DOCE Gavin #2
—¿A alguien más le da repelús que Jimbo le esté metiendo una paliza a un puñado de estrellas del hockey en un juego sobre hockey ? —pregunto, y entonces eructo—. Uy. Lo siento.
—Al menos gano a algo —se ríe Jimbo.
—Vaya —dice Newgate, acercándose para quedarse detrás del sofá y observar—. O’Doul parece enfadado en el juego de este año. Y la cabeza de Trevi tiene una forma rara.
—No tiene una forma rara —se queja Trevi mientras su jugador en la pantalla vuelve a caerse—. Pero han puesto mal los tatuajes de Drake.
—Es por un tema de violación de derechos de autor —responde el aludido desde el otro sofá—. No quieren pagarle la tarifa de licencia a mi artista.
—Pero te han puesto un tatuaje de un dragón —dice Jimbo—. Deberías denunciarlos por convertirte en un cliché.
Todo el mundo se ríe.
—El dragón es ridículo —admite Drake—, pero me han puesto unos abdominales de la hostia. Mi mujer dice que es sexy .
—¿Un dragón? —se carcajea alguien más—. Lesiona a Drake en el juego, Jimbo, necesito ver eso.
—Espera. —Me incorporo, borracho—. ¿Hay un preparador físico en el juego? —pregunto—. ¿También está cañón?
Todos rugen de la risa.
Y, en efecto, cuando lesionan a un jugador para mostrármelo, aparece un preparador físico en la pista con un kit médico con una cruz roja. Se arrodilla al lado del jugador lesionado y saca un vendaje.
—Eso no es higiénico —gruño—. ¿Dónde están sus guantes?
Recibo otro coro de risas.
Entonces, Drake me enseña a jugar, y pierdo espectacularmente, con toda probabilidad porque Leo Trevi me sirve dos chupitos de tequila durante la partida.
Me los bebo de un trago, como si fuera un universitario.
Es la repanocha. Y todo está borroso.
De repente, oigo unas campanadas desde todos los rincones de la habitación.
—¿Qué demonios es eso? —farfullo.
—La campana de irse a dormir —explica Drake, sacando el móvil—. Tienes el móvil del equipo, ¿no?
—Sí —respondo.
—Cuando estás de viaje con el equipo, recibes una estrella dorada cuando ganamos un partido…
—Me encanta la estrella dorada —concedo. Ha aparecido en el móvil tan pronto nos hemos subido al bus.
—También nos marca el toque de queda —continúa—. Si estás de juerga en una discoteca, lo sabe. Y no deja de molestar. Si estás en el hotel, solo suena una vez, para recordarte que te vayas a tu habitación.
—Qué mandón. —Me saco el móvil del bolsillo. Muestra la hora, las doce de la noche, y la fecha. Suelto un gran suspiro borracho—. Lo he conseguido. He sobrevivido a mi aniversario de bodas.
—¿Tu aniversario? —inquiere Drake—. Siento que estés aquí con nosotros.
—No, si no pasa nada —farfullo—, él no podría estar.
Más rostros se giran en mi dirección, y parte del alcohol en mi sistema encuentra el camino hacia los rabillos de mis ojos.
—Oh, no —susurra Heidi Jo—. ¿Estás bien?
—Sip. —Los jugadores de hockey no lloran, así que yo tampoco lo haré.
En su lugar, me levanto, pero no va del todo bien. La alfombra parece moverse bajo mis pies, y me inclino hacia un lado.
Sin embargo, el firme agarre de un jugador de hockey me salva.
—Cuidado —dice Hudson con voz ronca—. Voy a llevarte a tu habitación.
—Vale —asiento. He llegado a ese punto de la borrachera en el que necesito volver a casa.
Varias personas nos desean las buenas noches mientras nos dirigimos al pasillo. Entonces, Hudson me guía hacia el ascensor, donde me inclino contra la pared con paneles de una forma que parece más encantadora que borracha.
Al menos eso espero.
—¿Qué piso? —pregunta, con un dedo flotando a unos centímetros del panel de botones.
—El tercero. —Estoy bastante seguro.
—Oh, somos vecinos. Qué sorpresa —dice, impávido. Me río, pero eso hace que me tambalee, así que paro.
—Dios, soy un desastre. Gracias por lidiar conmigo.
Sus serios ojos marrones me miran.
—No es nada. Para empezar, eres muy entretenido. Además, ¿no acabas de pasarte dieciséis horas cuidándonos a todos?
—Bueno, claro. —Eructo—. Pero me pagan por hacerlo. Y quería venir a este viaje porque me distrae. Solo tenía que sobrevivir hoy. —Cierro los ojos mientras el ascensor comienza a descender—. Han sido unas veinticuatro horas larguísimas.
—Ya —responde Hudson con suavidad—. Aniversario de bodas, ¿no?
—Sip. Hay cosas en la vida que tienes que sobrevivir y ya.
—Claro. Simplemente hay que ser valiente. Como con el dentista.
—O las colonoscopias —añado—. Y las llamadas de los suegros.
—Al menos un aniversario solo pasa una vez al año —dice, tratando de ser útil.
—Ya, pero también están los cumpleaños y la Navidad. Esa es matadora.
Su expresión se oscurece; ya he entristecido a otra persona.
Ups.
Las puertas del ascensor se abren, y deslizo un pie hacia delante con cuidado. Ojalá la pared pudiera acompañarme, eso estaría guay. Hudson me aprieta bajo el codo con su mano fuerte.
—Vamos, tú puedes. ¿Tienes la llave a mano?
—Claro. —La saco del bolsillo y me dirijo hacia la puerta de mi habitación, pero me tambaleo. Dos veces. Aun así, Hudson evita que me caiga—. Esta alfombra es horrenda —me quejo—. ¿Quién la ha escogido?
Hudson se ríe, aunque no estoy seguro de por qué.
—Espera, todas estas puertas son iguales.
—Es lo que suele pasar en los hoteles —dice en voz baja—. ¿Tienes el papelito ese que te dio el hotel? ¿El que tiene el número de tu habitación?
—No, pero estoy seguro de que es esta. —Agito la llave por el escáner, pero me devuelve una luz roja—. Espera, no. Es esta. —Intento con la otra puerta.
Rechazado.
—Podríamos estar así toda la noche. ¿Tienes el carnet de identidad? ¿Por si tenemos que preguntar al personal en qué habitación estás?
—¡No, todo va bien! —Me sacudo de su agarre y voy hacia la puerta de la esquina—. Es esta, confía en mí.
—No, no creo que…
Deslizo la tarjeta. Luz roja.
—Me cago en todo.
—Vale, vamos a dejarnos de jueguecitos. —Hudson me empuja la mano, y, ¡por fin!, luz verde.
—¿Ves? La he encontrado. —La puerta se abre de par en par—.
Ay, qué bien. Una cama. La necesito. —Me tambaleo hacia delante mientras me paso la camiseta por encima de la cabeza.
Es sorprendentemente difícil—. Vaya, estoy como una cuba.
He perdido la tolerancia por completo; mis amigos de la uni estarían de piedra.
—Me tumbo en la cama y me deshago de mis tejanos.
Y entonces, a la mierda, también de mis calzoncillos.
—Oye, oye, espera. —Hudson se cubre los ojos—. ¿No vas a tener frío?
—Qué va. ¡Viaje sin niños! Puedo dormir desnudo.
Él suspira, y yo levanto las sábanas y me cuelo dentro.
—Oh, es celestial. Me encantan los hoteles. Voy a dormir tantísimas horas.
—Ah, ¿sí? —Hudson está toqueteando algo al otro lado de la habitación. No me importa qué es. Ha sido muy amable por su parte llevarme a mi habitación—. ¿Quieres ibuprofeno para que no te levantes a las tres con un dolor de cabeza del copón?
—Buena idea —murmuro—. Está en el kit de viajes, en el baño.
Regresa un minuto más tarde y se sienta en un lado de la cama.
—Vale, incorpórate.
—Oki. —Le hago caso, pero mantengo los ojos cerrados.
Me pone las pastillas en la mano, y tras metérmelas en la boca, me tiende un vaso de agua. Tomo un sorbo y se lo devuelvo.
—Buen chico —dice suavemente, y noto que se me pone la piel de gallina en los hombros.
—Dios, ¿puedes no hacer eso? —me quejo—.
No uses tu voz sexual. Ya es suficientemente difícil estar cerca de ti todo el tiempo.
—Abro los ojos para enfatizar mis palabras, pero de repente me ciega una lámpara que Hudson debe de haber encendido.
Vuelvo a cerrar los ojos de golpe, pero no antes de oscilarme precariamente.
—¡Oye! —Me agarra con un brazo de hierro, su palma me toca el hombro desnudo—. Ve con cuidado.
Su calidez es irresistible, y me dejo llevar. Mi barbilla se encuentra con su hombro, y mi piel desnuda roza la calidez de su pecho. Básicamente le estoy abrazando, así que deslizo un brazo alrededor de su torso para hacerlo oficial. Él se tensa, pero no sé por qué.
—Esto es agradable. Nadie me abraza, nunca.
Se tensa aún más.
—¿Nadie?
—Bueno, nadie mayor de siete años. Hueles bien. Como a jabón corporal y sexo.
Hace un ruido ahogado, pero sus brazos me envuelven y me da palmaditas en la espalda. Me fundo con él.
—Los abrazos son agradables. Casi se me había olvidado.
—Ajá —responde con voz ronca.
Mis ojos gotean por alguna razón. Presiono la cara un poco más fuerte contra el collar de su camiseta, como si pudiera aislarme en su cuerpo sólido hasta que el sueño se apodere de mí.
—Shh —dice—. Todo irá bien.
—Eso es… lo que digo yo —lloriqueo—. Crees que es mentira.
—Qué va. Esta vez, es verdad —dice—. Todo irá bien.
Cierro los ojos con fuerza y, simplemente, respiro.
De alguna forma, le creo.