El chico de Manhattan Capítulo 47 Mi héroe con capa
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Capítulo 47 Mi héroe con capa

Mi héroe con capa

Beth

Mi madre estaba cocinando cuando busqué a mi padre en su despacho.

No es que tuviera más confianza con él. La tenía con los dos, pero de diferente forma.

En todo caso, procedía hablar con mi padre, había llegado la hora de ir de frente.

Llevaba en esa casa casi dos semanas sintiendo que me faltaba algo, que una parte de mí se había quedado en Nueva York.

Ahora comprendía lo que era estar enamorada, estarlo de verdad.

Sentir que otra persona es una extensión de tu propio cuerpo.

No podía imaginar un futuro sin Álvaro. Él era mi compañero de vida a quien habían elegido mi corazón y mi piel mucho antes de que mi cabeza lo racionalizara.

No iba a esconderlo. No podía esperar para gritarlo a los cuatro vientos.

Había esperado a que pasara el desayuno y la mañana avanzara; ahora que mi padre estaba en su despacho era el momento de acercarme.

Era domingo. Un domingo radiante de julio en el sur, época estival. Mi padre estaba leyendo el periódico mientras mi madre estaba ocupada en la cocina.

—Papá, ¿puedo pasar? —pregunté asomando por la puerta.

Mi padre levantó la mirada del periódico. Era grande, alto, corpulento, con el cabello negro ya salpicado por canas y unos ojos azules preciosos. Claros, como los míos. Sin brumas grises como los de Álvaro.

—Claro, cariño, pasa —respondió con una sonrisa suave—. ¿Todo bien?

Mi padre podía ser contundente, como un auténtico gigante que aplasta a sus enemigos cuando es necesario. Pero conmigo era muy diferente; a mi madre y a mí siempre nos mostraba su lado amable.

—Quería hablar contigo.

Asintió.

—Estaba esperando que lo hicieras —comentó—. Te he visto triste, pensativa, cabizbaja desde que llegaste de Nueva York.

Debí suponer que mis padres lo habían notado, aunque habían esperado que fuera yo quien hablara.

—Sí, papá, es cierto —acepté—. He estado pensativa y también triste.

—¿Es por el trabajo? —preguntó preocupado.

Negué con la cabeza.

—No, pero sí que Álvaro ha tenido algo que ver en cómo he estado desde que he llegado.

Su rostro se crispó.

—¿Has tenido algún problema con él?

—No —repliqué con una sonrisa—. No, papá, ningún problema.

—Cogí aire—. Lo amo… Lo amo tanto, papá, que duele.

Es casi inútil intentar explicarlo… No puedo describir con palabras lo que siento por él y lo que él siente por mí.

—Hice una pausa—. He estado triste porque nos habíamos distanciado después de…

—No quería contarle todo a mi padre—. Bueno, da igual, el caso es que ya lo hemos hablado todo.

Hemos sido sinceros. Estamos enamorados y nos vamos a casar.

Mi padre serpenteó su mirada hacia el anillo que llevaba en mi mano.

—¿Qué estás diciendo, Elizabeth? —preguntó sin dar crédito—. ¿Qué locura es esa? ¿Cómo que os vais a casar?

Me encogí de hombros.

—Nos hemos enamorado. Él es el mejor hombre, papá. Es inmenso, tiene siempre tantas cosas en la cabeza... —Vi la cara de mi padre—. Sé que parece hecho de piedra, incluso yo lo pensé, pero eso es porque no lo conoces…

—¿Llevas un anillo suyo?

—Sí, es mi anillo de compromiso —confirmé—. Es el anillo que un día fue de su madre.

Mi padre no preguntó por qué la noche anterior ese anillo no estaba en mi dedo y ahora sí.

Hablé durante un par de minutos más, tratando de explicar, sin entrar en todo lo que había pasado entre nosotros. Eso era algo de Álvaro y mío, pero sí que tenía que saber que estábamos profundamente enamorados, que él era el hombre con el que me iba a casar.

Mi padre me escuchaba sin dar crédito a mis palabras. Mi padre era mi héroe, yo lo veía con capa. Sabía que él me amaba y que amaría todo lo que yo amaba.

—No estás hablando en serio —respondió con rictus serio—. No puedes estar hablando en serio.

Miré a mi padre mientras sentía que se me rompía el corazón. Ni verme así lo hizo ceder en su gesto duro.

Sabía la idea que tenía mi padre de lo que era un chico adecuado para mí.

Habíamos tenido esa conversación cuando se había enterado de que había acompañado a Álvaro a la casa de su hermana en Francia.

Había sido doloroso escucharlo entonces, ver que tenía esos prejuicios hacia él.

Pero, por algún motivo, pensé que cuando supiera que estábamos enamorados, lo profundo de nuestros sentimientos, dejaría sus prejuicios a un lado.

—Papá, es un buen hombre —declaré al fin, porque eso era lo único que importaba.

—¿Eso crees? Es un tiburón de las finanzas.

Desde que lo conozco ha sido implacable.

Ha hecho cosas que yo no haría jamás, sin ningún tipo de escrúpulos —indicó oscureciendo la mirada—.

Y en cuanto a sus valores, ¿qué tienen que ver con los tuyos?

Es un hombre de mundo, no tiene familia, tiene treinta y seis años y no se ha casado ni ha tenido hijos…

¿Qué sabes tú de cómo trata a las mujeres?

¿De lo que quiere de ellas más allá de un revolcón?

Me dolió.

—Está solo en Estados Unidos y siempre lo ha estado —siguió argumentando mi padre—. No tiene raíces, no conoce nuestras costumbres, nuestras tradiciones. ¿Acaso es creyente? ¿De qué religión es?

—Y eso qué importa, papá… —murmuré—. Yo no creo en ese tipo de Dios. El Dios en el que yo creo no miraría ninguna de esas cosas —repliqué herida.

Mi padre meneó la cabeza a ambos lados. El rictus serio, la mirada endurecida.

—Elizabeth, eso lo dices ahora porque eres joven e inexperta.

Pero, si estuvierais juntos, dirías otra cosa.

Vuestros mundos chocarían. Tú quieres un hogar, con todo lo que eso conlleva.

Él es un hombre libre y autosuficiente… y eso…

—añadió haciendo un gesto hacia el anillo en mi mano—.

Eso no significa para él lo mismo que para ti.

Si te casas con él, seguramente te desecharía en dos años, cuando se aburriera de ti.

No es un hombre de familia. Es un lobo solitario.

—No puedo creer todo lo que has dicho. Que ni tan siquiera escuches lo que te estoy explicando: ¡que estamos enamorados!

El corazón me latía en el pecho, indignado.

—¿¡Crees que se va a comprometer realmente contigo!? —preguntó entrecerrando los ojos—. ¿Un tipo que no ha tenido ni una sola relación seria desde que llegó a Estados Unidos? Seguramente puedas cruzarte por Manhattan con decenas de mujeres que se han metido en su cama. ¿Eso es lo que quieres?

—Dan igual las mujeres con las que haya estado. Era libre.

—¡Exacto! Era libre e hizo lo que le dio la gana.

Seguramente ahora se ha encaprichado contigo y, sabiendo que eres una chica tradicional, ha pensado que la forma de tenerte es ponerte ese anillo.

Porque si no, ¿de qué otra forma tendría a una chica como tú?

—Hizo una pausa—. Por otro lado, quizá lo que le interesen sean los contactos a los que puede acceder estando contigo: con una hija de la alta sociedad sureña.

Hay círculos en los que no todo el mundo puede entrar, por mucho dinero que uno tenga.

Quizás haya pensado que tú eres su billete de entrada.

Me sentí quebradiza, como el cristal. En ese momento, comprendí que mi padre no aceptaría a Álvaro. No era una cuestión de dinero, éramos de mundos diferentes y desconfiaba de él. Además, tenía prejuicios sobre él por la vida de hombre solitario que había llevado.

Recordé las palabras de Álvaro, quizás como un presagio: Si tu familia te pone algún impedimento…, olvida tu nombre y reniega de tu padre… O jura que me amas y, entonces, yo dejaré de ser un Capuleto.

Y sí, sí lo amaba. Lo amaba lo suficiente para dejar de ser una Montesco, si era necesario.

Comprendí que no podría convencer a mi padre de que aquello era tan solo amor. Un amor tan genuino que había borrado por completo todo lo que nosotros dos éramos antes.

—Me casaré con él —expuse con firmeza, a pesar del dolor que sentía por el rechazo de mi padre.

Mi padre me miró con dureza y vi el desafío en sus ojos.

—Entonces, le retiraré todo mi apoyo financiero, todas mis inversiones en el peor momento. ¿Estás preparada para ver como su imperio inmobiliario se hace pedazos?

Ese fue el momento exacto en el que entendí que mi padre me amaba más que a nada en este mundo, pero no me amaba bien.