo).
Entonces nos marchamos hacia el estadio para el partido de esta noche contra el Colorado.
Este será mi tercer partido desde nuestro viaje a Florida hace ocho días. Mi cadera se mantiene en buen estado, al igual que mi ánimo.
Es raro, pero me siento como un hombre diferente tras mi noche con Gavin. Quizá eso suene dramático, pero es verdad.
Mi vida no ha cambiado en absoluto. Sigo siendo un atleta de segunda que cada día lucha por triunfar y recibir reconocimiento. Sigo levantándome temprano y trabajando duro y evitando los carbohidratos. Sigo yéndome a dormir solo cada noche.
Pero me siento diferente. Es como si me hubiera ido de vacaciones por primera vez en años y me hubiera acordado de que la vida no se basa siempre en trabajar duro. Y quizá esta parte suena cursi, pero me siento visto. Como si hubiera una persona en este edificio que de verdad me conoce.
Lo cual es una persona más de las que había antes. Eso ayuda, y ni siquiera podría decir por qué.
Silbo al tiempo que me ducho rápido, y mientras mi cuerpo aún está caliente y flexible, me dirijo a la sala de entrenamiento. Tanto Henry como Gavin están trabajando, pero Henry me llama primero.
La verdad es que estoy un poco decepcionado. Estos últimos días, Gavin ha sido mi primera opción; siempre pone un poco de esfuerzo extra para mantenerme ágil. Ha tenido que tratar mi otra cadera, porque he tendido a sobrecompensar favoreciendo la derecha.
—Hola, Newgate —dice alegremente. Me dedica una sonrisa y entonces vuelve a centrarse en recortar cuidadosamente la cinta del tobillo de Trevi—. He oído que anoche Castro y tú tuvisteis una batalla de ping-pong con apuestas altas.
—Es verdad. —Había ido, por fin, al bar con mis compañeros de equipo—. Resulta que mi revés ha mejorado mucho este año, y Castro no pudo seguirme el ritmo.
Trevi se ríe disimuladamente.
—Deberías haber visto la cara de Castro cuando Chico Nuevo le dio una paliza. Para partirse de la risa.
Henry rodea la camilla y me recoloca la rodilla, lo cual bloquea la imagen de Gavin.
—Me lo pasé muy bien —digo—. Deberías haber estado ahí.
Me relajo en la camilla y pienso en el ping-pong y en la calidad de la sonrisa de Gavin. Me gustaría volver a jugar con él al ping-pong .
Me gustarían muchas cosas.
—Hola, chicos. —Todos nos giramos para ver a Dustin Hart en el umbral de la puerta. Es un jugador que no conozco muy bien, pero tiene el brazo en cabestrillo. Pobre desgraciado.
—¡Hola! —saluda Henry—. Toma asiento. ¿Qué hay de nuevo?
—Está roto —responde él con una mueca—. Es una pequeña fractura. He traído las radiografías. —Sujeta una carpeta en su mano buena.
—Vamos a ver —dice Gavin, que agarra la carpeta y levanta las radiografías a contraluz—. Es una lástima, pero he visto peores. Todo va a ir bien. Cuando te recuperes, estarás más fuerte que nunca.
—Espero que sí —murmura Hart.
—Sé que sí —afirma Gavin—. Te daremos unas pautas para que mantengas fuerte el resto del cuerpo mientras se te cura el hueso. ¡Piensa en todo el tiempo extra que vas a poder pasar con Henry y conmigo! Qué afortunado eres.
El chaval sonríe, probablemente, por primera vez en todo el día.
—¡Hudson! —me llama Jordyn mientras cierro con llave la puerta de mi piso—. ¡Vamos a ver el partido esta noche! Y comeremos pizza.
Me doy la vuelta, y lo primero que veo es la sonrisa casual de Gavin. La noto como una mano cálida contra mi pecho.
—Hola, chicos. —Bajo la mirada hacia la pequeña. Ay, qué linda. Lleva la gorra del Bombshells que le compré—. Así que pizza, ¿eh? Recuerdo vagamente la pizza. Es cuadrada, ¿no?
—¡No! —chilla—. ¡Es redonda! Podrías comer pizza con nosotros.
—Lo siento, peque, tengo que irme ya al estadio.
—¿Es bueno el Colorado? —me pregunta—. Puedes ganarles, ¿verdad?
Me aclaro la garganta, intentando decidir qué decir sobre mi equipo menos favorito en toda la Liga.
—Están teniendo una temporada muy buena, pero nosotros también. Creo que puedo con ellos.
«O, al menos, puedo no dejarme en evidencia». La idea debe de estar reflejada en mi rostro.
—¿Es raro jugar contra ellos? —me pregunta Gavin.
—Está bien. Ya no conozco a tantos jugadores en el equipo. —Excepto a mi antiguo compañero de habitación. Y a Kapski, el delantero estrella al que solía idolatrar. Y a su nuevo entrenador, en el que solía confiar.
Lo cierto es que este partido me intimida, pero un jugador de hockey jamás admite algo así. Y Jordyn no lo nota.
—¿Vas a marcarles un gol?
—Bueno, lo intentaré. ¡Mecachis, peque! Qué formas de dejar las expectativas altas.
—¡Hazlo! Y entonces mañana puedes venir a cenar. ¡Papi va a hacer ramen! Es como una sopa de fideos y pollo. No es tan buena como la pizza, porque tiene verduras, pero sigue siendo buena.
Gavin se ríe por lo bajo.
—Es una invitación muy amable, cariño, pero Hudson no come fideos.
—A veces sí —oigo que digo.
—¡YUPI! —grita Jordyn—. Puedes venir a cenar y enseñarme trucos de hockey. Tengo un palo y todo.
—Ah, ¿sí? Qué bien. —Creo que acabo de aprovecharme de una niña de siete años para poder ver a Gavin fuera del horario laboral, pero vale la pena. Está apoyado contra la pared con una sonrisa divertida en su hermoso rostro.
—Te prepararé un bol, entonces. Escríbeme si quieres venir.
—Oh, por supuesto que lo haré —digo, pero entonces quiero patearme a mí mismo, porque levanta las cejas, sugerente.
—Ve a ganar tu partido —me dice con una sonrisa ladeada—. La peque y yo te estaremos viendo.
—Eso haré. Hasta luego, chicos. —Me despido de ambos con un gesto y me dirijo hacia las escaleras.
Más me vale que sea un buen partido. No quiero decepcionar a una niña pequeña antes de nuestra quedada para cenar.
La energía en los vestuarios está en la zona roja. El Colorado está teniendo una gran temporada, y mis compañeros de equipo están como locos por ganarles.
—¿Quién quiere calentar con un poco de fútbol en formato eliminatorio? —pregunta Castro con una pelota bajo el brazo—. ¿Trevi? ¿Bayer? ¿Qué me dices, Chico Nuevo? Nunca juegas.
—De acuerdo —accedo, levantándome del banco aunque no esté de humor para patear una pelota.
Me gusta estar a la mía antes de un partido, pero no quiero que mis compañeros piensen que me da igual todo, así que los sigo hacia el área de carga, donde hay suficiente espacio. Castro le lanza la pelota a Trevi, que la chuta en mi dirección, y yo uso la rodilla para lanzársela a Bayer.
—He estado pensando en algo —dice este último—. Creo que la ventaja del Colorado es que entrenan en un sitio con mucha altitud. ¿Sus pulmones no son, en plan, más fuertes que los nuestros porque el aire allá es más escaso?
—No sé —responde alguien más mientras la pelota sigue su viaje por el círculo—. Si eso fuera verdad, el Calgary sería una bestia.
El equipo se queda callado un momento, rumiando sobre la paradoja. Le vuelvo a pasar la pelota a Bayer.
—Deberíamos hacer un campamento de entrenamiento en Suiza el año que viene —sugiere Bayer, pasándole la pelota a Castro—. Podría ser nuestra arma secreta.
—El año pasado dijiste que el açai sería nuestra arma secreta —gruñe Castro—. Tuve cagarrinas durante una semana.
Varias personas hacen ruidos de arcadas, y Bayer se ríe tan fuerte que queda eliminado por dejar que la pelota toque el suelo.
Yo soy el siguiente en irme al fallar un chute de Trevi.
De acuerdo. Misión cumplida: he participado en su jueguecito y aún tengo tiempo de sobra para concentrarme.
Estoy en el pasillo, usando la pared como soporte mientras estiro los cuádriceps, cuando oigo pasos.
—¡Hudson Newgate! —resuena una voz familiar. Es Clay Powers, el entrenador del Colorado. «Mierda»—. ¿Cómo vas, chico? Buena asistencia contra el Florida la semana pasada.
—Gracias. —Me giro a regañadientes para saludarle—. Estoy teniendo una buena temporada.
Eso es verdad solo recientemente, pero no le debo nada a este hombre. Era asistente del entrenador cuando aún jugaba para su equipo, y ahora tiene el mejor trabajo.
Yo solía confiar en él. Estuvo justo ahí, en la sala, el día que intenté salir del armario. Pero esos hombres me miraron como si me hubiera salido una segunda cabeza.
Entonces me fui de la sala. Y seguramente decidieron de forma unánime que tener un jugador queer en el equipo sería una distracción fatal. O quizá, simplemente, les daba asco.
Cuando me acuerdo de ese día, quiero abofetearme por ser tan ingenuo. Nunca volveré a cometer ese error. Mensaje recibido. No puedes ser un copo de nieve, especial y molesto, hasta que seas el jugador más valioso del equipo, aquel sin el que no pueden sobrevivir.
Así que en eso debo convertirme. Tan solo estoy tardando bastante más de lo que esperaba.
—Sí, esta podría ser una gran temporada para ti —coincide Powers.
—Gracias.
Espero a que se vaya, pero se queda parado en el pasillo y me analiza.
—Vi que te perdiste un par de partidos el mes pasado. Me tuviste preocupado.
«Claro que sí, amigo». Ahora entiendo por qué estamos de charlita: está buscando información. Hay una buena razón por la que los equipos informan sobre las lesiones de los jugadores en términos vagos. Decimos cosas como «una lesión en la parte inferior del cuerpo».