NUEVE Gavin
El lunes por la mañana, Jordyn se pone su nueva camiseta del Bombshells para ir a la escuela. Y también la gorra de béisbol.
Fuera hace frío, y preferiría que llevara una gorra de invierno, pero dejo ir el tema. Ya son las ocho y cuarto, su almuerzo está listo en la fiambrera, y tiene el pelo trenzado justo como a ella le gusta.
—Vale, ¡a ponerse el abrigo! Vamos allá. Tengo que ir al trabajo.
—¿Papi? —Está de pie con el abrigo puesto—. Creo que no debería ir a clase hoy.
Oh, no.
—¿Por qué?
—Me duele la garganta. —Pone las manos alrededor del cuello con dramatismo. Ooooh, mierda.
—Eso suena mal —acepto. El problema es que el viernes le dolía la barriga, y el jueves tenía un dolor que mágicamente saltaba de un lado a otro mientras hablábamos de él.
Y el fin de semana se lo ha pasado sonriendo. Aun así, me preocupa ignorar sus inquietudes; ¿y si hoy tiene faringitis de verdad? ¿Qué clase de padre sería si no la escuchara?
—Abre la boca y déjame echar un vistazo.
Su boca se abre como la de un pajarito.
Miro dentro, pero lo único que veo es una lengua rosada y no mucho más. «Un poco de ayuda me iría de perlas, Eddie. ¿No me puedes mandar una señal?».
Él era pediatra, y siempre sabía qué hacer en este tipo de situaciones. No, en todo tipo de situaciones. Era el tranquilo y sereno, una roca en el río. Solía evaluar una situación en silencio y, luego, tomaba una decisión lógica y te curaba si era necesario.
Yo tenía un rol distinto. Era el juerguista, el que daba el toque humorístico. El que hacía globos en forma de animales para distraerte mientras Eddie te cosía la herida. Decir que estoy fuera de mi onda sería quedarse corto.
—Escucha —digo mientras mi hija cierra la boca—, en una escala del uno al diez, en la que un uno es una picadura de mosquito y un diez es alguien intentando decirte que la nueva versión de Milagro en la ciudad es mejor que la original, ¿cuánto te duele? —Ella suelta una risita—. ¿Y bien?
—Es un dos —admite—, pero podría empeorar en cualquier momento.
—Es verdad —asiento—. Tu profesora me podrá llamar si eso pasa. Pero si no vas a la escuela, no podrás pedirle tu premio de cumpleaños atrasado, ¿a que no?
Esta idea, por lo visto, vino gracias a Hudson. Jordyn se ha despertado pensando en él.
Entiendo cómo se siente.
—Vale —accede, abrochándose la cremallera del abrigo con dedos cuidadosos—. Si se pone feo, le pediré que te llame.
—Buen trato —digo, sintiendo que me inunda el alivio. Mi hermana y yo trabajamos hoy, y no quiero ser el novato que se pide el día libre para cuidar de su hija diez días después de ser contratado.
Esto de ser padre soltero no es para pusilánimes.
Dos horas más tarde, estoy en las instalaciones de prácticas. Los jugadores salen de la pista tras su sesión de patinaje matutina, así que estoy ocupado aplicando hielo, vendando y estirando varias partes del cuerpo.
—Gracias, hombre —me dice O’Doul después de aplicarle el masajeador por golpeteos a sus músculos doloridos.
—No hay de qué. ¡Abrígate y estira! —le recuerdo mientras se levanta de la camilla—. Los hombres de verdad se ponen la batamanta hasta la hora del partido.
—Lo tendré en cuenta —responde riendo.
—¡Siguiente!
Un Hudson Newgate que parece avergonzado entra en la habitación. Con su camiseta y pantalones cortos atléticos, acaba de salir de la ducha.
—Aquí estoy. No te ignoro.
—Y te lo agradezco, al igual que tus flexores de la cadera. —Paso un trapo por la camilla con una indiferencia fingida. Es importante para mí que podamos trabajar juntos, y no es solo por mi posición.
De verdad me gusta este jugador de hockey. Hudson Newgate, aunque cascarrabias y difícil, es más gentil de lo que aparenta. Y cuando le miro, veo algo familiar: un hombre que está haciendo lo que puede en una situación que no puede controlar.
Se saca las sandalias de una patada y se tumba sobre la espalda, y yo empiezo a trabajar.
—Dobla esta rodilla, por favor. —Meto su rodilla musculosa en el hueco de mi brazo y le doy vueltas. Entonces, hago un poco de presión con las puntas de los dedos sobre sus cuádriceps—. ¿Estás bien? No estás respirando.
Hudson suelta un suspiro.
—Estoy bien —murmura.
Le masajeo la pierna, esperando a que se relaje con el estiramiento.
Los atletas están acostumbrados a que los manejen como si fueran ganado, y, aun así, cada uno carga con asociaciones inconscientes con que le toquen.
Algunos aprendieron a muy temprana edad que no debían fiarse de ello, pero la mayoría aprendemos a aceptarlo.
Por eso me gusta tanto mi trabajo. El entrenamiento atlético trabaja en la intersección entre el cuerpo y la mente. Nunca me voy a casa al final del día preguntándome si he sido útil, porque siempre hay alguien que me necesita.
Oigo que la respiración de Hudson se ralentiza mientras se hunde bajo mi toque practicado. Aplico una presión leve en su rodilla, pidiéndoles a sus músculos que se estiren un poco más.
—Estás progresando —le digo—. La cadera estará bien.
—He visto que le dices lo mismo a todos. —Entorna los ojos—. Como si fuera tu trabajo decirlo.
«Pillado». Me río entre dientes.
—De acuerdo. Pero también es verdad.
—No lo creo. Existen lesiones que arruinan carreras.
—Y yo que no podía averiguar por qué tu apodo no es «señor Rayito de Sol». —Él se ríe por la nariz—. Mira, veo muchísimas lesiones. De todo tipo. Y la mayoría se curan bien. Tu perspectiva es diferente, porque solo las ves desde una aterradora cercanía.
—Supongo que sí —admite.
—Mi trabajo no consiste en venderte la moto, mi trabajo consiste en hacer que estés bien. Y soy bueno en lo que hago. —Clavo los dedos en los músculos más tercos de su muslo, y él aprieta la mandíbula—. Todo irá bien, ¿vale?
—Vale —gruñe.
—Buen chico. —Si lo he interpretado bien, este debe de ser el único tipo de contacto físico que Hudson recibe: el cuidadoso y profesional.
Así pues, lo hago lo mejor que puedo. Tras convencer a sus bandas iliotibiales para que se relajen, estoy un momento de más en sus pantorrillas, y entonces me centro en la movilidad de su tobillo.
Hace una mueca, sin embargo, cuando le masajeo el pie con firmeza.
—Hey, chicos. —Henry, mi jefe, me sobresalta desde el umbral de la puerta, que está abierta—. ¿Chico Nuevo tiene problemas en el pie?
—No —responde de inmediato—, todo va bien. —Hudson se incorpora de repente.
—Oye, Gavin —continúa Henry—, gracias por echarnos un cable el viernes.
—Oh, fue un placer.
—Ahora las jugadoras del Bombshells son grandes admiradoras tuyas. —Se ríe por lo bajo—. Me preocupa un poco que intenten secuestrarte. Y si su preparador físico tiene más problemas un día que haya partido, seguro que serás su primera opción.
Me estremezco internamente, porque no necesito más emergencias que requieran canguro.
—Gracias, Henry.
—Pero pusiste a Gavin en un aprieto —dice Hudson de golpe—.
Quizá deberíais avisarle con más antelación la próxima, tuvo que confiar en un puñado de jugadores de hockey para cuidar de su hija.
Hicimos un trabajo de lujo, si se me permite decirlo, pero Gavin tuvo suerte de que estuviéramos ahí.
La verdad es que, como es el novato, sabe que tiene que decir que sí, aunque sea inconveniente.
—Ay, mierda. —Los ojos de Henry saltan a los míos—. No era mi intención ponerte en un aprieto. Sé que no tienes que trabajar por la noche, pero se me había olvidado la razón.
—No pasa nada —respondo—. No podré decir que sí cada vez, pero no será porque no quiera.
—Ya, lo entiendo. —Se frota la barbilla—. Pero te puse un par de viajes en el contrato, ¿va a suponer un problema?
Sacudo la cabeza.
—Mi hermana puede cubrirme durante esos viajes si los planificamos con antelación. No pasa nada. Sé que tú también necesitas poder estar en casa de vez en cuando.
—Mi mujer está embarazada —explica con una sonrisa—, y no ha habido nadie más en quien haya confiado para que vaya a un partido.
Cuando te entrevisté, pensé que quizás al final no me hará falta perderme el nacimiento de mis hijos.
Últimamente nos ha costado encontrar gente con talento en la sala de entrenamiento, y ahora las del Bombshells están, en plan: «Encuéntranos a otro Gavin».
—Levanta las manos, desesperado—. Cualquier sugerencia es bienvenida.
—Lo tendré en cuenta.
Llevaba un par de años sin trabajar, así que este tipo de halagos son la mar de alentadores.
Mientras Henry y yo hablábamos, Hudson se ha escabullido de la sala de tratamientos, así que no tengo otra oportunidad para preguntarle sobre esa mueca.
«Por favor, que esté bien», ruego para mí mismo. Hudson necesita descansar.
Quizá es egoísta, pero este hombre tiene una sonrisa hermosa. Me gustaría verla otra vez en algún momento.