El chico nuevo DOS Hudson
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DOS Hudson

Vale. Sip. Creo que he hecho que la vibra sea incómoda. Un chico la mar de mono se ha fijado en mí, y yo he entrado en pánico.

Los chicos no suelen tirarme la caña, sobre todo en este bar. Sin embargo, su sonrisa me ha pillado completamente desprevenido. Me ha hecho olvidar por un momento todas las razones por las que debería estar centrándome en el hockey.

Solo en el hockey.

Aun así, echo una mirada en su dirección para tratar de averiguar por qué me distrae tanto.

Pelo rubio oscuro. Una estrecha camiseta de manga corta que pone Gimnasio de Hank , y brazos musculosos que seguramente han pasado unas buenas horas en el gimnasio de Hank, donde sea que esté eso.

Sin embargo, no es corpulento. Músculos esbeltos, pecho bien definido. Vello rubio que le cubre el antebrazo.

De repente suelta una carcajada, y la noto en la entrepierna.

—¿Has visto eso? Uf. Qué vergüenza ajena.

Mis ojos saltan a la tele justo a tiempo para ver la repetición. Y, efectivamente, las cosas no van bien. A Castro le ha quitado el disco un defensa del Boston, y Silas ha tenido que abalanzarse para bloquearlo.

Ahí todo está caótico, pero aun así, mis ojos vuelven a fijarse en su nuevo sitio favorito.

El mundo está lleno de hombres atractivos y tonificados, y normalmente no me molesto en observarlos.

Sin embargo, mi vecino está para mojar pan.

Y, tan solo por un instante, me dejo imaginar cómo podría desarrollarse la cosa: le compro una bebida, miramos el partido.

Y entonces le invito a una pequeña sesión nocturna para aliviar el estrés.

Aunque eso es solo una fantasía. Me estoy viniendo arriba, porque he tenido un día de perros. Bueno, siendo sinceros, un año de perros. Y a duras penas es febrero.

La única razón por la que estoy aquí sentado es porque los del Bruisers me dejaron atrás para irse a jugar contra el Boston. El personal médico me mandó hoy al especialista para intentar diagnosticar el dolor y la hinchazón que tengo en la cadera.

Por suerte, el doctor dijo que solo es bursitis, pero me ha dejado en el banquillo en un momento raruno. Hace cuatro semanas estaba yendo a la mía en la sala de pesas de Chicago. Había tenido una mala racha con los partidos, y estaba tratando de mantenerme positivo y trabajar duro.

Pero ¿entonces? Con la camiseta aún sudada, me convocaron a la oficina del director general, y yo supe exactamente lo que iba a pasar.

«Otra vez la misma historia», pensé mientras el jefazo me agradecía con rapidez mi servicio y me mandaba a hacer las maletas para volar a Nueva York esa misma tarde.

Me habían intercambiado por un portero de tercera seleccionado en la primera ronda.

Los intercambios son normales, no tienes que tomártelos como algo personal. Pero yo sí que lo hago. Era mi cuarto intercambio en cinco años. Ese es un número altísimo.

Que te intercambien desorienta un huevo, y es muy estresante, así que no es una sorpresa que esté pasándolo mal en la pista del Brooklyn. Es que aún no estoy acostumbrado a mis compañeros de equipo.

Joderme la cadera ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Así que aquí estoy, sentado mirando a mi propio equipo en la tele, jugando sin mí.

Qué humillante. Y ni siquiera puedo mirarlo en casa, porque alguien está viendo Frozen al otro lado de mi pared y cantando a todo pulmón.

Ni siquiera podía oír el maldito partido.

—Quizá este es el bar equivocado en el que decirlo —dice el guapetón a mi lado—, pero el Brooklyn parece un poco flojucho.

—No son tan flojuchos. —Mi lealtad es un reflejo, aunque sí que parecen inquietos—. Me llamo Hudson, por cierto —añado sin ningún tipo de motivo.

—Soy Gavin —responde, ofreciéndome una mano—. Encantado de conocerte.

Y… mierda. Ahí vuelve a estar esa sonrisa. Cálida como un día de verano. Sus ojos son grises, y se arrugan en los rabillos cuando sonríe. Su apretón de manos es agradablemente firme.

Vuelven a saltar chispas entre nosotros. Cuando me aguanta la mirada durante quizá demasiado tiempo, no puedo obligarme a mirar a otro lado, pero entonces rompe el contacto visual justo cuando Pete se acerca con dos platos.

—La comida, chicos. —Los posa en la barra a la vez, como si estuviéramos cenando juntos.

Supongo que sí que es el caso. Aun así, después del partido me marcharé de aquí. Me iré directo a casa y miraré algún vídeo para nuestro próximo partido contra el Minnesota.

«Céntrate en tus objetivos, Newgate», me recuerdo. «No aflojes».

Agarro mi tenedor y corto mi hamburguesa, que descansa sobre una cama de hojas de ensalada. Si mi nuevo amigo Gavin cree que mi cena sin carbohidratos es rara, no dice nada al respecto. Simplemente mastica un nacho con queso con un suspiro de felicidad.

Es un buen sonido. Y mi mente rebelde se pregunta qué otros sonidos podría conseguir que hiciera.

Claro, como si eso fuera a pasar.

Me dispongo a comer, y el partido empieza a tomar velocidad. Castro tiene el disco, y mis chicos intentan hacer su magia, pero la ofensiva se desmorona unos minutos más tarde, y veo cómo se llevan el disco a nuestra zona de defensa.

Hoy mis chicos lo están pasando mal. Los horarios han sido brutales, y no estoy ahí para ayudarles.

Entonces, justo cuando el primer tercio, en el que no se han marcado goles, está llegando a su fin, un jugador del Boston hace tropezar a Castro, que cae mientras trata de atrapar un pase. El disco va directo al palo de hockey de un contrincante.

Y, lo que es peor, el árbitro no pita falta.

—¡Puta mierda! —grito—. Vamos, Crikey. Házselo pagar, no puedes dejar que se salgan con la suya.

En efecto, el menor de nuestros dos responsables del cumplimiento de las normas busca la primera oportunidad para meterse en una pelea. Va a muerte antes de que puedas decir «venga, al lío».

El bar está silencioso esta noche, pero cada par de ojos se gira hacia la pantalla de la tele.

—No entiendo eso de pelearse —dice Gavin, sacudiendo la cabeza.

—¿No? Es cosa del código de honor —explico, y me doy cuenta de que el guapetón no tiene ni idea de quién soy—. ¿No te va la violencia?

—Bueno, no. Pero es más que eso. Aquí tienes a veintitrés sementales malcriados.

Tienen el mejor entrenamiento que se puede comprar con dinero, ¿no?

—Gesticula hacia la pantalla, y sus enormes ojos se iluminan mientras habla—.

Tienen entrenamiento fitness optimizado y especialistas para cada lesión.

Pero entonces es como: «Id y liaos a tortas entre vosotros.

Simplemente sacaremos los vendajes de oro y os coseremos para que quedéis como nuevos».

Me río tan fuerte que casi me atraganto con mi ensalada. Me acaba de llamar «semental malcriado», y estaba guapísimo mientras lo hacía. Pero no puedo dejar que se salga con la suya.

—¿Crees que el fútbol americano es mejor?

—Ni de coña —resopla—. El fútbol americano debería ser ilegal. Todos van a tener daños cerebrales a los cincuenta.

Dejo de mirar la pantalla y, en cambio, me fijo en él.

—Vale. Entonces, ¿qué deporte tiene sentido para ti?

—Oh, muchos. Sigo bastante el fútbol, su estado físico es espectacular.

El tenis es otro de mis favoritos, y me gustan los deportes de resistencia.

Y las carreras de esquí son divertidas de seguir.

Soy solo un enorme fan de los cuerpos atléticos en movimiento.

—Agacha la mirada como si estuviera, de repente, inseguro de sí mismo—. ¿Es que tú no?

—Definitivamente soy fan de eso —asiento. Me cago en todo, estoy ligando con él. Tengo que parar, pero no quiero hacerlo.

En su lugar, dirijo la vista a la pantalla y, joder, he mirado justo a tiempo para ver a mis chicos fallar un pase. Y entonces todo empeora mientras me termino la cena. Perdemos por dos puntos hacia el final del segundo tercio.

Pete regresa para llevarse mi plato.

—¿Vas a tomar más de una cerveza esta noche?

—Por supuesto —me sorprendo al responder—. Pero una light . Y otro de lo que sea que él esté tomando. —Gesticulo hacia mi vecino, que está terminando de pulirse los nachos.

—Eres muy amable —dice Gavin con voz grave cuando Pete se aleja.

—Has tenido que lidiar con mis palabrotas. Ya llevamos dos goles de desventaja.

—Desde mi punto de vista, llevamos dos goles de ventaja.

Me giro en mi taburete.

—¿Fan del Boston? ¿En serio? Sabes que estás en Brooklyn, ¿no?

—Soy de Nueva Inglaterra —responde, encogiéndose de hombros—. Y el Boston es el equipo superior este año. Es simplemente la verdad.

«Jesús». Me aguanto una carcajada. Seguramente debería hacerle saber que está compartiendo su sabiduría sobre el hockey con un jugador profesional, pero creo que no lo haré. Así es más divertido, y no tengo ganas de hablar sobre mí mismo.

A la mierda. Esta noche soy solo un fan del hockey frustrado. Necesito que el Brooklyn llegue a las eliminatorias; tan solo lo necesito más desesperadamente que nadie más en este bar.

Mis chicos hacen un hermoso intento de hacer gol, desbaratado tan solo por la excelente defensa de la portería del Boston.

—Venga, chicos, a repetirlo.

—Parecen cansados —comenta.

—A principios de semana tuvieron un partido tras otro. No me extraña que parezcan cansados. —Debería estar allí con ellos, no aquí sentado como un pringado.

—¿Sabes qué? —dice Gavin de la nada—. He leído que Castro solía jugar como ala izquierda.

—¿Sí? —respondo, evasivo. Es verdad, aunque yo no estaba en el equipo en aquel entonces.

—Deberían volver a cambiarlo —afirma con decisión mi nuevo amigo—. O, si no, hacer que Drake sea el centro. Las primeras dos líneas están desequilibradas.

—Me gusta —dice Pete, pasando por delante con vasos limpios—. Buena idea.

—Quizá deberías pasarte a darle tu opinión a la dirección. —Suelto un resoplido, divertido—. La sede está aquí, en el barrio.