Capítulo 42 Mis pies enraizados
Mis pies enraizados
Álvaro
Las siguientes dos semanas fueron las más locas de toda mi vida.
Durante el día vivía en un infierno de reuniones imposibles: encuentros con abogados y con los directores de los principales bancos que sostenían el sistema financiero del holding , así como videoconferencias con Dubái para tratar de atajar el problema de la inmovilización de aquellos activos.
Jornadas maratonianas: trajes, corbatas, reuniones, gráficos, propuestas, alternativas… ¡Aquello era el mismísimo infierno!
Por las noches acariciaba el cielo y era un lugar que no había conocido nunca antes.
El cielo en mi cama y en la de Elizabeth, lamiendo cada pedazo de su piel, viendo cómo se deshacía en mis manos.
Noches imposibles haciéndole el amor contra el ventanal de cristal del salón de mi piso en Manhattan, aguantando cómo se reía de mis sábanas negras y persiguiendo la curva de sus sonrisas.
No sé en qué momento fuimos de la mano a comprar sábanas de algodón blanco.
Hicimos la cama con aquellas sábanas impolutas y después la deshicimos.
No paré hasta que ella gritó mi nombre, una y otra vez, y ni aun así me sentía saciado…
Elizabeth estaba en todas partes. Necesitaba sus sonrisas, su calma, su ternura…
Estar entre sus piernas se había convertido en mi credo.
Ella cocinaba para mí y mi casa olía a asados y a bizcochos. La perseguía corriendo por el salón y la cocina, hasta que la atrapaba. La desnudaba y le hacía el amor en el suelo del salón, sobre la alfombra, en la cama, contra la pared de la ducha, sobre la mesa del comedor…
Me sentía enfermo, nunca jamás había necesitado a nadie como la necesitaba a ella… Me empaché de todo aquello que me daba. La sumergí conmigo en un mundo de lujuria y carne. Dormíamos tres, cuatro horas antes de tener que enfrentarme a un trabajo imposible en la oficina.
Me aprendí cada centímetro de su piel y de su apartamento en Manhattan. Me acostumbré a comprarle rosas blancas, a recorrer su cuerpo con los pétalos, al sonido de su voz ahogada cuando no podía más…
Entendí que aquello que sentíamos era lo que había asegurado la supervivencia del ser humano y, ni aun así, me atreví a ponerle nombre.
Me despertaba en su cama, con ella pegada a mis costillas, o en mi cama, solo con el sonido del agua en la ducha y su voz cantando. Mi casa olía a café recién hecho por las mañanas. Aquello era el cielo en el que me refugiaba antes de meterme en el infierno.
Ignoraba todos los mensajes de mujeres que llegaban a mi móvil como un goteo. Mujeres con las que había compartido cama, obviamente. No me interesaba ni una sola de todas ellas, solo Elizabeth.
No sé en qué momento me encontré recorriendo las calles de Manhattan, que me conocía a la perfección, con Elizabeth de la mano o entrando en librerías para comprar clásicos de poesía.
Nos sentábamos en el césped de Central Park, ella me leía a Byron mientras me acariciaba con cierta candencia el cabello.
Sentía que aquello tenía que ser un sueño, algo imposible.
Un viernes por la tarde, después de salir del infierno en que se había convertido la oficina, la acompañe a Trinity Church, en Wall Street.
La dejé allí y bajé caminando hasta Battery Park.
Esperé tomándome un café y dando un paseo.
No había cambiado tanto como para poner mis pies en una iglesia y no arder.
Caminé por Battery Park, observando la bahía de Nueva York, con la cabeza abarrotada de problemas y el corazón lleno de Elizabeth.
No me atrevía a ponerle nombre a aquello.
Ella no me había pedido nada, pero tenerla en mi cama y en mi vida se había convertido en una necesidad casi animal.
No podía pensar en nada más, porque yo jamás había pensado en el futuro con una mujer y no sabía si podía o quería hacerlo.
Las aguas de la bahía de Nueva York se mecían mientras observaba, a lo lejos, la Estatua de la Libertad. Entonces volví la mirada y me encontré con Elizabeth caminando hacia mí, ya había terminado el oficio religioso.
Estaba preciosa. Llevaba un vestido veraniego que dejaba al descubierto sus piernas, que eran, claramente, mi debilidad. Siempre me había fijado en las piernas de las mujeres, pero lo que me provocaban las suyas rozaba la obsesión.
—¿Qué tal ha ido el servicio? —pregunté por cortesía.
Hacía calor, pero el ambiente en Nueva York era agradable a esas horas del final de la tarde.
Elizabeth se acercó hasta mí.
—Podrías haber venido —dejó caer.
—No, gracias. Prefiero arder en el infierno —respondí ensanchando una sonrisa.
Replicó mi sonrisa, pero la suya tenía algo genuinamente dulce. Aun cuando era descarada y divertida, no perdía aquella esencia.
—Bueno, mal no te iba a hacer —expuso—. A mí me resulta un momento de paz y de reflexión. Tal vez te ayudaría con tanto estrés.
Le acaricié el cabello y pasé un mechón detrás de su oreja.
—No creo. Soy ateo —sentencié—. Lo más probable es que según fuera escuchando la retahíla religiosa, en vez de generarme paz, me enervara.
Se encogió de hombros.
—Torres más altas han caído —me advirtió alzando ligeramente las cejas.
Bajé los dedos por su cuello hasta la pequeña cruz de oro y la retuve unos segundos entre mis manos—.
Incluso grandes voces de la ciencia han terminado planteándose la existencia de algo superior.
Porque llega un punto en el que la ciencia no puede dar todas las respuestas.
Y eso, por sí solo, ya deja abierta esa posibilidad, ¿no crees?
—Eso simplemente demuestra lo limitado de nuestro conocimiento —respondí dejando la cruz sobre su piel—. No la existencia de una deidad superior.
—Bueno, no tiene que ser una deidad —aclaró—. Puede ser un plano diferente. Algo superior que no podamos explicar.
—¿Eso es lo que dicen en tu iglesia? —pregunté alzando una ceja.
Elizabeth torció ligeramente la cabeza de una forma adorable.
—Bueno, yo no creo literalmente. Lo hago a mi manera.
—¿Y por qué vas a los servicios?
—Porque es una cuestión de fe, pero también de tradición. —Se encogió de hombros—. Porque me gusta, me siento en paz. Siento que estoy en un lugar sagrado, aunque no me crea todo al pie de la letra ni participe en todo con los ojos vendados.
En paz me sentía yo dentro de ella. Ella podría ser mi religión.
Estiré una mano y la tomé por la cintura para acercarla a mi cuerpo. Me daba exactamente igual en lo que creyera que había después de la muerte, pero me reconciliaba un poco con mi ateísmo el que no siguiera un dogma férreo, sino que fuera espiritual a su manera.
—Se me ocurren formas mejores para relajarte. —Amplié mi sonrisa—. Si quieres, puedo ponerlas en práctica.
Se rio con una risa espontánea, llena de libertad y luz.
—Esas cosas no me relajan, de hecho, me tensan —contravino.
—Bueno, eso ocurre justo antes de relajarte…
Deslicé mis dedos por su mandíbula y la besé hundiendo mis dedos en su cabello.
Elizabeth respondió abrazándose a mí para devolverme el beso. Fue un beso profundo, de esos en los que sientes el cuerpo entero, pero no podíamos olvidar que estábamos en un lugar público.
Rompimos el beso y comenzamos a caminar. Había echado mi mano por encima de los hombros de Elizabeth y la mantenía pegada a mi cuerpo mientras paseábamos.
Hablábamos de algo trivial. Alguna cuestión sobre un espectáculo nuevo que estaban poniendo en Broadway y del que me habían hablado muy bien.
Elizabeth sonreía mientras me escuchaba.
Justo en aquel momento, en el que estábamos a punto de salir de Battery Park, nos encontramos de frente con Zac Smith.
Zac era mi empleado y compañero de departamento de Elizabeth.
Y no solo eso, sino que, en el tiempo que ella llevaba allí, se había convertido en uno de sus grandes apoyos, dentro y fuera de la oficina.
El rubio se había comportado como un buen amigo desde que ella se había instalado en Nueva York.
En mi opinión, habrían sido mucho más si Elizabeth hubiera captado las señales y los deseos tácitos de Zac Smith.
—¡Zac! —exclamó sorprendida Elizabeth.
Zac nos miró con el rostro blanco.
—¿¡En serio!? —murmuró.
No me gustó nada el tono de aquel comentario y, aunque me desagradaba la idea de que nos hubiéramos encontrado con alguien del trabajo, no solté a Elizabeth.
—¿Esto es lo que has estado haciendo estos días que estabas tan ocupada? —preguntó con un tono impertinente—. ¿¡Méritos con el jefe!?
Había sido un golpe bajo.
—Yo no he hecho ningún mérito con el jefe —se defendió Elizabeth.
La solté, solo porque el agarre era incómodo en aquel contexto, y no quería que ella se sintiera así.
—Zac, ten cuidado con las siguientes frases que vayas a decir —le advertí.
—¿De verdad me estás amenazando? —preguntó—. ¿Por qué? ¿Tengo que tener cuidado por si me despides? —Nos miró furioso—. Eso es un poco mezquino.
—Mezquino es lo que estás haciendo tú —afirmé y mi voz sonó helada.
Zac estaba completamente fuera de sí mismo.
—Si hubiera querido ser mezquino, habría preguntado: ¿te estás tirando al jefe para trepar en la oficina? —añadió mirando directamente a Elizabeth.
Ella se puso lívida.
—¡Las cosas no son así y no tengo que darte explicaciones de nada! —replicó herida.
—Una chica sureña, de valores tradicionales… —murmuró. Fue casi como si le dijera «prostituta» a la cara.
Agarré a Zac de la camisa.
—Es mejor que no digas ni una sola palabra más, Zac —le advertí.
—¡Álvaro! —me llamó Elizabeth, asustada—. Para. No hagas nada de lo que vayas a arrepentirte. No merece la pena.
Noté la tristeza en su voz.
—¡Hazlo, por favor! —me retó Zac, le podía la rabia—. Quiero vez cómo acaba esto…
Quería destrozarlo, partirle la cara, pero aquello no tenía ningún sentido.
Lo solté.
—¡Lárgate de mi vista! —bramé.
—Por supuesto que me marcho. Ya he visto suficiente —fue lo único que dijo, y en esta ocasión su voz sonó más triste que otra cosa.