Capítulo 36 Tarta de fresas
Tarta de fresas
Álvaro
Candela me estaba poniendo nervioso. No hacía el más mínimo esfuerzo por integrarse.
Todos hablábamos animadamente menos ella.
De los que ese sábado de junio estábamos sentados a la mesa, la única persona que yo definiría como extrovertida era Beca.
Ella podría hablar con una pared de piedra y, aun así, pasar una tarde agradable.
Filip, por su parte, era un tipo tranquilo, pausado.
Era más bien de los que permanecían en un segundo plano.
Al menos, eso era lo que parecía en un primer momento.
Sin embargo, cuando lo conocías te dabas cuenta de que era alguien con muchas vivencias.
Tenía mucho que contar, aunque solía dosificarlo.
Era una de esas personas hechas de capas.
Desde que había podido conocerlo, y comprobar lo absolutamente enamorado que estaba de Beca, me sentía muy tranquilo.
Sabía que él pondría el mundo a los pies de mi hermana si fuera necesario.
Elizabeth estaba llena de fuerza, pero necesitaba cierto tiempo para abrirse.
Aunque podía resultar reservada en un inicio, era una de esas personas que pueden sorprenderte cuando las conoces.
Serpenteó su mirada hasta mí y la recordé entrando en la ducha y tomando por sí misma lo que quería.
Dejando atrás las creencias que habían asentado las bases de sus decisiones y avanzando hacia lo que realmente quería.
Me dio una punzada en el estómago al recordar la noche que habíamos pasado.
Pensé que yo podía parecer de piedra, pero hasta un monolito de sal podría deshacerse bajo una tormenta de agua, y toda ella había caído sobre mí como la más cálida de las tormentas.
Por mi parte, yo también podía resultar un tipo reservado. Sin embargo, en el ambiente adecuado, sabía abrirme y relajarme. Abrirme hasta cierto punto, claro.
Sí, ninguno, salvo Beca, éramos especialmente extrovertidos, pero todos podíamos hacer el esfuerzo. Éramos adultos funcionales con capacidad para hablar y hacer pasar al resto de los comensales una tarde agradable, especialmente, estando en familia. Todos menos Candela, por supuesto.
Cogí un poco de agua y bebí. Estábamos en los postres y tenía enfrente de mí la tarta de fresas que Beca había preparado.
Miré a Candela, que estaba sentada justo en la otra punta de la mesa con el ceño ligeramente fruncido.
La boca cerrada en una fina línea, casi como si le hubieran cosido los labios.
Era tan hermosa que hasta dolía verla. Eso solía decir mi padre justo antes de cogerla en volandas y hacerla girar.
Entonces, Candela reía a carcajadas. A carcajadas, algo que resultaba insólito de recordar.
Esas carcajadas no se habían repetido de adulta.
Estaba allí sentada y solo nos había regalado monosílabos y miradas duras.
Me pregunté para qué querría tantos castillos, ya que en su caso podría resultar la bruja del cuento.
—¡Esta tarta es una delicia, Beca! —exclamó Elizabeth terminándose el generoso pedazo que mi hermana le había servido.
—Es mi favorita —indicó Filip confirmando las palabras de Elizabeth—. Aunque todo lo que cocina Beca está buenísimo. Lo malo es que comiendo tan bien he subido un par de kilos —añadió con una sonrisa.
Mi hermana lo miró y pude comprobar que le encantaban cada uno de los centímetros de Filip, estuvieran donde estuviesen ubicados.
—Gracias —respondió mi hermana volviendo a centrarse en Elizabeth—. Es una de las recetas de mi abuela —explicó tocándose en un gesto mecánico la barriga.
—De vuestra abuela paterna, ¿no?
—Sí —confirmó mi hermana—. La dueña de la casa en la que estamos ahora mismo. Bueno, aunque la casa original ya la habían levantado mis bisabuelos.
—Tenéis unas fuertes raíces francesas —apreció Elizabeth.
—Efectivamente —respondió con una sonrisa apoyando la mano sobre su barriga.
Sentí algo cálido extendiéndose en mi pecho al ver a Beca tan feliz y satisfecha con su embarazo.
—Álvaro me contó un poco al respecto. Sé que volviste a Francia para recuperar el legado de tu abuela. Me parece increíble lo que has logrado aquí —expuso Elizabeth con su dulzura habitual.
Sentí que podría derretirme al ver cómo le sonreía a mi hermana. Estaba seguro de que, a esas alturas, todos se habían dado cuenta de que entre Elizabeth y yo había mucho más que una relación laboral.
Beca sonrió satisfecha. No era una persona que necesitara presumir.
Sin embargo, había trabajado mucho para volver a poner en pie el legado de nuestra familia francesa, era normal que se enorgulleciera.
Ella era la memoria viva de las mujeres fuertes de nuestra familia.
De las que habían abierto camino cuando no era tan fácil hacerlo para una mujer: mi abuela paterna, que había manejado su imperio de fresas; mi abuela materna, que había sido el motor y el corazón del negocio bancario de mi abuelo, y mi madre quien, junto con mi padre, había levantado, gracias a la economía heredada de mis abuelas, el holding inmobiliario.
Toda aquella fuerza de las mujeres de nuestra familia había eclosionado en Beca.
Candela también tenía esa fortaleza, pero por algún motivo en ella se materializaba en miradas afiladas que te cortaban.
La observaba desde la otra punta de la mesa y sentí ganas de pelearme con ella como cuando éramos pequeños. Así al menos podría provocar que chillara y gritara, que hiciera algo más que regalarnos su presencia helada.
—Así es —confirmó Beca—. Regresé a Francia para volver a poner en pie el legado perdido de mi abuela paterna.
Filip cortó un nuevo pedazo de tarta y se lo sirvió.
—Solía venir de vez en cuando a nuestra casa en Francia.
Es decir, a esta casa, que siempre ha sido nuestro hogar, de los tres.
Durante años he sido la única que ha vuelto de forma asidua.
—Hizo una pausa—. Hubo un tiempo en que no tenía tan claro qué es lo que quería hacer o no me atrevía a verlo, pero llegado un momento sentí que la tierra me llamaba, que tenía claro lo que de verdad anhelaba —explicó—.
Así que aquí estoy, peleando por aquello por lo que una vez luchó mi abuela.
—Ahora esta casa es solo tuya —maticé.
—Bueno, siempre será de todos —replicó Beca quitándole importancia.
—Es tuya —insistí—. De hecho, ya está escriturada solo a tu nombre.
Candela hizo un gesto apenas perceptible. Pensé en si no estaría tan conforme con aquello.
—Bueno, como sea. El caso es que me vine a Francia y ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.
—Hizo una pausa—. Además, en aquel momento, Filip y yo nos habíamos separado.
—Entre ellos hubo una mirada—. Bueno, no podría decir que nos habíamos separado porque no habíamos llegado a formalizar la relación por aquel entonces.
Es una historia un poco larga, así que la dejamos para otra ocasión…
Pero he de decir que él también tuvo que llegar hasta estas tierras para que pudiéramos reencontrarnos —añadió con una sonrisa mientras Filip no le sacaba los ojos de encima.
—¿Fue entonces cuando decidiste recuperar las plantaciones de fresa? —preguntó Elizabeth.
—Sí, una vez estuve aquí me puse manos a la obra —explicó—. Recuperar el legado de nuestra familia se convirtió en una necesidad.
Beca siguió hablando y Elizabeth la escuchaba con atención.
Candela no decía absolutamente nada, sentada en la otra punta de la mesa.
Sabía que estaba molesta conmigo. Entre nosotros planeaba, como una tormenta, el problema de los castillos, las discusiones que habíamos tenido y todo lo que ella había hecho a pesar de mi oposición.
Candela no era cercana, pero Beca no se merecía tanto silencio por su parte. Menos en su estado.
—Seguro que tu abuela está muy orgullosa de ver todo lo que has hecho aquí —aseguró Elizabeth con cierta emoción.
Me mordió el corazón escucharla hablar con tanto cariño.
—Está muerta —por fin habló Candela con voz helada.
Levanté la mirada hasta mi hermana.
—Ya lo sabe —repliqué con severidad—. Es creyente, por eso habla así.
Candela clavó su mirada en Elizabeth, quien se había quedado lívida. Me fijé en cómo mi hermana había bajado sus ojos hasta la cadena de oro con el pequeño crucifijo que colgaba del cuello de Elizabeth.
—No es la mejor forma de referirte a alguien que no está hablar de ella en presente —añadió con un tono mordaz.
—Perdona, no quería ser inapropiada —se disculpó Elizabeth.
Comprendí lo incómoda que se sentía. Candela la observaba sin recular ni un centímetro.
—Candela… —le advertí.
—¿Qué? —preguntó con tono seco—. ¿Ahora la incorrecta soy yo? Sería mejor que hubieras dicho: estaría muy orgullosa.
—Tienes razón —claudicó Elizabeth—. No quería molestarte.
—No te disculpes. No tienes nada de qué disculparte.
—¡No discutáis, por favor! —nos pidió Beca con cierta angustia reflejada en su rostro.
—Además, no deberías hablarle a alguien así —añadió—. Resulta ofensivo para los que no somos creyentes.
—¡Basta, Candela! —Di un puñetazo en la mesa.
Candela se puso de pie y fue como si un monolito de hielo se hubiera levantado en medio del salón. Las paredes se congelaron y el ambiente cálido se evaporó.
—Bueno, creo que hemos terminado la comida —siseó—. Había que hacer unas fotos, ¿no? Saldré a dar un paseo. Cuando estéis listos me avisáis.
Candela salió del salón. Sí, había que hacer unas fotos, pero la idea era haberlas hecho un par de días antes, en otro de los castillos.
Comprendí que, como en Périgord estaba uno de los castillos que había adquirido, y en vista de que ya estábamos allí, Candela había pensado en zanjar ese asunto y hacer las fotos.
Estaba claro que ella no se adaptaba a las agendas de los demás.
Era quien marcaba la agenda, y los demás podíamos bailar al ritmo que dispusiera o quedarnos sin bailar.
—Iré a hablar con ella —declaré arrepintiéndome de que hubiera logrado sacarme de quicio.
—No, iré yo —me contradijo Beca, se la veía disgustada—. Está molesta porque no le conté nada de lo del embarazo y ha tenido que verlo cuando ya estoy así —indicó poniéndose en pie y tocándose la tripa—. Debería haber tenido en cuenta cómo es y haberla llamado.
Filip se levantó y le dio un suave beso en la frente a su mujer. Después se dispuso a recoger la mesa sin inmiscuirse en la discusión entre hermanos.
Elizabeth permanecía sentada sin decir ni una sola palabra. Estaba pálida.
—La habrías llamado si ella no fuera tan difícil —comenté frustrado—. Ya sabemos cómo es: especialista en hacer saltar por los aires todas las celebraciones.
Beca apoyó una mano en mi hombro.
—Precisamente porque sabemos cómo es, debí haber tenido sus sentimientos en cuenta.
Sentí hiel en la garganta.
—Sus sentimientos están a buen recaudo en un lugar tan escondido de su corazón que es imposible llegar a ellos.
—Eso no es cierto y lo sabes.
Miré a Beca: era tan buena, me recordaba tanto a mi madre…
—Ya no sé nada de Candela. A veces siento que no la conozco.
—Anda, déjame a mí. —Beca miró un momento a Elizabeth—. No se lo tengas en cuenta. Ella es… un poco difícil.
Elizabeth se limitó a asentir mientras Filip se llevaba los platos a la cocina.