SIETE Hudson
Sí que ganamos al Philadelphia.
Entonces, me pongo hielo en la cadera.
Mi padre me llama y me dice diecisiete detalles que podría haber hecho mejor.
Todos son ciertos.
—¿Estás bien, hijo? —me pregunta cuando termina su perorata—. ¿Notas bien la cadera?
—Sip, todo bien. —Es mi confianza la que está destrozada.
Cuando colgamos, no puedo dejar de pensar en cómo Gavin me puso en mi lugar. No es solo que me hizo bajar dos escalones en la escalera de mi ego, sino que me mandó volando al sótano.
Preparo otra bolsa de hielo para mi cadera y me tumbo en la cama, deseando que sus manos capaces me estuvieran estirando. Me esfuerzo en escuchar sonidos de vida desde su piso contiguo.
Pero lo único que oigo es el silencio.
La mañana siguiente salimos de viaje, primero a Minnesota y después a Chicago. Estoy arrastrando mi maleta al pasillo cuando oigo que la puerta de Gavin se abre.
Mi primera reacción es estremecerme, porque me avergüenzo de cómo lo he tratado. Dos veces.
De todas formas, me armo de valor, me giro y le sonrío.
Sin embargo, resulta que no es Gavin, sino una niña, seguramente la misma que canta Frozen a todo pulmón. No es pequeña, pero tampoco grande. Es tirando a mediana, y lleva tejanos, zapatillas Converse y una chaqueta de esquí negra.
—¿Hola? —digo, preguntándome si Gavin está a punto de aparecer.
—¡Hola! —chilla—. Soy Jordyn. Tú eres Hudson Newgate, número veintidós, defensa.
—Oh, sip. —Quizá reconoce mi cara porque Gavin (su… ¿tío? Es demasiado joven como para ser su padre) ya ha puesto mi foto en la diana de dardos de la familia.
—¿Puedo…? —Traga saliva—. ¿Puedo pedirte un autógrafo?
—¿Quieres…? —«¿En serio?». Esto es desternillante—. Vale. Por supuesto. ¿Tienes un boli?
—¡Jordyn! ¿Dónde estás? —suena la voz de Gavin—. ¿Tienes la mochila lista?
—¡Un minuto, papi! —responde mirando por encima de su hombro.
¿«Papi»?
Seguro que mi rostro muestra mi conmoción cuando Gavin aparece detrás de ella en el umbral de la puerta. Frunce el ceño.
—¿Hay algún problema?
—No —respondo tras un instante de confusión—. Ella tan solo, eh…
—¡Le estaba pidiendo un autógrafo! —responde con alegría. Él frunce aún más el ceño.
—Lo siento —me dice—. Jordyn, está a punto de ir al aeropuerto. No puedes molestarlo en su propio pasillo.
—¡Pero, papi…!
La arrastra hacia dentro sin decirme ni una palabra más y cierra la puerta. A pesar de eso, aún consigo escucharlos.
—¿Por eso te pasas el día al lado de la puerta de entrada? Esa es su casa, no puedes abalanzarte sobre alguien que solo intenta vivir su vida.
—¡No le importaba! —insiste—. ¡Casi me había dado su autógrafo! ¡Se lo podría haber enseñado a los niños de mi clase! Les dije que era la vecina de Hudson Newgate y no me creyeron. Dijeron que era una rarita.
—Ay, cielo —se lamenta—. ¿Tan mal te va en el cole?
—No tengo ningún amigo.
«Auch». El teléfono me vibra en el bolsillo, recordándome que hay un coche esperándome fuera, y me doy cuenta de que estoy aquí de pie, escuchando a escondidas como un acosador.
Así pues, voy de puntillas hacia las escaleras y salgo del edificio.
Los tres días en Minnesota y Chicago se hacen largos. En el taxi de regreso a casa desde el aeropuerto de LaGuardia, siento que la cadera se me pone tiesa como si fuera un trozo de hierro oxidado.
Pero lo he conseguido. He sobrevivido, y no he dejado que afecte mi juego. El entrenador está satisfecho conmigo, O’Doul me felicitó por cómo jugué, y hemos conseguido unos cuantos puntos en la Liga de camino.
Y no he pasado todo el tiempo pensando en Gavin.
Al menos, no a menudo.
—Chicos, ¿vendréis al partido de hoy? —pregunta mi compañero de equipo, Anton, mientras nuestro taxi se acerca a Brooklyn.
El Brooklyn Bombshells, el equipo femenino, tiene un partido hoy contra el Albany. Anton está saliendo con una de las porteras, y mi compañero Drake está casado con una de sus jugadoras estrella.
—Yo sí que iré —me ofrezco pese a que estoy agotado. La verdad es que me he esforzado muy poco en socializar con el equipo. En enero, los invité a todos a una fiesta sobre la que mi padre había oído hablar, y fue un enorme alivio cuando todos rechazaron mi invitación.
Desde entonces, me he escabullido de casi todo. No paso el rato en los bares cuando viajamos por carretera, porque no me gusta mucho beber y necesito descansar, y tampoco juego a cartas con ellos en el avión.
Pero sé que debería hacer el esfuerzo. Y, dado que el partido del Bombshells se hará en la misma pista en la que practicamos, es un paseo sencillo por mi barrio.
Tras ponernos de acuerdo para vernos en la pista, salgo del taxi. Cuando me acerco a la puerta principal y busco la llave a tientas, siento un par de ojos que me observan. Levanto la mirada, pero estoy solo en el pasillo de la segunda planta, a excepción de la mirilla de la puerta de mi vecino.
Recuerdo a Jordyn parada allí, tratando de atraparme, así que saludo hacia la puerta, y oigo que alguien toma aire de golpe. Qué risa.
—¡Puedo oírte respirar! —la llamo, y ella se ríe.
Con una sonrisa, entro en mi piso, que huele a aire viciado.
Los otros jugadores encargan servicios de limpieza y de entrega de la compra, pero yo aún no lo he hecho, así que mi nevera está vacía, lo cual es bastante deprimente.
Sin embargo, entonces recuerdo que voy a ver el partido del Bombshells en unas cuantas horas, y puedo disfrutar de la comida del estadio.
La vida de un hombre soltero, damas y caballeros. Tiene sus momentazos.
Unas cuantas horas más tarde, estoy de pie en el recibidor de la sede del equipo con casi una docena de mis compañeros de equipo, mientras la esposa de Trevi, Georgia, la publicista, reparte carteles para que los agitemos.
¡ Vamos, Bombshells ! y Fuerza, Brooklyn salpican sus superficies brillantes.
No me había dado cuenta de que íbamos a formar parte de un paripé de relaciones públicas, pero no me importa demasiado. El chico nuevo tiene que interpretar su papel. ¡Vamos, Bombshells!
Entonces, Georgia vuelve a pasar, esta vez con una camiseta de color lavanda del Bombshells para cada uno. Me quito la chaqueta y me pongo la camiseta por encima de la cabeza, y entonces oigo un grito ahogado.
Cuando saco la cabeza por el cuello de la camiseta, veo que Jordyn me saluda con una mano. Está junto a Gavin, que tiene el teléfono contra la oreja.
—¡Ahí está! —dice la niñita, sacudiendo la mano libre de su padre—.
Si le hablo aquí, no le estoy molestando en casa, ¿a que no?
Pues no. —Sin esperar una respuesta, se aleja de su padre y viene al galope hacia mí—.
¡Hola! ¡Vaya! Ohdiosmío, ¡estáis todos! —Mira a mis compañeros de equipo con una expresión deslumbrada.
Esta es mi oportunidad para saldar cuentas con una pequeña fan del hockey.
—Oye, Georgia, ¿tienes una camiseta de sobra? Mi amiguita necesita una.
Georgia mira de la niña hacia mí, y entonces sonríe.
—Claro. Aquí tienes. —Me lanza la camiseta y, aún mejor, me pasa también un rotulador permanente.
—Aquí tienes, peque. —Destapo el permanente y garabateo mi nombre en el brazo de la camiseta. En ese momento, Gavin finaliza su llamada y se apresura a acercarse.
—Jordyn, ¿qué estás…?
—Oye, no te la lleves aún, ¿vale? Esto es para ella. —Le doy la camiseta y el permanente a Jordyn—. Rápido, peque, ve a por los demás antes de que nos arrastren a nuestros asientos.
Jordyn suelta un grito tan agudo como un silbato para perros.
—¡Gracias! —dicen ella y Gavin al unísono. Con la cara colorada, él mira cómo ella se abalanza sobre Leo Trevi para conseguir su firma.
—Eso ha sido muy amable por tu parte —me dice.
—No hay de qué. —Me aclaro la garganta—. ¿Va todo bien? Pareces estresado.
Gavin suelta un largo suspiro.
—Se supone que trabajo solo durante el día, es lo que acordamos con la dirección.
Pero el preparador físico del Bombshells está enfermo y me han llamado a mí.
No me ha dado la sensación de que pudiera decir que no, y ahora no puedo localizar a mi he rmana.
—Mira el teléfono—. Y se supone que ya debería estar en los vestidores.
Ahora entiendo el problema. Jordyn no puede estar tras el banquillo con él, sin importar lo mucho que a ella le gustaría.
—Puede quedarse con nosotros —oigo que ofrezco.
Hacer de canguro es como un país extranjero que nunca imaginé que visitaría, pero cualquiera puede sentarse al lado de una niña durante un partido, ¿no?
—. Estará bien. Diversión buena y saludable.
Excepto… —Miro hacia la fila de jugadores—.
Sospecho que habrá un poco de lenguaje soez.
Gavin se ríe de verdad.
—¿Lo dices en serio? —Vuelve a revisar la hora—. Dios, jamás te lo pediría, pero…
—No pasa nada —insisto—. Dile a tu hermana que me escriba si aparece. Te daré mi número.
Sus ojos tímidos se levantan hacia los míos mientras me da su móvil para que pueda mandarme un mensaje a mí mismo.
—Te debo una grande por esto.
—Qué va —digo, ahuyentando la idea con un gesto de la mano—. Más bien diría que estamos en paz.
Quizá me sentiré menos como un cabrón si deja que le haga este favor.
Pero lo dudo mucho.
Resulta que hacer de canguro de Jordyn es la mar de sencillo, siempre que estés dispuesto a responder a unas cuatro mil preguntas.
Por minuto.
—¿Cómo han colgado el marcador desde el techo? ¿Por qué no se funde el hielo? ¿Cómo consiguen pintar las líneas por debajo del hielo?
Anda, pero si esta me la sé.
—Las pintan a mano en el suelo al principio de la temporada. El hielo es transparente, así que puedes verlas a través.
Ella da saltos en su asiento.
—¿Alguna vez te han dejado conducir la pulidora de hielo?
—No, señora. No tengo el carné.
Jordyn suelta una risita.
—¿Podemos comer algodón de azúcar? Papi diría que sí.
«Ay, caray».
—Vamos a tenerlo en cuenta para cuando hayamos comido algo de verdad. ¿Prefieres las hamburguesas o los perritos calientes?
—¡Oh! Perritos calientes. Pero sin mostaza, porque da asco.
—Tomo nota. —Saco el móvil y mando un mensaje a Gavin:
Hudson: ¿Alguna restricción alimenticia? Ya ha pedido algodón de azúcar y perritos calientes. Sin mostaza, de ninguna manera.
Él responde de inmediato:
Gavin: Dios, hoy cualquier cosa sirve. Aunque algodón de azúcar y refresco van a resultar un nivel de hiperactividad que seguramente no vas a disfrutar. Te pagaré lo que sea.
Le digo el pedido a Leo, que se dirige al puesto de comida mientras las jugadoras salen a la pista para calentar.
—¡Ya empieza! —chilla Jordyn—. ¡Oh, un foco!
Qué sofisticado. ¿El otro equipo tiene camisetas blancas?
Qué aburrido. Espero que pierdan. ¿Por qué la portera tiene un palo tan grande?
¿Por qué está rascando el hielo con los patines?
¿Van a reproducir música todo el rato? ¡AH, MIRA!
¡HOLA, PAPI! ¡HOLAAAAA! —Salta arriba y abajo en el banquillo y saluda enérgicamente a su padre mientras Gavin se sienta detrás del banquillo con su kit de primeros auxilios.
—Seguramente no te puede escuchar porque hay mucha gente aquí —señalo.
—No pasa nada —dice, dejándose caer en el asiento—. ¿Puedes sacarle una foto? Así se la podré enseñar a los niños del cole.
—Eres la nueva en clase, ¿verdad? —Saco el móvil.
—Sí. —Hace una mueca.
—¿Es difícil hacer amigos? —Uso la cámara para hacer zoom en el rostro ridículamente atractivo de Gavin. Saco la foto para ella, y entonces alejo el zoom para capturar otra con las demás jugadoras.
—Todos son amigos entre sí. Además, es el cumple de alguien mañana. Van a hacer una fiesta de la que todos están hablando, en una tienda de American Girl… —Vuelve a poner cara refunfuñona—. Nunca he ido a una.
—Seguro que irás algún día —digo rápidamente, aunque no tengo ni idea de dónde está eso o qué es—.
Yo también he sido el nuevo muchas veces.
El truco es sonreír mucho aunque no quieras, y no intentes descubrir quién es amable y quién no.
Simplemente lleva un bombón Hershey’s Kiss para todos, incluso a tu profe.
A todo el mundo le gusta sentirse incluido.
Frunce el ceño, pensativa.
—No sé si puedes llevar dulces a la escuela si no es tu cumple. El mío fue en verano.
—Vale, vale. —Pienso un momento—. ¿Y si los llevas porque se perdieron tu cumple? ¿A quién no le gusta un poco de chocolate de cumpleaños?
—¡Oh! —Sus ojos se iluminan—. Me gusta. Vale, ¿nos sacamos un selfi? —Se apoya contra mi hombro—. ¡Patata!
Levanto el móvil para que nos enfoque a ambos y sonrío, y entonces saco la foto.
—¡Genial! ¿Puedo sacar más? —Jordyn intenta alcanzar mi móvil.
Se lo dejo. Decir que sí es más fácil que decir que no.
Y a veces es un infierno pagar las consecuencias después. Pregúntame cómo lo sé.