Capítulo 45 Un diamante rodeado de zafiros
Un diamante rodeado de zafiros
Beth
Segundo sábado de julio. Había llegado a Alabama hacía casi quince días y todavía me quedaba por delante una semana de vacaciones.
Había hecho todas las cosas que habitualmente, en mi vida allí, me hacían sentir feliz: había pasado tiempo con mis padres, con mi abuela, con Harper y otras amigas; había ido a la iglesia, disfrutado de barbacoas en el jardín, asistido al club con mi padre...
Había hecho todo lo que antes era cálido y cotidiano, y lo seguía siendo, pero me faltaba algo.
Era como si la gravedad de mi mundo hubiera cambiado y ahora mi centro estuviera en Nueva York y no allí.
Habíamos cenado temprano con mi abuela en el club.
Después habíamos jugado al bridge y me había encontrado con algunos amigos.
Entre ellos estaba James, un buen amigo que había estado enamorado de mí desde pequeños.
Siempre se había llevado mal con Brandon, no de forma abierta, pero era una obviedad.
Lo había rechazado en el instituto, porque no sentía lo mismo que él. Era un buen amigo, pero nada más.
James me había mirado un par de veces mientras Harper hablaba de un viaje que iba a hacer a Europa en agosto.
Por mi mente se había cruzado la idea de que, si hubiera apostado por James, no habría acabado con el corazón roto y no habría viajado a Nueva York.
Él nunca me habría engañado, como Brandon.
Él me adoraba y compartía todas las ideas con las que me había criado: la tradición, el hogar, la familia, los hijos…
Sin embargo, mientras bebía un poco de agua y el resto de mis amigos se reía, no podía dejar de sentir aquello que me había estado pasando desde que había puesto los pies en Alabama: sentía una atracción tirando con fuerza de mi cuerpo hacia Nueva York, directamente hacia el pecho de Álvaro.
No, no me interesaba James.
No me interesaba nadie esa noche.
Mi cabeza estaba en Nueva York, con Álvaro.
Mis padres se habían retirado temprano y había regresado con ellos a casa. Habíamos llevado a mi abuela hasta su casa, que estaba en el mismo barrio. Todo era cotidiano, todo estaba tranquilo.
Me encontraba en mi habitación, era de noche y el cielo estaba lleno de estrellas.
Pasaban de las once y media de la noche.
Mis padres ya se habían retirado a dormir hacía un buen rato.
A esa hora, mis amigos estarían entrando en algún pub para bailar y beber.
A mí no me apetecía, no quería cruzarme con Brandon ni con Nancy.
Me preguntaba si ella sabría que él había ido a buscarme a Nueva York.
Suponía que no, pero la realidad, según me habían informado, era que estaban juntos. No los quería ver, no me interesaban.
Caminé a media luz por mi habitación. Llevaba un pijama corto de verano. Hacía calor. Había tenido encendido el aire acondicionado durante un rato, pero lo había apagado. No me gustaba dormir con él… Aunque tampoco era capaz de dormir.
Solo podía pensar en Álvaro.
En sus miradas grises azuladas, profundas, densas.
En la distancia que marcaba siempre: solitario. Atlas, con el mundo sobre sus hombros.
En cómo era cálido y cercano cuando estaba conmigo, dejando que de su pecho de mármol brotaran flores; cómo me había enseñado a amar, cómo latía su corazón en mis manos cuando lo acariciaba; cómo todo aquello significaba mucho más que la absurda promesa que nos había unido a Brandon y a mí.
Álvaro había sido real, seguramente la relación más real que había tenido en mi vida.
Cogí el iPhone que tenía encima del tocador. Busqué su número mientras mi corazón golpeaba con fuerza en mi pecho.
Álvaro descolgó al primer tono.
—Hola. —Su voz sonaba profunda, con un toque alegre.
—¡Eres un idiota! —declaré de repente.
Escuché su risa al otro lado de la línea.
En mi pecho ardía una furia que ahora giraba rápido, pero que se había cocido despacio en los quince días que habían pasado desde la última vez que nos habíamos visto en Battery Park.
—No voy a discutírtelo —contestó.
—¡Llevo dos semanas esperando a que me llames! —añadí enfadada—. Porque la forma en la que me has apartado de tu vida me parece ridícula. Sé que estás enamorado de mí. ¿¡Es que no lo ves!? ¿Crees que no lo puedo sentir?
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho.
Había levantado la voz. No debería, porque mis padres dormían bajo el mismo techo, justo en la otra punta de la misma planta.
Era una gran casa y entre nosotros había cuatro habitaciones, una sala de juegos y dos baños.
No es que su pared estuviera pegada a la mía.
No me iban a oír. Además, mi padre, especialmente, tenía un sueño profundo.
Podía caer un meteorito en el jardín y él no lo notaría. Aun así, no eran horas para vociferar.
—Estoy de acuerdo —replicó Álvaro casi risueño.
Escuchaba su voz y sentía que estaba allí, casi hablándome al oído. Podía sentir su voz rodando por mi piel.
—¿Estás de acuerdo? —pregunté sin entender.
—Sí, y me gustaría que me lo dijeras a la cara.
—Me quedé en silencio porque estaba muy enfadada y no sabía ya ni cómo replicar—.
Oye, ¿tu habitación cuál es? Porque estoy pensando en subir trepando, pero hay tantas ventanas que no tengo muy claro por cuál decantarme.
No me gustaría meterme en la habitación de tus padres, o hacer saltar alguna alarma.
—¿¡Qué estás diciendo, Álvaro!?
—Estoy aquí.
Me dirigí directamente a las puertas de cristal de mi balcón, abrí y salí fuera.
—¡Álvaro! —exclamé.
Lo observé parado en mi calle, enfrente de mi casa.
—Me encanta esta calle. Hay muchos árboles y tu casa es preciosa —afirmó.
—Pero ¿qué haces aquí? —murmuré sin dar crédito.
—He venido a hablar contigo —respondió.
Lo miré: llevaba una camisa blanca remangada y unos pantalones Dockers. Había un coche aparcado en la calle y, por la hora que era, supuse que había tomado un vuelo por la tarde y alquilado un coche para llegar hasta allí.
—¿Acabas de venir directamente del aeropuerto?
—Sí.
Lo miré y, a pesar de la distancia, observé las marcas del cansancio de aquellas casi dos semanas en su rostro.
—Creo que ya he perdido tiempo más que suficiente. Debí haber venido antes.
La noche era cálida y estrellada, y él había venido a por mí.
—Sube —murmuré—. La alarma se ha estropeado hace unas semanas y mi padre todavía no la ha arreglado.
Álvaro se acercó a la mansión. Mi habitación daba a la fachada principal, a una esquina, y justo por ahí había una celosía por la que trepaba una enredadera.
Eso, sumado a la ventana del salón sobre el que estaba y al propio balcón de mi habitación, debería dar bastantes puntos de apoyo que le facilitaran la tarea.
Y así era: Álvaro trepó con facilidad. Entré en la habitación, cuando subió al balcón, para dejarlo pasar.
Observé a Álvaro adentrándose en mi habitación a oscuras. Solo con la luz de la luna iluminando a través de las ventanas y las puertas del balcón.
—Hubiera sido más práctico quedar a tomar algo —expuse.
Álvaro esbozaba una sonrisa grande. Parecía recién afeitado y, a pesar de las marcas de cansancio, estaba guapísimo. También me daba la sensación de que había ido a la peluquería.
—Sin lugar a dudas, pero menos romántico.
—Eso desde luego.
Sentí una punzada en el pecho. Él sabía de mi predilección por Romeo y Julieta.
Caminé un par de pasos hacia atrás para dejarle avanzar.
—En todo caso, no podía esperar más…
Mi corazón latía con fuerza, en mi pecho, en mi garganta y en mi cabeza. Di un paso más atrás y choqué con uno de los postes del dosel de la cama.
—Recuerdo que fuiste tú quien me apartó.
Álvaro asintió.
—Porque fui un imbécil —aseguró.
—Uno grande —apunté.
—Porque no supe ver…
—¿Qué? —pregunté casi como una exhalación mientras sentía la madera a mi espalda.
Alvaro acortó la distancia y me acarició la mejilla.
Sentí la piel ardiéndome debajo de aquella caricia.
Él ensanchó más su sonrisa. Nunca sonreía tanto.
Se inclinó ligeramente sobre mi oreja como si fuera a confesar un secreto que no quería que escuchara toda la casa.
Como si esta tuviera la posibilidad de poner su oído alerta.
—No supe entender que estaba enamorado. No lo había estado antes, por eso no tenía ni idea.
Mi corazón había dejado de latir.
Volvió a buscar mis ojos. Lo miré sin saber cómo responder.
—Sabía lo que era el amor —añadió, esta vez mirándome a los ojos—.
Lo he vivido en mis padres. Era algo que había idealizado en mi mente, guardado en mis recuerdos, en un lugar al que no solía acceder porque me dolía demasiado.
Me acostumbré a ese tipo de vida. Me centré en construir el imperio que ellos habían dejado, en multiplicarlo, en hacerlo crecer hasta convertirlo en gigante.
Lo hice para intentar paliar aquel dolor, aquella pérdida inmensa.
Respiré. Su orfandad, la suya, la de Beca y Candela.
Álvaro cogió mi mano y la besó, le dio la vuelta y besó la palma, y después la puso sobre su corazón, donde yo la había puesto tantas veces, para sujetarla con las dos manos.
—Estoy completamente enamorado de ti, Elizabeth. Eres lo más increíble que me ha pasado en la vida y quiero pasar el resto de mi vida contigo.
En ese momento se llevó una mano al bolsillo, hincó una rodilla en el suelo y me ofreció un anillo.
—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó con voz contenida.
Parpadeé.
Estaba soñando. Tenía que estar soñando.
No lo estaba. Álvaro estaba con una rodilla en el suelo delante de mí, pidiéndome matrimonio.
Inevitablemente, mi mente voló al momento en que Brandon me había hecho la misma pregunta.
Había sido en el club social. En el corazón de Birmingham.
En el lugar donde había pasado una gran parte de mi vida.
El de Brandon había sido un anillo de oro blanco con un solitario, pero el que sostenía Álvaro era muy diferente.