TRES Gavin #2
De repente, se da la vuelta, dirigiéndose por el camino por el que venimos. Alejándose de su casa, y de mí.
De piedra por el giro de los acontecimientos, lo único que puedo hacer es ver cómo su culo musculoso se aleja de mí a marcha rápida por la acera.
—Vale —susurra Reggie—, ¿por qué estás tan aturullado?
Estamos sentados uno al lado del otro en el sofá, y Jordyn por fin está en la cama. Estaba casi demasiado hiperactiva como para dormir; supongo que mudarse a una nueva ciudad la ha alterado.
—Bueno… —Le echo una ojeada a la puerta de su habitación. Está cerrada—. Casi lo hice. Conocí a un hombre en un bar, uno increíble. Y estaba a tres cuartos de camino de tirármelo.
— Ohdiosmío, ¿en serio? —Sus ojos se iluminan—. ¿Qué quieres decir con «casi»?
—Se ha rajado —susurro—. Resulta que vive en este edificio. En esta planta.
La boca de mi hermana se abre tanto que puedo verle el piercing de la lengua.
—No me jodas. ¿En serio? Solo hay otro piso en esta planta.
—Cuando ambos nos dimos cuenta, se le fue la olla —asiento violentamente—. O sea, enrollarte con tu vecino no es lo ideal, ¿no? Porque tenéis que veros cada vez que vas a sacar la basura. —Me paso las manos por el cabello—. Pero su reacción ha sido un poco desmadrada.
—Oh, mierda —susurra.
—Ya. Quizá está viendo a alguien, pero lo dudo mucho. Debe de estar, en plan, muy dentro del armario.
Reggie sacude la cabeza.
—Tengo otra teoría. ¿Sabes la agente a la que le alquilaste el piso?
Escribió algo en la nota que dejó con las llaves.
Espera… —Mi hermana se levanta del sofá y se dirige a nuestra desordenada mesa del comedor.
Estamos en esa fase fea de la mudanza en la que todo es un caos—.
Oh, aquí está. —Saca un trozo de papel del desastre y me lo devuelve.
Gavin, bienvenido al barrio. El edificio de la calle Henry hospeda a varios asociados del hockey de Brooklyn. ¡Estoy segura de que recibirás una cálida bienvenida!
—Oh, es verdad. —Cuando estaba buscando pisos, la agente me había dicho que la pareja que tiene en propiedad a los equipos de hockey también son propietarios de varios edificios del barrio.
Solo se los alquilan a gente que trabaja para alguna de sus organizaciones; si tienes un presupuesto bajo, son la mejor oferta en la ciudad.
Y como mi presupuesto no está para lanzar cohetes, pedí ver cualquier cosa en esos edificios primero. Así es como terminamos aquí, en un piso con tres habitaciones que cuesta lo mismo que dos habitaciones en cualquier otro lado.
—Supongo que la bienvenida no ha sido tan cálida como esperabas —comenta Reggie, y entonces se ríe por la nariz.
—Ya. Ya. Esto podría ser malo. —Malísimo. Siento un cosquilleo en la nuca. ¿Es que Hudson y yo vamos a trabajar juntos? ¿Es por esa razón por la que estaba tan horrorizado al darse cuenta de que somos vecinos?
La verdad es que me haría sentir mejor. Enrollarte con un compañero de trabajo es una pésima idea. Quizá se dio cuenta antes de que lo hiciera yo.
Es mejor que mis otras teorías: que le está poniendo los cuernos a alguien o que se avergüenza de su atracción por los hombres.
Pero ahora necesito saberlo. Me levanto y agarro mi portátil de la cama. De vuelta en el sofá, abro una pestaña de Google y busco «Hudson Brooklyn hockey», porque no me ha dicho su apellido.
El artículo de una página web de noticias deportivas aparece al instante, completo con una foto del hombre con el que me estaba liando hace una hora. «El Chicago intercambia al defensa Hudson Newgate con el Brooklyn». Hago un sonido ahogado, y Reggie me arrebata el portátil de las manos.
—No puede ser. ¿Este tipo? ¿Este guaperas de aquí?
— Ohdiosmío —me quejo—. Es un jugador. No tiene ni pies ni cabeza, ¿por qué estaba en el bar cuando su equipo está ahí fuera?
A no ser…
Recupero mi portátil y busco «Hudson Newgate lesión». Sip. Aparece otra noticia, sobre una lesión hace unos días. «Hudson Newgate fuera de juego durante tres partidos por una lesión en la parte inferior del cuerpo».
—Mierda. Mierda, mierda, mierda…
—Respira —me recuerda mi hermana.
—Nooooooo —lloriqueo—. No solo trabajamos juntos, encima seguramente estaré masajeándole su parte inferior del cuerpo en treinta y seis horas.
—Gajes del oficio —se ríe—. Y, vaya, hermanito. Siempre supe que eras mono, pero ¡mira quién puede seducir a un atleta profesional en un bar! ¡Dale, Gavin!
—Cállate. —Cierro de golpe el portátil, como si eso pudiera deshacer los daños—. No lo entiendes. ¡No sabía quién era, así que empecé a echar mierda del equipo!
—¿De verdad? —Sonríe de oreja a oreja, como si esta fuera la historia más entretenida que haya oído jamás.
—¡Deja de sonreír! Me preguntó qué pensaba de las parejas defensivas. Y dije… —Me quiero morir—. Dije que no me impresionaban.
Reggie suelta una risita. Odio a mi hermana.
—¡Oh, Gavin! No debe de haber sido tan malo, si aun así quería… —baja la voz—… pulirte el pistón.
Escondo la cara en las manos, y suelto otro quejido.
—Quizá solo iba más salido que el pico de una mesa.
—¿Quién iba a decir que el Brooklyn tenía un jugador queer ? Esto es fascinante.
—Reggie —mi estómago burbujea por la ansiedad—, no puedes decírselo a nadie. Evidentemente no está fuera del armario.
—Soy una tumba —me asegura—. Pero quizá no es para tanto. Quizá sus compañeros de equipo lo saben.
—Lo dudo —respondo con una sacudida de cabeza—.
Cuando hice mi entrevista, hice hincapié en decirle al preparador físico jefe que soy abiertamente gay.
Y él hizo hincapié en asegurarme que el equipo nunca me discriminaría.
—Henry me había caído muy bien, y hasta hace unos minutos había estado emocionado por empezar este trabajo.
—Eso es bueno, ¿no?
—Claro. Pero entonces me dijo que tenían gente fuera del armario en la organización. Y le pregunté si alguno era un hombre, porque el hockey no ha sido históricamente muy amable con los hombres queer. Y me dijo: «De momento, las únicas atletas fuera del armario son del equipo femenino».
—Ah. —Se muerde un labio—. Entonces tu nuevo amigo tiene un secreto.
—Eso parece.
—Bueno, qué mierda. Seguramente no estará muy contento de volver a verte, ¿no?
—Probablemente no.
—Lo siento, Gav. —Me dedica una mirada triste—. Espero que esto no arruine tu entusiasmo por conocer a guapetones en bares. Eddie no querría que estuvieras solo el resto de tu vida.
Sé que tiene razón. Pero eso no hace que la situación sea menos incómoda.
Reggie se encierra en su diminuto cuarto después de eso.
Mi hermana vivirá aquí sin pagar el alquiler durante seis meses, hasta que se vaya de gira como bajista en su banda punk . A cambio, va a ir a recoger a Jordyn de la escuela y a estar con ella hasta que yo llegue a casa.
Es un buen acuerdo, aunque el piso esté un poco abarrotado.
Solo con mis pensamientos, cierro con llave la puerta de entrada y me meto en la cama. Miro al techo que aún no me es familiar y escucho los sonidos de la ciudad de Nueva York a través de estas paredes.
Se me ocurre, a la vez que empiezo a estar somnoliento, que mi habitación comparte pared con el piso de Hudson Newgate.
No me sé la distribución de su piso, pero es concebible que estemos tumbados a tan solo unos metros de distancia ahora mismo.
Tan solo no de la forma que había imaginado.