El chico nuevo UNO Gavin Febrero
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El chico nuevo

El chico nuevo

Por Sarina Bowen

© inepub.com

UNO Gavin Febrero

—Vete —me dice mi hermana—. Pásatelo bien. —Literalmente me empuja hacia la puerta de nuestro nuevo piso—. ¿De qué te sirve tener una canguro gratis si no la aprovechas?

—¿Al menos me puedo poner el abrigo primero?

—Supongo que sí. —Lo agarra del estrecho ropero y me lo lanza con su brazo tatuado—. Ahí tienes. Ahora, vete. Mira una peli. O encuentra un bar. Conoce a un chico. Ten un poco de diversión adulta, antes de que te olvides de cómo se hace.

Se me forma una réplica en la punta de la lengua, pero entonces mi hija de siete años, Jordyn, habla desde el sofá:

—¡Oh! ¡Tía Reggie! ¡ La puerta hacia el amor !

—¡Genial! —asiente mi hermana—. ¡A darlo todo!

Las dos están en medio de un «canta conmigo» de Frozen . A mí me gustan las pelis de Disney tanto como a cualquiera, pero Frozen no ha dejado de reproducirse en bucle en mi casa durante los últimos años. «Diversión adulta» es un concepto que a duras penas reconozco, llegados a este punto.

Y una de las razones por las que Jordyn y yo nos mudamos a Brooklyn fue para que pudiera tener más relación con mi hermana punk .

Así que lo hago. Me pongo el abrigo, me despido de ellas con la mano y me marcho.

Es una noche fresca de febrero, aunque en Brooklyn no hace, ni de lejos, el mismo frío que en Nuevo Hampshire, donde Jordyn y yo vivíamos hasta hace unos días. Otra ventaja de Brooklyn: no necesitas tener un coche. Mi nuevo barrio está a distancia de paseo de cualquier cosa que necesitemos.

Al menos, eso es lo que la agente inmobiliaria me prometió cuando me mostró el apartamento el mes pasado. Tomé la decisión de mudarnos en un solo día, tras aceptar una oferta de trabajo para el equipo de hockey Brooklyn Bruisers.

En el pasado, hice muchas cosas impulsivas. Solía ser un chico divertido y relajado que vivía por y para las emociones fuertes. Pero ese era mi yo más joven. Solía tener mucho menos que perder, y menos personas que dependían de mí.

Ahora, mientras paseo por las históricas casas de piedra rojiza, me aterra un poco lo que he hecho. Nuevo trabajo. Nuevo barrio. Nueva escuela para Jordyn.

Es mucho. Y creo que ya estoy perdido. Literalmente.

Sin embargo, no quiero parecer un turista, así que no saco el móvil para revisar el mapa. Simplemente sigo adelante, girando en las esquinas y paseando por cada manzana interesante que me encuentro.

Tras un rato, los extravagantes edificios residenciales dan paso a las tiendas. Podría hacer la compra, aunque eso no es a lo que Reggie se refiere cuando habla de «diversión adulta».

Cuando giro hacia la avenida Atlantic, la calle se torna más animada, pues hay gente yendo de un lado a otro.

Son las ocho y media de la noche de un martes, y los restaurantes están haciendo un buen negocio.

Incluso aunque se me haya olvidado cómo salir de fiesta, el resto de las personas de mi barrio no lo han hecho.

Reggie dice que soy el chico de veinticinco años más viejo que conoce, y quizá tiene razón. Cuando me vibra el móvil tras un momento, me lo saco del bolsillo inmediatamente, por si mi hermana tiene una emergencia en casa.

Deja de mirar el móvil , me ha escrito Reggie.

Sal y pásatelo la mitad de bien de lo que estamos divirtiéndonos nosotras .

Hay una foto de ella vestida de Elsa y mi hija vestida de Kristoff, porque tiene siete años y ya está decidida a no hacer nada de la misma forma que el resto de las niñas de siete años.

Es adorable. Y ver a Reggie y a Jordyn juntas me alegra el corazón.

Estaremos bien. Mudarnos aquí no ha sido un error garrafal, y nos encantará Nueva York. Respiro hondo otra vez y entonces respondo al mensaje. Qué monas. Pero ¿por qué me estás escribiendo si no quieres que mire el móvil?

Tan solo te estaba poniendo a prueba , dice. Ahora ve a buscar a un guaperas y no vuelvas a casa hasta las tantas de la madrugada .

Claro. Como si eso fuera a pasar. Me meto el móvil en el bolsillo y continúo mi camino.

Hubo un momento de mi vida en el que era exactamente el tipo de chico que veía una noche de parranda como una aventura, pero ahora soy el tipo de chico que está entusiasmado por merodear por mi cuenta durante una hora mientras mi hermana hace de canguro.

La avenida Atlantic tiene un puñado de restaurantes, pero no me encuentro con ánimos de entrar y pedir una mesa para uno.

Sigo paseando un poco más y termino en Hicks, que es una calle más tranquila.

Paro enfrente de un bar de deportes que no está demasiado ocupado.

Me podría sentar a la barra y pedir unas alitas.

Al abrir la puerta, me doy cuenta de que hay un partido de hockey en la tele ubicada sobre la barra. Y parece una señal. En dos días, empezaré mi nuevo trabajo en la Liga Nacional de Hockey de Brooklyn. Nunca he trabajado con jugadores de hockey, y la idea me pone un poco nervioso.

Aceptaré todas las señales positivas que pueda conseguir.

Hay varios asientos vacíos junto a la barra, probablemente porque es martes, así que me siento y le pido una cerveza a un señor con cara amable.

—Debería ser un buen partido, el de hoy —dice—. Tenemos ventaja para ganar al Boston.

—Genial —respondo mientras espero mi cerveza.

Aún no soy fan del Brooklyn; no he empezado mi trabajo. Además, siento que sería desleal hacia Eddie. Mi marido, que falleció hace dos años, era un hincha del Boston. De los grandes.

En mi infancia, seguía muchos deportes, pero el hockey nunca estuvo en mi radar. Entonces conocí a Eddie, y ver partidos de hockey juntos se convirtió en parte de nuestro ritual de apareamiento. Disfrutamos de tres años maravillosos juntos, y entonces murió en un accidente a los treinta y dos años.

La gente siempre me dice que no parezco lo suficientemente mayor para tener una hija de siete años.

Y, en realidad, tienen razón. Eddie tenía nueve años más que yo, y ya era padre cuando lo conocí.

Nunca me imaginé a mí mismo saliendo con el padre de una niña pequeña.

No estaba en mi lista de cosas que hacer antes de morir.

Pero Eddie era especial, y me enamoré profundamente. Solíamos mirar la tele en casa muy a menudo, porque tenía que criar a una niña.

Y entonces teníamos que criar a una niña.

Y ahora tengo que criar a una niña.

Le echo muchísimo de menos. Es una de las razones por las que me apunté a trabajar con el equipo de hockey. «A Eddie le parecería graciosísimo», recuerdo que pensé. En verdad, solo era un capricho.

Cuando me ofrecieron el trabajo, me quedé de una pieza. Y ahora estoy aquí, en el taburete de un bar, deseando haber tomado la decisión correcta.

Mientras tanto, aparece frente a mí la cerveza en un vaso esmerilado de medio litro, y le doy un sorbo, agradecido.

Cuando miro a mi alrededor, me doy cuenta de que hay muchísima parafernalia de hockey.

Hay una camiseta del Brooklyn Bruisers firmada y enmarcada en una punta del bar, y una del Brooklyn Bombshells en la otra.

A Eddie esto también le parecería graciosísimo. Pero seguiría apoyando al Boston.

En la pantalla, el Brooklyn tiene el disco, pero no está pasando gran cosa. Nada bueno, en cualquier caso. El Boston está muy encima de ellos. El Brooklyn está jugando como visitante, y los hinchas del Boston hacen mucho ruido.

No quiero llevarle la contraria al camarero, pero no estoy seguro de que el Brooklyn tenga las de ganar esta noche. Supongo que el tiempo lo dirá.

Justo cuando estoy teniendo ese pensamiento, un hombre se sienta en el taburete de al lado. En plan, justo a mi lado, aunque hay una fila entera de taburetes disponible.

Han pasado un millón de años desde la última vez que fui un chico soltero sentado solo en un bar, pero de alguna manera mis viejos reflejos vuelven a la vida, y giro la cabeza para echarle una ojeada.

Y… bueno, qué tremendo espécimen. Hombros anchos.

Cabello castaño arenoso y profundos ojos marrones.

Y una cara guapa con el tipo de mandíbula fuerte y barba desaliñada que me dejaría marcas en los muslos.

Vaya. Qué rápido ha escalado esa fantasía. Eso es lo que pasa cuando llevas dos años de sequía.

Cuando recuerdo que debo mantener la lengua en la boca, el guaperas me mira de arriba abajo. Se me acelera el pulso, y nuestras miradas se encuentran.

—Hola —digo, porque soy así de brillante.

Él pestañea, y juraría que sus pupilas se dilatan.

Pero en ese momento aparece el camarero frente a nosotros, y nos corta el rollo con la fuerza de un látigo.

—Hola, Pete —dice el guaperas, prestando completa atención al camarero.

—Buenas noches —responde Pete con una risita—. ¿Vienes a ver el partido?

—Claro. ¿Me pones una rubia y lo de siempre?

—Por supuesto, chico. —Entonces, se gira para mirarme—. ¿Te interesa el menú?

—Y tanto que sí. ¿Puedo verlo?

El hombre lo arrastra hacia la barra, y le echo una ojeada a lo que ofrece. Mi nuevo amigo se queda callado hasta que el camarero se aparta.

—Perdón por acorralarte, pero tienes uno de los mejores asientos de la sala.

Casi hago un chiste sobre lo bien que sé escoger dónde sentarme. Casi. Pero consigo frenarme.

—No me estás acorralando —respondo en su lugar, con una voz cuidadosamente neutral—. ¿Alguna recomendación del menú? Parece bastante normalillo.

—Lo siento, pero no —responde esa cara guapa y desaliñada—. Siempre pido lo mismo. Pero los chicos me dicen que la hamburguesa y los nachos son lo más intrépido que te puedes pedir.

—Buen consejo. —Llamo la atención del camarero otra vez y me pido una ración de nachos.

Esta noche vivo al límite. ¡Totopos para cenar!

Al menos es un comienzo.