El chico de Manhattan Capítulo 39 Un pretendiente inapropiado
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Capítulo 39 Un pretendiente inapropiado

Un pretendiente inapropiado

Beth

—Hola, papá —respondí cogiendo el teléfono—. Pasan ya de las once y media de la noche aquí. ¿No es muy temprano en Alabama?

—Sí, son las cinco y cuarenta de la mañana.

Llevo despierto desde las cinco y quería saludarte —explicó—.

He intentado ver si estabas despierta. Te llamé un par de veces ayer, pero no conseguí hablar contigo.

De hecho, te llamé nada más despertarme para ver si lograba hablar contigo antes de que te acostaras.

Me llevé la mano a la cara; mi padre tenía razón. Había visto en el móvil un par de llamadas suyas el día anterior, pero no le había devuelto la llamada, y ahora ni me había fijado en que había vuelto a llamar.

—Perdona, papá. Ayer vi tus llamadas, pero con el cambio horario nunca me parecía un buen momento. Después me despisté. —Hice una pausa—. Ahora estaba en la ducha y antes había bajado a cenar, así que tampoco he estado muy atenta al móvil. Perdona, no quería preocuparos.

—Bueno, no te preocupes. Está claro que tu viejo es un pesado —comentó quitándole importancia—. ¿Has salido con Susan a cenar a algún bonito restaurante de París?

—No, no. Ya no estoy en París. —En ese momento pensé en que había cambiado mis planes, al otro lado del charco, y ni se lo había comentado a mi familia.

Conocían el viaje con Susan y Álvaro a París, pero no les había especificado ni cuándo regresaría ni el cambio de itinerario—.

Estoy en un pueblo francés: Belvès. Está en el suroeste de Francia.

Es un pueblo muy medieval, de cuento. Te encantaría, papá.

—Estupendo, pero ¿qué haces ahí? —preguntó mi padre desconcertado—. Pensé que me habías dicho que estaríais en París. Algo me explicaste de ir a fotografiar unos castillos, pero siempre asumí que dormiríais en París.

—Sí, ese era el plan inicial —expliqué—.

Pero Álvaro tuvo un accidente en uno de los castillos que visitamos.

El suelo se desplomó y cayó por él. No fue una gran caída, pero sí que tenía que mantenerse vigilante durante un par de días, no fuera a ser que tuviese algún mareo o surgiera algún otro síntoma.

—Mi padre escuchaba al otro lado de la línea telefónica en silencio—.

El plan era que Susan y yo regresáramos el viernes.

Álvaro, por su parte, se quedaría para pasar el fin de semana en la casa de su hermana en Belvès, vive aquí.

Es la que cultiva fresas, creo que te lo había comentado.

Bueno, pues como Álvaro tenía que conducir hasta aquí varias horas, no me pareció prudente dejarlo solo después del accidente, así que lo he acompañado.

De repente me sentí ridícula. ¿Por qué tenía que darle tantas explicaciones a mi padre? Tenía veinticuatro años y era una mujer adulta e independiente. Me pregunté si no habría mantenido demasiado tiempo el cordón umbilical intacto.

—¿Estás con tu jefe en ese pueblo francés sin Susan? ¿En casa de su hermana?

Noté en el tono de mi padre algo que no me gustó.

—Sí. Es una casa inmensa en una plantación de fresas —repliqué sin poder evitar que se me notara que no me había gustado cómo lo había dicho.

—No entiendo nada —declaró mi padre con aquel tono que tanto me había molestado.

—¿Qué no entiendes?

—¿Qué haces ahí, Elizabeth?

Me chocó escucharlo llamarme por mi nombre completo.

—Te lo acabo de explicar —dije a la defensiva, negándome a tener que volver a exponer mis motivos.

—Si era necesario que alguien se quedara con Álvaro, que me parece que es bastante mayor como para cuidarse a sí mismo, creo que debería haber sido Susan. Tengo entendido que llevan trabajando juntos muchos años.

Me molestó que me hablara así. De repente me sentí como si tuviera doce años.

—Bueno, pues me quise quedar yo —repliqué abiertamente, porque no pensaba ocultar que así había sido.

—¿Por qué?

Su voz sonó cortante. El hielo podía palparse al otro lado de la línea telefónica.

—Porque quería quedarme yo —insistí—. No quería dejarlo solo.

No me atreví a decir todo lo que mi cuerpo me pedía: que no podía en modo alguno dejarlo solo; que, en realidad, me costaba incluso mantenerme alejada de él.

—Beth —dijo mi padre, volviendo a llamarme como solía hacerlo, como todo el mundo lo hacía, menos Álvaro—. No le des confianzas a tu jefe. Mantén la distancia.

—¿A dónde quieres llegar, papá?

Me sentí ofendida, por lo que decía entre líneas y por cómo me estaba tratando, como si fuera una niña a la que había que explicarle cómo proceder.

—Conozco la fama de Álvaro con las mujeres. Sé que no se le ocurriría tocarte, pero no le des señales contradictorias —expuso sin paños calientes.

Me costó tragar.

—Soy adulta —declaré.

—Lo sé.

El tono de mi padre era serio. Sentía el reproche todavía en el aire. Era prácticamente tangible.

—No tienes que preocuparte por mí —añadí tratando de zanjar el asunto.

Toqué la cruz colgada de mi cadena. Recordé a mi abuela, trenzándome el cabello, hablándome de la importancia de los valores familiares, de las tradiciones.

Las ideas con las que había comulgado toda mi vida…

y después estaba lo que había vivido con Álvaro.

Lo que él me hacía sentir. Cómo ambos mundos habían colisionado.

El tono de mi padre se suavizó.

—Lo sé, Elizabeth. Te conozco. —Se rio ligeramente.

Me costó tragar y pensé en que quizás él no me conociera tanto.

Había una nueva Elizabeth a la que yo misma necesitaba conocer—.

Perdóname, sé que nunca harías algo tan inapropiado como tener algo con tu jefe.

Además, Álvaro y tú sería una idea disparatada... No sé ni cómo lo he mencionado.

—¿Por qué dices eso? —pregunté sintiendo que tragaba clavos.

—Bueno, ya sabes…

—No, no sé qué quieres decir.

Esta vez, la de la voz fría fui yo.

—Él no es apropiado.

—De verdad, papá, no sé qué quieres decir.

—Bueno, no sería un hombre… adecuado para ti. No es el típico chico americano. No es un hombre para estar con una chica como tú. No es de los nuestros.

Me dolió aquel desprecio.

—¿Lo dices porque es español? ¿Porque es extranjero? —Silencio al otro lado de la línea—. ¿Papá?

—¿Por qué me lo preguntas? —preguntó nuevamente molesto.

—Porque jamás pensé que dirías algo así…

—¿El qué, Beth? ¿Decirte que Álvaro Durand no sería una pareja apropiada? No creo que haga falta explicarlo más.

—¡Jamás dijiste algo así de Brandon! —me escuché levantar la voz.

—Brandon sí era de los nuestros. Un chico americano, sureño. Con apellido, con raíces aquí, con conexiones locales y con un futuro brillante… Lo tenía todo, salvo que fue un auténtico imbécil.

—Tenía el pedigrí… —murmuré sintiendo que me costaba respirar—. Entiendo que ni todo el dinero del mundo supliría eso, ¿no?

—No es una cuestión de dinero, Elizabeth. Si lo fuera, te diría que Álvaro tendría mi bendición si pidiera tu mano. Pero no la tendría, y no tiene nada que ver con su cuenta del banco, que creo que es bastante más suculenta que la mía.

Definitivamente, la habitación se había quedado sin aire y me ardían los pulmones en el pecho.

Mi padre no podía comprender el alcance del universo que había destruido con sus palabras.

Acababa de romperme el corazón. ¿Cómo era posible?

Nosotros pertenecíamos a la alta sociedad sureña de Birmingham.

Mi padre ocupaba un puesto en la élite social y económica de Alabama y Álvaro no tendría forma de encajar allí, pero ¿acaso eso importaba?

¿Por qué tenía que dolerme tanto la opinión de mi padre?

Al fin y al cabo, Álvaro no era mi prometido.

Observé mi mano: allí no había ningún anillo de compromiso.

El anillo de Brandon, del hombre perfecto que cumplía con todos los estándares y que me había engañado con mi mejor amiga, lo había tirado al agua oscura del océano justo antes de sumergirme en aquel mismo mar con Álvaro.

Recordaba ese primer beso lleno de agua y sal.

Jamás había sentido algo así, que me uniera tan íntimamente alguien.

No me había sentido así con Brandon, a pesar de haber aceptado su anillo.

Con Álvaro no había anillo, solo aquellos sentimientos incontenibles.

—Papá…

—Esta conversación es absurda —zanjó mi padre—. Simplemente no me gusta que te hayas ido con él de viaje por Francia. Perdona, no tenía que haberme preocupado tanto. Conozco bien a Álvaro Durand, sé perfectamente que él me respeta y que jamás te miraría ni tan siquiera de esa manera.

Mi padre se rio, quitándole importancia.

No fui capaz de decir nada. Todo lo que tenía que replicar se me había quedado atragantado.

—Elizabeth, descansa —añadió mi padre—. Seguro que estás deseando colgar el teléfono. Buenas noches.

—Buenas noches, papá —murmuré.

Me quedé con el teléfono en la mano.

Acto seguido me senté en la cama. Llevaba puesta una camiseta y un pantalón corto de pijama. Levanté las rodillas y me abracé a mí misma.

¿Era tan inmenso el abismo entre Álvaro y yo?