Epílogo Trinity Church
Epílogo
Trinity Church
Beth
Cogí mi ramo de rosas blancas y me miré mi dedo sin alianza, me sentía extraña.
—No mires así tu mano, lo raro es que la hubierais llevado puesta todo este tiempo. Si vais a hacer las cosas de forma tradicional, el momento de ponerse las alianzas es hoy, en el altar —expuso mi madre.
Negué con la cabeza.
—Llevo cuatro meses con la alianza en la mano. Se me hace raro no llevarla.
—Bueno, en nada te la vuelve a poner —resolvió con una sonrisa.
—Sí, es cierto —concluí mirando la hora—. Tenemos que salir o llegaremos tarde.
—Bueno, la novia siempre puede llegar un poco tarde.
Estábamos en mi apartamento de Nueva York, que todavía mantenía, pero donde apenas pasaba tiempo, ya que me había instalado definitivamente con Álvaro en su piso desde que él había ido a por mí a Alabama.
Habíamos tirado todas sus sábanas negras y las de color burdeos.
Ahora solo habría sábanas de algodón blanco.
Había puesto plantas y algunos detalles decorativos, equilibrando el espacio de líneas modernas con un poco de mi corazón sureño.
Aunque algún día tendríamos que comprar una casa, con jardín, para poder construir en ella una familia.
No me imaginaba sin un sitio en el que los niños pudieran correr.
Nos casaríamos en Trinity Church y después iríamos a comer.
Sería una boda sencilla, con pocos invitados.
Nadie del mundo de los negocios, ni apenas nadie de mi inmensa familia.
Tan solo mi madre y mi abuela. Por parte de Álvaro estaban sus hermanas, Filip y el bebé, al que Beca había llamado Bernard, como su bisabuelo paterno.
Un nombre clásico en Francia que significaba «fuerte como un oso».
El pequeño oso de Beca. Ese que ahora había centrado el mundo de Beca y Filip.
Además, un par de buenos amigos, Harper y Logan.
Esperaba que nuestros amigos pudieran contenerse hasta la sobremesa para volver a liarse y, en la medida de lo posible, que lo hicieran en privado.
Me constaba el coqueteo que habían mantenido todo este tiempo, aunque los kilómetros de distancia no les habían ayudado a encontrarse nuevamente.
Ahora tenían la excusa perfecta, y los veía muy capaces de meterse juntos en el cuarto de baño del restaurante al que iríamos a comer.
—¿Cómo estoy? —pregunté.
Mi madre me miró sonriente.
—Preciosa, como no podía ser de otra manera.
Me di la vuelta y me miré en el espejo. Llevaba puesto el traje de chaqueta y falda con el que se había casado mi abuela. Un traje de seda blanco. Sencillo, muy elegante. El cabello recogido en un moño bajo, zapatos blancos de tacón y un ramo elegante pero sencillo.
—Me aprieta un poco la falda.
Mi madre meneó la cabeza.
—Claro, porque ¡teníais tanta prisa! —bufó.
Me reí.
—¡Así seréis abuelos jóvenes! —comenté acariciando mi barriga.
Mi madre me besó en la mejilla y salimos de casa.
Recorrimos las calles de Nueva York, que habían sido testigos de muchos acontecimientos en pocos meses.
¡Habían ocurrido tantas cosas…! Desde que bajé de aquel avión procedente de Alabama y llegué a Manhattan, mi mundo había cambiado radicalmente y me sumergí en el mayor viaje de mi vida.
Recordaba con una sonrisa como Álvaro había aterrizado encima de mí en Central Park, mi chico de Manhattan ; desde ese momento, mi cuerpo no había parado de reclamar el suyo.
Cruzamos las calles de Nueva York camino de Trinity Church. Era seis de noviembre y ya hacía frío, pero era un día precioso y despejado. Mi madre había insistido en que me pusiera un abrigo blanco, pero no lo necesitaba.
Bajamos del coche, que había enviado Álvaro para llevarnos, justo en las puertas de la iglesia. Era una boda pequeña, así que a esa hora tenían que estar dentro todos los invitados, llegábamos apenas unos minutos tarde.
Subí un par de escalones de la iglesia de la mano de mi madre.
—¡Elizabeth! —escuché una voz llamarme a mis espaldas.
Me giré y el corazón me dio un vuelco.
—Papá…
Mi padre, el héroe de mi mundo, mi gigante brillante, estaba en la acera observándome.
—¡Hija, perdóname! —me pidió—. Estaba ciego. Me pudieron el orgullo y la vanidad de creer que yo sabía mejor que tú lo que necesitabas. Siento mucho no haberte respetado, lamento haber retirado mi inversión y haberos dado la espalda.
Mi padre estaba dolido. El frío de noviembre nos envolvió, pero yo llevaba en el vientre a su nieto, no podía guardar rencor.
Sí, sabía que se había equivocado. En vista de mi decisión de seguir adelante con la boda, había retirado su inversión del holding de Álvaro, unos veinte millones de dólares.
El holding pasó por una etapa tumultuosa y, finalmente, en agosto colapsó.
El desastre de las inversiones en Dubái, la tensión financiera acumulada durante meses y la pérdida de la confianza bancaria acabaron de precipitar la caída.
Días después, mi padre comprendió su error, pero cuando intentó revertir la situación, ya era tarde: la cotización se había hundido.
Los bancos retiraron su apoyo y endurecieron las condiciones hasta asfixiar al grupo.
El resultado fue una pérdida cercana a los quinientos millones de dólares.
Al final, la retirada de mi padre no fue la causa, sino la primera pieza de un efecto dominó que acabó derrumbando BAC USA Real Estate, al menos en la forma en que se había conocido hasta entonces.
Pero la realidad es que Álvaro no se quebró con todo aquello.
Al contrario: lo vivió como una liberación.
Lo asumió con estoicismo. Mi padre había actuado mal, sí, pero Álvaro decidió aprovechar la crisis para dejar atrás una parte de su imperio: reducir el tamaño del holding , hacerlo más manejable, algo que no lo consumiera, que no fuera todo su mundo…
Que le dejara espacio para la vida que estábamos construyendo.
Así que observó cómo su imperio se reducía, cómo cambiaba orgánicamente, cómo ardía todo aquello que había construido y, después…
Después pasamos septiembre en el Caribe, cumpliendo su sueño: haciendo el amor en la playa.
Entre tormentas tropicales, días de sol y humedad, seguidos de jornadas inestables.
Con la arena enredándose en mi pelo y en mi piel, tal y como él había imaginado.
—Está bien, papá —contesté—. Todo está bien.
Mi padre me miró con emoción y, mientras salvaba los escalones que nos separaban, sentí que el pasado quedaba atrás. Él se había arrepentido hacía mucho de todo lo que había ocurrido, pero el orgullo no le había permitido avanzar.
¿Cómo no iba a perdonarlo? Además, sin saberlo, de algún modo, él había liberado a Álvaro.
Llegó hasta mí y me abrazó. Me besó la mejilla y los dos nos emocionamos. Mi madre también estaba emocionada.
—¿Podrás perdonar a tu viejo? —preguntó mientras me sostenía entre sus brazos.
—Te perdoné hace mucho tiempo, papá.
—¿Y Álvaro?
—Álvaro nunca te lo ha tenido en cuenta.
—Pero retiré la inversión en el peor momento…
—No importa, de verdad que no. Álvaro necesitaba liberarse, reducir el tamaño del holding . Lo que pasó tenía que pasar.
Le quité parte del peso a mi padre. Lo que yo había dicho no era mentira, pero lo que había dicho mi padre tampoco.
En todo caso, el pasado ya no podíamos cambiarlo y lo importante éramos nosotros, no el tamaño de la cartera de inmuebles de BAC USA Real Estate.
Lo importante era que él había llegado hasta allí, en aquel momento, para acompañarme, y que yo llevaba a su nieto en mi vientre.
No quería más distanciamiento con el hombre que había sido un bastión inmenso en mi vida.
Era mi padre y había cometido sus errores, porque, a pesar de que yo lo veía con capa, él no era perfecto. Ninguno lo éramos.
—¿Quieres llevarme al altar, papá? —pregunté esbozando una sonrisa.
Mi padre me besó en la frente, con cuidado de no deshacerme el recogido.
—Sería un honor, Beth —declaró con seguridad.
Mi madre se emocionó y le dio un ligero beso en los labios a mi padre: el verdadero amor, el que sabe perdonar. Un amor sólido, que sobrevivía a todo lo que una vida te pone en el camino.
Sonreí y me sentí feliz.
Mi padre trató de recomponer su compostura.
—Bueno, vamos a entrar, no quiero que mi nieto sienta frío —comentó—. Además, parece que hay un hombre verdaderamente digno de mi hija, y no quiero hacerle esperar más.
Álvaro
La iglesia estaba preciosa. Era ateo, así que el casarnos por la iglesia era por Elizabeth.
Por mí, habríamos ido a firmar al ayuntamiento, pero quería que ella tuviera su día.
Quería que tuviera todo lo que siempre había soñado.
No me había imaginado nunca esperando a alguien en el altar, pero allí estaba, esperándola a ella.
Candela estaba a mi lado. Me parecía algo increíble. Sabía que todavía quedaban cosas por resolver entre Candela y yo, y siempre habría algo tan doloroso como la pérdida de nuestros padres que nos uniría a Beca, a Candela y a mí. Pero Candela había venido y estaba a mi lado.
Conocía a mi hermana lo suficiente como para saber que necesitaba recorrer su propio camino, encontrar la forma de dejar atrás aquella coraza, tal y como yo lo había hecho: había quebrado la mía para que las flores pudieran colarse por las grietas.
Había visto cómo había ardido mi mundo hasta las cenizas, cómo mi imperio había colapsado. Ahora mis dominios eran menores. El holding que un día había sido el mayor de Estados Unidos ahora mismo estaba en un discreto quinto puesto. Pero no me importaba; en el fondo, había sido liberador.
Ahora comprendía que el único inmueble que en realidad me interesaba era aquel en el que Elizabeth reinara.
A mi lado, Candela me miró. Estaba seria, pero tenía cierta emoción contenida, y eso en alguien como ella era inaudito.
Lo normal hubiera sido pedirle a Beca que me acompañara al altar.
Beca siempre había sido mi apoyo desde que éramos adultos, la persona con la que todo era más sencillo, mi familia, la mano con la que contar…
Y Candela, bueno, Candela era Candela. Pero algo dentro de mí me había dicho que tenía que acompañarme ella.
Quizás porque de pequeños habíamos sido inseparables, o porque la había perdido un poco al crecer, pero, en una pulsión que había salido directamente de mis entrañas, la había llamado y se lo había pedido.
El resultado era que estaba a mi lado en el día más importante de mi vida.
—Estás perfecto —murmuró mientras me pasaba una mano por la solapa del traje.
—Debo de estar bien si alcanzo tus estándares —musité.
Candela me devolvió una mirada cómplice y esbozó casi una sonrisa.
—Me sonríes… —aprecié—. Eso es un milagro.
—Súmalo al hecho de que estás en un altar, esperando por tu futura mujer.
Asentí y compartimos una mirada.
—Ella ya es mi mujer —declaré en voz baja.
Lo sentí de corazón. Allí bendecirían nuestra unión y afianzaríamos delante de todos los votos que ya habíamos compartido, pero ella ya era mi mujer. Lo era a todos los efectos.
Candela y yo sonreímos. Beca nos miró desde un banco cercano.
—En la iglesia no se habla —gesticuló con los labios.
—¿Y qué estás haciendo? —pregunté gesticulando yo también.
Los tres compartimos un momento cómplice, la mirada dulce de Beca me llenó de calor el pecho y el bebé que estaba en los enormes brazos de Filip hizo unos ruiditos. Parecía querer participar del momento feliz.
Entonces, entró la madre de Elizabeth, atravesando las puertas de Trinity Church.
La música comenzó, llenando el espacio.
Miré a mi suegra, pero no estaba de la mano de Elizabeth como yo hubiera esperado.
Entonces la vi, justo detrás, del brazo de su padre. Con la emoción contenida y una sonrisa radiante.
Crucé una mirada con Thomas Harrington. En sus ojos vi todo lo que no hacía falta ni decir.
Estaba arrepentido, no solo de oponerse a nuestra unión, sino de haber retirado su inversión.
Sabía que se había equivocado, lo había intentado revertir al poco tiempo, pero el daño ya estaba hecho.
Sí, se había equivocado, pero a mí no me pesaba; él me había liberado.
Estuve tentado de ir a darle las gracias.
El piano sonaba acompasado con las cuerdas.
Mi suegra se adelantó y ocupó un espacio en primera fila.
Compartí una mirada con Elizabeth. Llevaba un traje de chaqueta blanco de seda que era de su abuela y estaba espectacular.
Caminaba radiante y yo sabía que llevaba en su vientre a nuestro bebé.
Como si el bebé de Beca supiera que se acercaba su primo, hizo unos sonidos que a mí me parecieron una dulce risa.
En aquel momento me sentí dichoso. Podría arder el mundo entero fuera de aquella iglesia, todo lo que necesitaba estaba entre aquellas paredes.
Atravesado por la luz de las inmensas vidrieras de estilo neogótico, que combinaban diferentes colores como el rojo intenso, el azul profundo, el verde o dorado…
La luz de un sol de noviembre que en mi corazón era el más cálido que había conocido nunca.
Cuando llegaron hasta nosotros, declaré con la mayor de las sonrisas:
—Te veo bien acompañada.
El padre de Elizabeth me entregó a su hija y me chocó la mano.
—Álvaro, te entrego lo más valioso que tengo… Espero que algún día puedas perdonarme.
Su voz sonaba emocionada.
—No hay nada que perdonar, Thomas —respondí chocando la mano con él—. Ella es mi prioridad, lo será toda mi vida —añadí cogiendo a Elizabeth de la mano.
El sacerdote preguntó si estábamos listos.
El resto es ya el recuerdo de una ceremonia emotiva, de la mano de la mujer que había llegado a mi mundo para sostenerlo, para no dejar que me quebrara… Ahora ella era mi imperio.
Repetimos los votos que ya habíamos intercambiado unos meses atrás en Alabama, bajo un cielo lleno de estrellas.