Capítulo 35 Un pueblo en el corazón de Dordoña
Un pueblo en el corazón de Dordoña
Beth
Beca, la hermana de Álvaro, vivía en Belvès, en el Périgord, en la región de Dordoña, al suroeste de Francia.
El pueblo tenía una estética singular que no dejaba a nadie indiferente.
Era precioso, como si alguien hubiera decidido arrancarlo de un cuento y lo hubiera impreso en la realidad.
Tenías la sensación de entrar en un libro antiguo.
Sus calles, estrechas y ligeramente inclinadas, estaban hechas de casas de piedra.
Conservaba un centro histórico medieval, con plazas pequeñas donde los cafés y las tiendas se mezclaban con viviendas antiguas.
La piedra de sus calles se calentaba bajo el sol del verano incipiente. Era, sencillamente, precioso.
Álvaro dejó caer que Belvès había que descubrirlo, pues lo que se apreciaba a simple vista no era todo lo que podía dar de sí.
Era un lugar para recorrer, enamorarse de sus recovecos y singularidades…
Me lo dijo con un aire misterioso en la mirada.
Esa era la tierra que había sido de sus abuelos.
Donde su abuela francesa había levantado un imperio de fresas y donde ahora lo hacía Beca.
Escuché atentamente a Álvaro y me fijé en todo lo que se escondía detrás de las líneas de lo que me decía. Estaba claro que amaba aquella tierra de colinas suaves, campos y bosques.
Me dediqué a escucharlo y me maravillé de que pudiera hablar tanto. Que fuera tan abierto, él no solía ser así. Me contó algunas anécdotas de cuando eran pequeños y pasaban los veranos en Francia con sus abuelos, en aquellas tierras.
—¿En qué piensas? —preguntó de repente deteniendo su relato.
Avanzábamos por una carretera sinuosa. El pueblo quedaba atrás y nos acercábamos a la zona de campo, a la casa que tiempo atrás había sido de la familia de Álvaro y donde ahora vivía Beca con su pareja.
—En lo mucho que hablas —confesé con una sonrisa.
—¿Quieres que me calle? —preguntó sorprendido.
Meneé la cabeza.
—En absoluto, quiero que sigas hablando. —Mis ojos viajaron hasta los suyos, encontrándose fugazmente antes de que Álvaro volviera a centrarse en la carretera—. Es eso precisamente, no quiero romper la magia.
—¿La magia?
—El hechizo…
—Explícate, por favor.
Me fijé en sus manos sobre el volante. Su camisa clara remangada. Su brazo, con el vello suave.
—Tú hablando abiertamente de este pueblo.
De anécdotas. De Beca y tú corriendo por campos de fresas mientras Candela se sentaba a leer.
De la risa de tu madre… Estás hablando mucho más de lo que lo has hecho desde que te conozco.
Sueles ser parco en palabras, así que este cambio tan repentino solo puede obedecer a una razón…
—¿A qué? —preguntó curioso.
—A que el sexo conmigo haya sido tan increíble que un efecto secundario sea este: un Álvaro muy hablador, con un punto parlanchín.
Se rio con grandes carcajadas.
—No he sido parlanchín en toda mi vida —apuntó divertido.
—Hasta ahora.
Volvió a reírse y giró suavemente para seguir por una zona de campo y alguna que otra casa aislada.
—Entiendo que, a pesar de mi inexperiencia, has quedado altamente satisfecho —me atreví a valorar—. O quizás sea otra cosa.
Álvaro había fruncido ligeramente el ceño, pero seguía divertido.
—¿El qué?
Se desvió por un camino que se salía de la carretera principal y llegamos al portal de lo que supuse que era el cierre de la finca de su hermana.
Frenó el coche.
Lo miré a los ojos.
—Quizás estás obnubilado.
Se quedó mirándome en silencio.
—¡Álvaro!
Miré hacia el portal, que se había abierto sin que nosotros nos hubiéramos dado cuenta. Quizás los dos estábamos obnubilados.
***
Beca era un huracán de energía. Una de esas personas llenas de luz que parece que siempre están haciendo muchas cosas y no paran nunca.
Tenía el cabello negro muy rizado y exactamente los mismos ojos que Álvaro.
Era muy guapa y su barriguita ya era llamativa.
Me recibió con mucho calor y se dispuso a enseñarme la finca y la plantación de fresas, indicándome que al final del terreno estaba la fábrica donde se elaboraban sus mermeladas.
Volvimos caminando entre las fresas mientras Beca no paraba de contarme cosas sobre el terreno, las fresas, las mermeladas, el pueblo y algunas anécdotas de su hermano.
Álvaro había entrado con las maletas en la casa.
Cuando volvíamos lo vi a lo lejos hablando con Filip, la pareja de Beca, en el patio.
Este era muy grande, llevaba barba de unos días y tenían unos ojos verde acastañados muy bonitos.
Era un tipo pausado, con una sonrisa templada y aire de Europa del Este.
Álvaro me había explicado que era medio checo medio andorrano.
—Llegáis justo a tiempo para ayudarme en la cocina —comentó Beca cuando nos acercamos a ellos.
—Tú nunca quieres ayuda en la cocina —indicó Álvaro acusador.
—Eso no es cierto en modo alguno.
—¡Anda que no! —bufó su hermano.
Filip esbozó una sonrisa.
—¡No le des la razón! —se quejó.
—¡No he dicho ni una palabra! —murmuró Filip con un acento y un deje al hablar muy curiosos—. No la tomes conmigo.
—¿Para qué quieres nuestra ayuda, Beca? Dime —preguntó Álvaro—. Si lo haces tú todo y a lo que hacemos los demás siempre tienes algo que decir. Algún detalle que mejorar o retocar.
Beca lo miró asombrada.
Filip sonrió con cierta suficiencia, como perdonándola, y comprendí que apoyaba a su cuñado.
—¡No hago eso en absoluto! Es una mentira gigante —negó con rotundidad—. Simplemente, estoy acostumbrada a llevar yo la cocina. Si otra persona se ofreciera, me retiraría encantada y no tendría que estar yo siempre entre los fogones.
—Lo haces todo el tiempo —la contradijo Filip, dándole la razón a Álvaro.
Este le dio las gracias haciendo mímica con la boca.
Beca bufó y puso los brazos en jarras.
—Bueno, quizás tenga algo de defecto profesional —rumió entre dientes.
Beca era chef, además de especialista en fresas. Las plantaba, las cuidaba, las transformaba en deliciosa mermelada. Estaba deseando probar sus fresas, me encantaba la mermelada.
—¡Está bien! ¿Podéis acompañarme a la cocina, aunque os retoque y toquetee todo lo que preparéis? —preguntó.
—¡Por supuesto! —aceptó Álvaro echando un brazo por encima del hombro de su hermana.
Filip sonrió y nos dirigimos hacia el interior de la casa.
La preparación de la comida fue muy divertida. Pude conocer un poco a Filip mientras Beca y Álvaro se enzarzaban en una conversación llena de risas. Estaba claro que los hermanos querían recuperar el tiempo perdido.
Filip era un informático, aparentemente.
Al menos esa era su fachada oficial, pero la verdad es que era un hacker .
Álvaro me lo había confesado en la más estricta confianza esa misma mañana mientras veníamos de camino.
En todo caso, no era un hacker cualquiera: prestaba sus servicios a gobiernos que lo necesitaban, así que era como una especie de héroe encubierto.
He de reconocer que su mirada tenía algo misterioso.
Decoramos la mesa con flores silvestres entre risas y en un ambiente familiar y festivo.
A las 14:00 h pusimos la comida en la mesa y decidimos empezar con el banquete, cansados de esperar a que Candela llegara. Beca la había llamado por teléfono hasta en tres ocasiones sin éxito, así que nos sentamos a comer. Esperar a alguien que no sabes si va a venir puede ser desalentador.
Justo cuando llevábamos comiendo un rato y nos estábamos riendo de una anécdota que había contado Beca, llegó la última comensal.
—Hola —saludó Candela entrando en el comedor—. Siento llegar tarde. Por cierto, no habéis cerrado el portal, así puede colarse alguien en la finca.
Su rictus era serio. Me quedé sin palabras: era preciosa.
Los tres hermanos lo eran, pero lo de Candela era otro nivel de perfección.
Me pareció irreal que pudiera existir alguien tan bello.
Candela tenía el cabello negro y liso como una tabla y lo llevaba muy largo.
Su rostro parecía hecho con un extra de cuidado.
Sin mácula, casi como una muñeca de porcelana.
Lo que más me impresionó fueron sus ojos azules grisáceos.
Eran iguales que los de sus hermanos, sin embargo, tenían algo diferente: un filo de extrema dureza que no se encontraba ni en las miradas más frías de Álvaro. Parecía tan difícil como hermosa.
—Iré a cerrar el portal —indicó Filip poniéndose en pie para dirigirse a la puerta del salón—. Bienvenida —añadió cuando pasó junto a la hermana recién llegada.
—¡Candela! ¡Qué alegría que hayas venido! —saludó Beca poniéndose de pie.
En ese momento, Candela bajó la mirada a su abultado vientre.
—Estás embarazada —declaró de forma aséptica.
No tuve claro si era una pregunta o una afirmación, pero su mirada dura no cambió ni un ápice.
—Sí, tenía muchas ganas de contártelo —comentó Beca rodeando la mesa para aproximarse a su hermana.
—Si tuvieras tantas ganas, lo habrías hecho —replicó Candela con frialdad recibiendo el beso en la mejilla de su hermana.
Me fijé en el gesto. Candela recibió el beso, pero no se lo devolvió. No hubo un gran abrazo como el que había habido entre Álvaro y Beca cuando habíamos llegado. Este era un recibimiento muy diferente.
—¡Candela! —la reprendió Álvaro poniéndose en pie.
—¿Quieres decirme algo? —preguntó con un tono duro.
Álvaro estaba furioso, pero una mirada cálida de Beca lo disuadió de intervenir. En ese momento me di cuenta de que Beca tenía la capacidad de templar los ánimos entre ambos hermanos.
—No es el momento —comentó con serenidad.
Álvaro se sentó de nuevo.