El chico nuevo DIEZ Hudson
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DIEZ Hudson

—Inspirad, posición de plancha. Respirad hondo manteniendo la posición —dice Ari, la profesora de yoga de nuestro equipo—. Cuando espiréis, guiaos por las caderas hasta la postura del perro hacia abajo.

«Guiaos por las caderas». Mis ojos se deslizan para encontrar otro par de caderas en una esterilla a unos metros de mí. Las mismas que se aparecieron en mis sueños anoche. Y la noche anterior.

Gavin ha invadido nuestra clase de yoga.

No debería decir que la ha «invadido»; es un beneficio que tiene por trabajar con el equipo. Aun así, no hace que mi vida sea más fácil.

Antes de este año, era condenadamente bueno en centrarme solo en el hockey.

Ahora, mi concentración se ha expandido al hockey y a las fantasías libidinosas.

Sueño con él. Y, por la noche, cuando estoy tumbado en la cama, a veces oigo el ruido amortiguado de su voz a través de las paredes del edificio.

Estoy bastante seguro de que su cuarto está al otro lado de la pared del mío.

Está en todas partes excepto, gracias a Dios, en la pista, o en la carretera.

Consigo mantener el cerebro cuando estoy patinando, y cuando viajamos, no lo veo durante días.

Es más fácil saber que no giraré una esquina en nuestro gimnasio y lo veré riéndose con Castro o Tank mientras les venda una rodilla o un tobillo con sus manos fuertes y competentes.

—Plantad el pie izquierdo hacia delante e incorporaos en la postura del guerrero dos. —Ari nos guía a través de una serie de posturas en las que mantenemos la pierna frente a nosotros y flexionada.

La clase está abarrotada, y la sala está agradablemente cálida. Ese es básicamente el objetivo, según he aprendido. El yoga te hace más flexible.

Nunca había hecho mucho yoga hasta que llegué a Brooklyn, pero lo cierto es que me gusta. Es físico, pero también un refugio mental, y es un momento en el que estrecho lazos como equipo y conmigo mismo.

—No hay ganadores en el yoga —dijo Ari durante mi primera clase—.

Tampoco perdedores. Ni siquiera estamos compitiendo contra nosotros mismos.

Da igual cómo fue vuestra anterior clase de yoga, da igual si nunca hacéis bien la pose de la media luna.

El pasado y el futuro no importan; en la esterilla, solo existe el presente.

Estamos aquí para observarnos sin juzgarnos.

Escuchar eso me gustó mucho. No hay ningún otro momento durante la semana en el que no importe ganar; lo cierto es que me había olvidado de que se podía tener esa mentalidad.

Pero a Gavin debe de gustarle el yoga también, porque últimamente siempre está aquí, vestido con pantalones cortos y una camiseta de deporte que le abraza el cuerpo con cada giro e inclinación. Y a veces se le levanta cuando dobla el cuerpo hacia delante.

Mi base de datos mental sobre Gavin ahora incluye imágenes en alta definición de su camiseta de pico y la forma en que los músculos de sus muslos se flexionan cuando se dobla. Sé que su vello corporal es rubio y que parece suave, y que sus mejillas se sonrojan cuando suda.

Me está matando lentamente y en privado.

La clase termina con unos estiramientos para abrir las caderas y entonces unos minutos en savasana , que estoy bastante seguro de que significa «cadáver». Se supone que tienes que usar esos minutos finales para respirar hondo y apreciar que sigues vivo. Y para mantenerte centrado en el presente.

Esto se me da de pena. En el instante en el que me tumbo, mi cerebro hace una ruta por todas mis ansiedades actuales.

Sabe que el momento relajante ha terminado y que es tiempo de ir a ganar más partidos de hockey.

Vamos a entrenar justo después de esto para prepararnos para nuestro viaje a Florida.

Sin embargo, antes de ponerme los patines, Gavin querrá comprobar la flexibilidad de mi cadera. Lo cual significa que me pondrá las manos sobre el cuerpo.

Es una tortura, y no tiene ni idea.

Salgo del estudio de yoga con una sensación de calidez y flexibilidad. Vendo un nuevo palo de hockey y agarro mis patines de la sala de equipo, donde el encargado me ha cambiado las hojas. Todo va fenomenal hasta que llego fuera de la sala de tratamientos.

Hoy hay dos preparadores físicos trabajando, y Gavin es popular, así que uno pensaría que tendría la oportunidad de terminar en la otra camilla, pero no. Gavin me hace un gesto para que me acerque a su camilla mientras termina de hablar con O’Doul sobre su hombro.

—Pídele a Henry que vuelva a vendarte el hombro antes del partido —le dice.

—¡Oído, cocina! —O’Doul agarra el brazo de Gavin cuando está a punto de marchar—. Gracias, amigo.

Todo el mundo aprecia a Gavin, pero no de la misma manera que yo.

—¿Qué tal ha ido la clase de yoga? —me pregunta mientras se lava las manos—. ¿Algún tirón?

«Sí, en mis calzones».

—La verdad es que no.

—¡Fantástico! ¿Puedes hacer bien el perro boca abajo?

—Sip. —«Dios mío, haré tu voluntad si puedo marcharme de esta sala sin pensar en Gavin desnudo haciendo el perro boca abajo».

O Gavin y yo desnudos, en posición de perrito…

Me toquetea la espinilla y me hace doblar la rodilla.

—Date la vuelta. Ahí lo tienes. Vamos a tener que vigilar esa banda iliotibial para mantener la cadera lubricada.

Uf. Ahora mismo no puedo pensar en lubricación. Su roce es firme y profesional, pero mi cuerpo no quiere verlo de esa forma. Inmediatamente siento que me sube la temperatura y soy más consciente de lo cerca que está de mí. Y encima está su roce, y el aroma cítrico de su desodorante. Es arrollador.

Nunca estoy así. Soy todo un profesional en la pista y en los vestidores; que me atraigan los hombres no significa que me obsesione con ellos. No tener pensamientos lascivos nunca ha sido complicado.

Hasta ahora. Cierro los ojos y pienso en un entrenamiento bag skate particularmente duro que nuestro entrenador nos hizo sufrir en el instituto, tras el que vomité Gatorade azul brillante.

—Sigue respirando —me dice Gavin—. ¿Te estoy haciendo daño?

—No. —«Sí». Vuelvo a inhalar, y siento su aroma masculino y limpio.

Joder. Pienso en correr la prueba de ida y vuelta en el campamento de entrenamiento. Recuerdo aquella vez en la que se me olvidó vaciar mi taquilla, y mi suspensorio se quedó mohoso.

—Será brutal, ¿no?

—¿Mmm? —No estaba escuchando.

—¿Te estás distrayendo, Newgate? He dicho que tener un partido tras otro en Florida será agotador.

—Sí. —Me aclaro la garganta—. Es un horario de mierda, pero es la segunda y última vez que tenemos dos partidos en dos días.

—Los horarios son la cosa más sorprendente del hockey, la verdad es que no tenía ni idea.

—Sí —digo patéticamente. Probablemente creerá que soy un imbécil, pero es mejor eso a que intente adivinar mis pensamientos.

Cualquier cosa es mejor que eso.

—Bueno, intentaré arreglarte después del primer partido. ¿Hay algo que debería saber sobre los estadios en Florida? ¿Cuál tiene mejor distribución?

Repito la pregunta mentalmente, porque no tiene ni pies ni cabeza.

—¿Te vienes a Florida?

—Es lo que te acabo de decir. Henry me puso un par de viajes en el contrato para que pudiera recordarle a su mujer embarazada qué aspecto tiene.

Mierda. Busco en mi cerebro algo útil que decir, pero ahora mismo solo hay electricidad estática. Veré a Gavin en el avión. En el estadio.

En el hotel.

—¿Puedo pedirte un favor? —dice en voz baja.

—Lo que sea. —Nada más decirlo, quiero abofetearme.

—Si ves que la cago la noche del partido, ¿me lo dirás? Prefiero que me lo digan a seguir haciéndolo mal.

—Por supuesto —respondo rápido—. Pero no lo harás. Es lo de siempre, pero en otro sitio. La diferencia es que Henry trae aperitivos; siempre tiene unas cuantas cajas de barritas de proteínas además de todos sus trastos médicos y medicinas de venta libre.

—Vale. Barritas de proteínas. Está en su lista de qué llevarme. Genial. —Recorre mi pantorrilla con sus dedos hábiles, probablemente buscando tensión—. ¿Sigues teniendo calambres por la noche? —me pregunta.

No debería habérselo mencionado, porque ahora me está masajeando la parte inferior de las piernas.

—Ahora estoy mejor —miento.

—Fantástico. ¿Quieres que vayamos juntos en coche hasta el aeropuerto? —pregunta—. Ya que salimos del mismo sitio…

Aprieta el pulgar contra el arco de mi pie y lucho contra el impulso de gemir.

—Claro —jadeo—. Buena idea.

No, es una idea horrible. Estoy de un humor de perros mientras hago las maletas la tarde siguiente. Justo lo que necesitaba: más tiempo a solas con Gavin. Es difícil mirar a alguien a los ojos después de haber tenido sueños húmedos con él.

Cuando salgo hacia la acera, sin embargo, me sorprende ver a Jordyn de pie a su lado.

—¡Holi, Hudson! —me llama, alegre—. ¿Vas a ganar en Florida?

—Lo intentaré. ¿Tú también vienes?

—No —dice, sacudiendo la cabeza—. Me gustaría, pero es un viaje de trabajo, y papi me ha prometido que no irá a Disney World.

Mi mirada se encuentra con la de Gavin, y es difícil no sonreír.

—Es verdad, no habrá ningún viaje a Disney. Solo la pista de hielo y el hotel.

Levanta la cabeza para mirarme con los ojos entornados, desconfiada.

—¿Y el hotel tiene una piscina?

—Eh… probablemente no —miento—. De todas formas, estaremos demasiado ocupados como para ir a bañarnos.

—Qué pena.

—Ya te digo.

En ese momento, un SUV brillante aparca frente a nosotros y sale el conductor. Creo que es nuestro coche, así que levanto la bolsa, pero no. La puerta trasera se abre para revelar a una mujer de pelo plateado con un collar de perlas y un vestido.

—¡Jordyn! ¡Ahí está mi niñita!

—¡Hola, abuela! —Se abalanza hacia ella para abrazarla.

—Ve con cuidado para no mancharme —dice la mujer, dando un paso atrás—. El abrigo es beis.

—¿Beis? —pregunta Jordyn con los ojos abiertos—. ¿Qué es lo que tenemos que ver?

La mujer sonríe, pero a mí no me termina de cuajar. ¿Quién se pone un abrigo caro para pasar el rato con una niña pequeña?

—Cariño, ¿dónde está tu bolsa?

—Aquí —dice Gavin—. Hola, Eustace. ¿Ha ido bien el viaje desde Boston?

—Ha sido perfecto —responde—, no ha habido ningún problema. —Para en seco y le dirige a Gavin una mirada evaluadora, y entonces fija la mirada en mí—. ¿Y este quién es? ¿Un noviete?

La sangre se me congela en las venas.

—¡No! —farfulla Gavin—. Es…

—¡Nuestro vecino! —termina Jordyn—. ¡Es un jugador de hockey ! ¡Me firmó la camiseta!

—Ah, ya veo. —Sus ojos despectivos se alejan de mí—. ¿Jordyn tiene otro par de zapatos? Iremos a ver un ballet .

—Se pone esos con todo. —Gavin frunce el ceño—. No mencionaste nada de un ballet .

—No importa. —Hace un gesto con la mano—. Métete en el coche, cariño.

—Espera, espera, espera. —Gavin abre los brazos—. ¿No te despides de mí?

La pequeñuela da saltitos hacia su padre y se despiden, y yo miro hacia otro lado.

Cuando otro coche se acerca por la calle y se detiene, veo que mi nombre aparece en un letrero de la ventana. Me aproximo con rapidez y pongo mi bolsa en el maletero, y entonces me siento en la parte de atrás.

—¿Vas a LaGuardia? —pregunta el conductor.

—En un segundo —le digo, tenso—. Estamos esperándolo a él.

Gavin tarda solo un minuto en venir conmigo. El coche en el que va su hija arranca primero. Él pone su bolsa en el maletero y se sienta dentro también.

El coche circula por la calle Henry y gira hacia el aeropuerto antes de que Gavin diga en voz baja:

—Siento lo de antes. Que haya asumido…

—No ha sido nada —susurro.

—Ya, pero… —Se aclara la garganta—. No tenía nada que ver contigo, solo está esperando a que la cague de alguna forma. Que pierda el trabajo, salga con un perdedor… Cualquier cosa que pueda usar contra mí.

—Creo que acabas de decir que soy un perdedor.

—¡No! ¡Era solo un ejemplo! Yo… —Me mira por el rabillo del ojo—. Ah. Estás bromeando.

—Sí —sonrío—, era una broma. —Aunque, de todas maneras, el corazón ha empezado a latirme rápido. En otra vida, quizá me resultaría emocionante que me confundieran por el novio de Gavin.

Pero en esta, no puedo permitirme que nadie piense eso sobre mí. Jamás. Así que mi mayor fantasía es, a la vez, mi mayor miedo.

El coche acelera hacia la autopista, en dirección al aeropuerto y al inicio de un viaje con dos partidos, en el que Gavin estará con nosotros durante unos días.

No puedo dejar que eso me afecte.

Ya he escogido mi camino. Tan solo tengo que mantenerme en él.