El chico de Manhattan Capítulo 40 Allí donde nadie tocó #2
83%

Capítulo 40 Allí donde nadie tocó #2

—Seguramente no, pero tengo fe, quizás me estás alejando del ateísmo.

La cadena con aquella pequeña cruz de oro colgaba sobre mí.

—¿Tú crees?

—Quién sabe…

Elizabeth bajó hasta mis labios sin llegar a tocarlos, mientras yo acariciaba sus costados acercando su cuerpo al mío.

—¿En qué estás pensando? —preguntó justo antes de besarme.

Pensé en si buscaría una respuesta profunda.

—¿Ahora mismo? —pregunté mientras sentía como me endurecía.

—Sí —murmuró.

Podría haberle dado muchas respuestas, porque estaba pensando en demasiadas cosas, pero prefería centrarme en mi mayor pulsión en ese momento.

—No quieres saberlo —repliqué oscureciendo la mirada.

—¿Tan perverso eres? —preguntó deslizando sus manos sobre mi pecho.

—Depende.

Se alejó ligeramente, solo para poder mirarme mejor.

—¿Cómo de perverso puedes llegar a ser? —quiso saber.

—Tanto como la ocasión lo requiera…

Vi las ganas de saber más en su mirada. La curiosidad le podía.

—¿Con cuántas mujeres te has acostado?

Todavía mantenía sus manos sobre mi pecho y estaba sentada sobre sus talones cuando me hizo esa pregunta.

—¿Por qué quieres saber eso? ¿Acaso cambia algo?

—Supongo que, teniendo en cuenta que toda mi experiencia sexual se reduce a una noche contigo, tengo algo de curiosidad por saber cómo de inexperta resulto en comparación.

—No tienes que avergonzarte de nada… y, en cuanto a la noche que hemos pasado juntos…

Fui incapaz de clasificarla. No podría compararla con nada.

—¿Qué?

—Nada. No quiero compararte con nadie.

Me miró valorando mi respuesta.

—¿Con más de cien mujeres? —preguntó volviendo a insistir.

Alargué una mano para cogerle el cuello y acercarla hasta mí. La besé.

Ella se zafó del beso no sin que se le escapara un suspiro.

—¿Más de mil?

Me miró con los ojos entrecerrados. Observé su cabello rubio, la cruz de oro. Era un ángel y yo había estado más bien de paseo por el infierno, para qué vamos a negarlo.

—No creo…

—¿Con algún hombre? —añadió levantando una ceja.

—No —respondí tajante.

—¿Tienes algún límite en la cama al estar con una mujer?

Busqué en sus ojos.

—¿Qué quieres decir?

—Me refiero a lo que haces con tus compañeras de cama —respondió sin poder evitar que las mejillas se le tiñeran.

—El límite es lo que le guste a la otra persona y lo que me guste a mí, y lo que nos apetezca en ese momento —contesté de forma pragmática.

—¿Has estado con más de una mujer a la vez en la cama? —preguntó de repente.

—Sí.

Me miró como si hubiera confesado un pecado imperdonable. Decidí darle lo que quería y cerrar aquel interrogatorio.

Me incorporé ligeramente y me acerqué a su oído.

—Estaba pensando en si llevas algo debajo de ese pantalón y en cómo de mojada estarás cuando te toque —murmuré.

Observé como los labios se le entreabrían por el deseo, los pezones se marcaban contra la tela. Aproveché para besarla y dejarla sin aliento. Bajé una mano sobre su pecho y rocé con mi pulgar por encima de la camiseta. El pezón se endureció más en respuesta.

—¿Sigo o quieres hacerme más preguntas? —pregunté con voz gutural.

Observé como el deseo cubría su rostro mientras pasaba mis nudillos por encima del otro pezón.

—Sigue —jadeó en un suspiro.

Volví a besarla introduciendo mi lengua en su boca. Deslizándome lento, haciendo que toda la piel de su cuerpo se erizara. Estábamos los dos sentados en la cama. Bajé mis manos hasta su cintura para quitarle la camiseta y acto seguido yo mismo me quité la mía.

Elizabeth deslizó sus dedos por mi pecho hacia mis abdominales. Seguía en plena forma física, a pesar de que llevaba dos meses sin apenas poder ir al gimnasio.

Bajó su cabeza para besar mi pecho mientras yo estimulaba sus pechos con densas caricias; quería lamerlos, metérmelos en la boca. Pero había otras cosas, demasiadas que también quería hacerle.

Me separé para verle la cara. Las aletas de la nariz hinchadas, al igual que sus labios enrojecidos.

—Estás preciosa… Ven aquí.

La tumbé girándola hasta dejarla bocabajo sobre la cama.

Elizabeth miró hacia atrás algo asustada.

—Tranquila, solo haremos lo que tú quieras, como tú quieras —susurré—. No haría nada que tú no quisieras. La que manda aquí eres tú.

Jadeó en respuesta mientras yo echaba su melena rubia hacia un lado y me colocaba encima de su cuerpo. Mi miembro endurecido se frotó contra sus nalgas mientras la besaba y sujetaba su cuello.

—¡Elizabeth! —murmuré en su oído mientras colaba una mano para acariciar su ombligo hasta el vértice que unía sus piernas—.

Quiero ver cómo te deshaces… —confesé casi en un susurro mientras la estimulaba por encima del pantalón corto, que estaba empapado entre sus piernas—.

¿Sabes? —murmuré llevando mi mano a su trasero mientras la tela se subía en ambas nalgas—.

Creo que, definitivamente, no llevas nada más…

Gimió y yo le abrí las piernas con una mía.

Presioné contra su cuerpo.

Me sentí ciego y sordo sintiéndola debajo de mí. Mi miembro duro entre sus nalgas, nuestros pijamas interponiéndose. Las ganas de comérmela entera. De ponerla a cuatro patas… De hacerla gritar mi nombre mientras la sujetaba con firmeza, solo mi nombre…

Me estaba volviendo loco.

Metí una mano entre las piernas para quitarle aquel pantaloncito corto. Me deshice del pantalón de mi pijama y me toqué.

—Sigo sin preservativos —confesé en su oído.

—No me importa —declaró subrayando que yo no era el único que estaba loco allí.

Me coloqué detrás de ella, mientras ella confiaba en mí, y me hundí sin remedio.

Elizabeth jadeó contra la almohada.

Me había hundido por completo. Me quedé quieto dentro de ella, quería que me sintiera profundamente.

—¿Demasiado fuerte? —susurré en su oído—. ¿Quieres que vaya más despacio? ¿Más suave?

Elizabeth buscó mis ojos mirando hacia atrás.

—No, no quiero que me trates diferente —respondió con la voz rota.

Lo dijo con cierto orgullo y con mucha necesidad. Ella quería tenerlo todo, todo lo que tantas habían tenido antes. Pero no sabía que lo que me pedía era imposible, porque allí ya había algo diferente y era que mi corazón jamás había estado en juego. No había sido de otra antes que de ella.

Me retiré ligeramente mientras le sujetaba con fuerza la cadera y volví a hundirme con fuerza. No pude evitar abrirle un poco más las piernas, para que ella me sintiera más.

Amortiguó su grito contra la almohada y yo colé mis dedos entre sus nalgas, para estimularla, para tocarla allí donde nadie había tocado antes.

Ciego y sordo, como si una tormenta inmensa llenara mi cabeza, me hundí una y otra vez, deseando correrme dentro de ella.

La sensatez volvió lo justo a mi cabeza para que me acordara de colar una mano entre sus piernas y tocarla, hasta que se rompió en mis manos.

Después salí y terminé sobre su trasero.

La limpié y pegué su pecho al mío, como si necesitara sentir su corazón sobre el mío. Carne sobre piedra. Yo que jamás había necesitado sentir nada.