Capítulo 42 Mis pies enraizados #2
En ese momento comprendí que, más que gustarle Elizabeth, estaba medio enamorado de ella. Tanto como para enfrentar a su jefe. A la persona de la que dependía su despido.
Nos quedamos en silencio observando como Zac desaparecía al doblar la esquina.
Me pasé las manos por la cara; la cabeza me iba a mil por hora, me ardía el pecho, ¿por qué había tenido que reaccionar así?
—No tenías que haber hecho eso —murmuró Elizabeth, triste—. Ha sido una imprudencia.
—No, es cierto —admití—. No debí actuar así.
Me rasqué la mandíbula. De repente el mundo había cambiado de ritmo. Miré a mi alrededor: seguíamos en Nueva York, a unos pasos de State Street, saliendo de Battery Park, donde unos minutos antes estaba paseando con Elizabeth… Y, sin embargo, todo había cambiado.
Apenas un momento antes la había abrazado y habíamos mantenido una ligera conversación sobre un tema complejo y profundo, poniéndole humor a nuestros diferentes puntos de vista, como haría cualquier pareja.
Por fin era viernes, después de toda la presión de la semana, tenía un respiro…
Y, de repente, el mundo se había partido en dos.
Ella estaba en un lado, yo, en el otro, y entre nosotros había un abismo inmenso.
Me sentí helado. El océano Atlántico, que besaba los pies de Nueva York, se había convertido en hielo y así lo noté en mi corazón.
Elizabeth me miró y en el azul cielo de su mirada no había nada de la escarcha que reflejaban mis ojos.
—¿Qué ocurre? —preguntó y el tono de su voz era muy serio.
—Esto no debería haber ocurrido —declaré con voz fría, y me sentí muy lejos de ella.
Elizabeth me miró por un momento.
—¿Te refieres al hecho de que Zac nos haya visto juntos o a lo que ha pasado entre nosotros?
Apreté la mandíbula y no contesté.
—Te he hecho una pregunta —insistió.
—A las dos cosas, seguramente.
Me quedé en silencio. La tarde parecía más fría.
—¿Seguramente? —me preguntó herida—. Hace unos minutos no te importaba pasear conmigo.
—Hace unos minutos no nos había explotado la realidad en la cara —declaré sin adornos.
—¿Y cuál es esa realidad? —tragó herida.
La miré. El hielo estaba en mi corazón, pero también todo lo que habíamos vivido.
—No lo sé.
Ni un sí ni un no. La indeterminación que le rompió el corazón a Elizabeth. La había conocido unos meses atrás con el corazón roto y ahora era yo el que se lo rompía. Me odié en ese instante por ello.
—¿Qué quieres decir con que no lo sabes? —Meneé la cabeza—. Yo no te he pedido nada —declaró con la voz firme, pero un poco quebrada.
—¡Ya lo sé! —respondí más brusco de lo que pretendía.
Nos quedamos en silencio. Elizabeth se abrazó a sí misma y yo no la abracé.
—¿Quieres dejarlo aquí? —me preguntó mirándome a los ojos—. ¿Es eso? ¿Nos ve alguien del trabajo y todo lo que ha pasado entre nosotros ya no significa nada?
Sentí la soga al cuello.
—Beth…
—¡No me llames Beth! —me dijo molesta—. ¡Ahora ya no podría soportarlo! Llevas llamándome Elizabeth desde el día que nos conocimos. Antes no me gustaba y ahora ya no puedo soportar que me llames de otra manera.
La entendí.
En ese mismo instante deseé alargar mis manos y cogerla. Pegarla a mi pecho y abrazarla, pero no lo hice y dejé que el hielo ganara rápidamente terreno.
El abismo era cada vez más grande.
—Esto ha sido un golpe de realidad —declaré poniendo los hechos sobre la mesa.
—No estás hablando en serio.
Me obligué a ser sensato.
—No hemos pensado bien en lo que estábamos haciendo.
Elizabeth se rio con cierta amargura.
—No, supongo que tanto sexo nubla la cabeza —replicó con la única intención de herirme—. ¿No estabas pensando en lo que hacías cuando nos acostamos? ¿En ninguna de las decenas de veces que lo hemos hecho?
—Elizabeth…, soy tu jefe —subrayé—. En la oficina van a hablar.
Será un escándalo. Te llevo doce años y eso solo aumentará la sensación de que estoy en un plano de superioridad respecto a ti, como si no fuera suficiente el hecho de que trabajes para mí.
Y, al margen de todo eso, eres la hija de uno de mis inversores…
Piensa en la imagen que esto puede dar al exterior.
Movió la cabeza en sentido negativo. Habíamos dejado que todo aquello llegara demasiado lejos.
—No me lo puedo creer… —murmuró y la decepción barrió su rostro.
Pensé que rompería a llorar. A mí me ardían el pecho, la cabeza, las entrañas, pero me sentía incapaz de desdecirme. Jamás había tenido que enfrentarme a una ruptura y a aquello tampoco le habíamos puesto nombre. Me endurecí, que era algo con lo que sí sabía manejarme.
—No es el fin del mundo —expuse como colofón y, en cuanto lo dije, me sentí un miserable—. Hace unos meses has superado una situación mucho peor.
Elizabeth levantó la mirada y me miró como si no me conociera. Los ojos le brillaban, pero no lloró.
—¿En serio? ¿Has dicho eso?
—Yo…
Dio un paso atrás.
—Elizabeth, solo digo que las cosas son como son. —Recordé el hecho de que ella estaba a punto de irse a Alabama por las vacaciones. La distancia nos ayudaría—. Tómate este tiempo de vacaciones para ti.
—¡No digas nada más, por favor! —me pidió hablando con dureza, y sentí que podría haberme dado una bofetada en ese mismo momento—. No digas una sola palabra más.
Elizabeth se dio la vuelta y se marchó.
Vi como el tráfico, los edificios y el mundo bullendo más allá de Battery Park la engullían, mientras yo me quedaba allí, inmóvil, exactamente donde estaba. Donde había estado tantos años. Como una estatua con los pies enraizados al suelo.