El chico nuevo TRECE Hudson
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TRECE Hudson

Me despierto a las cuatro de la madrugada cuando Gavin se levanta de la cama.

Está en el lado más cercano al baño, lo cual ha sido a propósito. Lo moví a ese lado después de que se desmayara sobre mí.

Literalmente.

También he dejado el cubo en la alfombra al lado de la cama, por si tenía que vomitar, pero, para suerte de ambos, no lo ha necesitado. La puerta del baño está abierta, y oigo que mea. Tira de la cadena. Se lava los dientes.

Vaya. De acuerdo.

Debe de haberse recuperado de la borrachera lo suficiente como para maniobrar sin luz, porque está completamente a oscuras y no ha encendido la lamparita del baño.

Me quedo muy quieto, esperando que asuma que estoy dormido. Como debería ser.

Unos instantes después, siento que la cama se hunde bajo el peso de Gavin cuando vuelve a meterse entre las sábanas. Empuja las mantas.

—¿A qué viene…? —dice mientras se pelea con una de las almohadas de sobra que he puesto entre nosotros. Entonces, me agarra del brazo y grita—: ¡AAAH! ¡Puta madre!

Me doy la vuelta.

—¿Hay algún problema?

Enciende una lámpara de la mesita de noche y entonces se queda ahí arrodillado, en pelotas, con una mano sobre el corazón.

—¿Sigues aquí? Me has dado un susto tremendo.

—Claro que sigo aquí, ¿dónde estaría si no?

—Bueno… —Se sienta en cuclillas, obviamente confuso—. Recuerdo que me trajiste a mi habitación. Y lo aprecio. Nunca bebo, y me subió rápido. Pero puedes marcharte, te lo juro. No voy a atragantarme con mi propio vómito y morir o algo así, y ya no voy a llorar más.

—Es bueno saberlo. —Meto las manos debajo de la cabeza y observo descaradamente su cuerpo desnudo. A ver, que está justo ahí—. Pero, aun así, no voy a irme de la habitación.

Frunce el ceño y cruza los brazos por delante de su pecho esculpido.

—¿Demasiado ocupado apreciando las vistas?

—Bueno, es que estás en pelotas.

—Ya, lo había notado. Tengo el hábito de desnudarme cuando estoy borracho. Mi apodo en la uni era Pelotas. —Sonríe—. Además, es del todo normal desnudarte en tu habitación de hotel.

Dios, es difícil mantener el contacto visual. «No le mires la polla», me ruego.

—Ya. Pero es que esta no es tu habitación.

—¿Qué quieres decir? —Pestañea—. Claro que sí. Mi llave abrió la puerta.

Mi férreo autocontrol me falla, y le echo un vistazo. Uno muy rápido, en serio. Y, joder, es perfecto en todas partes. Siento que se me tensa el cuerpo en respuesta.

Gavin se aclara la garganta, y me doy cuenta de que estamos en medio de una conversación importante.

Me fuerzo a arrancar la mirada de su pene, más allá del vello rubio que le envuelve el pubis, más allá de sus abdominales marcados, trepando por sus brazos musculosos y finalmente hasta sus ojos entrecerrados.

—Tu llave no abrió la puerta. Fue la mía. Esta es mi habitación, y por eso sigo aquí.

—¿De qué hablas? —parpadea, pero mientras le observo, la idea toma forma en su cabeza. Sus ojos saltan hacia la puerta, y entonces rodean la habitación. Incluso en las sombras, se puede ver mi chaqueta en el respaldo de la silla del escritorio, donde la dejé, y mi maleta en el suelo—. Oh, Dios mío.

Empiezo a sonreír.

—¡Mierda! —Dirige la mirada hacia el baño, y entonces a mí otra vez—. Acabo de usar tu cepillo de dientes. Ya decía yo que la pasta tenía un sabor raro. Te compraré otro.

—Ya hemos intercambiado saliva antes, ¿no? Sobreviviré.

Gavin vuelve a pestañear, como si estuviera procesando este giro de los acontecimientos. Entonces, deja caer las manos sobre la cama, y espero a que se doble sobre sí mismo por la vergüenza.

Pero eso no sucede. En su lugar, se parte de la risa.

—¡Joder! ¡Pelotas vuelve a las andadas! Mis amigos de la uni van a flipar. —Su hermoso cuerpo se sacude por la risa. Y es contagiosa. Ya estoy sonriendo.

—Sabes que no voy a dejar que olvides esto nunca, ¿no?

Sus ojos claros se posan en los míos, y su sonrisa es amplia.

—Me lo merezco. Es justo.

Siento un pinchazo en el pecho cuando miro su sonrisa.

Gavin es un tipo de chico especial, el tipo que tiene un apodo por todas las gamberradas que hizo estando borracho en la uni, el tipo que se ríe de sí mismo en vez de avergonzarse.

Su personalidad mueve la aguja de su atractivo de rojo caliente a abrasador.

De repente, ya no quiero reprimirme. Me apoyo sobre un codo, me inclino hacia su boca sonriente y le sujeto la cara desaliñada con una mano.

Él deja de sonreír. Durante un segundo, pienso que lo he arruinado, pero entonces acepta mi roce y presiona la cara contra mi palma como si fuera un gato necesitado.

Nos quedamos atrapados así, con las miradas fijas, los corazones latiendo a toda velocidad. Al menos es el caso del mío. Se me da tan bien negarme cosas que simplemente lo observo mientras mi pene se endurece entre mis piernas.

—¿A qué estás esperando? —me pregunta en un tono que está lleno de deseo—. La última vez te abalanzaste sin más, y me encantó.

«Uffff». Tiene razón, es exactamente lo que hice. Lo empujé contra una pared y le devoré la boca.

Y entonces salí corriendo como un rarito nervioso diez minutos más tarde.

Las cosas no han cambiado mucho. Sigo siendo estúpido. Sigo teniendo un dilema. Pero las segundas oportunidades no abundan, así que será mejor que aproveche esta, por lo que le acaricio el labio superior con la yema del pulgar y veo cómo sus ojos se endurecen por la lujuria.

—Joder —gruñe—. Eres un calientapollas.

—Quizá ese era mi apodo en la uni.

—Qué acertado. —Se acerca un poco más en la cama—. ¿Vas a hacer que te ruegue?

—Sí que suena divertido. —Pero ya no quiero ser un calientapollas, quiero ser el chico que consigue lo que quiere, así que me inclino y capturo su boca en un beso.

No me abalanzo sobre él. No es frenético. Es una felicidad dolorida y sensual. Anclo una mano en su pelo suave y profundizo la presión de mi boca hambrienta contra la suya.

La abre para mí, y de alguna forma consigo no apresurarme. Deslizo la lengua entre sus labios con una lentitud deliberada.

Cuando por fin puedo saborearlo, ambos gemimos.

Mi cuerpo cruje como un incendio forestal, un beso profundo se convierte en otro.

Y en otro. Nuestros dientes chocan. Nuestras lenguas se entrelazan.

Mi mano empieza a deslizarse hacia su costado, prueba lo suave que es su piel y lo firmes que son sus abdominales esculpidos.

Pero, aun así, necesito más. Le rodeo la cadera con un brazo, me giro sobre mi espalda y lo empujo para que esté sobre mí.

Me acompaña con ganas, separando las piernas sobre las sábanas enredadas, mis manos en su pelo, su lengua en mi boca. Su polla está atrapada contra mi cuerpo, y las sábanas no hacen nada para esconder lo duro que está por mí.

Quiero gritar de la emoción, pero en su lugar le devoro la boca.

Gavin tampoco se contiene. Se sumerge en el beso, enrollando la lengua con la mía. Ya no es un beso, es algo más sucio. Semanas de frustración acumulada, por fin liberada.

Su boca merodea hasta mi oreja, mi cuello. Trata de saborearme en todas partes a la vez, pero echo de menos su beso, así que aprieto una mano contra su culo desnudo y la otra en su nuca, y lo devuelvo a donde lo quiero.

Él me lo permite, y pasamos un buen rato intentando fusionar nuestras lenguas hasta que estoy restregándome contra él, desesperado por tener más.

—Joder, cómo lo necesitas, ¿no? —jadea contra mi boca—. Estás que te mueres de ganas.

—Sí. Desde la noche en la que nos conocimos.

Él gruñe.

—Cada vez que me diriges esa mirada taciturna tuya solo quiero desnudarte y chupártela.

Mi cuerpo grita por tener una demostración.

—Me parece perfectísimo.

—Por fin. —Con una risa excitada, se incorpora y aparta las sábanas de un tirón. Su propio pene se mece contra sus abdominales mientras se mueve, y se me hace la boca agua. Me tira de la camiseta, y tengo que dejar de mirarle para quitármela por la cabeza.

»Ufff —suspira, extendiendo la mano para recorrerme con las puntas de los dedos el caminito de la felicidad que serpentea desde el centro de mi barriga hasta mis calzoncillos—. Quién iba a decir que me pondrían los jugadores de hockey amoratados y con pelo en el pecho.

Sí que es verdad que mi torso está manchado a menudo con moratones violetas y amarillos. Es la vida del defensa. Y no me depilo, porque nadie se acerca lo suficiente para apreciarlo.

Pero a Gavin le encanta. Explora mis abdominales vellosos y me chupa un pezón, como un niño con un juguete nuevo. Clavo los talones en la cama y levanto las caderas del colchón mientras aferro la cinturilla de los calzoncillos con los pulgares.

—Espera —murmura—, desenvolverte es cosa mía.

Mi cuerpo se endurece con la expectativa mientras él toma el mando, me baja los calzoncillos de un tirón y los lanza al otro lado de la cama. Entonces, se arrodilla entre mis piernas y gruñe.

—Joder. Eres sexy de arriba abajo. —Agacha la cabeza y besa la punta de mi pene, que gotea. Entonces, desliza los labios por mi longitud.

Ahora he perdido la capacidad de hablar, lo único que puedo hacer es gruñir. Y rezar por que vuelva a hacerlo.

—Hudson —susurra, y ahora también tengo la piel de gallina. Me mira desde entre mis piernas, y el brillo en sus ojos de párpados caídos hace que me quede entumecido por el deseo. Sin apartar la vista, me toma en su caliente boca.

El calor resbaladizo hace que me estremezca y tome aire. Dejo caer una mano hacia su cabello y aprieto con los dedos.

—Si sigues así, no voy a durar mucho —jadeo—. Sueño sobre esto. Y cuando estoy en tu camilla, tengo que pensar en cosas horrendas para mantenerme a raya.

Suelta un gemido alrededor de mi pene, y mi piel de gallina se intensifica. Entonces me chupa con reverencia, como si quisiera alargar el momento. Con una lengua lenta y miradas largas y su pulgar rozándome los testículos, tentándome.

Es tan sexy . Pero aun así quiero más. Quiero hacer que se sienta tan salvaje como él me hace sentir a mí.

—Ven aquí —digo con voz rasposa—. Necesito tocarte.

No espera que repita la invitación. Me trepa como un árbol mientras me da besos calientes, con los dedos aún rodeándome el pene y deslizándose de arriba abajo lentamente.

Aunque estoy muy orgulloso de mi excelente autocontrol, es un milagro que aún no me haya corrido. Le quito la mano de mi pene y agarro el suyo. Es satén sobre metal, y cuando cierro la mano alrededor de su miembro, gime y se estremece.

Y me encanta. Mis movimientos son rápidos y demasiado entusiastas.

—Sí —jadea contra mi boca—. Me gusta duro.

«Joder». Esas palabras hacen que quiera correrme encima de él, pero aprieto los muslos y me concentro en acariciarle sin piedad.

—Fóllame la mano —le ordeno, y cuando empuja las caderas, meto la lengua en su boca.

Gavin gime, mi cuerpo se mueve contra el suyo en un ritmo vibrante. Se inclina hacia atrás lo suficiente como para que pueda ver la mancha de color en su cara, la humedad de sus labios hinchados por mis besos agresivos.

Y entonces se corre con un estremecimiento, manteniendo la mirada fija en mí, con la cara roja y estrellas en los ojos.

Como si quisiera que viera lo mucho que lo estoy destrozando.

El calor de su corrida goteando por mis dedos es lo que me lleva más allá del punto sin retorno: me rodeo el miembro con la mano y bombeo. Tan solo tardo un segundo.

Dios sabe qué sonidos hago cuando por fin me libero, manchándonos a ambos y estremeciéndome por el alivio.

Entonces, silencio, a excepción de nuestra respiración jadeante. Gavin se hunde contra mi cuerpo y acurruca su carita sudorosa contra mi cuello.

Le rodeo con los brazos y lo abrazo con fuerza. Mi corazón galopa, feliz, dentro de mi pecho.

Mi imaginación no le había hecho justicia. Gavin es el hombre más atractivo que jamás ha aparecido en mi vida, y no puedo creer que haya podido resistirme a él durante tanto tiempo.