DOS Hudson #2
En vez de ofenderse, Gavin me muestra una sonrisa grande y abierta que me hace sentir como un capullo por adoptar un tono tan borde con él. Y es tan atractivo que siento esa sonrisa en mi entrepierna malcriada.
—¿Qué opinas de las parejas defensivas? —pregunto, porque no puedo evitarlo.
—Pues no me impresionan —responde, y como no sé si reír o llorar, le doy un sorbo a mi cerveza.
Cinco minutos después, el Boston comete otra falta clara, esta vez contra Tank, mi compañero defensa.
—¡Joder, es un golpe con el palo cruzado! —le grito a la tele—. ¡Árbitro! ¡Estás ciego!
Y entonces todo va a peor cuando esos malnacidos nos vuelven a marcar treinta segundos después. Ahora vamos tres a cero. Suelto un quejido.
—Auch —comenta Gavin, acabándose la cerveza.
Dejo mi vaso en la barra, medio lleno. Ver a mi equipo perder es una tortura, sobre todo sabiendo que no estoy allí para ayudar.
—Oye, ¿te apetece una partida de billar? —me pregunta Gavin de repente—. Creo que he visto una mesa en la sala del fondo. Este partido ya ha terminado, solo falta echarse a llorar.
—No es verdad —rebato por reflejos, porque por supuesto que voy a ver el partido hasta el final.
Es, literalmente, mi trabajo. Pero entonces el Boston vuelve a marcar, y me siento como si estuviera en el infierno.
Duele mirar, y el entrenador Worthington me hará volverlo a ver durante la sesión de vídeos de mañana—.
¿Sigue en pie esa partida de billar? —oigo que pregunto—. ¿O, incluso mejor, de ping-pong ?
Sus ojos grises se abren, y saca unos billetes para pagar la cuenta.
—Me encanta el ping-pong . Te sigo.
Confesión: soy un máquina del ping-pong . Nos gusta a la mayoría de los jugadores de hockey, y muchos equipos tienen una mesa en algún lado de sus instalaciones de entrenamiento.
Lo que pasa es que parece que a Gavin también se le da bien, así que no tengo que ser muy clemente con él. Mantiene su hermoso cuerpo en una posición suelta, con las piernas separadas, y parece encontrar la pelota sin importar dónde la mande.
Verlo devolverme la pelota tampoco ayuda a disminuir la atracción que siento por él. Me gustaría sujetarle esa mandíbula bien proporcionada, trazar sus líneas con la punta de mis dedos y pasar las manos por su cabello rubio y ondulado.
La partida es divertida. Muy divertida. Gano la primera, pero a duras penas.
—Eres bastante bueno —me dice, y ahí vuelve a estar esa sonrisa coqueta.
—No se me da mal. Mi revés es un poco raro esta noche.
—Qué va —me contradice—. Tu revés está bien, pero la forma en que lo haces te ralentiza.
—Espera, ¿en serio? —Suelto una carcajada—. ¿Qué eres, un gurú del ping-pong ?
—He dado clases de tenis. —Se encoge de hombros—. Es más o menos el mismo principio. Mira.
Deja la pala sobre la mesa y se mueve alrededor de esta hasta que está de pie detrás de mí, y entonces se inclina para agarrarme la muñeca, la que sujeta la pala.
—A ver, la forma en que mueves la pala es eficiente. —Me guía el brazo hasta ponerlo en posición de revés.
Su agarre en mi muñeca es firme. No hace nada cursi, como acariciar el pulgar sobre mi piel sin razón, pero no importa. Me gusta ese agarre firme. Quiero sentirlo más por mi cuerpo.
Y entonces puedo imaginarlo con toda claridad. Esas manos fuertes quitándome la camiseta por la cabeza. Y yo, quitándole esa sonrisa ladeada de la cara a besos.
—… Pero giras el cuerpo demasiado a la vez —continúa, dándome un golpecito con un dedo en la espalda—. Pon el cuerpo firme frente a la mesa todo el rato, así cuando finalices el revés, el ángulo seguirá siendo bueno.
—Vale —digo inútilmente mientras vuelve a moverme el brazo, pero he perdido el hilo de mis pensamientos completamente.
—¿Ves a lo que me refiero? —me pregunta Gavin.
En vez de responder, giro la cabeza y lo miro más allá del hombro. Su cara está a unos centímetros de mí, y sus ojos se abren un poco. Como si no pudiera creer lo que estoy haciendo.
—¿Tienes más trucos que te gustaría mostrarme? —pregunto bajito.
Los siguientes segundos parecen durar una eternidad. Para empezar, no me creo que esté haciendo esto. Y Gavin está un poco desubicado también. Está claramente interesado, pero aun así, duda.
Ahora me aguanto la respiración, temiendo que me vaya a rechazar. Y temiendo que no lo haga.
Lentamente, se lame los labios y me suelta la muñeca, pero no da un paso atrás. En todo caso, se inclina una fracción de grado más cerca.
—Pues sí —dice en voz baja—. Creo que sí.
Bueno, cómo de rápido se ha calentado el ambiente. Punto para mí.
Y eso que nunca hago esto. Debo de haber perdido la cabeza por estar ligando con un hombre en un bar que mi equipo frecuenta, así que necesito rebajarme dos tonitos.
—Terminemos la partida —susurro—. ¿Quieres apostarte cinco pavos?
—Claro —responde con una sonrisa lenta—. ¿Solo cinco?
—Bueno, he estado conteniéndome un poco.
Se ríe, y el sonido brilla por lo que promete.
—¿En serio? ¿Por qué? —La pregunta suena coqueta—. ¿Es que estás tratando de adularme?
Me encojo de hombros, avergonzado de repente, pero es que es exactamente lo que he hecho. Tengo ganas de vivir un poco, y por «vivir un poco» me refiero a llevarme a este chico a casa y arrancarle la ropa. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que tuve una necesidad tan temeraria.
Han pasado años.
Sin embargo, estoy bastante seguro de que me desea tanto como yo a él. Nos estamos mirando de una forma en que los hombres en un bar nunca hacen. Al menos, no en este bar.
Joder. Es una mala idea. Bajo la mirada, aunque no quiero.
Gavin vuelve a su lado de la mesa para que podamos terminar la partida. Golpetea la pala contra la superficie para hacerme saber que está listo.
—Adelante, hombre. Haz lo tuyo.
—Vale, tú me lo has pedido. —Respiro hondo para tranquilizarme, y entonces hago un saque ultrarrápido, en diagonal a través de la mesa. Gavin me lo devuelve con un golpe tan veloz que es casi invisible para el ojo humano.
Me reiría, pero estoy demasiado ocupado estirando la pala hacia la pelota. Consigo devolverla, aunque por los pelos, y él me la devuelve otra vez como un pistoletazo.
—Jesús. —Suelto una bocanada de aire mientras me lanzo a por la pelota, pero esta vez me hace morder el polvo y se queda con el punto.
Estoy empezando a pensar que me he quedado sin cinco dólares. Me ha timado. Pero si caigo, lo haré peleando.