El chico de Manhattan Capítulo 43 Cuatro de julio
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Capítulo 43 Cuatro de julio

Cuatro de julio

Beth

Desde que había llegado a Alabama, me había costado dormir.

Por las noches daba muchas vueltas. No podía creerme que me hubiera marchado de aquella casa con el corazón hecho añicos, y ahora, no es que volviera a ella igual de destrozada, no, es que tenía un agujero inmenso en el pecho, justo en el lugar donde debía estar mi corazón. ¿Cómo era eso posible?

Lo peor era que se me había caído la venda de los ojos.

Comprender que lo que había vivido con Brandon era el duelo por la ruptura de un sueño.

Me había enamorado de la idea del compromiso, de la perspectiva de construir una vida juntos…

Ahora lo comprendía de verdad. No había habido un amor tan grande, solo unas grandes expectativas.

Con Álvaro sí había conocido lo que era una verdadera conexión. Lo que él y yo habíamos vivido iba más allá de la piel, era algo que nos unía a un nivel profundo. Dos personas que habían sabido mirarse a los ojos y reconocerse.

Eran las siete de la mañana y estaba sentada en mi cama con una mano sobre el estómago, donde sentía que me faltaba algo. Sentía casi dolor físico por la ausencia de Álvaro y tan solo llevábamos separados una semana.

No me había llamado, ni yo a él.

No me había escrito, ni yo a él.

No había llorado. Quizás porque el dolor era tan inmenso, tan real, que si me rompía tenía miedo de no saber reconstruirme otra vez. Me negué a ser esa mujer.

Era fuerte, era muy fuerte.

Estaba sentada en mi cama. Paseé los ojos por los detalles de mi habitación: desde el cabecero tapizado, el dosel de mi cama, hasta las lámparas clásicas y el tocador con espejo grande.

A cada lado de la cama había una puerta: una para mi baño privado, otra para el vestidor.

La mía era la segunda mejor habitación de la mansión clásica sureña en la que vivía con mis padres.

La mansión de estilo colonial en la que me había criado tenía una fachada blanca con columnas altas, porche amplio con mecedoras y un jardín con el césped perfectamente cuidado con magnolios y hortensias. Era tal cual te imaginas cuando piensas en el sur.

Había amado aquella casa toda la vida. Había idealizado una vida en una casa como aquella: matrimonio e hijos. Sonreí al pensar en ello. Una sonrisa amarga, porque todos aquellos pensamientos me llevaban, una y otra vez, a Álvaro.

Me levanté y me acerqué al balcón. Abrí las puertas de cristal y madera blanca.

Observé el exterior: el césped cuidado de la parte frontal de la casa, el pequeño camino que daba a la vía que avanzaba entre las casas, los árboles centenarios del vecindario, asentados a lo largo de la calle.

Era el mundo que había conocido tanto, que representaba todo lo que yo era, de algún modo.

Un momento de pausa antes de sumergirme en el ritmo frenético de ese día, el mayor festivo de todo EE. UU.

Me obligué a no pensar. Me vestí de forma impecable con un vestido blanco veraniego y bajé a reunirme con mis padres para ir a desayunar al club junto con mi abuela y algunos amigos de mis padres.

El desayuno fue agradable y el ambiente familiar.

Mi padre siempre aprovechaba el tiempo en el club para hablar de negocios con amigos y miembros de la alta sociedad de Alabama.

Después, asistimos juntos al desfile local del Día de la Independencia y sonreí al ver a los niños con sus banderitas.

Por dentro, sentía aquel peso en el pecho, pero lo disimulé con una sonrisa.

En todo caso, el ambiente festivo se me metió por debajo de la piel, y es que era mi celebración favorita.

Fue un día caluroso, así que yo me encargué de preparar mucha limonada casera para la comida en el jardín con nuestros vecinos. Comimos ensaladas frescas, marisco y carnes preparadas en una cuidada barbacoa mientras la celebración y el calor nos acompañaban a lo largo de la jornada.

Harper se acercó por la tarde a tomar un té helado y escuchó a mi abuela contar alguna de las historias de su juventud. A las dos nos encantaba sentarnos a su lado y que nos relatara aquellas anécdotas.

Mi abuela charlaba sentada en un sillón bajo una pérgola. Su sonrisa era encantadora. Tenía la piel curtida por la edad y el cabello blanco. En sus orejas, siempre unos pendientes de perlas, y en sus dedos, ya torcidos por la edad, brillaban los diamantes de sus anillos.

Escuchaba a Harper reír y no podía evitar mecer la cabeza a los lados mientras mi abuela contaba alguna picardía sobre el excelente marido que había resultado ser mi abuelo.

Con los años, había perdido la vergüenza y siempre nos decía que había que buscarse maridos que tuvieran ganas de irse a dormir temprano.

Ahora que conocía lo que era perderse entre las sábanas con alguien a quien amabas, podía comprenderla.

—¡Ay, Margaret, usted siempre con sus historias! —se rio Harper a carcajadas.

—¡Bueno, hija, cuando tengas un marido ya me entenderás! —comentaba mi abuela con un destello en sus ojos, como si guardara secretos que a nosotras todavía no podía revelarnos.

Harper cruzó una mirada conmigo.

—Bueno, abuela, nos vamos a buscar más té helado. ¿Quieres un poco? —pregunté.

—No, Beth, querida. Id vosotras —manifestó con un gesto.

Caminamos por el jardín entre la gente riendo, los niños corriendo con sus banderillas, los vestidos blancos y los sombreros claros. El ambiente era muy festivo, con el sol todavía alto.

—¡Tu abuela es la mejor! No hay nadie como ella contando historias —declaró mi amiga muerta de la risa.

—Desde luego —confirmé—. Tiene el auténtico espíritu de los cuentacuentos.

—Me pregunto si de verdad se cree que seguimos siendo vírgenes —comentó echando un vistazo hacia atrás.

Dos de mis primos pequeños se habían sentado a los pies de mi abuela y hablaban con ella. Era la madre de mi madre. La única abuela, de mis cuatro abuelos, que todavía estaba con nosotros.

—No lo sé —respondí observando a uno de los niños de mi vecino, que pasaba corriendo por delante de nosotras—. Es posible. Aunque, en mi caso, no andaba tan mal encaminada.

Harper enlazó su brazo con el mío.

—Bueno, yo me alegro de que hayas probado la carne. Si no lo hubieras hecho, quizás, al final, te habrías casado con alguien que resultara ser un mal amante y eso le partiría el corazón a tu abuela. ¿No crees?

Sonreí con cierta ironía.

—No es que ahora piense ponerme a hacer un casting .

—No me refiero a eso —replicó Harper dándome un suave toque en el brazo—. Pero tampoco hay que tomárselo todo tan en serio.

Giré la cabeza hacia mi amiga.

—No era tomarme algo en serio o no —contesté—. Había decidido esperar por convicción, porque creía que era importante.

Harper asintió. No quería herirme, aunque en ese aspecto, ella nunca había pensado como yo.

—Y lo ha sido. Ha sido algo importante: te has entregado enamorada, no todo el mundo puede decir lo mismo —argumentó para que eso no me pesara—. No tienes que arrepentirte, aunque no haya salido bien.

La miré muy seria.

—Ahí está el tema: no me arrepiento de nada, en absoluto —aseguré.

—Entonces, respira hondo, Elizabeth, porque esto también pasará…

—replicó Harper enlazando su brazo con el mío con más firmeza—.

O puedes hacer otra cosa: volver a Nueva York y decirle a tu chico que enfrente las cosas como son.

Él te ama, lo que pasa es que la idílica burbuja en la que estabais viviendo le estalló en la cara.

Que afronte lo que siente y que se olvide de los prejuicios.

¿Qué más da que sea tu jefe? ¿O lo que opinen los demás?

¿Os habéis enamorado en la oficina? Bueno, no seréis ni los primeros ni los últimos.

Tu chico , había dicho Harper.

Sí, Álvaro era mi chico : el chico de Manhattan.

Respiré hondo y no dije nada. Quizás porque sentía que había mucho peso en lo que había dicho Harper. Podía recordar la verdad en cada uno de los momentos que había vivido con Álvaro. Aquello había sido real, más real que ninguna otra cosa.

Mi pecho se aligeró.

Esa noche vi los fuegos artificiales rodeada de mi familia y vecinos, de amigos de toda la vida. Sabiendo que allí, en Alabama, estaban mis raíces, pero con la certeza de que mi corazón estaba en otro lugar. Sin saber si Álvaro sería capaz de verlo por sí mismo o si tendría que ir yo a por él.