OCHO Gavin #2
—Así que escogí un día tranquilo en el que estuviera la dirección, y pedí una reunión rápida.
Solo quince minutos. —Traga saliva—. Me preguntaron si podía esperar, y dije que no.
Así que marchamos hacia la oficina del entrenador.
—Baja la mirada hacia sus manos—. Y simplemente lo hice.
En el momento en el que me senté, les dije que estaba saliendo con un chico y que necesitaba que mis compañeros lo supieran.
Quería ser honesto, porque cambiar los pronombres al hablar de mi fin de semana me hacía sentir como un canalla, ¿sabes?
—Sus ojos marrones se fijan en los míos, y lucen suplicantes—.
No quería mentir a mi equipo sobre quién soy.
—Oh, te entiendo. —Es tan difícil vivir así—. ¿Qué dijeron?
—Nada. —Traga saliva—. Ni una sola palabra. Todo estaba tan en silencio que podía escuchar mi propio pulso. Muchos intercambios de miradas. Entonces, el director dijo: «Gracias por contárnoslo. Espera unos días antes de decírselo al equipo. Te llamaremos en un día o así».
Todo está en silencio mientras espero a que continúe. Se vuelve a frotar la frente, como si le doliera pensar en esto, pero a veces solo necesitas sacarlo de adentro.
—Así que imaginé que querían hacérselo saber al Departamento de Relaciones Públicas.
Esperé una llamada, y cuando llegó, el director general me llamó para que fuera a su oficina.
No había nadie de relaciones públicas. Me entregó un itinerario de v iaje a Carolina y dijo: «Gracias por tu servicio, pero te hemos intercambiado».
—¿En serio? —Suelto un grito ahogado—. ¿Así como así? ¿Y crees que es porque saliste del armario?
—Sé que es por eso. —Sus ojos oscuros brillan por el dolor—. Mi padre es mi agente, y es uno de los hombres con más contactos en el mundo del hockey, así que se entera de todo. Y estaba cabreadísimo.
—¿Contigo?
—Un poco —responde, estremeciéndose—. Pero sobre todo cabreado y ya. Le había dado mucho al equipo, y cuando me intercambiaron, se sintió avergonzado. Como si lo estuvieran rechazando a él. Se lo tomó un poco como algo personal.
«Ooooh, mierda». Qué desastre.
—Vaya… He escuchado muchas historias de salidas del armario, y esa se lleva la palma.
—Gracias, supongo —se ríe por la nariz—.
Pero quería que la escucharas. He esperado mucho tiempo para sentirme suficientemente cómodo con un equipo para volver a intentarlo, pero aún no ha sucedido.
Lo cierto es que hay una entrada en El libro Guinness de los récords para el jugador de hockey más intercambiado.
Nueve veces. Aún me quedan unas cuantas.
Auch.
—Así que básicamente vives con un hacha sobre la cabeza. Lo siento mucho.
Sus ojos oscuros se elevan hacia los míos.
—No, lo siento yo. Porque tú también fuiste básicamente lo más emocionante que me había pasado.
—Oh.
«Oh».
De repente, soy consciente de lo cerca que estamos el uno del otro. Otra vez. Está justo aquí, pensando lo mismo que yo. El piso está tranquilo. No hay nadie más en casa. Es tarde. Lo único que tendría que hacer es inclinarme y probar su boca…
Se levanta de repente y se dirige a la cocina.
—Te ofrecería una birra, pero no tengo nada más interesante que agua.
—No pasa nada —respondo, escondiendo mi decepción. Miro hacia el móvil, donde se han cargado todas las fotos. Esta debe de ser mi señal para irme.
Sin embargo, me demoro y abro la galería de fotos. Lo primero que veo es una foto de Jordyn a hombros de Hudson. La está agarrando de las pantorrillas, y ella sonríe como si hubiera ganado la lotería.
Ay, caray, un jugador de hockey buenorro siendo amable con mi hija. ¿Hay algo más atractivo que eso?
Entonces hay una foto de ella comiendo un perrito caliente y con kétchup en la cara. Y un selfi de Castro y Jordyn y una bolsa de palomitas. Y una foto de ella con toda su nueva parafernalia del Bombshells.
E, inexplicablemente, una foto de Jordyn firmando la camiseta de Hudson con un rotulador permanente. La forma en que sonríe a mi niña hace que el corazón me lata más deprisa.
—Hudson, estas fotos son… —Trago saliva—. Perfectas. Gracias. Y deja que te pague por todo. —Me levanto y saco la cartera para darle un poco de dinero.
—No. No me vas a devolver ni un duro —me dice antes de tomar un sorbo de agua—.
Le compré todo eso porque está guay apoyar el equipo femenino.
Y porque me dijo que es difícil ser la chica nueva y yo, bueno, la entiendo.
—Se gira y pone el vaso sobre la encimera, como si le hubiera costado admitir eso.
Ahora mi corazón está en peligro de explotar.
—Bueno, gracias. Estoy seguro de que significó mucho para ella, y aprecio que te ofrecieras a ayudar cuando no tenías por qué hacerlo.
Se encoge de hombros y su cara está un poco sonrojada, como si escuchar halagos fuera difícil para él.
—No hay de qué.
—Debería irme. —Me acerco a la puerta, deseando que me pare.
Pero no lo hace. Cree que no puede.
Al menos ahora entiendo por qué.
—Buenas noches —dice amablemente.
Salgo de su piso.