El chico de Manhattan Capítulo 46 Construir un imperio
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Capítulo 46 Construir un imperio

Construir un imperio

Álvaro

El sol del amanecer entraba por las puertas del balcón y las ventanas abiertas.

Todavía era temprano. Observé a Elizabeth pegada a mi cuerpo.

Estábamos desnudos, sin nada entre nuestros cuerpos.

Experimenté una necesidad de ella que no había sentido nunca por ninguna mujer.

No me saciaba de estar dentro de ella. Necesitaba más, una y otra vez.

Era algo que iba más allá del plano físico…

Era amor. Ese gran desconocido que llevaba esquivándome toda la vida.

Que me había sido privado a los catorce años cuando mis padres fallecieron en aquel accidente de avioneta.

Me había acostado con muchas mujeres. Había vivido el sexo en exceso, pero todo aquello no tenía nada que ver con lo que sentía estando dentro de Elizabeth. Estábamos conectados a otro plano.

Recordé que había terminado dentro de ella. Estaba deslumbrado de tanta felicidad y poseerla no era suficiente, tenerla no era suficiente. Necesitaba más: un compromiso, un matrimonio, una vida, hijos con ella...

Me había vuelto loco por ella.

Elizabeth no llevaba nada puesto, nada salvo el anillo de mi madre.

Recuerdo cuando mi abuela me lo entregó.

Me pidió que no se lo diera a nadie que no se hubiera quedado antes con mi corazón.

Sonreí al recordarla. Normalmente no sonreía.

Normalmente apartaba los recuerdos de mis padres, de mis abuelas, incluso los recuerdos de la niñez con Beca y Candela, porque el dolor había sido tan inmenso, tan real que había sido insoportable.

Sobrevivir. Había creado un imperio para sobrevivir.

Había seguido con el legado de mis padres.

Me había aferrado a aquello porque era lo único que me había mantenido en pie sin destrozarme.

Había creado una capa exterior tan dura que me permitiera sobrevivir, pero aquella capa se había agrietado y Elizabeth se había colado dentro.

Había llegado con su luz y lo había llenado todo.

Tenía su mano sobre mi pecho desnudo, encima de mi corazón.

Hacía tiempo que ella se había quedado definitivamente con él, pero no sabía en qué momento exacto había ocurrido.

No sabía si había sido cuando había estado en su casa, o si había ocurrido en algún encuentro casual en el ascensor, con más compañeros, o en alguna de las ocasiones en que nos habíamos cruzado en la oficina, quizás cuando habíamos sobrevolado juntos el océano, o la primera vez que había entrado dentro de ella, en Francia.

No sabía cuándo había sido el momento exacto en que mi corazón se había deslizado dentro de mi propio cuerpo, pegándose a las costillas, tratando de huir para llegar hasta ella.

Ahora tenía la mano sobre mi pecho, con aquel anillo, y por fin me sentía en calma. Había estado como un león encerrado todos estos días, centrado en el trabajo, apartando aquella necesidad que sentía en el pecho, en el estómago; sintiéndome incompleto, inquieto, hasta que había llegado a ella.

—Buenos días —murmuró Elizabeth abriendo los ojos.

—Buenos días —la saludé sin soltarla.

Deslizó su mano por mi pecho.

—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó de repente.

Habíamos estado quince días separados, no era tanto. Era una eternidad, en realidad. Tenía que haber ido a por ella al día siguiente de que dejase Nueva York.

Hablábamos en voz baja, porque no podíamos olvidar que sus padres dormían en la otra punta de la casa, aunque todavía era muy temprano.

—Porque no era capaz de lidiar con mis propios sentimientos —confesé.

Elizabeth me miró en silencio unos instantes. Estaba preciosa recién despierta.

—¿Y qué cambió? —quiso saber—. ¿Por qué viniste ayer y no antes?

La abracé contra mi pecho.

—¿Quieres saber cuál fue el detonante que me sacó de mi ostracismo?

Asintió mientras dibujaba líneas sobre mi pecho con su dedo.

—Exacto, quiero saber qué te hizo despertar y dejar de comportarte como un idiota. —Sonrió levemente.

Me dieron ganas de comérmela a besos.

—Candela —respondí—. El viernes apareció en Nueva York.

—¿¡Candela!? —preguntó sorprendida.

—Sí.

—¿Y a qué fue?

—A ofrecerme sus castillos para ayudarme con BAC USA Real Estate. —Elizabeth me observaba buscando en mis palabras, tratando de conectar ambas cuestiones—. Entonces lo entendí.

—¿El qué?

—Lo que de verdad era importante —declaré deslizando una mano hasta su cuello para atraerla hacia mí y besarla.

—¿Y esto es lo importante? —preguntó mientras sus ojos buceaban en mis intenciones.

—Sí —respondí con firmeza—. Este es el imperio que quiero construir de verdad. El que quiero crear contigo, el único que de verdad merece la pena.

Elizabeth esbozó una sonrisa radiante.

—Me parece increíble escuchar eso del hombre que dirige el mayor gigante inmobiliario, llegué a pensar que eras un titán de piedra.

Acarició mi mejilla con su nariz.

El naranja del amanecer lo llenaba todo. No quedaba mucho tiempo, tendría que irme antes de que los padres de Elizabeth despertaran.

—Mi nuevo imperio empieza y termina contigo, y con la familia que construyamos juntos —declaré.

—Increíble, acabas de pedirme matrimonio y ya estás pensando en bebés —murmuró con una sonrisa, aunque ella ya sabía que eso estaba tácitamente en el acuerdo, por lo que le había preguntado la noche anterior, antes de llegar dentro de ella.

Deslizó su pierna subiéndola un poco sobre las mías hasta que me tocó—. Además, veo que ya estás listo.

Sonreí.

—Es normal por la mañana, es una cuestión fisiológica.

Elizabeth fingió un puchero y volvió a acomodarse sobre mi pecho.

—Hombre, tener tu cuerpo pegado ayuda —añadí.

Volvió a centrar su mirada en mí y su azul intenso me arrasó.

—Entonces, no es solo fisiológico.

La giré sobre la cama y me froté contra ella, sin penetrarla. Me acerqué a su oído. Estábamos hablando en voz baja, pero no podíamos olvidar que no estábamos solos.

—No, no solo. ¿Estás lista ya?

Gimió en respuesta y no pude evitar colar un dedo dentro de ella.

—Creo que lo estás…

—Mis padres… —susurró—. Tienes que irte.

Decía eso mientras abría las piernas y yo, que había perdido por completo la cabeza, fui incapaz de no entrar dentro de ella.

—¡Lo sé! —exhalé cuando estuve por completo dentro de su cuerpo—. Y esta vez sí que tengo que salir por el balcón, a lo Romeo y Julieta.

Elizabeth recordó la referencia que habíamos hecho sobre eso, cuando habíamos estado en Francia. Me abrazó, pegándome a su cuerpo.

Le hice el amor con profundidad mientras la besaba, para no seguir hablando, porque tenía que marcharme.

Cuando sentí que alcanzaba el clímax, rompí el beso para ver como el naranja que se colaba por el balcón llenaba todo el espacio, su cuerpo, mi cabeza y mi corazón.

La penetré con fuerza y me dejé ir. Esta vez ni siquiera pregunté.

Los dos sabíamos qué estábamos haciendo.

Me quedé encima de su cuerpo, dentro de ella, en el lugar en el que quería pasar el resto de mi vida.

Elizabeth me acarició el cabello, el rostro y, cuando busqué sus ojos, me dijo con palabras lo que ya me había dicho de muchas formas.

—Te quiero, y sé que nunca he querido a nadie, no así. Solo a ti.

Sonreí y comprendí que su compromiso anterior no había significado nada en comparación. Era tan solo el motivo para que ella se cruzara en mi camino aquella mañana de domingo.

—Te amo, Elizabeth. Con todo mi corazón, con todo lo que soy. Me parece extraño hasta decir estas palabras, pensé que no estaban hechas para mí.

Me acarició y me besó la frente. Me apoyé por unos instantes en su pecho, hasta que Elizabeth me obligó a moverme.

—Bueno, Romeo, es hora de que te marches. Tendrás que salir por el balcón, tal y como has entrado, y esta vez es en serio. No puedes seguir metido en mi cama.

Me reí. Bajé los labios y besé la parte superior de su pecho derecho.

—O puedo quedarme y hablar con tu padre —propuse, me resistía a dejarla.

Elizabeth negó con la cabeza.

—¡Eso sería una idea terrible! No es el mejor momento después de haber pasado la noche con su hija, en su casa, a escondidas.

—Quiero hablar con él —insistí—. He llegado hasta aquí y quiero hacer las cosas bien.

La preocupación barrió el rostro de Elizabeth.

—¿Qué ocurre?

—Nada —negó—. Solo que es mejor que primero hable yo con él.

—Está bien —claudiqué.

Le di un segundo beso en el mismo sitio.

—Hablaré con mi padre —confirmó sentándose en la cama—. Vete que el día ya ha aclarado del todo.

Miré el reloj, ya pasaban de las seis de la mañana.

Le di un beso en los labios.

—Está bien, me voy.

Me puse de pie buscando mi ropa.

Elizabeth se rodeó con la sábana mientras me vestía.

—¿Estás segura de que quieres que me vaya? —pregunté levando una ceja para acercarme a las puertas de balcón.

—Sí, por favor, antes de que todos los vecinos te vean saliendo por la fachada.

—Está bien, pero luego te envío los datos del hotel en el que me quede —indiqué. Todavía necesitaba buscar ese hotel—. Habla con tu familia, después te espero.

—Está bien. Luego hablamos.

Me fui no sin darle uno, dos, tres besos rápidos.

—¡Adiós! —me apremió.

Ya en el balcón, miré hacia atrás. En sus ojos se reflejaba la preocupación.

Entendía que podía ser difícil enfrentarse a su padre y decirle que nos habíamos enamorado; él era uno de mis inversores, al fin y al cabo, y me había saltado su confianza para acostarme con su hija.

Pero aquello había sido inevitable, aquel amor había llegado para arrasar con mi mundo y, ahora que lo comprendía, no pensaba dar ni un solo paso atrás.

—Si tu familia te pone algún impedimento…, olvida tu nombre y reniega de tu padre… O jura que me amas y, entonces, yo dejaré de ser un Capuleto.

Se rio.

—Creo que no era literalmente así.

—Pero casi.

—Cierto, casi.

Un último beso furtivo y bajé por el balcón.