DOCE Gavin
—¡Hora de ir a la pista! —dice Jimbo mientras rellena la última docena de botellas de agua y las pone en la cesta—. ¿Necesitas algo de última hora?
—Creo que no, pero gracias. —El día han sido diez horas borrosas, y tan solo acabamos de empezar.
Jimbo y yo hemos llegado al estadio por la mañana para organizarlo todo. Entonces, los jugadores han llegado para su patinaje matutino, lo que quiere decir que he vendado codos, rodillas, hombros y tobillos. He masajeado músculos tensos y repartido bolsas de hielo.
Luego, tras el almuerzo, Jimbo y yo nos hemos dirigido de vuelta a la arena para prepararlo todo para la segunda ronda.
Antes de ponerse el equipo, los jugadores hacen muchos estiramientos y ejercicios para activar el cuerpo, así que he dado vueltas entre la camilla y las esterillas para estirar.
He vuelto a vendar cada codo, rodilla, hombro y tobillo que había visto antes.
Después, cuando los atletas se han dirigido al vestuario para ponerse los patines, he revisado y vuelto a revisar todo mi equipaje para el partido.
He preparado distintos tipos de bolsas de hielo.
Tengo analgésicos y tabletas de glucosa y varias cremas y espráis antibióticos.
También diversos tipos de cintas, vendas, gasas y guantes.
He repartido barritas de proteína de cuatro sabores distintos, bebidas energéticas y litros de agua. Mi camilla está lista para cualquier ajuste en el intermedio. Mi bolsa del banquillo está a rebosar.
—¡Vamos! —dice Jimbo, con una docena de palos de hockey sobre los hombros—. Son los mejores asientos de la casa, amigo. Metafóricamente. En realidad, no podemos sentarnos.
De todas formas, probablemente estoy demasiado nervioso para sentarme. Agarro mi kit de emergencia y lo sigo a través de los vestuarios, donde los últimos jugadores se dirigen hacia el túnel que hay más allá.
Es entonces cuando nos llega el rugido de la multitud. Vaya, qué ruidoso. Cuando llegamos al final del túnel, miro hacia arriba, a las filas de asientos. Más arriba, más arriba. He estado en conciertos de rock con menos gente.
Así que a esto se refieren cuando hablan de las grandes ligas.
—Por aquí —dice Jimbo mientras se dirige al hielo recién revestido.
Lo sigo, y aunque llevo agarres especiales en las suelas de los zapatos, recito una pequeña oración. «Por favor, Señor, no dejes que me caiga frente a quince mil personas».
Mientras, cuarenta y seis guerreros con protectores y filos en los pies vuelan a toda velocidad. No, esto no me intimida en absoluto.
Sin embargo, no hay tiempo para ponerse nervioso. Antes de que esté listo, la multitud se levanta para el himno nacional, y pronto es hora de empezar el partido. El árbitro suelta el disco, Trevi se lo manda a Drake y se alejan.
Mirar el partido desde el banquillo no se parece en nada a verlo en la tele; todo es mucho más ruidoso y rápido. Puedo oír cada gruñido, cada sonido, cada silbido del metal contra el hielo.
Cuando la gente dice que el hockey es un deporte físicamente brutal, no están de broma.
No me sorprende que esté tan ocupado en la sala de entrenamiento: el estrés en el cuerpo de los jugadores es intenso.
El hockey requiere movimientos musculares laterales rápidos como una bala, aceleraciones explosivas y una fuerza hercúlea de los músculos del torso.
Nuestros chicos mantienen el juego en su mayor parte en la zona ofensiva durante los primeros movimientos. Con el pasar de los minutos, el Brooklyn hace varios intentos de marcar punto, pero el portero del Florida está teniendo una buena noche, y parece que no podemos conseguir meter gol.
Mi trabajo es observar los golpes con atención. Si alguien se lesiona, me ayudará ver cómo se desarrolla el partido, como cuando a Trevi un monstruo de la defensa lo aplasta contra el borde de la pista, y encoge los hombros incómodamente tras el golpe.
«Mierda».
Mientras vuelve al banquillo, me acerco furtivamente a él.
—¿Un golpe chungo? ¿Te has hecho daño?
Tras beberse un chorro de agua de una de las botellas, estira los omóplatos hacia atrás, como si los estuviera poniendo a prueba.
—No me he hecho daño de verdad, solo me noto la columna un poco hecha caldo.
—Levanta los codos unos centímetros. —Cuando lo hace, me inclino y lo agarro por debajo de los brazos en un incómodo abrazo desde atrás—. Inspira hondo, y entonces espira. —Cuando exhala, lo levanto del banquillo. Su columna hace una serie de crujidos al soltarse en varios sitios.
—Vaya. Qué guay. Gracias.
—Oye —dice Hudson, que está sentado a su lado—, Trevi es ahora tres centímetros más alto. —Entonces, se levanta de repente y salta hacia la pista para su turno.
Veo cómo se va, y es una imagen espectacular. Sus poderosos músculos lo impulsan hacia delante, como un Porsche acelerando en la autopista, y entonces gira como si no le costara nada para patinar marcha atrás a toda velocidad frente al oponente.
Al observar el espectáculo desde tan cerca, me siento como si estuviera viéndolo por primera vez. Es una mezcla feroz de puro poder y belleza. Como si estuviera viéndolo hacer aquello para lo que vino al mundo.
Estoy completamente impresionado.
Todos nuestros chicos patinan duro, pero el primer tercio termina sin ningún punto.
Nos volvemos a dirigir al vestuario, donde me paso unos sudorosos quince minutos estirando músculos y volviendo a vendar muñecas.
Reviso la aplicación de mi móvil para ver cómo va el azúcar de Drake, que parece estable.
Entonces toca volver a la pista para otro tercio agresivo. Seis minutos después de empezar, Castro marca un punto, y todos lo celebramos. En la siguiente jugada, sin embargo, un jugador del Florida le da a Newgate en la barbilla con la hoja de su palo.
—¡Falta! ¡Golpe alto! —grito, como si al árbitro le interesara mi opinión.
Por suerte, no soy el único que lo ha visto. Suena el silbato. Veo que Newgate se lleva la mano a la cara, y cuando la separa, está ensangrentada.
Algo se retuerce dentro de mí ante la imagen. No soy aprensivo, pero no me gusta ver a alguien a quien admiro sangrando.
Sin embargo, todo el banquillo lo celebra, y entonces recuerdo que la penalización por hacer sangrar a alguien es de cuatro minutos en el banquillo en vez de dos.
Newgate sonríe cuando patina hacia el banquillo para el power play , pero saco una toallita antiséptica de la bolsa y me inclino hacia él para limpiarle la sangre.
Me agarra la toallita de las manos y se la aprieta contra la piel.
—Ya me encargo yo —me espeta.
Doy un paso hacia atrás.
Lo cierto es que Henry ya me había advertido sobre esto.
Algunos jugadores no quieren que los toques durante un partido a no ser que sea absolutamente necesario, aunque hay otros a los que no les importa.
Me dijo: «Es cuestión de preferencia y de cómo se mantienen concentrados durante los partidos».
Por eso, no estoy ofendido, aunque me hubiera gustado echarle un vistazo al corte. Supongo que eso puede esperar hasta la siguiente pausa.
Por desgracia, el Florida marca un punto, y entonces cada equipo marca otro más, lo cual nos lleva a un empate cuando suena el pitido del fin del segundo tercio.
Estoy que echo humo durante la segunda pausa, vendando extremidades y toqueteando cortes y estirando el hombro de O’Doul.
Cuando empieza el último tercio, estiro mi cuello dándole vueltas para tratar de liberar la tensión en los hombros.
La velocidad del partido aumenta, y a duras penas puedo respirar durante veinte minutos consecutivos.
Mientras el reloj cuenta los minutos, mis ojos se fijan en Newgate, que patina con fuego y agresión mientras su rostro suda a chorros.
Ganar en los deportes muchas veces tiene más que ver con el deseo que con el talento, y Hudson quiere esta victoria desesperadamente. Incluso sentado en el banco entre turnos, su concentración está del todo fija en el partido.
A tres minutos de terminar, vuelve a saltar a la pista. Nuestros delanteros tienen el disco en juego, y Newgate cubre al ala como un chicle en un par de zapatos nuevos. Está en todas las partes en las que el oponente no quiere que esté.
Drake le manda un pase a Hudson, y antes de que pueda incluso pestañear, se lo ha pasado a Trevi.
¡Y marca punto!
De repente, vamos tres a dos, con treinta y dos segundos de margen. Y en menos de un minuto, hemos ganado.
—¡SÍ! —grita todo el banco.
—¡Esta noche vamos a liarla como estrellas de rock ! —chilla Castro—. ¡Venid luego a nuestra suite a por comida y juegos!
—¿Tenéis una suite ? —pregunta Jimbo mientras recoge los palos de hockey —. Qué derrochador.
—No quería ir a una disco porque odio el tráfico en Miami.
—El delantero se encoge de hombros—. Vamos a comer del servicio de habitaciones y a jugar al póker.
Estáis los dos invitados. —Me señala a mí y, luego, a Jimbo—.
Sobre todo si el póker se os da de pena y sois de aflojar la cartera.
—Entonces se abalanza sobre el borde una vez más para ir a dar la mano a los oponentes.
Por eso me encuentro aquí, a las once y media de la noche, en el sofá de la suite de Castro, con veinte dólares menos que cuando entré.
¿Quién me iba a decir que Heidi Jo es una máquina del póker? Ha ganado la pasta de todo el mundo, incluida la de su marido.
También estoy lleno por la comida. Nos hemos zampado una enorme montaña de nachos y alitas de pollo, además de una ensalada con un trozo de salmón para Newgate. Incluso en la carretera come sano.
Pero no es como si me fijara en todos los detalles sobre él a todas horas.
De acuerdo, sí que lo hago. No ayuda que esté borracho por primera vez en mucho tiempo. Salir de fiesta con jugadores de hockey es divertido, y me lo estoy pasando en grande viendo a Trevi y a Jimbo pelearse en un videojuego que ha traído el segundo.