ONCE Gavin
Cuando es hora de subir al avión, me quedo atrás y espero a que los jugadores entren primero. Probablemente tengan asientos favoritos y un orden jerárquico. No quiero pasar por encima de nadie.
Me doy cuenta de que Jimbo, el encargado del equipo, hace lo mismo. Es un chico amable, un par de años más joven que yo. Después de que el último jugador embarque, asiente en dirección a la pasarela.
—¿Vamos?
El avión es lujoso, con los asientos generosos que te encontrarías en la clase business y tapizados con los colores del equipo. Me siento al lado de Jimbo, y, después de que el avión despegue, disfruto de un curri de pollo estilo indio que es lo mejor que he comido en un vuelo.
Cuando cae la noche, las luces se atenúan. Algunos de los jugadores duermen o miran películas en sus tabletas, y hay un ruidoso juego de póker en una mesa del fondo.
Me paso el vuelo preguntándome qué estará haciendo Jordyn con sus abuelos en Manhattan y preocupándome. No hay razón para que piense que no estará bien cuidada, pero no he pasado ni una sola noche separado de ella en más de dos años, y me noto inquieto.
Sin embargo, acepté este viaje por un motivo.
Cuando Henry me lo ofreció, vi la fecha y me di cuenta de que era el momento oportuno por muchas razones.
Los padres de Eddie tendrán la compañía de Jordyn, que es lo que quieren, y yo estaré demasiado ocupado vendando tobillos y rodillas para recordar que mañana hará cuatro años del día de mi boda.
Cuando nos bajamos del avión, nos espera un autobús, listo para llevarnos al hotel. Tomo asiento al lado de Heidi Jo, la asistente del mánager.
—¿Te importa si hago una llamada rápida? —le pregunto—. Es la hora de irse a dormir de mi hija.
—No te cortes —responde—, no me molesta.
Cuando llamo al número de Eustace, es Jordyn quien me responde.
—¡Papi! ¿Ya estás en Florida? ¿Es bonito?
—Está oscuro —respondo—, y estoy en un autobús. ¿Qué tal el hotel?
—Bonito —responde—. Lujoso. Me han puesto zumo en una copa de vino, y la alfombra tiene forma de espiral.
—¡Cinco estrellas! ¿Vais a ir al ballet mañana?
—¡Sí! Pero… —Baja la voz hasta que es un susurro—. La abuela quiere que vayamos a la peluquería antes.
«Oh, no».
—Quizá debería hablar con ella. Tu pelo no está mal. —Mi hija odia que le corten el pelo, y odio tener que pelearme por esto. ¿Qué más da si está un poco enmarañado?
—Dice que es demasiado largo, que estaría monísimo con capas. ¿Qué son las capas?
—Cariño, no tengo ni idea. Espera. —Me giro hacia Heidi Jo—. ¿Tú sabes qué son las capas en el pelo? Mi hija necesita saberlo.
Heidi Jo sonríe con fuerza.
—Es una manera sofisticada de decir que le van a cortar las puntas del pelo para darle más forma. No es nada importante.
—Gracias. —Vuelvo a ponerme el móvil en la oreja—. ¿Lo has oído?
—Sí. —Mi hija suspira—. No suena tan mal.
—Estoy de acuerdo, pero no tienes que cortarte el pelo si no quieres. Deja que hable con la abuela y se lo diga.
Jordyn le da un par de vueltas al asunto.
—No, no pasa nada. Me gusta ir a sitios con la abuela.
—¿Estás segura? —Noto que el pecho me aprieta súbitamente. No debería tener que lidiar con esto sola. Solo quiero volver a subirme al avión y regresar a casa.
—Estoy fenomenal —responde, una frase que ha adoptado de mi hermana—. Podré ir a ver un ballet .
—Vale. —Trago saliva—. Te quiero. Muchísimo.
—¡Te quiero, papi!
Después de colgar, cierro los ojos y me pellizco el puente de la nariz.
—Debería haberme quedado en Brooklyn. Mi suegra es una apisonadora.
—Qué faena. Yo he tenido suerte, mis suegros son mucho más tranquilos que mi familia.
—Has ganado. —Chocamos los puños.
Por fin llegamos al hotel, que es elegante y lujoso. Mi habitación tiene una cama extragrande y un balcón con vistas a los oscurecidos Everglades.
Me dirijo hacia allí y me apoyo en la barandilla, observando el vasto y plano horizonte contra el cielo nocturno. Aquí de pie, bajo la brisa cálida, trato con todas mis fuerzas de no pensar en Eddie y en la euforia en su rostro cuando deslizó un anillo dorado en mi dedo.
Tras nuestra boda, solía mirar el anillo de vez en cuando, aunque me hacía sentir vanidoso. La joyería nunca había sido lo mío, pero para mí ese anillo, y todo lo que representaba, era un tesoro. Con todo mi amor, para Gavin estaba grabado en el interior de la sortija.
Nunca había pensado que me casaría. Eddie me había sorprendido al arrodillarse junto a la hoguera de su jardín trasero una noche tras dejar a Jordyn dormida en su cama. Incluso cuando me preguntó si quería casarme con él, casi le pedí que me repitiera la pregunta.
Nadie, quizá con la excepción de mi hermana, me había querido de la forma en que lo hacía Eddie, con todos mis defectos.
Mis padres se habían pasado mi infancia tratando de moldearme para que fuera como mi padre, un hombre decidido y sin sentido del humor.
Me dijeron que no me concentraba lo suficiente.
Que no tenía ambición. Que me distraía con demasiada facilidad.
Y cuando salí del armario con ellos, cuando tenía dieciocho años, solo fue a peor.
Fue como una confirmación de sus peores miedos.
Como si fuera algún tipo de alienígena que les habían enviado por error.
Pero Eddie me escogió. Echó un vistazo al chico desorganizado, despistado y amante de la diversión en que me había convertido y dijo: «Este es para mí».
Me llamaba «espíritu libre» en vez de «distraído».
Me llamaba «enérgico» en vez de «desconcentrado».
«Me encanta tu creatividad, nunca eres aburrido», me había dicho.
Por otro lado, Eddie era todo lo que mis padres querían en un hijo. Estaba centrado, y era callado y racional. Por el amor de Dios, era médico. Pero también era el hombre más amable que había conocido jamás. También era espontáneo, cuando conseguías su confianza.
Era básicamente el humano perfecto, pero mis padres nunca lo conocieron. Nunca les gusté yo, ni mi vida ni mi matrimonio. No vinieron a nuestra pequeña boda en una estación de esquí en las Montañas Blancas.
Los padres de Eddie sí, aunque nunca me dieron su visto bueno. Eustace nunca me acusó a la cara de ser un sacacuartos, pero sí me dijo que era demasiado joven para Eddie. Y que mi posgrado en entrenamiento atlético era frívolo.
Aun así, nada podía arrebatarme la felicidad.
El fin de semana de nuestra boda fue divertido, pues todo el mundo, Jordyn incluida, se puso a esquiar.
Ella había sido la portadora de los anillos en nuestra ceremonia en la cabaña de esquí.
Con tres añitos, había recorrido el pasillo sin perder los anillos, y entonces se pasó el resto de la ceremonia colgada de la cadera de Eddie.
Cuando el oficiante dijo: «Puedes besar al novio», Eddie me besó, y entonces Jordyn gritó: «¡Ahora yo!», lo que hizo que los invitados se rieran. En nuestro álbum de fotos de la boda, hay una de Eddie y yo besando cada una de sus redondas mejillas.
Tras la muerte de Eddie, seguí llevando el anillo, solo me lo quitaba para fregar los platos o ducharme. Solo había dos sitios en los que estaba dispuesto a dejarlo: el alféizar de la ventana de la cocina o el armario de medicinas.
Pero entonces, durante el duro invierno tras su fallecimiento, me llevé a Jordyn a esquiar al mismo sitio en el que nos habíamos casado.
Supongo que se me helaron las manos y el anillo se me cayó en una de las muchas veces que tuve que quitarme los guantes para ayudar a una Jordyn de cinco años con su equipamiento.
Cuando llegué a casa esa noche, la alianza había desaparecido. Llamé al resort, histérico, y les di una descripción completa, con la inscripción dentro del anillo incluida. No lo encontraron. Fui en persona a la semana siguiente para buscarlo por las telesillas, pero no tuve suerte.
Se había esfumado. Justo como mi marido.
Nuevo Hampshire me dio a Eddie, y entonces me lo arrebató. Él me escogió, y entonces me abandonó, y así es como son las cosas.
La vida no es justa. Lo mejor que puedes hacer es disfrutarla mientras puedes.
Respiro hondo el aire salado de Florida, e intento hacer justamente eso.