El chico de Manhattan Capítulo 40 Allí donde nadie tocó
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Capítulo 40 Allí donde nadie tocó

Allí donde nadie tocó

Álvaro

Me quedé dándole vueltas a mi conversación con Beca.

Por mucho que intentara racionalizarlo no alcanzaba a comprender a Candela.

Además, ella era tan hermética… Podría abrirse y hablar con nosotros, ¿no?

Me sentí un cínico mientras pensaba eso mirando al techo de la habitación de la antigua casa de mi abuela en Francia.

Estaba metido en la cama con un brazo detrás de la cabeza.

La temperatura era cálida y tenía entreabierta la ventana.

El sonido del campo se colaba en la estancia, y era algo que me encantaba, a pesar de que el mío fuera el sonido habitual de Manhattan: el tráfico, la ciudad, el estrés...

No tenía nada que ver con aquella noche serena.

Mis pensamientos volvieron a Candela. Fruncí el ceño, ¿cómo podía yo pedirle que se abriera? ¿Acaso yo me abría con ella? La única persona con la que era capaz de hacerlo era con Beca. Candela y yo hacíamos lo mismo: cerrarnos, endurecernos.

¿Por qué motivo necesitaba aquellos castillos si no era por una finalidad financiera?

Candela no era la protagonista de un cuento, era una mujer adulta que debía tomar decisiones inteligentes.

Ella conocía perfectamente el estado de las finanzas de BAC USA Real Estate, la necesidad de liquidez, y ellos, que la tenían en BAC France Real Estate, ¿cómo podían hacer esos movimientos?

Ella era la CEO de la sucursal de París, sí, pero constituíamos un grupo.

Siempre habíamos actuado así. Además, estaba la sucursal de Madrid, BAC Iberia Real Estate.

En la sucursal de Madrid teníamos una presidencia solidaria.

Habíamos funcionado bien durante un tiempo hasta el crecimiento desorbitado de las tres sedes.

Actualmente, al gestor de Madrid lo habíamos promocionado a CEO y el resultado había sido increíble.

Si bien Madrid estaba en plena expansión, no era un momento en el que pudiéramos tirar de ella para cubrir lo que necesitaba Nueva York.

Miré el móvil encima de la mesilla. Quizás debería escribirle a Elizabeth.

No había bajado a cenar con ella, ni la había visto después.

No desde la vuelta de los castillos. Candela se me había metido en la cabeza y mi frustración con ella lo había llenado todo.

Volví la mirada al techo y recordé la noche anterior con Elizabeth.

Ella era…

Recordé sus gemidos y sentí deseos de levantarme y colarme en su habitación, como si apenas fuera un adolescente incapaz de contenerme.

Hundirme en ella y así poder olvidarme de todo lo demás.

Dejar atrás aquel peso inmenso que sentía sobre mis hombros.

Pero la realidad era que yo nunca había actuado así.

Jamás había sentido uno de esos amores que te vuelven loco e irracional.

Para ser sinceros: no había sentido por ninguna mujer nada que pudiera ligeramente acercarse a lo que tenía Beca con Filip o lo que había visto en casa de pequeño entre mi padre y mi madre.

El recuerdo de mis padres juntos todavía me mordía el estómago. Era un dolor tan insoportable que me hacía sentir deseos de aullar.

Todavía recordaba cuando mi madre llegaba a casa después de trabajar con una falda de tubo hasta las rodillas y tacones altos, siempre con pintalabios rojo en los labios.

Ella era un coco. Había levantado el holding inmobiliario de la mano de mi padre, pero el cerebro era ella.

Mi padre solía venir a buscarnos al colegio vestido de traje y corbata.

Perfecto, tal y como si hubiera salido de una revista de moda.

Al llegar a casa se quitaba la chaqueta y la corbata, se remangaba y se sentaba con nosotros mientras hacíamos los deberes y nos preparaba las meriendas.

Había una señora trabajando en casa, pero, salvo alguna reunión ineludible o alguna llamada de trabajo, mi padre era el que estaba con nosotros por las tardes.

Terminábamos los deberes mientras mi padre recogía la merienda y se hacía un café.

Sobre las siete de la tarde llegaba mi madre a casa.

Recuerdo el sonido de sus tacones altos, el pintalabios rojo en los labios, el cabello negro, ondulado, por encima de los hombros, los ojos azules agrisados, iguales que los míos, que los de Beca, que los de Candela, las piernas largas…

Era tan hermosa. Mi padre la miraba, siempre la miraba, fijándose en sus piernas.

Mi madre le devolvía una mirada tierna y algo cansada, pero siempre con una semilla de aquel fuego.

Un fuego que yo nunca había sentido y que siempre había anhelado.

La casa olía a café. Mi padre observaba como mi madre caminaba hacia él y ella siempre decía: ¿Has preparado uno para mí?

Nosotros nos abalanzábamos sobre mi madre antes de que pudiera llegar hasta mi padre.

Pero él siempre se las arreglaba para acercarla hasta él, a pesar de nuestros abrazos, las historias del colegio, de Beca colgada de sus piernas cuando era tan solo una enana de dos años…

Él siempre conseguía llegar hasta ella y besarla.

Un beso que se llevaba algo de aquel carmín y que para mí era una marca indeleble en mis recuerdos.

Entonces, mi padre bailaba con ella, siempre pegando mucho su cuerpo al de mi madre.

Ello a pesar de que Candela y yo nos colgábamos de sus brazos y piernas y de que Beca la llamaba sin descanso, sentada en el suelo.

Después, mi padre nos cargaba a los tres en sus brazos y danzaba con nosotros mientras mi madre reía a carcajadas.

Aquellas risas…

Me dolían el pecho y el estómago al recordarlas.

La risa de Candela siempre a mi lado.

Años después vino el accidente en avioneta. El luto, tres huérfanos que nos quedamos sin padres y tuvimos que sobrevivir con el inmenso amor de mis abuelos. Los cuatro abuelos sobrevivieron al fallecimiento de mis padres. Pero después, poco a poco, los fuimos perdiendo a todos.

Tres huérfanos hasta el día de hoy que habíamos tenido que lidiar, como cada uno había podido, con aquella orfandad.

Me pasé la otra mano por el pecho, sobre el algodón suave de mi camiseta.

Volví a pensar en Elizabeth. Supongo que era inevitable, sabiendo que estaba allí.

Bajo aquel mismo techo. Aunque aquella casa era inmensa, ella estaba a tres puertas, en la misma planta que yo.

Mientras, mi hermana y Filip tenían su habitación en una planta por encima de la nuestra, en la otra punta de la casa.

Podría ir a su habitación y meterme en su cama, hacerla gritar mi nombre, y no nos escucharía nadie.

Elizabeth… Tan auténtica, tan llena de pasión en cada centímetro de su menudo cuerpo. Ella que no había tenido miedo de mirarme a los ojos y de ver detrás de la piedra.

Toc, toc.

Llamaron a la puerta.

—¿Sí? —pregunté incorporándome sobre un brazo.

La puerta se abrió con cuidado. Elizabeth se asomó.

—¿Puedo pasar?

Esbocé una sonrisa.

—Puedes —respondí feliz de que mis deseos tuvieran la capacidad de materializarse.

Elizabeth entró y cerró la puerta.

Me quedé en la cama expectante, solo para ver qué hacía.

Ella me miró con cierto nerviosismo, pero manteniendo la barbilla erguida. Esa era mi chica… Mi chica . No quise ni tan siquiera reflexionar sobre ello. Sentí deseos de devorarla. Así, sin ninguna floritura.

—No has bajado a cenar —comentó caminando hacia la cama.

Llevaba un pijama corto de verano con una camiseta blanca.

El pantalón corto tenía un ligero estampado de flores azules muy diminutas y dejaba a la vista sus largas y esbeltas piernas.

La camiseta tenía un escote redondo con unos botones pequeños cerrados sobre el pecho.

Estaba claro que no llevaba sujetador. Me enervé al fijarme que no solo se marcaban sus pezones, se transparentaban ligeramente.

Valoré el tiempo que me llevaría desabrochar uno a uno aquellos botones.

Permanecí dentro de la cama, apoyado sobre un brazo, estudiando las posibilidades antes de hablar.

—No tenía hambre.

—Es muy feo eso de dejar a tu compañera de viaje sola cenando con tu hermana embarazada y su marido —me recriminó.

—Cierto, eso mismo me dijo Beca en el jardín. Salí después a dar un paseo. —Hice una pausa—. Por cierto, Filip y Beca no están casados.

—Y aun así no podría ser un mejor marido para ella. Se porta como tal —añadió.

Asentí mientras observaba sus piernas y su pantalón de pijama imposiblemente corto.

—Eso es cierto.

—Filip no la habría dejado sola —me picó molesta.

—Eso también es cierto, pero Filip es un caballero —apunté con calma.

—¿Y tú? ¿Acaso te identificas más con el villano del cuento? —preguntó llegando hasta la cama y entrecerrando los ojos.

Estaba adorable.

—En ocasiones…

Se quedó de pie al lado de la cama.

—Creo que debería hacerte cumplir una penitencia —apuntó.

Pensé en más de una que me gustaría cumplir. La cruz dorada en la cadena que colgaba de su cuello brilló bajo la luz tenue de la lámpara.

—Quizás la merezca.

Me miró con aquel cielo azul que llevaba en los ojos, que chocaba con el gris tormentoso de los míos. Deseaba sumergirme en aquel azul. Olvidarme de todo dentro de ella.

Cruzó los brazos sobre el pecho. La tela se tensó.

Ella quería meterse en mi cama, pero no era una chica acostumbrada a jugar a aquellos tira y afloja.

Era una chica que se había cuidado mucho, que no pasaba por las cosas de forma superficial y, aun así…

Deseé desaparecer dentro de ella y no pensar demasiado en qué haríamos después.

—No sé cuál sería un castigo apropiado —indicó todavía algo molesta.

Sonreí ligeramente. A pesar de la ternura, no podía dejar de pensar en todo lo que me gustaría hacerle.

—Bueno… Ven aquí y lo valoramos… —propuse apartando la sábana para que Elizabeth entrara en la cama.

Apoyó una rodilla sobre la cama mientras la otra pierna todavía seguía fuera.

—¿Crees que lo mereces? —preguntó colocando sus manos sobre mi pecho.

Acaricié su cintura al tiempo que subía la segunda pierna a la cama.