CINCO Gavin #2
El primer año tras la muerte de Eddie, estaba afectado y necesitaba su ayuda para sobrellevar la vida con una niña en duelo.
T ras unos meses, sin embargo, conseguí recobrar la compostura y dejé de apoyarme en ella.
Conseguí terapia de duelo para mí y para Jordyn, planifiqué excursiones, aunque no estuviera de humor, saqué fotos, celebré las fiestas con mi hija, como una persona normal.
Ahora que Jordyn está en la escuela treinta y cinco horas a la semana, me di cuenta de que necesitaba volver a formar parte de la población activa. Conseguí unos clientes privados, pero no me daba la vida para tener mi propia empresa, así que empecé a buscar trabajo.
Fue entonces cuando vi la oferta para el Brooklyn Bruisers. Y cuando se lo enseñé a mi hermana, me dijo:
—Vente a Brooklyn. Empieza un nuevo capítulo de tu vida. Yo te ayudaré.
Siguiendo un impulso, me apunté a exactamente un trabajo, y lo conseguí.
Y entonces a Eustace se le fue la olla. Es la única vez en la que la he visto roja de la ira.
—¡Jordyn es la única conexión que tengo con Eddie! No puedes arrancarla de mi regazo.
Literalmente usó esas palabras. Aún me da vergüenza ajena cuando me acuerdo.
Pero lo había ensayado. Le expliqué con calma que Jordyn tenía una tía que también la quería, y que había conseguido un trabajo muy bueno con excelente seguro médico y plan de pensiones.
Incluso le dije que no podía «vivir a costa de Eddie para siempre», que era exactamente de lo que me había acusado cuando él seguía vivo.
Así que aquí estamos, a trescientos kilómetros de sus garras, ¿y lo que quiere es comprarse un piso al otro lado del río y meter las narices a la mínima que tenga la oportunidad?
—Ya veremos cómo va la búsqueda de piso —dice con calma—. Jordyn adora a sus abuelos.
—Por supuesto que sí —respondo sin chirriar los dientes—. Cuando planifiquéis vuestra visita, mándame un correo electrónico con los detalles para asegurarme de que está libre.
—¡Ya lo he hecho! —contesta, animada—. Está en tu bandeja de entrada. Ahora deja que hable con mi dulzura.
Derrotado, le llevo el móvil a mi hija, que lo acepta con ganas, y entonces sigo preparando la cena.
Los días siguientes son una locura. Empiezo a trabajar a tiempo completo con los jugadores; memorizo informes de lesiones; me siento con Neil Drake para discutir sobre el protocolo a seguir para su diabetes, para saber cómo actuar en caso de emergencia.
Trabajo con Ivo Halla para cuidar de su tobillo agarrotado, y con Patrick O’Doul para su hombro que cruje. Trabajo en los tejidos blandos de todos los jugadores para curar sus dolores.
Excepto en los de Hudson Newgate. Aún me ignora.
Los otros chicos son amigables y abiertos, lo cual ayuda mucho a relajar mi estrés de novato.
Pero Newgate no. Por su lesión reciente, está casi arriba de todo en la lista de jugadores con problemas médicos urgentes.
Un vistazo a su historial revela que lo dejaron fuera de cuatro partidos por un brote de bursitis en su cadera.
Y en medio de esa baja médica lo conocí en un bar.
Pero ¿puedo encontrarlo para hablar sobre la lesión? Nop. Cada vez que ofrezco mis servicios en la sala de pesas, justo está yéndose. Cuando entro en el salón de los jugadores, justo se marcha.
Me pone de los nervios. Evidentemente no quiere hablar conmigo, de ninguna manera. Y cuanto más tiempo pasa, más incómodo es.
Una mañana llego en el momento en que el equipo está a punto de terminar una sesión de yoga, y Newgate está ahí. Desde esta distancia, los movimientos de su cadera parecen fluidos, así que eso son buenas noticias para él.
Lo que es igual de fluido, es la forma en que me evita después de la clase. Entabla una conversación con el capitán del equipo, la cual odiaría interrumpir.
Y entonces otro jugador, Jason Castro, me pregunta si tengo un minuto.
—Me noto la espalda rara. —Intenta tocar más allá de su hombro y frunce el ceño—. Como si una costilla estuviera fuera de lugar.
—¿Lo notas si respiras hondo? —pregunto.
—Sip.
—Vamos a ver. —Señalo hacia la sala de tratamientos, y nos dirigimos hacia allá.
—Hola, nena —le dice a una mujer rubia pequeña en el pasillo—.
Estás tremenda con ese vestidito. —Entonces maúlla, y ella pone los ojos en blanco.
Vaya, eso es un poco agresivo—. Es mi esposa, por cierto —me explica mientras me sigue hacia la sala de tratamientos vacía—.
No estoy acosando sexualmente al personal.
—Oh. —Suelto una risita incómoda—. Ya decía yo.
—Es un trabajo muy incestuoso. —Castro esboza una sonrisa—. O’Doul está casado con la instructora de yoga, Trevi está casado con la publicista.
—Ah. ¿Con cuál? —pregunto, apresurándome a frotar la mesa con una toallita antiséptica. Este lugar está abastecido; nunca había trabajado en un sitio tan limpio y complaciente.
—Con Georgia. La… eh… mujer. —Se sienta en la mesa.
—Estaba bastante seguro de que te referías a ella. Te estaba tomando el pelo.
—¿Estás casado? —me pregunta.
—Viudo, de hecho. —Mientras lo digo, pienso: «Vamos allá». Es importante para mí no ocultar mi sexualidad, pero estoy bastante seguro de que soy el único hombre gay del personal, y nunca se sabe cómo reaccionarán—. Mi marido murió hace dos años en un accidente de coche.
Castro abre mucho los ojos, y me preparo emocionalmente para una conversación incómoda. O peor, quizá no querrá que trabaje en su espalda rara.
—No me jodas —dice, y entonces, de repente, me agarra del hombro—. Lamento mucho oír eso.
—Gracias. —Noto que me relajo—. Túmbate sobre el estómago. —Se da la vuelta, y empiezo poniendo las manos sobre sus hombros.
—¿Sabes? —dice con la voz un poco amortiguada—. Hay reglas para cuando alguien comparte algo así, ¿no? No tienes que decir «oh, me ha pasado lo mismo», porque normalmente continúan la frasecita de mierda con «mi gato se murió el mes pasado».
Suelto una carcajada, sorprendido. Porque sí que es lo que hace la gente.
—Ya, las comparaciones del duelo pueden ser extrañas. —Y esta conversación no está yendo por donde esperaba.
—Es verdad. Pero, y ya me callo —se apoya en un codo y me mira por encima de su hombro—, cuando aún estaba en el instituto, mi novia se murió en un accidente de coche. Sé que no es lo mismo, pero me jodió unos buenos años.
—Vaya, ya me lo imagino. —Le doy un empujoncito y se vuelve a reclinar.
Trabajo con cuidado en los músculos de la parte superior y central de su espalda, hasta que encuentro una sección tensa.
—Es aquí, ¿no?
—Ya te digo. —Se calla un momento mientras obligo a sus músculos a relajarse, y entonces suspira—. Los humanos no estamos hechos para ver nuestras vidas cómodas y entender que nos lo pueden quitar todo en un instante. Y cuando sucede, no podemos procesarlo.
—¿Tan malo es el dolor de espalda?
—No —se ríe por la nariz—, pero tus chistes sí.
—Uf, me has destrozado.
Castro sacude la cabeza.
—Solía hacer lo mismo, contaba chistes todo el rato para sobrevivir. Dos años no es mucho tiempo, ¿a que no?
—No —admito—. Una vez a la semana pienso en algo y mi instinto es querer contárselo a Eddie.
Él asiente. Me comprende. Nuestro club tiene una membresía pequeña, pero reconocemos a los miembros.
—Bienvenido a Brooklyn —me dice—. Espero que te cambie la suerte. A mí me pasó.
—Oye, nunca se sabe. Siempre he sido un optimista.
Pero algunos días son más fáciles que otros.
—Oye, voy a irme hacia el estadio en un rato —me dice Henry el lunes—. ¿Podrías ir a por Newgate? No ha venido a la sala de entrenamiento.
«Joder».
—Puedo intentarlo. Ha sido, eh…, difícil de localizar. —Estoy a punto de poner un cartel de se busca en la sala de pesas. «Si ves a este hombre, avisa a la oficina de entrenamiento. Podría estar armado y ser peligroso, y tiene mala actitud…».
—Asegúrate de encontrarlo antes de que los jugadores se vayan a casa a descansar.
—¡Lo haré! —respondo con más encanto que confianza real.
Honestamente, su evasión ya ha durado lo suficiente. No voy a dejar que este hombre arrogante arruine mi imagen ante mi nuevo jefe.
En el momento en el que Henry se marcha, salgo de la sala de tratamientos y me dirijo a buscar a Newgate. Lo encuentro en los vestuarios, en un baño de hielo que le llega hasta el pecho y con una mueca en la cara. «Por fin». Un público cautivo.
Además, ¿por qué la gente tan irritante tiene que ser tan atractiva? Su pecho es una obra de arte, incluso con la piel de gallina.
—Disculpa, Newgate —le llamo educadamente en un tono que sugiere que nunca hemos tenido la lengua en la boca del otro—. Debería verte antes de que te vayas. Hagamos seguimiento de tu cadera.
Me mira como si acabara de probar algo ácido.
—Lo siento, no puedo. Después de esto tengo una videollamada.
—De acuerdo. —Mis palabras suenan amargas—. En otra ocasión, entonces.
Quiero chillar al vacío, pero en cambio salgo de la habitación.