CINCO Gavin
Este es el momento que temía.
Como era de esperar, Hudson Newgate me mira con mala cara desde la esquina, como si hubiera hecho algo mal al presentarme aquí.
«Lo siento, colega. No es culpa mía».
Que quede claro que fue él el que se sentó a mi lado en aquel taburete.
Henry habla sin cesar, y yo trato de mantener la calma. El primer día en un puesto siempre es incómodo. Sin embargo, en este trabajo tienes que ver caras nuevas todo el tiempo. Tienes que ganarte su confianza para que te cuenten sus problemas, y relajarte cuando pones las manos sobre sus cuerpos.
Se me da bien mi trabajo, maldita sea. Tengo todo el derecho del mundo a estar aquí. Cuando consiga acomodarme, me acostumbraré a la idea.
Cuando Henry termina de presentarme, dejamos la sala de pesas y nos dirigimos a la sala de entrenamiento.
La empresa es grande, así que hay mucho que aprender.
Los atletas entran y salen, y veo a Henry trabajar en rodillas y tobillos.
Saco los ficheros de cada jugador, tomo notas, entablo conversaciones.
La cabeza me da vueltas, pero es solo porque es mi primer día.
Hudson Newgate no aparece, y no hay forma discreta de que un preparador físico en su primer día aparte a un jugador para tener una conversación privada.
La sala de entrenamiento principal es un lugar bullicioso, con diversas conversaciones simultáneas en cualquier momento y atletas que merodean cerca, esperando su turno.
Demonios, este primer día a duras penas puedo navegar el laberinto de las instalaciones de entrenamiento de lujo de Brooklyn. En realidad, son dos instalaciones, pues los hombres y las mujeres tienen plantas distintas del edificio.
Encima, me paso una buena hora firmando formularios personales para conseguir mi nuevo móvil K-Tech.
—Todos los que trabajamos para la organización tenemos uno —dice Heidi Jo, la asistente del director general—. Hay una aplicación para el sistema médico que Henry utiliza para monitorizar las lesiones de los jugadores.
—Guay. Gracias.
Hay mucho que aprender, y, cuando vuelvo a la sala de entrenamiento, empiezo a ojear los ficheros y a memorizar los nombres de todos los jugadores.
En cuanto a Hudson Newgate, los ficheros dicen que se supone que tiene que venir a ver al personal de entrenamiento para su tratamiento de bursitis, pero no aparece. Es un fantasma.
El pánico que vi en su cara antes no era un producto de mi imaginación. Tenemos que hablar. Y pronto.
Cuando llego a casa esta noche, cargado de la compra, echo un vistazo a la puerta de su piso. Me quedo ahí de pie durante un segundo, con las llaves tintineando en la mano, tratando de convencerme para llamar. Aunque es probable que esté en el estadio. No funcionaría.
Es entonces cuando mi hija abre de golpe la puerta de nuestro piso.
—¡Papi! Pensaba que no ibas a volver a casa.
Me estremezco, porque aunque no lo haya dicho de forma literal, es algo que ya ha pasado una vez en su vida.
Un día Eddie se fue a trabajar y nunca regresó.
—¿Cómo va el cole? —Hago malabares con una bolsa de la compra para poder darle un abrazo.
—Apesta. —Me rodea la cintura con sus bracitos—. Odio ser la niña nueva. Pero ¡adivina qué! Hay una feria del libro educacional mañana, necesito dinero.
—¿Qué hay de nuevo? —le chincho, tirando de su coleta con mi único dedo libre. Ella, sin embargo, se toma la pregunta de forma literal.
—Bueno, ¿sabías que vivimos justo al lado de un jugador de hockey ? —Levanta la mirada para observarme, con los ojos como platos—. ¡Lo he visto! ¡Su chaqueta dice Newgate en la parte de atrás! ¡Reggie y yo lo hemos buscado en Google!
«Ay, caray». Le doy un empujoncito a Jordyn para que entre en el piso, por si acaso Hudson está en casa y puede escucharnos.
—¡Es un defensa! ¿Lo has conocido? ¿Y al resto de los jugadores?
—A algunos —respondo débilmente—. Aún no he memorizado todos sus nombres.
Reggie me dedica una sonrisa ladeada mientras dejo las bolsas de la compra en la mesa de la cocina.
—Vamos a ver el partido en la tele —anuncia Jordyn—. Empieza a las siete.
—Bueno, vale —es mi respuesta automática, porque suena a que se lo pasará bien, pero entonces recuerdo que mañana tiene cole y que se supone que debo ser un padre responsable—. Puedes mirarlo hasta la hora de acostarte.
Jordyn arruga su naricita.
—¿Podemos ir a un partido en el estadio? ¿Te dan entradas gratis?
—No estoy seguro de cómo funciona. —Técnicamente podría ver cualquier partido desde la cabina de prensa, pero no creo que permitan la entrada de niños—. Cuando esté más instalado, preguntaré.
—Los jugadores de hockey son muy guays —dice con alegría—. ¿Crees que Hudson Newgate me daría su autógrafo?
—Eh… —Honestamente, no sé cómo sacarla del tema de Hudson Newgate. Ya es suficientemente malo que esté dando vueltas todo el día por mi cabeza.
—Deja que tu padre conozca mejor a la gente —interviene Reggie— antes de empezar a pedir favores.
—Vale —responde—. ¡Quizá podría enseñarme a jugar a hockey ! Y papi podría invitarlo a cenar.
—Eso sería divertido —dice Reggie, soltando una carcajada.
Reprimo un gruñido y empiezo a colocar la compra en su sitio. La cocina es decente para un piso de Nueva York, pero aún no estoy acostumbrado a ella. Mi mente está hecha un caos, al igual que mis armarios.
Empezar desde cero es difícil.
Y por si no estuviera suficientemente ocupado, mi teléfono empieza a sonar en mi bolsillo.
—Debe de ser la abuela —dice Jordyn—. Los demás te mandan mensajes.
Reggie y yo nos reímos, porque es verdad, y cuando compruebo mi móvil, veo que mi hija tiene razón.
Así que ahora tengo un dilema moral. Por una parte, no estaría criando bien a Jordyn si viera que estoy dándole largas a la madre de Eddie, pero, por Dios, no quiero hablar con esa mujer después de un día largo.
Nunca le ha gustado nada sobre mí; ni mi trabajo, que veía inferior al de su hijo; ni mi actitud, que considera frívola.
Siempre me vio como el juguete de Eddie, y cuando él me pidió matrimonio, se sorprendió de verdad.
El teléfono deja de sonar, dándome una salida.
—La llamaré cuando esté haciendo la cena.
—Ponme a currar —dice Reggie—. Te ayudaré.
Es una oferta amable, aunque mi hermana es una completa inútil en la cocina.
—¿Sabes cómo preparar las patatas para hornearlas?
—No me juzgues —responde sacudiendo la cabeza—. Puedo aprender.
—Vale, pues empieza por remojarlas en agua fría y frotarlas con el cepillo para las patatas.
—¿El qué?
Adoro a mi hermana, pero ¿cómo sigue viva?
Cuando tenga que viajar por mi trabajo (mi contrato especifica tres viajes con el equipo, para darle un respiro a Henry), ella y Jordyn van a tener que sobrevivir a base de comida para llevar para el almuerzo y la cena.
Lo más sofisticado que Reggie sabe hacer son cereales fríos.
Mientras le doy instrucciones sobre los detalles de lavar y marcar las patatas con un tenedor, mi teléfono vuelve a sonar.
—Deberías lidiar con ella ahora —me susurra Reggie—. Seguramente te seguirá llamando.
Tiene razón, así que deslizo el dedo sobre la pantalla para contestar.
—Hola, Eustace. ¿Cómo estás en esta agradable velada? —Esta es parte de mi estrategia para lidiar con ella: ser siempre agradable, pero sin dar mi brazo a torcer. En otras palabras, sonreír pero mantenerme firme.
—¡Estoy genial! ¿Y cómo está la mejor niñita del mundo mundial? —pregunta con entusiasmo.
«Yo estoy fantástico también, gracias por preguntar».
—Jordyn está bien, su cuarto va tomando forma. ¿Quieres hablar con ella?
—En un momentín. Primero, quiero contarte algo fabuloso.
Me preparo emocionalmente, porque Eustace ya ha usado esta estrategia conmigo en el pasado: afirma tener buenas noticias mientras me retuerce para que haga lo que quiere.
—¡Vamos a ir a Nueva York a visitaros a final de mes!
¿Tan pronto? Esperaba tener un poco más de tiempo.
—Eso es fantástico, seguro que Jordyn estará encantada de veros.
—Por supuesto que sí. Y lo mejor de todo es que estaremos buscando piso en Manhattan.
Se me sale el alma del cuerpo, como si estuviera en una montaña rusa pasando por una caída súbita.
—No me digas —consigo responder, pero lo que quiero de verdad es estrellar el móvil contra la pared.
—Estamos buscando un piso de dos habitaciones en algún edificio nuevo. ¡Jordyn podría tener su propia habitación, para cuando venga a vernos!
Respiro hondo para calmarme.
—Me parece que es un gasto muy desproporcionado para solo unos fines de semana —digo con cuidado.
—Bueno, ya sabes que Chad puede trabajar desde cualquier parte —responde. Su marido es el director ejecutivo de una empresa de herramientas médicas. Y un multimillonario—. Nuestro plan sería pasar la mayor parte de los findes en la ciudad con Jordyn.
Respiro hondo otra vez.
—Seguro que a Jordyn le encantaría pasar tiempo con vosotros en Manhattan, pero no puede ser cada fin de semana. Tendrá sus propios amigos y actividades en Brooklyn. —«¡Y a mí!», quiero gritar. «¡Me tendrá a mí!».
Pero así no es como se ganan las peleas con Eustace. No ha habido ni un solo día en el que me haya aceptado como padre de Jordyn. Para ella, que recibiera la custodia de la niña tras la muerte de Eddie fue solo un accidente legal.
De hecho, ni siquiera esperó a que las flores del funeral se marchitaran antes de pedirme que renunciara a la custodia.
—Jordyn necesita un hogar estable con dos padres que la quieran. Chad y yo somos su mejor opción.
En aquel momento, de pie en la cocina de mi difunto marido, después de hacer un sándwich de mantequilla de cacahuete para una niña de cinco años que acababa de pasar las últimas setenta y dos horas llorando, ni siquiera le grité. Estaba demasiado afectado como para gritar. Simplemente dije:
—Es mi hija y punto.
Pero Eustace es espabilada. Nunca volvió a preguntarme sobre la custodia, pero aún cree que no soy el verdadero padre de Jordyn, y cada cosa que hace parece una guerrilla territorial.