El chico nuevo SEIS Hudson
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SEIS Hudson

Mierda, mierda, mierda, mierda. Durante la videollamada, me quedo sentado, aturdido.

Gavin sabe que lo estoy ignorando. Es evidente que tenemos que hablar en privado, énfasis en «en privado», pero ¿aquí, en este edificio? Me da claustrofobia solo de pensarlo.

No es culpa suya que yo sea un maldito desastre, pero cada día entro y ahí está él, un recuerdo rubio y sexy de mi propia idiotez.

Lo peor de todo es que soy el único que no es el nuevo mejor amigo de Gavin. Mis compañeros de equipo lo adoran. Castro no deja de alabarle, y oí a O’Doul darle las gracias a Henry por contratar a «otro profesional de verdad».

El problema es solo mío, y no puedo averiguar cómo resolverlo. Tenemos que hablar, pero ni siquiera sé cómo hacerlo. Mantener la boca cerrada ha sido mi estrategia durante años.

Dios, no suelo cagarla, pero cuando lo hago, lo hago a lo grande.

La reunión termina, y solo tengo un sentido vago de lo que el entrenador nos ha dicho. Me levanto de la silla, y mi cadera se queja al instante.

Vale, eso es mala señal. Voy a jugar esta noche (por fin), y tanta tensión es una lata. Me dirijo a la sala de entrenamiento, y diviso a Gavin desde la puerta. Está trabajando en el hombro de O’Doul. Henry no está aquí, pero quizá podría encontrarlo.

Bingo. Encuentro al preparador físico jefe poniéndose la chaqueta en el guardarropa.

—Oye, Henry, sé que estás a punto de irte al estadio, pero ¿podría robarte cinco minutos? —Me siento en uno de los bancos acolchados.

—¿Aquí? —Me mira como si me faltara un hervor, pero entonces acepta, se quita la chaqueta y la cuelga de un gancho—. ¿Gavin no está disponible?

—Eh… —Soy un auténtico cabronazo—. Es que prefiero tu ayuda, eso es todo.

—Ponte de lado, entonces —me ordena—. Démonos prisa. ¿Estás dolorido?

—Sip.

—¿Te has tomado analgésicos? —pregunta con el ceño fruncido.

—Hoy aún no. —Me tumbo sobre mi lado bueno para que pueda manipular el malo.

—Entonces, ese será el siguiente paso. No entres en pánico, ¿vale? Es posible que hayas favorecido la articulación durante el entrenamiento, y ahora los músculos pequeños se están quejando.

Me clava los dedos y espiro lentamente, intentando relajarme.

—¿Tienes más trucos en la manga? —pregunto—. De verdad que necesito que se me pase.

Él sacude la cabeza.

—¿Qué te acabo de decir? No entres en pánico. Vas a recibir un tratamiento de tejidos blandos en los flexores de la cadera, las bandas iliotibiales… cualquier cosa en la misma zona que la articulación. Y calienta como si te fuera la vida en ello.

—Bueno, vale —suspiro.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Hay alguna razón por la que no quieras ver a Gavin? ¿Ha hecho algo malo?

—No —respondo inmediatamente—. En absoluto.

—¿Es porque es gay? —Henry entorna los ojos—. Porque en esta organización no…

—De ninguna manera —lo interrumpo, horrorizado—. No es eso. Dios, no. Es… —Tengo que pensar rápido—. Soy supersticioso. Hiciste mis estiramientos antes del partido con el Philadelphia, y marqué mi primer gol para el Brooklyn.

Se parte la caja de la risa.

—Atletas. Cualquiera diría que os entendería a estas alturas. —Me estira con agarre firme—. Hazte un favor y añade al nuevo preparador físico a tu repertorio de buena suerte, ¿vale? Es buen currante. Tiene buena mano, la gente reacciona bien.

«Ni te imaginas cómo reaccioné yo».

—Ya, vale. Por supuesto.

—Nos vemos por ahí. —Con el trabajo terminado, se levanta—. Vuelve a buscarme esta tarde, antes del calentamiento. Tendrás un buen partido esta noche.

«Ojalá sea verdad».

—Gracias. Nos vemos.

Cinco horas más tarde, después de estirar mucho y tomarme un ibuprofeno, salgo a la pista por primera vez en diez días.

Y va bien. No es increíble, pero va bien.

Entonces, mientras los demás se van a la taberna a celebrar con cerveza y nachos, me voy a casa y pongo hielo sobre mi cadera mientras picoteo zanahorias, humus y agua mineral.

Mi padre me llama, y le escucho parlotear sobre el ángulo de mis disparos desde arriba del círculo.

Cuando por fin me libro de él, me voy a la cama, preguntándome si Gavin ha mirado el partido de hoy. Preguntándome si está en la cama al otro lado de la pared.

Y preguntándome por qué me importa.

A la mañana siguiente, voy a la pista de hielo pronto. La sesión de patinaje matutino no empieza hasta las diez, pero me aseguro de llegar a las ocho y media de todas formas.

Me ubico sobre las esterillas de estiramiento, y diez minutos más tarde, oigo la voz de Gavin en el pasillo, saludando al encargado del equipo, que arrastra una carga de ropa limpia.

Esta es mi oportunidad de pillarlo a solas, cuando todo está en silencio.

Con dos cojones, me dirijo a la sala de entrenamiento.

Cuando meto la cabeza por la puerta, veo que no hay nadie más alrededor, tan solo Gavin, que tararea para sí mismo mientras le pasa un trapo a la camilla de tratamiento.

Al principio, no nota mi presencia, así que me dedico a admirar sus fuertes músculos de la espalda, que se doblan mientras trabaja.

Henry tiene razón: hay algo dinámico en su energía. Es el tipo de chico que irradia competencia y buenas intenciones. No me extraña que todos le adoren.

De repente, se da la vuelta y me sorprende en el umbral de la puerta, como un rarito. Deja de tararear, y su expresión se ofusca.

—Buenos días —me dice escuetamente—. Pasa.

Entro en la sala y cierro la puerta tras de mí. Nadie hace eso, la sala de entrenamiento siempre está abierta, pero tenemos temas de los que hablar.

—Por favor, toma asiento —añade en un tono seco que sugiere que no nos hemos conocido antes—. Me alegro de verte de vuelta en la pista. Vamos a ver qué tal te va la cadera después del partido de anoche. —Es la mar de profesional mientras se desinfecta las manos.

Me siento en el borde de la camilla, pero no me tumbo.

—Oye. Lo siento. Tenemos que hablar.

—Sobre tu cadera —insiste firmemente—. Estoy aquí para hacer mi trabajo, Hudson, no para arruinarte la vida.

Sé que tu tiempo se valora aproximadamente cien veces más que el mío, pero tengo trabajo que hacer.

Así que si estás listo para dejar de tratarme como una enfermedad contagiosa, por favor, túmbate y dobla la rodilla derecha.

—¿Podemos hablar solo un momento? ¿Por favor? —le ruego.

Cruza los brazos sobre sus definidos pectorales y me observa fijamente.

—Vale. Habla. Tienes sesenta segundos.

Sip, está enfadado. Por eso estaba evitando esta conversación.

—Mira, solo quería decirte que no eres tú, soy yo.

—Ya lo sé. —Pone los ojos en blanco—. No parecías tener ningún problema conmigo cuando era un desconocido anónimo. Si eso es lo que te va, genial. Podemos fingir que no nos conocemos. Pero no me hagas parecer un capullo ante mi nuevo jefe.

«¡Pero bueno!». El Gavin intenso es tan sexy y me distrae tanto como el Gavin relajado.

Eso no ayuda.

—Mira, te pido disculpas, ¿vale? Es que no sé qué hacer contigo.

—Ay, por favor. ¿Es que no me estás escuchando? Túmbate en la maldita camilla. Con mi ayuda, lo único que tienes que hacer es rehabilitar tu cadera. Así que eso es lo que haremos.

Dudo durante un segundo más. Quizá es de tener una lógica cuestionable eso de poner tu cuerpo bajo la merced de un hombre musculoso y alterado que está cabreado contigo.

Pero me dedica otra mirada furibunda, así que lo hago. Me tumbo sobre la espalda y apoyo el pie derecho sobre la camilla. Entonces, me preparo para lo incómodo que será estar lo suficientemente cerca de Gavin como para oler la fragancia limpia de su desodorante.

Cuando sus manos se posan en mi rodilla desnuda, son cálidas y amables.

—Avísame si te hago daño.

—Seguramente me lo merecería.

Ignora mi comentario y empieza a palpar los músculos alrededor de mi cadera, que incluyen, por supuesto, los que se estiran por mi culo y los de la zona de mi entrepierna. Su toque es firme y profesional.

—¿Notas sensibilidad aquí?

—Un poco —admito.

—Date la vuelta. —Frunce el ceño, pensativo—. Vamos a ver esa banda iliotibial.

A pesar de la tensión que hay entre nosotros, su roce me relaja casi al instante.

He sido un atleta toda mi vida, y estoy acostumbrado a un cierto nivel de tratamientos, pero sigo siendo humano.

El toque de otra persona en los puntos que me duelen me alivia.

Suelto un gruñido de satisfacción mientras empieza a aflojarme con sus dedos relajantes.

—Cuando estos músculos se tensan, pueden hacer que la articulación de la cadera sea menos fluida. Eso puede provocar que tus bolsas sean más propensas a inflamarse.

—De acuerdo —bufo cuando mueve las manos a un punto nuevo.

—¿Te duele? —me pregunta.

—No —miento, pero entonces lo pienso de nuevo—. Bueno, un poco. —La verdad es que se siente genial, y desearía que nunca dejara de tocarme. Se inclina hacia mí unos centímetros más y noto un aroma a colonia de pino y menta.

Cuando le echo un vistazo a su expresión, su ceño está fruncido por la concentración.

—Nada de calor en esta zona, solo hielo —instruye—. Seguramente ya te lo han dicho.

—Sí. —Intento no gruñir mientras aprieta su mano fuerte contra otro punto tenso.

—No dejes de tomar antiinflamatorios. No eres sensible a ellos, ¿verdad?

Sacudo la cabeza.

—El ibuprofeno me da la vida.

—Estoy de acuerdo. ¿Ves? Algo que tenemos en común. —Me dedica una sonrisa rápida que no me merezco en absoluto.

Estoy dispuesto a apostar que hay un buen puñado de cosas que tenemos en común, pero me guardo el comentario.

—Mira —dice—, he revisado la cinta de la lesión, y el golpe no parece tan duro. Pero la cadera es una articulación vulnerable.

—Cierto —digo, tratando de no jadear mientras su mano me roza el músculo del muslo.

—Y tu historial no menciona que hayas tenido problemas con la cadera, pero llegaste hace un mes, así que tengo que preguntártelo. —Me mira directamente a los ojos—. Hudson, ¿esta lesión es crónica?

—Qué va —respondo inmediatamente.

Sus manos paran justo en medio de su masaje revitalizador.

—¿Estás seguro? —pregunta en voz baja.

Mierda. Puta mierda.

—Bueno, ha pasado antes. Eh… dos veces. La primera vez fue de una caída tocha el otoño pasado. Me dejaron fuera durante tres partidos.

La expresión que destella en su mirada es de decepción. Y lo odio. Ni siquiera podría decir por qué, pero no quiero que Gavin Gillis tenga una mala impresión de mí.

—Lo siento —suelto, y él suspira.

—¿Por qué ocultarías eso a la gente que intenta curarte? Solo hace que nuestro trabajo sea más difícil.

—Porque no puedo permitirme que me vean como un lastre.

Se lame los labios, como si quisiera decir algo más. Entonces, prosigue con sus excelentes cuidados de mis músculos tensos.

—Haznos un favor a todos y simplemente di la verdad, Hudson.

Se me sube la tensión arterial.

—¿Seguimos hablando de la bursitis? ¿O es, en plan, sobre mi vida entera?

—De tu cadera —dice apretando los dientes—. Eres el único que no deja de hablar de lo otro.

Tiene razón, pero ahora que por fin he conseguido recomponerme y pedir disculpas, no me está dejando hablar de ello.

—Mira, perdón por dejarte plantado, ¿vale? No debería haber salido del bar contigo para empezar. No es algo que suela hacer. Pero me sentía tan… —No sé cómo terminar la frase. «Atraído por ti». «Tentado por ti»—. Es que soy un puto desastre.

—Pero ¿por qué? —Frunce el ceño—. ¿Esta historia tiene algo más?

Ups. Tener bursitis en ambas caderas sería más divertido que hablar de mi estúpida vida.

—No hay ninguna historia. Es que no suelo ligar con chicos.

Ahora que ha terminado conmigo, suelta mi pierna y la posa sobre la camilla.

—¿Porque…?

Esta es una conversación que no tengo nunca, así que pruebo con unas cuantas respuestas en mi cabeza.

«Por conversaciones como esta».

«Porque me costaría mi carrera».

«Porque recordarme lo que no tengo solo empeora las cosas».

—Porque no puedo —respondo inútilmente—. Ahora mismo no. —Y cuando eres el chico nuevo, el momento no parece llegar nunca—. Soy bisexual, como seguramente… eh… notaste. Pero no salgo con hombres. Con nadie, en realidad.

Sus ojos se abren como platos.

—¿Y nadie lo sabe?

—Nadie excepto tú. Y preferiría que lo mantuvieras en secreto.

Gavin deja escapar un jadeo de sorpresa.

—Por supuesto que lo haré. Jesús. Pero eso suena… —su voz se suaviza, y su curiosa mirada gris me inmoviliza—… solitario.

De repente, me siento vulnerable. Estoy aquí tumbado como una ballena en la playa, y lo odio. Así pues, me levanto y balanceo las piernas por el lado opuesto de la camilla para darle la espalda a sus ojos fisgones. Necesito irme de aquí.

—Probablemente pensarás que soy un cobarde —murmullo—, pero es complicado.

—Ya lo imagino —responde en voz baja—. Pero parece que te iría bien tener un amigo.

Mi corazón se encoge. Me da igual que tenga razón, no me gusta lo patético que suena.

—Claro, porque el pobre y confuso jugador de hockey no tiene de eso, ¿no?

—Hudson…

—No. Puedes arreglarme la cadera, ¿vale? Pero no puedes arreglarme la vida.

Gavin suelta un bufido.

—Mensaje recibido. Seguiré manteniendo tus puñeteros secretos; es insultante que me lo pidas. Quizá también podrías abstenerte de mencionar que eché mierda de las posibilidades del Brooklyn aquella noche en el bar. No eres el único chico nuevo aquí.

—Caray, me había olvidado de eso. —Me río por la nariz—. Qué desleal. Supongo que los dos tenemos material para chantajearnos. Estabas apoyando al Boston, por el amor de Dios. ¿Por qué?

—Mi marido era un gran fan.

«Marido». Eso me descoloca hasta tal punto que me giro y le miro a los ojos.

—¿Era?

—Sí. —Sus ojos arden de furia—. Falleció hace dos años en un accidente de coche.

—Joder. —Y otra prueba de mi elocuencia.

—Tu vida es complicada, y lo entiendo —dice, agarrando una botella de espray y rociando la camilla—, pero quizá no eres el único.

La siguiente vez que seas borde conmigo, recuerda que mi único pecado fue que me gustaste.

Durante una hora o dos, fuiste lo más emocionante que me había pasado en años.

Y la primera persona que había besado desde que la anterior murió.

Pero, oye, ¡no pasa nada! Tienes partidos que ganar.

Ve a ponerte hielo en la cadera y a darle una paliza al Philadelphia.

Agarra una toalla limpia y seca la camilla como si estuviera en llamas.

Y tardo un incómodo minuto en darme cuenta de que me ha despachado.