El chico de Manhattan Capítulo 48 Bajo las estrellas de Alabama
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Capítulo 48 Bajo las estrellas de Alabama

Bajo las estrellas de Alabama

Álvaro

Casi me vuelvo loco esperando por Elizabeth en la habitación del hotel en el que me había alojado.

La había llamado en varias ocasiones y o no había cogido el teléfono o lo había colgado.

Solo me había puesto un mensaje escueto diciendo que vendría más tarde.

Tenía el dato del hotel y la habitación.

Me había sentido como un león enjaulado dando vueltas, así que al final de la tarde había salido a dar un paseo. Estaba en las afueras de la ciudad, en una zona con mucha naturaleza.

Aunque me sentó bien salir, regresé al hotel apenas tres cuartos de hora después, por si Elizabeth llegaba.

Mi suite era amplia, con una salita y todo el espacio que una persona podría necesitar para hospedarse un par de días.

La decoración era moderna y sobria. Curiosamente, sobre un mueble auxiliar había un ramo de rosas blancas.

Esa flor que me había perseguido desde que Elizabeth había entrado en mi vida.

No lo había pensado hasta ese momento, pero entonces acaricié aquellas rosas.

El simbolismo del amor puro, profundo, honesto.

No podía decir que Elizabeth no despertara mis instintos más básicos. Los más carnales y oscuros. Aquellos que incluían tenerla de todas las formas posibles…, pero también aquel amor genuino, la necesidad de protegerla, de no querer que ni una sola mácula la tocara.

Con Elizabeth me sentía libre de ser yo mismo, de quitarme todas las máscaras, dejar atrás todo aquel peso y simplemente ser yo. Podía dejar de esforzarme tanto y vivir, sin más.

Alguien llamó a la puerta.

Caminé hasta ella. Sabía que era Elizabeth.

Abrí y la vi con los ojos enrojecidos de llorar.

—¿¡Qué ha pasado!? —murmuré extrañado.

Elizabeth se echó en mis brazos y la apreté con fuerza contra mi cuerpo.

—Pero ¿por qué estás así?

Elizabeth levantó la mirada y me buscó.

—Él no te aceptará —determinó—. Mi padre, no lo hará, y está dispuesto a retirar su inversión. Te presionará y no dudará en destruirte. —Tomó aire—. No puedo permitir que él retire su inversión ahora. No con la situación que tenéis en el holding .

Elizabeth hablaba demasiado rápido como para seguir toda su argumentación.

—Espera, entra, tranquilízate y vamos a hablar.

Hablamos durante más de una hora. En el cielo las estrellas iluminaban una noche de verano calurosa de julio.

Habíamos salido a la terraza de la suite para poder conversar, porque era amplia y había un espacio enorme para estar allí.

Gracias a que nos encontrábamos en un hotel a las afueras podíamos observar el brillo de aquel manto de estrellas y la tranquilidad de la naturaleza cercana. Aquello era tan diferente a Manhattan…

A pesar de todo lo que se había puesto en contra, me sentía en paz.

—¡Todavía estoy en shock ! —declaró Elizabeth.

La observé sentada con su cálido vestido veraniego—.

Salí del despacho y no volví a hablar con él en todo el día.

Me negué a sentarme a comer con él. He estado hablando con mi madre por la tarde, ella me entiende y no se va a meter en mis decisiones, pero sé que tampoco puede hacer nada para cambiar a mi padre.

La noche cálida tenía algunos ruiditos de la naturaleza tranquila a esas horas. Ese tipo de sonidos que casi no se perciben, pero están ahí.

—No trates de convencerlo —determiné—. Puedo llegar a comprenderlo. Es un león queriendo proteger a su cría —respondí encogiéndome de hombros.

Elizabeth me miró levantando la barbilla.

—No soy su cría. ¡Soy una mujer! —decretó con firmeza.

Esbocé una sonrisa.

—Siempre serás su cría. Supongo que en cierto modo me ve como un bandido que pretende secuestrar a su niña y llevársela a un país muy muy lejano.

—Nueva York no es un país muy lejano.

Frunció el ceño, frustrada.

—No, pero no dejo de ser extranjero. Soy español y tengo raíces francesas.

Estoy en Nueva York de forma puramente accidental, quizás piense que me puedo volver a Europa…

Él tiene sus miedos, sus motivos. Tampoco confía en mí.

Es inversionista de mi empresa y me pidió el favor de darte un puesto allí, de tenerte en Nueva York, protegida; y yo voy y me acuesto con su niña.

—No lo justifiques —replicó molesta—. Somos adultos y nos hemos enamorado.

—Sí, pero entiendo cómo me ve: como el tipo solitario que no se compromete.

No confía en que cumpla de verdad. Que me quede con todo el paquete: la mujer, la casa y los niños.

La imagen que tiene de mí no será precisamente la que encaja con el hombre que quiere para ti.

La del tipo que se queda en casa y forma un hogar.

—Duda de tus intenciones.

Me encogí de hombros.

—Bueno, eso caerá por su propio peso. Está ofuscado, pensará que no me quiero comprometer de verdad, o que tengo intereses por contactos, como te ha dicho. Dale tiempo.

—Si retira su inversión en este momento, asfixiará a BAC USA Real Estate.

—Llevamos al borde del precipicio muchos meses —repliqué hastiado de eso—. Estoy cansado de intentar salvar el gigante inmobiliario que construí.

—¡No estás hablando en serio! —exclamó Elizabeth—. Llevo todo este tiempo viendo lo mucho que te has esforzado por tu empresa.

Elizabeth estaba sentada en un sillón bajo, enfrente del que me había sentado yo. Eran unos asientos anchos y cómodos, pensados para sentarse a disfrutar del paisaje y la noche estrellada.

—Creo que me he vuelto un kamikaze —repliqué con una sonrisa algo canalla—. Quizás tenga ganas de ver cómo salta todo por los aires.

Elizabeth buscó en mis ojos y encontró aquello que ya le había dicho la noche anterior y que ella no había comprendido en toda su extensión: estaba cansado de querer salvar el holding . El imperio que de verdad me interesaba era el que iba a construir con ella.

—Por eso no has querido que Candela comprometiera sus castillos… —musitó.

Asentí.

—Y por eso no te vas a amedrentar porque mi padre retire la inversión.

—Exacto.

Elizabeth sonrió ligeramente. Una sonrisa genuina en medio del dolor que había sufrido por el rechazo de su padre.

—¿Y qué harías si eso ocurre de verdad?

No tuve que pensarlo demasiado, ya lo tenía todo controlado. Solo había necesitado meditarlo unas horas. Quizás porque, en el fondo, deseaba que toda aquella presión estallara de una vez.

—Bueno, supongo que, si todo va a saltar por los aires, si mi imperio va a desmoronarse, me gustaría hacer una explosión controlada.

Me quedaría a verlo y después me tomaría un descanso, quizás mis primeras vacaciones de verdad en años.

—Hizo una pausa—. Más tarde organizaría lo que quedara en pie en algo más pequeño.

Algo que no me consumiera, que me diera espacio para construir mi mundo contigo, que me dejara tiempo para tener una vida. Mi vida junto a ti.

No se dejó encandilar por lo que había dicho, a pesar de que yo había comenzado a rodar mis ojos de lobo por sus piernas.

—¿En qué consistiría ese descanso? —quiso saber.

Recordé lo que le había dicho una vez.

—Tú y yo en esa isla perdida… Una isla caribeña, viviendo en una cabaña de pescador.

Movió la cabeza a los lados.

—No sabes pescar —murmuró con una sonrisa en los labios.

—No, pero podemos aprender juntos… Podríamos bañarnos en el mar Caribe. Tumbarnos en la arena y dejar que el día pasara con el sonido del mar y las palmeras. Quiero ver tu pelo enredado en la arena.

—¡Lleno de arena querrás decir!

Álvaro asintió con los ojos bailando divertidos.

—Sí. Quiero ver como la arena se pega a tu piel mojada y lamer de tu cuello las gotas de agua salada —comenté recordando nuestra noche en Los Hamptons.

Elizabeth me miró, se levantó y caminó hasta mí.

—¿Sabes lo que estuve haciendo el resto de la tarde?

—Sorpréndeme —le pedí.

Se puso de rodillas delante de mí, entre mis piernas.

—Estuve con mi abuela.

—Ah, ¿sí?

Asintió divertida.

—Sí, le hablé de ti y le enseñé el anillo que me habías regalado. Le conté la oposición de papá y le mostré algunas fotos tuyas.

—¿Y qué dijo? —pregunté interesado.

—Dijo que mi padre tenía que dejarme ir y que lo haría, que le diera tiempo —explicó—. También dijo que eres el hombre más apuesto que ha visto en su vida y que debería tener varios hijos contigo, porque cuando los genes son buenos hay que perpetuarlos.

Solté una carcajada.

—Creo que va a gustarme mucho tu abuela.

—Y me dio esto —añadió buscando algo en el bolsillo de su vestido.

Me lo mostró.

—Son sus alianzas de casada. La de mi abuelo y la de mi abuela. Mi abuelo falleció hace muchos años y mi abuela se la quitó entonces. Dice que la mano le cambió y el anillo ya no le servía; yo creo que se la quitó porque le rompía el corazón ver la alianza.

Elizabeth puso los anillos en la palma de mi mano.

—Para nuestra boda —declaró.

—¿Crees que dará mala suerte si nos las ponemos ahora?

Elizabeth sonrió.

—No, al contrario, me parece una gran idea. En el fondo, lo esencial del matrimonio es la promesa mutua y el consentimiento.

Cogí la alianza y la puse en su mano derecha. El día anterior le había puesto la sortija de compromiso en la izquierda, y entonces comprendí que estaba siendo avaricioso, queriendo quemar etapas. Pero, aun así, me parecía ilógico no hacerlo.

—Pues yo prometo y consiento —proclamé.

Elizabeth miró su mano con el anillo y me puso la alianza de su abuelo en mi mano derecha.

—Yo también. Prometo amarte y respetarte, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de mi vida… Hasta que la muerte nos separe.

Esbocé una sonrisa en respuesta a la de Elizabeth. Estábamos a punto de empacharnos en azúcar, pero todavía nos sentíamos necesitados. Llevaba años necesitado de todo aquello, era tan real… Había estado a una dieta estricta y ahora quería tomar aquella felicidad a manos llenas.

—Todos los días de mi vida —repetí, y la besé—. ¿Nos falta algo?

—Consumar el matrimonio.

Nos reímos los dos.

—¡Consumar es justo lo que estaba deseando hacer!

La cogí en peso y la tumbé en un sofá alargado que había en aquella enorme terraza de la suite .

Entre besos y risas, nos desnudamos para hacer el amor allí mismo, bajo un manto de estrellas que cubrían el cielo de Alabama.

Llenos de algo inmenso que estaba debajo de nuestra piel, que nadie podría quitarnos.

Consumamos el matrimonio, nos amamos y juramos todas las cosas que siempre deberían jurar los enamorados.

Allí comprendí que la máscara de piedra que tantas veces me había recubierto se había hecho añicos y de ella brotaban rosas blancas.