Capítulo 41 El gigante Atlas
El gigante Atlas
Beth
El domingo nos despedimos de Filip y Beca temprano y cogimos el coche para volver a París, directamente al aeropuerto. Tuve suerte de que habíamos conseguido un billete en el mismo vuelvo en el que Álvaro tenía su regreso.
Deslicé mi mano hasta su pecho, busqué su corazón y la dejé allí encima.
Álvaro abrió los ojos y me miró fugazmente.
—Estoy aquí —murmuré—. Estoy aquí.
Hubiera querido añadir: y no me voy a ir a ninguna parte , pero no lo hice, porque quizás esa era una declaración demasiado grande y Álvaro ya tenía que lidiar con sobrevolar el océano.
Apoyé mi cabeza en su hombro y él imitó mi gesto, apoyándose en mí. Así, sin más, entrelacé mis dedos con los suyos y sentí que estaba donde debía estar.
El lunes, Álvaro se sumergió en una vorágine de trabajo.
Permaneció encerrado desde la mañana hasta la noche con todos los altos cargos de la sucursal de Nueva York.
El holding estaba cerca del colapso si no se tomaban medidas urgentes.
Los vi reunidos en la sala de juntas principal todo el día.
Allí estaban el director financiero, el responsable de operaciones, la asesora jurídica general, la jefa de inversiones inmobiliarias y el responsable de gestión de activos.
Esas cinco personas acompañaban a Álvaro y no lo dejaban ni a sol ni a sombra.
Me centré en mi trabajo con Sebastián y con Zac. Sin embargo, desde nuestra sala no pude evitar fijarme en cómo, por la tarde, llegaron más personas para incorporarse a aquella reunión que parecía no tener fin. Todos iban impecablemente vestidos, con trajes que no bajaban de los dos mil dólares.
—¿Esos quiénes son? —pregunté.
—Abogados —respondió Sebastián—. Todos ellos. Son de uno de los bufetes más potentes de Manhattan. Cobran por un día de trabajo lo que tú y yo en quince días, así que la cosa es preocupante.
—¿Tan grave crees que es?
Conocía la tensión financiera que estábamos atravesando, por eso Álvaro se había obcecado con el tema de los castillos. Sin embargo, la situación parecía haberse tornado urgente desde nuestro regreso a Nueva York. Pensé en cómo podía haberse tensionado así la situación en veinticuatro horas.
—Eso dicen, pequeña —respondió Sebastián con rictus serio—.
Álvaro lleva todos estos años trabajando como un jabato.
Convirtiendo lo que había empezado como una empresa familiar en el mayor holding de la costa este.
—Hizo una pausa —. Siempre me ha parecido inquebrantable.
Pensé que nunca lo vería en apuros, pero quizás quiso abarcar demasiado…
Miré a Álvaro dentro de aquella sala, con la camisa remangada y la corbata aflojada.
Pensé en la primera vez que lo había visto, el día en el que lo conocí: el chico de Manhattan.
En aquel momento no era la cabeza de un gigante inmobiliario ni alguien de quien todos esperaban algo.
Solo era el chico que me había ayudado con la maleta, que se había pedido un café y ni siquiera lo había tocado.
Pensé en la cantidad de empleados que trabajábamos allí. En todos los que estaban en aquella planta y en las otras que había por debajo: todos dependíamos de él, todos nos apoyábamos en él, y ahora que la empresa estaba en riesgo todos lo mirábamos a él.
No dije nada y me centré en mis tareas. Trabajé con los recursos que habíamos traído de Francia para actualizar las redes sociales y la web.
Preparamos contenidos para newsletters y revistas.
Álvaro era extremadamente atractivo y yo sabía cómo hacer brillar esa luz que tenía, cómo proyectarlo al exterior como un gigante, un titán.
Todos lo deseaban por su presencia imponente.
Sabía que esa imagen resultaba irresistible para hombres y mujeres, y dejé que lo desearan…
Era una imagen perfecta para tapar el colapso financiero al que se estaba enfrentando el holding .
Trabajé hasta la noche y después me marché, dejándolo encerrado en aquella jaula de cristal, con personas trajeadas, informes y portátiles.
Solo nos saludamos un momento a lo lejos.
El martes se repitió lo mismo: Álvaro encerrado y todo el mundo esperando un pedazo de él.
Me marché nuevamente a casa sin poder hablar con él.
Nos cruzamos unos wasaps a las once y media de la noche.
El miércoles, sobre las diez de la noche, se marchó la última persona que estaba hasta ese momento con Álvaro en la sala de juntas.
Me aproximé hasta la puerta de cristal, que estaba abierta.
—No has cenado —comenté.
Estábamos a mucha altura y las paredes de cristal de la sala mostraban la imponencia de Manhattan a nuestros pies.
El brillo de las luces y los letreros de neón de la ciudad que nunca duerme parecía trepar hasta nosotros.
La sala de juntas tenía una luz tenue. Álvaro se mesaba el cabello con su portátil sobre la mesa.
En la mesa había muchos portátiles que se habían dejado otras personas.
Lo cual mostraba claramente que, cuando rompiera el día, volverían allí.
Álvaro levantó la cabeza y observé que la sorpresa cruzaba sus ojos al encontrarme en la oficina a esas horas.
—¿Todavía estás aquí?
—He estado trabajando y no quería irme sin verte. Llevas encerrado tres días —comenté.
—Perdona, he estado totalmente absorbido por el trabajo.
Caminé hasta él. Llevaba una falda fucsia con una blusa de color perla y unas sandalias de tacón transparente.
Álvaro me miró las piernas, ya me había dado cuenta de que se fijaba especialmente en esa parte de la anatomía de las mujeres.
Mientras caminaba hacia él no pude evitar recordar algunas de las cosas que me había susurrado al oído mientas me penetraba en Francia.
Cosas muy subidas de todo, que suponía que se decían los amantes pero que a mí no me había dicho nadie jamás.
Sin embargo, me parecía natural que él me las dijera, que reclamara mi cuerpo.
Como si de alguna forma nuestros cuerpos estuvieran conectados mucho más allá de cualquier convencionalismo.
Llegué hasta la enorme mesa de la sala de juntas. Era negra, de diseño y muy cara, como todo lo que rodeaba su imperio.
—¿Tan grave es la situación? —pregunté.
Estaba preocupada, todos lo estábamos. Desde el lunes se había extendido una sensación de urgencia entre los trabajadores.
—Sí —respondió sin tapujos, con el cansancio ya marcado en su rostro—. Las inversiones en Dubái han resultado ser un quebranto del que nos está costando recuperarnos.
—Pero… pensaba que ese asunto estaba en vías de solucionarse.
—Eso creía —respondió pasándose una mano por la cara—.
Pero parece ser que uno de los intermediarios que ha participado ha sobornado a un político.
Ahora se ha abierto una investigación que puede acabar en un asunto legal complejo y toda la construcción se ha paralizado.
El panorama ya era malo, pero esto… Necesitaba mover esa inversión antes de septiembre para equilibrar las finanzas y esto lo complica.
Desde que aterrizamos en Nueva York parece que todo ha ido mal —añadió.
—Pero este es un holding enorme… Pensé que la crisis podría reconducirse —comenté tratando de comprender.
Habíamos tenido algunas conversaciones al respecto, pero nada con la sensación de urgencia que estábamos viviendo.
—Llevamos tiempo en una situación compleja. La tensión financiera es enorme.
—¿Tanto se ha agravado?
Álvaro me miró. Yo me había apoyado ligeramente en la mesa.
—Digamos que arrastramos meses de deuda acumulada.
Es una deuda de millones de dólares. Necesitamos liquidez.
Tenemos activos muy valiosos, pero ilíquidos.
Si intentamos refinanciar la deuda en este momento, se encarecería mucho, los tipos nos asfixiarían.
—Hizo una breve pausa mirando la pantalla—.
Estoy pensando en si vender acciones o crear una joint venture .
—Respiró profundamente—. Si creamos una joint venture con un fondo rival, podría vender parte de los edificios.
Sería una cesión parcial de control, pero eso evitaría la venta completa del holding .
Mantendría parte del poder mientras conseguimos la liquidez necesaria.
Mi cabeza procesó la información con rapidez. Sabía del tema gracias a todos los años que me había empapado en la empresa de mi padre.
—Pero perderías el control.
Asintió pensativo.
—En parte sí —declaró.
—¿Y las sucursales de Madrid y París?
Negó con la cabeza.
—El holding de Nueva York creció tanto que, si les quito la liquidez ahora, las descapitalizaría. No puedo meter mano ni en BAC France Real Estate ni en BAC Iberia Real Estate.
—Por eso te dolió tanto lo de castillos de Candela.
Respiró profundamente y se pasó una mano por la cara.
—Lo de Candela me dolió porque era innecesario, y sí, habría supuesto un alivio disponer de esos fondos.
—Volvió a mirarme—. Pero no sería la solución.
Aunque sí me daría un balón de oxígeno y tal vez eso cambiaría algo.
Ganaría tiempo para renegociar algunos de los préstamos de mayor importe.
Pero, con todas las variables que se han dado en estos últimos días, no sé si realmente habría servido de algo, todo se ha agravado a gran velocidad.
—¿Qué tratas de decirme?
Se encogió de hombros. Estaba cansado, muy cansado.
—Estamos llegando a un punto de no retorno. Podríamos colapsar —sintetizó—. Eso es lo más honesto que puedo decirte.
—¿Y cómo se podría solventar?
—Con un inversor fuerte que trajera liquidez —comentó masajeándose la sien—. Alguien dispuesto a invertir unos quinientos millones de dólares.
—¡Madre mía! —exclamé.
—Exacto.
Nos quedamos en silencio, no había ni un solo ruido en toda la planta. Estábamos completamente solos.
—¿Puedo hacer algo por ti?
Álvaro subió la mirada hasta mí. Aquel gris lleno de tormentas, rodeado del azul profundo de la noche en Nueva York.
Esbozó una sonrisa que tenía algo de canalla, pero también algo muy tierno.
—¿No estás arrepentida de todo lo que ya hemos hecho?
Le sostuve la mirada. Sabía exactamente qué quería decir: todo lo que yo me había reservado, todo lo que había esperado… Y luego estaba eso otro: lo que me decía la carne. La forma en la que mi cuerpo lo necesitaba.
Lo miré muy seria.
—No, no estoy arrepentida.
Una sola frase y fue como si eso hubiera provocado un efecto mariposa. La sonrisa del rostro de Álvaro se borró.
Me incliné un poco y le acaricié el rosto con calidez.
—¿Tú sí?
Álvaro buceó en mis ojos, pero lo único que pudo encontrar fue una férrea convicción.
—No, pero no es la misma situación —replicó con voz grave.
—Porque tú te acuestas habitualmente con otras personas…, ¿no? —pregunté sin dejar de acariciarlo—. Porque eso no significa nada para ti, ¿no? O porque tú no tienes que preocuparte por tus sentimientos y yo sí de los míos. ¿Es eso?
—No he dicho eso —respondió serio.
—¿Y qué has dicho, Álvaro? —quise saber—. Porque creo que te dejé bien claro que estaba segura de lo que hacía. Soy una mujer adulta, no me arrepiento y si te preocupa que te pida algo… No te he pedido nada.
Sí, era cierto, no estaba en absoluto arrepentida y no le había pedido nada.
Álvaro se incorporó acariciando mis muslos a su paso. Me senté sobre la mesa a medida que buscaba un hueco entre mis piernas.
—Ya sé que no me has pedido nada… —murmuró sobre mis labios.
Sí, Álvaro era un magnate. Una de esas estatuas de Literary Walk que parecían soportarlo todo.
El titán Atlas, con el mundo sobre sus hombros.
Yo solo era una chica, apenas poco más que una niña a la que le habían roto el corazón unos meses atrás…
Alguien que acababa de conocer el mundo real.
Mientras, él llevaba peleando durante siglos en la más absoluta soledad.
Y entonces lo vi en sus ojos oscilantes: la necesidad de algo a lo que arraigarse.
—Quizás sea eso lo que te preocupa —repliqué ensanchando una sonrisa—. Que no te he pedido nada… Que no somos nada…
En cuanto lo dije, Álvaro abrió mis piernas y tiró de mis caderas. La falda se me subió y él me aferró las nalgas, posesivo, mientras sentía su dureza.
Me miró con aquella intensidad que estaba segura de que había derretido a cientos de mujeres antes. Sus ojos brillaron desafiantes.
—No somos nada, ¿no?
—Exacto, no somos nada —confirmé.
En ese momento hundió una mano en mi cabello y me atrajo hacia él.
El beso de Álvaro fue exigente. Era más bien el beso de alguien que quería meterse por debajo de tu piel.
Levanté las manos, aferrándome a su cuello mientras él me pegaba a su cuerpo.
Lo necesitaba dentro de mí y, como si él entendiera esa necesidad, eso que no había sentido antes, coló sus manos por debajo de mi falda y me quitó la ropa interior.
Desabroché su pantalón para buscarlo y no nos detuvimos ni unos segundos en los preliminares.
Álvaro me penetró y entonces me miró a los ojos como si necesitara grabar cada uno de los fotogramas.
—¡Dilo otra vez! —me retó.
Entró y salió de mi cuerpo. No se había puesto preservativo ni yo se lo había pedido. Era como si nuestros cuerpos decidieran por nosotros, ciegos y sordos a que aquello era una imprudencia.
—¿Qué? —jadeé.
Me sujetó las nalgas para penetrarme con más fuerza. Apretó los dientes y volvió a repetir:
—Dilo otra vez.
Entonces lo entendí.
—No somos nada —murmuré.
Mis huesos, mi carne y mi piel se rebelaban ante aquellas palabras. Álvaro buscó en mis ojos y encontró aquello que buscaba.
Una sonrisa tenue afloró a sus labios como una pequeña victoria y entonces siguió penetrándome en la sala de juntas de su flamante oficina de Manhattan.
Mientras, mi corazón latía contra mis costillas.
Colé mis manos por debajo de su camisa para clavar mis uñas en su espalda, como si yo también necesitara llegar a sus costillas justo antes de alcanzar el clímax en sus manos.
Cuando llegué, Álvaro me besó con verdadera hambre, quedándose con pedazos de mí que ya le pertenecían.
Después cogió un clínex para terminar y no perder del todo la cabeza.