El chico nuevo CATORCE Gavin
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CATORCE Gavin

Mi fin de semana de locos termina súbitamente a las seis y media de la mañana del lunes, cuando Jordyn salta sobre mi cama.

—¡Papi! ¡Estás en casa!

—Hola, ángel —digo sin abrir los ojos. Por desgracia, he dormido menos de cinco horas. Volamos de regreso tras el partido contra el Tampa y aterrizamos a las tantas de la madrugada.

—¡Despiértate! —me insiste—. Te he echado de menos.

Abro a la fuerza mis ojos somnolientos.

—Vaya, bonito corte de pelo. —Es más corto, le llega casi por los hombros, y está cortado de una forma hábil que le queda bien. Mi hija levanta una mano hacia su cabello, como si le hubiera recordado que existe.

—No está mal —dice con tono serio.

—¿No te gusta? Se secará más rápido. Odias secarte el pelo.

—Papi, ¡es demasiado corto para trenzarlo! —se lamenta con gran angustia—. Todas las niñas en el cole llevan trenzas.

—Date la vuelta. Déjame ver. —Se gira hacia la puerta del dormitorio—. Ya veo. Deja que me levante y haga un poco de investigación, cariño. Seguro que aún puedo trenzarlo.

—¿En serio? —Vuelve a darse la vuelta—. Le dije a la chica de la pelu que me gustan las trenzas, pero no me escuchó.

—Todo irá bien —le aseguro—. Deja que me levante y me haga un café. Podré peinarte mejor si me tomo uno.

Sale de la habitación al galope. Quince minutos más tarde, estoy trabajando en algo llamado «trenza corona», gracias a un tutorial de YouTube que apareció cuando busqué «cómo trenzar pelo corto».

—Esto funcionará —le digo—. No te muevas mucho. ¿Qué tal fue el ballet ?

—Largo. —Encorva los hombros—. No entendí la historia. Se supone que era sobre cisnes, pero no hicieron más que bailar. El partido de hockey fue más emocionante.

—¡Definitivamente, eres hija de tu padre! ¿Y cómo están los abuelos?

—Bien, pero Reggie se enfadó por algo que le dijo la abuela sobre sus tatus.

«Jesús».

—No sé qué era. Y la abuela quiere que vaya a un campamento de verano en Nuevo Hampshire. Dijo que me gustaría. Tienen caballos.

Mis dedos se detienen.

—¿Un campamento de los que te quedas a dormir? —Pero si tiene siete años. Jordyn se encoge de hombros.

—Puedes preguntárselo.

—¿Y tú quieres ir al campamento de los caballitos?

—No estoy segura. Los caballos son enormes y dan un poco de miedo.

—Eres una persona muy sensata. Eso me gusta.

Jordyn suelta una risita, pero yo no estoy bromeando.

Ahora que estoy despierto, me esfuerzo en ser el mejor padre del mundo. Eso significa preparar tortitas caseras para el desayuno en un día lectivo, además de un smoothie de plátano, y que cuento varios chistes de «toc, toc» que había reservado. Entonces, camino con ella de la mano hasta la escuela.

Mi sonrisa no se esfuma hasta que está a salvo dentro del edificio.

Después de llegar a casa a las dos de la mañana, aún estoy exhausto. Y me siento un poco vacío.

Tontear con Hudson fue un poco como darse el capricho de comer una gran magdalena con glaseado de crema de mantequilla. Es delicioso, y puedes intentar saborearlo, pero pronto desaparecerá y te arrepentirás de haberlo devorado.

A un subidón de azúcar siempre le sigue un bajón.

Siempre. Anoche compartimos un taxi a casa a la madrugada y nos sentamos a una distancia respetuosa del otro en los asientos traseros, ambos grogui por haber dormido en el avión.

Con el conductor justo ahí, no íbamos a discutir sobre lo que había pasado.

Cuando llegamos, subimos las maletas a rastras en un silencio sociable. Al alcanzar la segunda planta, me dijo: «Me lo pasé bien». Y sonó tan definitivo. Como si su bajón de azúcar ya se hubiera asentado.

—Sí, yo también —susurré. Él se aclaró la garganta.

—No debería… eh… volver a hacerlo. No puede convertirse en un hábito.

—Ya lo sé —respondí rápidamente—. Lo entiendo. Mi vida también es complicada.

Mi seguridad laboral es más precaria que la suya. Si a alguien de la organización no le gustara la idea de un preparador físico tirándose a un jugador, estaría en el paro antes de poder parpadear.

Así que eso es todo. Una noche espectacular, seguida de un sentimiento de resaca.

No es culpa, no exactamente. Estoy seguro de que Eddie, si es que el Cielo existe, estaba aplaudiéndome y vitoreando la otra noche.

Sin embargo, aún me siento vacío. Por fin hice el terrorífico esfuerzo de intentar conectar con alguien, pero escogí al chico que nunca me podrá corresponder.

Además, está la certeza que me hunde de que el mundo está lleno de chicos que nunca van a corresponder mi amor.

Porque no están interesados, o son heteros, o están en el armario, o no están disponibles emocionalmente, u odian a los niños, o tienen miedo al compromiso. Podría seguir. Hay mil razones.

Incluso cuando era un granuja de veinte años, sabía que el amor de Eddie era un milagro. Cuando dos personas se encuentran de esa forma, no es solo especial: es mágico.

En el fondo, creo que ya he usado toda la magia que tenía asignada para esta vida. Nadie volverá a hacerme sentir especial jamás. Tan solo espero haber hecho lo mismo por él. Dios sabe que lo intenté, y no pasó ni un solo día sin que le recordara cómo me sentía.

Fuera lo que fuese lo que le pasara por la cabeza el día en que recibió un impacto lateral en un cruce con señal de stop, debió de haber sabido que le quería.

Y, con ese triste pensamiento en mente, me dirijo al trabajo.