El chico nuevo CUATRO Hudson
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CUATRO Hudson

Mientras seco el banco de pesas para mi compañero, de mi teléfono empieza a sonar «Under My Thumb».

Mierda.

—¿Para quién tienes este tono de llamada? —pregunta Drake con una risita—. ¿Tu padre?

—Pues sí. Tengo que contestarle. —Mi padre también es mi agente, y no le gusta que lo ignoren.

—Adelante —dice Drake—. De todas formas, no tienes que vigilarme.

Eso también es verdad, aunque demasiado cauteloso. Nadie quiere que se me inflame la cadera antes de que pueda volver a patinar. Mientras mi teléfono sigue reproduciendo los Rolling Stones, voy al pasillo para tener un poco de privacidad.

—Hola, papá —saludo cuando ya no me pueden oír.

—¡Hudson, hola! —Su voz está llena de un entusiasmo jocoso que sus otros clientes parecen adorar. Hoy, tan solo me cansa—. ¿Qué tal la cadera?

—Mejor —respondo, como si cualquier otra respuesta fuera aceptable.

—¿Te estás cuidando bien? ¿Fisioterapia? ¿Buena nutrición?

—Sí, señor.

—¿Duermes lo suficiente?

—Sí —miento. No es por falta de intentarlo. He pasado las últimas dos noches con la mirada fija en el techo, deseando poder dormir de lado. Y, de acuerdo, pensando en mi vecino. Preguntándome quién es, y qué piensa de mí y de mi ida de olla del otro día.

No me lo he encontrado, ni en la acera ni en las escaleras. Y tampoco en la sede del equipo.

Pero ese es mi miedo. Nuestros pisos son los únicos de nuestra planta, y la pareja multimillonaria que conforman Nate y Rebecca Kattenberger son los dueños del edificio y del equipo de hockey. Así que o Gavin es un nuevo empleado o lo es su hermana.

Aunque el trabajo podría ser en cualquier parte del imperio Kattenberger. Son los dueños de varias empresas y de dos equipos de hockey.

Si hay un Dios en el cielo, no veré a mi vecino en el trabajo.

—¿Listo para el partido de esta noche? —me pregunta mi padre.

«Otra vez lo mismo».

—Hoy no voy a jugar, papá.

—¿Qué? ¿Por qué? —ladra—. ¡No te deberían subestimar así! Voy a llamar a Karl…

—Papá, no lo hagas. O sea, no tienes por qué.

—Cierro los ojos y me tranquilizo. Es raro que le lleve la contraria a la apisonadora que es Derek Newgate, y es algo que se debe hacer con delicadeza—.

El entrenador ha hablado con el especialista y con el preparador físico esta mañana.

No tienes que preocuparte, está muy encima.

—Mmm. —Le da vueltas a lo que le he dicho.

Y yo espero, como buen hijo que soy.

Mi padre es un veterano de hockey, ganador de dos copas Stanley, y ahora un agente muy demandado.

Si hiciera una clasificación del valor de su clientela, quizá yo no estaría en los veinte de arriba.

Conoce a todos dentro del mundillo, incluso a mi entrenador.

Fueron compañeros de equipo en algún momento.

A la gente le gusta mi padre, y al entrenador seguramente le haría gracia una llamada invasiva suya.

Y aun así. «Dale un respiro, papá».

—Vale. Un partido más —dice, como si dependiera de él—. ¿Estás tomándote los antiinflamatorios y poniéndote hielo?

—Sigo todo al pie de la letra, lo juro. Prácticamente vivo dentro de un maldito baño de hielo.

—De acuerdo —se ríe por lo bajo—. Ya sé que estás trabajando duro…

Es lo único que hago.

—Es solo que cuatro semanas tras empezar en un nuevo equipo es un momento de mierda para lesionarse. Tienen que verte como la fuerza motriz de la zona neutral.

Apoyo la cabeza contra la pared y dejo que hable. Como si no pensara lo mismo que me dice cada día. Incluso antes del desayuno.

—Mientras esperas, no bajes el ritmo. Trabaja la parte superior del cuerpo. Asiste a cada videoconferencia.

Ya, así están siendo todos los días de mi vida.

—Vas a poder curarte y sentirte cómodo aquí. Muy pronto el Brooklyn no podrá recordar cómo han podido vivir sin ti.

—Ya te digo —respondo, porque esa es mi línea en este drama. Además, quiero creerlo.

—Anímate, Hudson. Puedes superar esta situación.

—Gracias, papá. —Es controlador de cojones, pero ambos queremos lo mismo. Y, para ser justos, nunca expresa lo que ambos pensamos: que cinco años dando vueltas por distintos equipos no da una buena impresión.

Soy como un perro buscando su casa definitiva pero que no dejan de devolver al refugio cada pocos meses. «Es fantástico. Muy entusiasmado, nunca se mea en la alfombra, pero no encaja en nuestra familia».

Mi padre y yo nos despedimos, y me vuelvo a dirigir a la sala de pesas. Alguien ha tomado mi turno en el banco, y mi cadera se ha entumecido tras estar de pie diez minutos, así que me dirijo a las esterillas para hacer estiramientos.

—Hey, Chico Nuevo —me llama Castro—. ¿Tienes el móvil a mano? Necesitamos buena música. ¿Algo retro? Quizá Santana.

—Claro —respondo, sacando el móvil. Después de un par de golpeteos, suena Santana lloriqueando con su guitarra.

—Gracias, Chico Nuevo.

Le hago un saludo militar amigable, pero la verdad es que odio ese apodo con la fuerza de mil soles. No es que Castro tenga malas intenciones; mi posición le deja el apodo en bandeja.

Sin embargo, después de cuatro intercambios en cinco años, ya estoy hartito de ser el chico nuevo y de tratar de demostrar mi valía día sí día también para un nuevo grupo de caras.

Es agotador, a la vez que inconveniente.

He aprendido a no firmar contratos de arrendamiento de larga duración.

No compro muchos muebles, y nunca puedo tener una mascota.

Eso son inconvenientes menores, por eso.

La parte extenuante es tener que adaptar mi estilo de juego constantemente para que encaje con las necesidades del nuevo equipo.

Tienes que ser una esponja, aprender los nombres de tus compañeros de equipo, sus apodos y sus manías, escuchar al entrenador como si tu trabajo dependiera de que absorbieras cada una de sus palabras.

Porque ese es el caso.

Ruedo hacia atrás y doblo una rodilla contra el pecho, y entonces masajeo la cadera opuesta. Los preparadores físicos suelen ayudarme con esto, pero no he visto a ninguno de ellos hoy.

Justo cuando se me forma ese pensamiento, oigo la voz de Henry fuera, en el pasillo.

—La sala de pesas de los hombres normalmente está medio llena después de la sesión de patinaje matutina. Algunos quieren hacer un entrenamiento rápido, otros van directamente a casa a echarse una siestecilla antes del partido.

Henry le está haciendo a alguien un tour de las instalaciones. Y de repente estoy en alerta roja, como si hubiera habido un cambio notable en la presión del aire.

Dos hombres cruzan la puerta, y mi corazón prácticamente explota.

Oh, no. Oh, mierda. Es él. Gavin, el del bar. Gavin, el de los claros ojos grises y la sonrisa rápida. Lleva un polo del Brooklyn y una tarjeta identificativa de empleado sujetada a sus pantalones caquis. Ese es el uniforme de los preparadores.

Me cago en todo. Lleva un portapapeles bajo uno de sus brazos musculosos, y puedo ver mi nombre en él. Joder. Esto es malo. ¿Va a trabajar con el equipo?

Tardo medio segundo en imaginármelo de rodillas en esta misma alfombrilla y levantándome una pierna con las manos para apretarla contra mi pecho mientras miro su cabello rubio oscuro y ese pecho marcado que aún quiero explorar con la lengua.

—¡Chicos, prestad atención! —dice Henry, dando palmas con las manos—. Quiero presentaros a Gavin Gillis. Hoy se une al personal de entrenamiento como mi mano derecha.

Los jugadores se giran para escuchar, y O’Doul se inclina hacia abajo para apagar el altavoz bluetooth . El silencio súbito es profundo.

—Gracias, chicos —continúa Henry—. Gavin se une a nosotros como parte del personal de entrenamiento experimentado.

Nunca ha trabajado con un equipo de hockey, pero eso no importa.

Su último puesto a tiempo completo fue en la Universidad de Nuevo Hampshire, donde trabajó con su equipo de fútbol de primera división, además de con el equipo de tenis femenino…

Pierdo el hilo de lo que dice Henry, porque aún estoy observando a Gavin.

Está con la cabeza bien alta al lado de Henry, con la media sonrisa de alguien forzado a escuchar alabanzas sobre sí mismo pero que no sabe cómo actuar al respecto.

Mientras le miro, él hace contacto visual con cada jugador de la sala, uno a uno.

Llega a mí en último lugar, porque estoy en el suelo en una esquina. Cuando sus ojos me encuentran, mira dos veces, sorprendido, pero reprime su sorpresa. La segunda vez que me mira, lo hace directamente, y me dirige el asentimiento más rápido del mundo.

Me olvido de cómo respirar, y siento que se me estrecha la mirada.

Esto no puede estar pasando. ¿Es un preparador físico? Estará aquí cada maldito día. Sabe cosas de mí que nadie más conoce.

Y si realmente quiere ser un capullo conmigo, mi privacidad estará rota en mil pedazos antes de que se saque el disco esta noche.

Incluso si no es un capullo, seguirá siendo incómodo.

Muy incómodo.

Me fuerzo a sacar aire de los pulmones y trato de controlar mi pánico.

Pero esto es malo.

Peor que malo, es desastroso.