El chico de Manhattan Capítulo 44 Un bebé descontrolado
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Capítulo 44 Un bebé descontrolado

Un bebé descontrolado

Álvaro

—Para ser viernes, tienes muy mala cara, Álvaro —comentó Sebastián entrando en la cocina.

A esas horas todavía no solía haber nadie en la oficina. Además, estábamos en pleno mes de julio y había mucha gente de vacaciones. Me sorprendió verlo allí.

—No son ni las ocho de la mañana, Sebastián. ¿Qué haces aquí?

—Trabajar —sentenció como si hubiera preguntado una estupidez—. Me voy de vacaciones en unos días y tengo mucha tarea.

Asentí.

—Ya veo —rumié—. Hablaría con tu jefe, pero creo que eres tú mismo.

Sebastián me miró e hizo una mueca, divertido.

—Muy gracioso. Por cierto, veo que tienes problemas con la cafetera —comentó haciendo referencia al hecho de que tuviera en mis manos aquel artilugio infernal desmontado.

—Sí, se me está rebelando un poco —tuve que aceptar—. No estoy acostumbrado a este modelo.

—¡Anda, déjame a mí! —dijo acercándose—. No te he visto nunca en esta cocina haciendo café en todos estos años.

Me hice a un lado.

Sebastián volvió a colocar las piezas que había quitado. De su interior extrajo una cápsula de café medio aplastada.

—Veo que querías que hiciera el café por las malas —comentó levantando una ceja, y me devolvió la cápsula.

Me pasé la mano por el cabello algo revuelto.

Sebastián cogió una cápsula nueva y la colocó en la cafetera.

—¿Estás cambiando de look ?

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

Le dio al botón y la cafetera comenzó con sus ruiditos previos a extraer café.

—¿Sabes cuántos años llevo trabajando en la empresa?

—Diez años —respondí.

Sebastián colocó la taza, con el café humeante, en un platillo.

—Exactamente, diez años. Y en diez años no te he visto ni un solo día que no estuvieras recién afeitado —declaró—.

Ahora llevas sin afeitarte más de una semana y tu cabello necesita un buen corte.

—Me quedé en silencio viendo como colocaba la taza de café en el mostrador de la cocina, justo delante de mí—.

Es curioso que ese tiempo de retraso en tu cuidado personal coincida con el tiempo que lleva de vacaciones cierta jovencita del sur…

Me pregunto si no estarás atravesando un momento de mal de amores.

—¿En serio, Sebastián? —pregunté molesto.

—En serio, Álvaro —respondió sin amilanarse—. Y te hablo así de claro porque te aprecio. Espero que tu decisión de apartarla no tenga que ver con el hecho de que Zac esté celoso. Porque eso sería absurdo y algo poco digno de un tipo de altura como tú.

Me quedé en silencio.

—No lo sabe todo el mundo, no te preocupes —añadió de repente tratando de tranquilizarme—. Obviamente, Zac me contó que os vio y sé que está celoso, pero se le pasará. Al fin y al cabo, tú no tienes la culpa de que Elizabeth no lo haya elegido a él. Ella no lo mira como te mira a ti.

Me quedé helado en vista de lo que Sebastián acababa de decir.

—¿Y cómo me mira a mí? —pregunté, pues la curiosidad me podía.

—Exactamente como la miras tú a ella: como si fuera la única persona que hay en la habitación.

Sebastián me dio un pequeño golpecito en el hombro.

—Sé que tienes un imperio que salvar, y de él dependemos todos los que estamos subidos a este barco, pero ella vale más que un imperio.

No dije nada y vi como Sebastián salía de la cocina.

Cuando el café tocó mis labios ya estaba templado.

***

El día fue pesado. No podía quitarme de la cabeza la conversación con Sebastián.

Aunque, en realidad, lo que no podía quitarme de la cabeza era la última conversación con Elizabeth.

Sí, tenía un imperio que salvar y llevaba en ello semanas.

Estaba al borde del precipicio, pero perderla a ella me estaba pesando demasiado.

Desde que se había marchado, me despertaba con la sensación de que Elizabeth estaba a mi lado en la cama. Soñaba con sus sonrisas, con las noches que había pasado adorando su cuerpo, con los paseos que habíamos compartido por Manhattan… Elizabeth ocupaba mis pensamientos, durmiendo y despierto.

No podía dejar de pensar en la tarde que nos habíamos encontrado con Zac.

Me había cruzado con él en la oficina y lo único que había hecho era apartar la mirada.

No podía culparlo por enamorarse de Elizabeth, yo tampoco podía quitármela de la cabeza…

Así que en eso no tenía nada que decirle.

En cuanto a cómo me había comportado yo, siendo su jefe, estaba mal, lo mirases por donde lo mirases.

No debería haber perdido las formas con él.

No podía obviar el hecho de que ella solo se había entregado a mí.

Sabía que había dado ese paso decidida y que, a pesar de que no estábamos juntos, no se arrepentía…

Pero ¿por qué no estábamos juntos? La idea de un compromiso nunca había estado en mi horizonte.

Llevaba toda una eternidad solo. Al margen de los cuerpos en los que buscara algo de calor, estaba solo.

Ella nunca había estado con nadie.

Yo nunca me había comprometido…

Había tenido insomnio rememorando el momento en que le había enseñado cómo tenía que tocarme.

Recordando cómo había bajado los besos por mi pecho, hasta que sus labios habían llegado a mi cintura; cómo había levantado su mirada con cierta inseguridad.

Me había observado a través de sus espesas pestañas mientras mi mano acariciaba su cabeza, enredándome en su cabello la primera vez que ella deslizó su lengua…

En ese momento Elizabeth podría haber hecho cualquier cosa conmigo.

La primera vez que me tomó por completo, de aquella manera, el infierno entero había ardido en mi cabeza y en mi estómago.

Ella se había marchado, pero la sentía presente en mi piel que, de algún modo, ahora también era suya.

La casa sin Elizabeth se me caía encima. El sentimiento de ausencia que tenía en el pecho no iba a menos; al revés, era cada vez mayor y yo no estaba acostumbrado a eso.

Tras una semana de estresantes reuniones, presión y ausencia de Elizabeth, la cabeza me iba a estallar.

Eran ya las 13:40 h cuando alguien tocó en la puerta de mi despacho, lo cual era ridículo porque era de cristal y siempre estaba abierta.

Supuse que sería Susan insistiendo nuevamente en que bajara a comer: tenía que salir de aquella oficina y airearme.

Estaba en un laberinto llegando siempre a los mismos callejones.

—Pasa.

—¿Dejas entrar a tu oficina al primero que llame a la puerta sin levantar la cabeza?

Aquella voz.

Levanté la cabeza rápidamente. No podía dar crédito: Candela estaba enfrente de mí. Llevaba un vestido sobrio de color gris y me miraba seria.

—¡Candela! ¿¡Qué haces aquí!? —pregunté sorprendido—. No me lo puedo creer.

—¿Paso entonces?

—¡Por supuesto! —exclamé—. Entra, por favor.

Me puse en pie. Sentí el impulso de rodear la mesa y abrazarla, pero Candela no era de excesivo contacto físico.

Si fuera Beca, la cogería en volandas y la abrazaría con fuerza.

Candela solía manejarse mejor con cierta la distancia.

Y, teniendo en cuenta cómo había sido nuestra despedida la última vez que habíamos estado juntos, entendí que tampoco era lo que querría.

Entre nosotros las muestras de cariño estaban racionadas.

Candela caminó y se sentó en la silla libre que había delante de mi mesa.

—¿Qué haces en Nueva York? —insistí sin dar crédito.

—Vengo a ofrecerte mis castillos.

Allí estaba el detalle: mis . Ese pronombre posesivo. Por lo mucho que aquellas fortificaciones representaban para ella. No eran los activos de BAC France Real Estate, eran los castillos de Candela.

—¿Qué quieres decir? —pregunté sin entender.

—He venido a ayudarte —declaró sin florituras—. Prefiero desprenderme de ellos y ayudarte a ti. Esto es más importante.

La miré. Candela permanecía seria. No se le movía ni un pelo. Yo estaba sin afeitar, tenía el cabello desarreglado, las mangas de la camisa remangadas y llevaba encerrado en aquella oficina días, tan solo había salido lo necesario para dormir cada noche.

Esto es más importante , había dicho Candela.

Me pregunté si se refería a salvar el inmenso gigante inmobiliario que había alimentado desorbitadamente durante los últimos años hasta que había crecido de forma incontrolable, como un bebé inmenso, o si se refería a salvar la relación que había entre los dos.

La observé, mi hermana, la que había sido mi cómplice toda mi infancia.

Ella que tenía el rostro de mamá pintado en la cara.

Hecha de hielo de arriba abajo, había venido allí por mí .

Solo por mí. A pesar de sus propias necesidades.

Recordé que antes no era de hielo. Que antes de que la vida la hubiera endurecido, ella siempre había sido la mano a la que aferrarme.

Esto es más importante.

Esto es más importante.

En ese momento exacto, solo con aquella sola frase, Candela me hizo ver por fin con total claridad.

—No —sentencié—. No lo es.