TRES Gavin
Hace mucho tiempo que no me lo paso también. Hudson es un oponente juguetón con reflejos rápidos y una sonrisa de listillo que me muestra después de cada punto.
Aunque estoy ganando yo. De hecho, le estoy dando una paliza, pero algo me dice que este tipo no quiere que le ponga las cosas fáciles.
Aun así, eso no significa que tenga que terminar demasiado pronto, por lo que prolongo cada volea, poniendo a prueba sus reflejos, subiendo la apuesta hasta que ambos nos estamos riendo y jadeando.
Consigue sacar un punto o dos, pero, por lo general, le hago un ace antes de que pueda encontrar la forma de colármela.
Cuando gano la partida, él se ríe.
—Joder. No has tardado en acabar conmigo.
Me encojo de hombros como si no fuera gran cosa, pero mi corazón late desbocado y mi cara está roja. Y me doy cuenta de que eso es lo que quiero, quiero acabar con él en más de un sentido. Es la primera vez que tengo esa necesidad en mucho tiempo. En mucho mucho tiempo.
Solía ser un chico divertido, maldita sea. Un juerguista. Pero pasar por un duelo te cambia. Esta noche, sin embargo, siento que el viejo yo sale a la superficie. El desconocido guaperas al otro lado de la mesa me ha ayudado a volver a encontrarlo.
—Eres un máquina. Te debo cinco pavos. —Se pone a buscar su cartera, pero levanto una mano.
—Lo siento, no acepto efectivo. Tendrás que compensármelo en un trueque. —Sip, esa frase ridícula acaba de salir de mi boca. Y no me arrepiento.
Sus manos se quedan paradas en su bolsillo trasero. Entonces, las posa sobre la mesa y me estudia.
—Oh, ¿sí?
—Oh, sí. —Mis palabras están llenas de fanfarronería, pero este es un momento importante para mí. No he estado con un chico desde que Eddie murió.
Al otro lado de la mesa, Hudson debe de estar teniendo sus propias batallas internas.
Su atractiva cara está pensativa, quizá incluso preocupada.
Deja la pala en la mesa y mira más allá de su hombro para asegurarse de que no hay nadie cerca.
Pero no lo hay. Somos los únicos en la sala de ping-pong . Su mirada vuelve a fijarse en la mía.
—Nunca hago esto.
—Oh. —Eso podría significar tantísimas cosas—. ¿Te refieres a tener ligues? ¿O a tener ligues con chicos?
—Bueno, ambos.
«Mierda».
—No estarás casado —susurro—, ¿verdad?
Él suelta una carcajada.
—No, qué va. —Gira la barbilla hacia la parte frontal del bar, y de repente me preocupa haber cortado el rollo. Pero en vez de pedir disculpas, añade—: Mi piso está a un par de bloques de aquí, pero tengo que arreglar las cuentas con Pete. ¿Nos encontramos fuera?
Ah. Ahora lo pillo. No quiere que salgamos juntos de aquí, y no sabe cómo decírmelo.
—Claro —digo con un tono casual forzado—. Esperaré fuera. No te demores.
Descuelgo mi chaqueta del gancho de la pared y, a zancadas, paso por delante de él y a través del bar antes de salir por la puerta. No miro al camarero. Claramente se conocen, y no quiero pensar mucho en por qué Hudson no quiere que lo vean con un chico.
«No es nada», me recuerdo. Quizá esté experimentando. Y no estamos saliendo juntos, es solo sexo.
Siento un temblor en el pecho. Solo sexo. ¿De verdad me voy a ir al piso de un desconocido? ¿Después de todo este tiempo?
El aire de febrero es vigorizante. Doy un par de pasos por la calzada, para que no se me vea desde las ventanas del bar, y espero que Hudson no tarde mucho en despedirse del camarero. Empezaría a pensar en todas las razones por las que esta es una idea estúpida.
Pero quiero esto. Necesito romper la barrera, incluso aunque me haga sentir un poco como la mierda.
Así es como se pasa página, ¿no?
Por suerte, Hudson no me deja solo con mis pensamientos durante mucho tiempo. Emerge un minuto después a paso rápido y con una expresión determinada en el rostro. Me encanta este ceño fruncido sexy que tiene, como si no pudiera esperar para saltarme encima.
«El sentimiento es mutuo, amigo».
—Venga, vamos —prácticamente gruñe, y caminamos uno al lado del otro durante un par de pasos. Sin embargo, tan pronto giramos en una esquina, Hudson se detiene. Me empuja contra la pared de ladrillo. Y entonces me besa apasionadamente.
Durante un segundo, estoy demasiado sorprendido para reaccionar. Sin embargo, su boca es firme y agradable, y sus manos me agarran los hombros con una determinación que me pone a mil.
—Mmm —gimo contra sus labios.
—Ya te digo —murmura—. Llevo toda la noche queriendo hacer esto.
Agarrando su chaqueta, me inclino para darle otro beso apasionado.
Nuestros pechos se chocan, y su lengua atrapa la mía.
Sabe a cerveza y a hambre. Entonces se acerca medio paso y nuestras caderas se encuentran.
La columna dura tras la cremallera de sus tejanos es inconfundible, y una ola de deseo se dispara por mis venas como si fuera fuego.
—Vaya —digo contra su boca—. Hola, muy buenas.
Su pecho se sacude con una risita mientras me sujeta con incluso más fuerza contra la pared con su pene.
Me vuelve a besar, y es un poco desesperado. Es físicamente agresivo de una forma divertida, no que da mal rollo. Pero también hay algo un poco vulnerable sobre él que es difícil de ubicar, como si su agresión estuviera escondiendo sus nervios. Quizás ambos estamos fuera de nuestro elemento.
¿Y qué hay más divertido que eso?
—Maldita sea —jadea, rompiendo el beso—. Eres lo que no sabía que necesitaba.
Eso me anima. Especialmente a mi pene, que está luchando para salir de mis calzoncillos y meterse en los suyos.
—Seguro que le dices eso a todos los chicos —susurro, y entonces le doy un empujoncito con las caderas. Él hace un sonido que es mitad gemido, mitad risa.
—Ha pasado mucho tiempo para mí. Ahora debería llevarte a casa y chupártela antes de que se me olvide cómo se hace.
« Aydiosmío ».
—Sí, por favor.
Me separa del muro y me dirige por una calle lateral. No es el mismo camino que tomé para llegar aquí, pero al menos va más o menos en dirección de mi calle en Brooklyn. Al menos, eso creo. Espero poder encontrar mi casa después de que termine esta pequeña aventura.
Aunque es difícil preocuparse demasiado por ello cuando hay un hombre guapo y cachondo arrastrándome por la acera.
Cuando llegamos a la esquina, la luz del semáforo se pone en rojo, y casi suelto un quejido de decepción poco masculino mientras el tráfico empieza a pasar por delante.
Me consuelo posando una mano en el culo firme de Hudson.
Y, vaya, es como una roca.
—Debes de pasar mucho tiempo haciendo sentadillas.
Se gira hacia mí, riendo, y la verdad es que le transforma la cara. Parece cinco años más joven cuando se ríe.
—Oh, no tienes ni idea. —Vuelve a mirar sobre su hombro, y por un segundo me da la sensación de que está a la caza de mirones.
Pero no. Simplemente estaba buscando otra superficie contra la que apretar mi cuerpo. Sus manos firmes se posan en mi pecho, y mi culo choca contra una pantalla publicitaria. Un segundo más tarde, su lengua me invade la boca.
El deseo vuelve a inundarme. A tientas, meto la mano entre nosotros y, sin ningún tipo de vergüenza, la poso sobre su cremallera.
—Joder, sí —gruñe contra mi boca—. No puedo esperar a quitarte la ropa.
No es Shakespeare, pero funciona igualmente. Le mordisqueo el labio y entonces uso ambas manos para levantarle la barbilla y lamerle el cuello. Su barba incipiente me rasca la lengua mientras gruñe, contento. La vibración va directa a mis pelotas.
Y me doy cuenta de repente de que me había olvidado de cómo se siente. No solo la promesa del sexo, sino la aventura. Mi hombre salvaje interior está despertándose tras un sueño larguísimo, y está listo para festejar.
—Vamos —susurra con voz ronca, probablemente porque la luz acaba de ponerse verde.
Pero entonces parece cambiar de opinión, pues me sujeta la cara con una mano y me da un beso erótico. Nuestras miradas chocan, y veo mi propia alegría reflejada en sus ojos marrones.
Esta noche está resultando ser un regalo fantástico e inesperado, y no tengo intención de desperdiciarla. Me separo de la pantalla y le agarro el codo.
—Podemos conseguirlo —insisto, aunque el contador está marcando los últimos segundos. Con una risa entre dientes, se apresura a cruzar la calle conmigo.
—Por aquí. —Pasamos a toda prisa por unos edificios bajos. Me resultan familiares, de hecho. He estado por este bloque antes.
—¿En qué calle vives? —le pregunto.
—En la Henry —responde.
—Yo también.
Me mira de reojo.
—¿En serio? ¿En qué número?
—El cuarenta y uno. —Señalo la manzana. También reconozco el deli de la esquina al que nos acercamos. Estamos cerca. De repente, él se para.
—Estás de broma.
«Oh, no».
—No, no lo estoy. Me mudé ayer. Es un piso de tres habitaciones en la segunda planta.
—Joder, no. —Su boca se abre en una expresión de terror puro—. Hay una niña pequeña en el piso de al lado. Y una mujer. La vi. Un huevo de tatus. ¿Estás casado?
—¡No! —grito—. Es mi hermana.
Cierra los ojos y sacude la cabeza, como si deseara que no estuviera ahí cuando los volviera a abrir. Pero sí que lo estoy. Estoy mirando a este hombre atractivo y viendo cómo mi noche se desmorona.
—Entonces, ¿somos vecinos?
—Vivo al otro lado del pasillo —ladra—. Joder.
—¿Tan malo es eso? —pregunto. Aún me aferro a la posibilidad de que a mi nuevo vecino no le importe mucho nuestra proximidad desafortunada—. O sea, piensa en el desplazamiento de vuelta a casa.
Pero no sirve de nada. Lo noto en la forma en que se le tensan los hombros, y por la forma en que mira al cielo y grita «JODER», y no de una forma divertida.
—No hace falta ponerse como un gorila —murmuro—. Supongo que me voy a ir yendo.
Suelta un suspiro que arrastra el peso de la decepción total. Supongo que debería sentirme halagado.
—Mira, lo siento. Pero no tengo ligues. Nunca. Por muchas razones. Vamos a tener que olvidarnos de que esto ha pasado.
—Ya, me había dado cuenta —gruño.
—Vale. Lo siento. —Hace una mueca y mira a otro lado—. Joder —dice otra vez.