El chico de Manhattan Capítulo 38 Los castillos de Candela
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Capítulo 38 Los castillos de Candela

Los castillos de Candela

Álvaro

Caminé por el patio, Filip me había comentado que Beca estaba fuera sentada. Hacía una noche muy buena, no me extrañaba que hubiera querido salir a relajarse un poco tras el día de enfrentamientos que habíamos tenido.

—Hola —la saludé cuando llegué hasta ella.

—¡Hombre, el desaparecido! —respondió mi hermana con ironía.

Me encogí de hombros.

—No te has acercado a la hora de la cena.

—No tenía apetito —me excusé.

—Bueno, no es cuestión de tener o no hambre —me recriminó Beca—. Estás en la casa de tu hermana. Corrijo: en nuestra casa, en Francia. Y hace meses que no nos vemos, tenías que haber venido a cenar.

Levanté la mirada hacia aquella casa enorme, hecha de las raíces de nuestro pasado. De veranos cálidos de nuestra niñez llenos de una ligereza que me era completamente ajena.

—Lo siento. Se me cerró el estómago cuando Candela se marchó.

—Da igual. Tenías que haber aparecido por la cocina, tan solo tomamos un picoteo —bufó molesta—. Mira, si no querías hacer acto de presencia por tu hermana embarazada, al menos haberlo hecho por tu chica.

Desvié la mirada rápidamente hacia mi hermana.

—No es mi chica —declaré taxativo.

—No quiero discutirlo.

—No es mi chica —insistí una segunda vez, y sentí que me atragantaba al decirlo.

—Pues desde luego no es solo tu empleada… —Callé—. Mira, no quiero discutirlo, vosotros sois mayores para resolverlo. Pero te diré que esa chica no se merecía que la dejaras sola con tu hermana embarazada y su novio.

Esbocé una sonrisa.

—Tú eres la mejor compañía del mundo, y Filip es muy buen tipo, seguro que fue muy agradable con Elizabeth —comenté mirando hacia el cielo estrellado.

—Eso desde luego —confirmó mi hermana refiriéndose a su novio—. Él se encargó de todo mientras Elizabeth me contaba algunas curiosidades sobre Alabama.

—¿Cuáles?

—Averígualas tú mismo… No creo que tengas mucho problema en que te cuente todo lo que quieras saber. —Beca se quedó callada, pero el sentido de sus palabras no dejaba lugar a dudas—. Está enamorada de ti. Lo sabes, ¿no?

Tragué con dificultad, pero no respondí.

—No tienes que ponerle nombre si eso te ayuda, Álvaro. Pero te advierto que esas palabras que no dices se acumulan…

—¿Se acumulan? —pregunté sin entender.

—En la garganta. Se van acumulando y cada vez es más difícil soltarlas.

Serpenteé mis ojos hasta Beca. A nuestro alrededor se extendían los sonidos del campo en una perfecta noche de verano. La estampa no podía ser más idílica.

—¿Fue eso lo te pasó con Filip?

—Sí —aceptó sin tratar de esconderlo—. Fue eso exactamente lo que me ocurrió.

—¿Y cómo lo solucionaste?

Sonrió y se tocó la barriga.

—¿No te lo conté?

—No —respondí tratando de hacer memoria—. Ese detalle no, creo que lo recordaría.

—Será porque tú no eres muy dado a escuchar esos detalles…

Bueno, pues lo que ocurrió es que escribí, en borrador, una cantidad indecentes de emails para Filip.

No pensaba enviárselos. Era, más bien, una forma de desahogarme, no pretendía nada más.

Pero un día se los envié todos por error —explicó—.

Fue algo así como romper la presa de la incontinencia verbal.

Miré sorprendido a mi hermana. Sabía que Filip había regresado por ella, pero no sabía que antes ella había expuesto sus sentimientos por escrito.

La idea de abrirme así me resultó incómoda.

No podía imaginarme diciéndole a Elizabeth mis sentimientos…

De hecho, no estaba ni tan siquiera seguro de la naturaleza los mismos.

Era consciente de lo obsesionado que Elizabeth me había tenido.

Mi necesidad de ella iba más allá de lo meramente carnal.

Lo cual ya era en sí una locura, ya que yo no necesitaba a nadie por defecto.

Todavía no sabía cómo digerir lo que me estaba pasando con ella.

—¿Y qué le decías?

—De todo… —respondió con una sonrisa—. Todo lo que se puede decir a alguien de quien te has enamorado hasta los huesos.

Di un par de pasos hasta el banco en el que se encontraba sentada mi hermana y me senté a su lado.

—Mira, Álvaro. Si no le quieres poner nombre a lo que está pasando entre vosotros, está bien.

Si quieres ir a tu ritmo, también está bien —comentó acariciándome el brazo—.

Pero tú nunca has traído una chica aquí, y no me digas que es por la caída que te veo estupendamente.

Además, ¿invitarla a dormir aquí? ¿Qué pasa con todos los hoteles y apartamentos turísticos que hay por la zona?

—No me atreví a replicarle, no a Beca—. No te he visto mirar de esa forma a una mujer, nunca. Vamos, Álvaro.

—No sé —fue lo único que animé a decir.

Rompí el contacto visual y me fijé en unas flores del jardín.

—Mira, quizás sea mejor así… A veces, si no les ponemos nombre a las cosas, todo nos resulta más sencillo. —Hizo una pausa—. Pero asegúrate de no hacerle daño y de no salir tú herido por el camino.

—¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Que la voy a lastimar? —pregunté volviendo mi mirada hasta ella.

Beca me observó con una sonrisa contenida que me recordó mucho a la de nuestra madre. Acto seguido subió su mano para deslizarla por mi cabello, para reconfortarme. Supe de inmediato que sería una madre increíble.

—No lo sé —contestó—. No te he visto ni con una novia. Solo sé de algunas de tus historias cuando eras más joven, y después ni eso me contabas. Conozco perfectamente tu fama de tío frío y de líos de una sola noche. Hemos bromeado mucho al respecto.

Recordé como mi hermana y sus mejores amigas, Sofía y Nat, siempre bromeaban con que era Christian Grey. Desvié la mirada.

—No creo que haya necesidad de hablarte de las mujeres con las que me acuesto.

—No me has hablado de ello porque solo lo considerabas sexo. ¿Crees que no te conozco?

No contesté, pero la cantidad de encuentros sexuales que había tenido pasó ante mis ojos como una colección de cartas.

—Sí, no te lo voy a negar.

Volví a mirar a mi hermana.

—Más que el hecho de que tú la hieras a ella, me preocupa que ella pueda herirte a ti —añadió acariciando mi brazo y dejando sus manos enganchadas en mi antebrazo—. Eres un auténtico ignorante en cuestiones de amor. Nunca has amado, Álvaro. Así que nunca has perdido y no sabes cuánto puede doler.

Me la quedé mirando. Sentí un peso insoportable en el pecho.

—Sí he perdido —dije, y no era mi intención que las palabras me hubieran salido tan cargadas, pero así había sido.

Beca asintió. Sí, los tres habíamos perdido. Tres hermanos, tres huérfanos.

—Sí, eso es cierto —tuvo que aceptar—. Sabes lo que es perder, pero esto es un amor diferente.

Sonreí con cierta amargura.

—Pues no me resulta atractiva la idea de volver a perder —rumié entre dientes.

—No tengas miedo a eso. Solo arriesgándote puedes conocer qué es el amor con mayúsculas.

—Nos quedamos en silencio—. No sé por qué con ninguna de las chicas con las que has estado en todos estos años surgió algo más profundo.

No sé qué tiene diferente Elizabeth, pero algo hay.

No te cierres, Álvaro. Estoy segura de que, pase lo que pase, habrá merecido la pena descubrirlo.

No supe ni qué decir.

Pensé en Elizabeth sola en la habitación que mi hermana le había asignado. A tres puertas de la mía. La de Filip y Beca estaba en otra planta. Aquella casa era inmensa. La casa de mi abuela, nuestra casa.

—Y sobre Candela…

Volví la mirada a Beca.

—¿Qué?

—Dale espacio.

—¿Espacio? Estamos a más de cinco mil kilómetros.

—Dale tiempo.

—¿Tiempo? —No lograba entender a mi hermana—. ¿Para qué? ¿Para seguir comprando castillos?

—Bueno, pues déjala —determinó Beca—. Ella tiene sus razones.

La miré sin entender nada.

—Beca, ¿tú sabes los millones que se ha gastado en esos castillos? —volví a insistir.

—Ella es la CEO de BAC France Real Estate —me recordó.

—¿Te parece normal esa decisión? —pregunté a pesar de que ya lo habíamos hablado.

—Me parece que no lo estás viendo con perspectiva.

—No entiendo nada —acepté.

—Son sus castillos. Ella los necesita.

La noche susurraba a nuestro alrededor. La quietud del campo.

—No te comprendo —confesé—. No sé qué quieres decir, Beca.

—¿No recuerdas cuando fallecieron nuestros padres? ¿A qué se aferró Candela?

Recordé aquella fecha. Casi no podía ni pensar en ello.

Yo, el hombre de piedra, duro, inaccesible todavía sentía el corazón roto cuando pensaba en la muerte de mis padres.

Todavía me costaba tragar si recordaba la sonrisa de mi madre.

Aparté aquellos recuerdos porque me estaban mordiendo el estómago y no estaba seguro de poder soportarlo.

Tenía la sensación de que mi rostro, mi cuerpo entero, se agrietaría y se rompería en mil pedazos.

Toda aquella máscara cedería. No soportaba mirar atrás demasiado tiempo.

Pero lo hice, solo por un momento, para encontrar a Candela en mis recuerdos.

Beca era la pequeña, con nueve años, me había volcado en protegerla.

Era tan dulce, tan extrovertida, tan inocente…

Candela tenía doce años cuando había ocurrido la tragedia.

De pequeños habíamos jugado juntos infinidad de veces, nos habíamos peleado otras tantas.

Quizás por ello, de adultos seguíamos igual: yo protegiendo a Beca y peleándome con Candela.

Esa sensación en el estómago no me gustó.

Volví mi cabeza a aquellos momentos. Candela había llorado muchísimo cuando fallecieron mis padres.

Cuando conocimos la noticia del accidente.

Ella había ido conmigo y con mi abuelo al tanatorio.

Los cuerpos solo los había visto mi abuelo.

Los ataúdes estaban cerrados. Al parecer, el accidente había sido devastador.

Estábamos en una sala sentados en silencio los dos.

Ella había llorado tanto… Entonces salió mi abuelo, estaba pálido y dijo que no veríamos los cuerpos.

Candela me miró, como si esperara que yo me impusiera.

Negué con la cabeza. ¿Qué iba a decir? Si mi abuelo determinaba que era lo mejor, es que era lo mejor.

En ese momento, Candela me soltó la mano y de alguna manera todavía siento que no ha vuelto a dármela.

Se secó las lágrimas y se quedó en silencio. Los dos nos quedamos en silencio. Un silencio que nos había endurecido a los dos. Me alegré de que Beca no se hubiera endurecido así.

Candela no había vuelto a llorar jamás. No al menos que yo la viera. Ni tan siquiera en los aniversarios del fallecimiento de nuestros padres.

—No te das cuenta, ¿verdad?

Volví de mi regreso al pasado buscando en los ojos de Beca.

—No sé a qué te refieres.

—A los castillos. Candela se aferró a sus castillos.

Entones lo recordé: el tiempo que Candela pasaba con sus castillos de juguete. Tenía doce años cuando fallecieron mis padres. Una edad en la que los niños ya dejaban atrás esas cosas, pero ella pasaba horas enteras aferrada a aquellos castillos de plástico.

—No puede ser por eso.

Beca se encogió de hombros.

—Los castillos ya la ayudaron en el pasado —expuso mi hermana.

—Pero es una mujer adulta. Tiene que pensar de forma racional. El desembolso ha sido una locura.

Beca puso una mano sobre mi hombro con cariño.

—Quizás quien necesita aflojar seas tú. Tal vez no tengas que tener el mayor imperio inmobiliario del mundo —dijo Beca con cuidado—. Es posible que lo que necesites de verdad sea soltar una parte y dejar a Candela con sus castillos, hasta que ella también los pueda soltar.

Miré a Beca, pero no dije nada.