Capítulo 45 Un diamante rodeado de zafiros #2
—Oro amarillo. Un diamante rodeado de zafiros.
Fue el anillo de compromiso que mi padre le compró a mi madre, tratando de buscar el color de sus ojos —explicó con la rodilla todavía en el suelo—.
Cuando falleció, mi abuela me dijo que era mío, para que se lo entregara a la mujer con la que decidiera pasar el resto de mi vida.
—Álvaro…
—Una palabra, eso es prometedor. No has dicho nada en toda mi declaración.
Su sonrisa era inmensa y en ese momento me di cuenta de que él ya sabía la respuesta.
Sabía que yo ya era suya. Me había entregado a él.
Lo cual, en mi educación tradicional, significaba algo muy específico.
Y, aunque yo no lo había querido interpretar así, Álvaro lo sabía. Algo dentro de él lo sabía.
—No puedo ponértelo si no respondes —me advirtió.
—¡Sí! —respondí decidida—. ¡Sí, quiero!
En el momento en que me puso el anillo en el dedo, comprendí que no había estado realmente comprometida con Brandon.
Sí de forma convencional, pero no como lo estaba con Álvaro.
No con aquella certeza de que yo era suya, irremediablemente suya.
Que mi cuerpo, mis huesos y mi piel eran suyos al completo.
Álvaro me colocó el anillo y se puso de pie para besarme. Uno, dos, tres besos infinitos sujetándome fuerte entre sus brazos.
—Has tardado mucho —exhalé cuando por fin pude hablar.
—Sí, pero no volveré a dejarte. Ahora eres mía.
Levanté una ceja.
—Eso significa que tú también eres mío.
—Yo soy tuyo desde el momento en que aterricé sobre ti en Central Park —declaró con una sonrisa genuina.
Me reí entre besos. No podíamos hacer ruido.
—Eres tonto —murmuré.
—Dime que tus padres no están durmiendo en la habitación de al lado.
Negué mientras sentía los brazos de Álvaro aferrándome a su cuerpo.
—Están en la otra punta de la planta. Hay varias habitaciones de por medio.
—Esa es una distancia respetable.
Me aferró a su cuerpo. Sentí aquella necesidad animal que no había sentido jamás. La certeza de que mis células reclamaban su piel.
—Esto me gusta —murmuró haciendo que mi cuerpo se moviera hacia atrás, hasta volver a dar con el dosel de la cama—. Podría atarte a este poste y hacerte gritar —susurró en mi oído.
—Creo que entonces mi padre se enteraría de que estás aquí y te mataría.
—Dime que no hay armas en esta casa, porque si las hay me voy por donde he venido. A tanto no quiero arriesgarme.
Me reí contra los dientes de Álvaro mientras sentía como sus manos se perdían por debajo de mi camiseta del pijama.
—Las últimas armas que hubo en mi familia las tuvo mi abuelo. En esta casa nunca ha habido armas.
—¡Menos mal!
Álvaro me quitó la camiseta y la dejó caer en el suelo. Besó mi cuello mientras comenzaba a acariciar mis pechos. Me recosté contra el poste de madera arañando su camisa.
—Álvaro, no deberíamos…
—Me muero si me dices que me vaya ahora —susurró contra mi piel.
Besó y lamió mis pechos mientras se quitaba la camisa, que acabó también en el suelo. Yo no tenía ni fuerza ni voluntad para decirle que no. Enganchó mi pantalón de pijama y me lo quitó, dejándome desnuda en sus manos. Se puso de rodillas delante de mí mientras me sujetaba al poste de madera.
—Ahora me tienes completamente de rodillas, Elizabeth Harrington —declaró mirándome mientras cogía una de mis piernas para acariciarla.
Me sentí poderosa. Los pechos me pesaban y toda mi piel se erizó cuando Álvaro sopló con cuidado en el interior de mi muslo derecho y después se lanzó.
Me mordí el labio para no gritar mientras me aferraba al poste de mi habitación, en la que había crecido, donde ahora me deshacía en las manos de Álvaro, mientras él deslizaba su lengua una y otra vez entre mis piernas, en el punto más sensible de mi anatomía, de rodillas, a mis pies.
Me aferré a su cabello con una mano cuando sentí que el orgasmo llegaba. Álvaro no se detuvo ni un solo instante. Al contrario, buscó mis ojos, para mirarme mientras me deshacía, e introdujo en ese momento dos dedos para que lo sintiera.
Me destrozó.
—¡Así! —exclamó separándose de mi piel. Los labios le brillaban—. Te voy a hacer esto el resto de mi vida —añadió cogiéndome en brazos para llevarme a la cama.
Allí se deshizo de la ropa que le quedaba y me penetró con la luz de la luna entrando por las puertas de mi balcón y las ventanas que tenía entreabiertas.
Cuando lo sentí dentro se detuvo para buscar mis ojos.
—¿Puedo terminar dentro? —preguntó ebrio de amor.
Los dos sabíamos lo que significaba aquella pregunta. Álvaro había pedido mi mano, había declarado que era mío y no solo quería eso: quería una familia, nuestra familia. La que él y yo construiríamos.
—Sí —contesté segura.
Él se retiró despacio, grabando en su retina todos los movimientos de mi cuerpo. El calor de Alabama en julio se colaba en la habitación.
Deslicé mis manos por los pectorales firmes de Álvaro, por los músculos de sus brazos.
Volvió a retirarse y a entrar con firmeza.
Eché la cabeza hacia atrás.
Como si eso lo volviera loco, subió más mis piernas para buscar entrar con más fuerza.
—¡Más! —gemí sintiendo un poco de dolor.
Entró. Dentro, más dentro.
—Más. —Lo arañé.
Salió y volvió a introducirse en mi cuerpo. Me dio la vuelta para penetrarme desde atrás mientras sujetaba mis manos con las suyas.
—¿Quieres sentirme más profundo? —murmuró en mi oído retirándose un poco.
—Sí —gemí contra la almohada, a pesar de que sabía que mis padres estaban durmiendo bajo el mismo techo—. Sí —volví a repetir.
Entró una vez más, y en ese momento ya no se detuvo, salvo para colar una mano entre mis piernas y destrozarme por segunda vez. En cuanto alcancé el clímax, él siguió penetrándome hasta llegar dentro de mí, y ni entonces salió. Se quedó pegado, como si su cuerpo fuera una extensión del mío.